LIBERTAD DE EXPRESIÓN, PILAR DE LA DEMOCRACIA
José Woldenberg
- Dos episodios.
Inicio con dos episodios del pasado reciente.
Era 1974 o 1975. Los años del ascenso del sindicalismo universitario. Formaba parte de la comisión de prensa y propaganda del Sindicato del Personal Académico de la UNAM. Cuando deseábamos publicar algún comunicado invariablemente lo hacíamos en Excélsior, único diario que los aceptaba, previo pago. Pues bien, en alguna ocasión me tocó ser parte de una comisión que se dirigió a Reforma, donde se encontraban las instalaciones del diario, a gestionar la publicación de un desplegado. Llegamos, lo entregamos, nos dijeron que esperáramos unos minutos, luego de los cuales volvió el responsable y nos dijo que con gusto publicarían nuestro texto, siempre y cuando le modificáramos unas cuantas líneas. Por supuesto le dijimos que no; tomamos nuestro texto y jamás pudo ver la luz pública (bueno, lo publicamos en volantes). Así era el asunto. El diario más abierto y profesional de entonces, por miedo o precaución, ejercía una especie de censura previa incluso sobre textos que eran inserciones pagadas.
En 1993, en medio de la discusión de una nueva reforma política, se abrió paso una idea: que al inicio de los procesos electorales, el IFE solicitara a los radiodifusores y las televisoras la entrega de un catálogo de los tiempos y tarifas que tenían disponibles para la venta para que fueran conocidas por los partidos políticos. Ese año, esa fórmula se convirtió en ley. Establecía que previo a las campañas electorales, los integrantes de la CIRT tenían que dar al IFE una especie de menú donde aparecieran la disposición de los espacios y los costos para que los partidos pudieran colocar sus promocionales. ¿A qué se debió tal reglamentación? A que los partidos opositores denunciaban sistemáticamente que ni pagando los concesionarios aceptaban venderles espacios para hacer sus campañas. O estos temían a la posible reacción del gobierno o lo hacían convencidos de que la única voz autorizada para explotar dichos espacios era el PRI.
De ahí venimos. Y vale la pena no olvidarlo. Sobre todo porque la libertad de expresión es una construcción, un producto histórico, sujeto a los vaivenes de la vida pública y siempre sujeta a relaciones de poder y tramas institucionales y normativas que pueden modificarse.
- Libertad de expresión hoy.
En materia de libertad de expresión los avances están a la vista. En la televisión, la radio y las publicaciones se recrea ese abigarrado mundo de diagnósticos, propuestas, alineamientos políticos, pasiones, iniciativas, que emergen de la diversidad de sensibilidades e ideologías que cruzan a la sociedad mexicana. Si lo comparamos contra nuestro pasado inmediato las transformaciones en sentido positivo son innegables.
Los medios en general trabajan hoy en México en un contexto diferente al del pasado inmediato (digamos a hace 30 años). Bastaría con asomarse a la Hemeroteca Nacional y solicitar los periódicos de los ochenta del siglo pasado y compararlos con los de ahora para corroborar que hoy se realiza una crítica a personas e instituciones que entonces resultaba impensable. En aquellos años el oficialismo –como lente para observar la vida pública- era el pan de todos los días y no era casual que en los principales diarios las ocho columnas fueran similares. El Presidente, la Iglesia, el Ejército eran prácticamente intocables y la falta de libertad hacía que las “filtraciones” fueran los mecanismos a través de las cuales alguna “verdad incómoda” aparecía a la luz pública. Por supuesto existieron periodistas y medios excepcionales, pero eran eso, excepcionales. Había una voz dominante y esa era la del gobierno en turno. Y sin embargo, paulatinamente la diversidad, la crítica, el debate empezaron a infiltrar a los medios. Primero a la prensa escrita, luego a la radio y finalmente a la televisión (aunque en mucho menor grado).
El proceso democratizador que vivió el país reclamó la existencia de medios de comunicación donde la diversidad de corrientes político ideológicas pudiera recrearse y reconocerse. Y la apertura de los medios impulsó y naturalizó la coexistencia de la pluralidad. Se trató de una mecánica virtuosa. Los medios fueron beneficiarios de los tiempos de apertura y democratización y al mismo tiempo fueron acicate –motor- de esas transformaciones. El nuevo equilibrio de fuerzas políticas sería impensable sin medios abiertos a la diversidad y esa nueva realidad en los medios no existiría si no se hubiese desmontado la pirámide autoritaria bajo la cual se procesaba la vida pública. Hoy la crítica se despliega (casi) sin taxativas (salvo la que en muchos casos imponen los propios dueños de los medios), y las opiniones -estridentes, agudas, sarcásticas e incluso groseras- se reproducen de manera rutinaria. Se trata de una auténtica conquista social que hace realidad las disposiciones constitucionales. Recordemos: “La manifestación de las ideas no será objeto de ninguna inquisición judicial o administrativa…”, dice el artículo sexto y “es inviolable la libertad de escribir y publicar escritos sobre cualquier materia. Ninguna ley ni autoridad puede establecer la previa censura… ni coartar la libertad de imprenta…”, subraya el séptimo.
Por otro lado, las disposiciones en materia de medios durante las pre campañas y campañas electorales ayudan a construir un piso de equidad en la contienda. El hecho de que no se pueda comprar tiempo en radio y televisión, y que los tiempos para hacer publicidad electoral estén regulados, que el acceso de los candidatos sea a través de los llamados tiempos oficiales, y que los mismos se distribuyan conforme a un criterio mixto, que conjuga 30 por ciento del tiempo repartido en forma igualitaria y 70 por ciento de manera proporcional al número de votos obtenido en la última elección federal, permite una exposición equilibrada de las diferentes opciones. Si a ello sumamos que el IFE realiza un monitoreo del comportamiento de los noticiarios de radio y televisión cuyos resultados se dan a conocer al público y que al inicio de las precampañas entrega a la CIRT unos lineamientos donde se asientan las características que se espera tengan la las coberturas de las campañas, el piso de equidad se fortalece. (Vale la pena subrayar que ni los lineamientos ni el monitoreo son vinculantes, es decir, obligatorios, pero ayudan a edificar un contexto de exigencia para los medios). (Otro paréntesis: también sería conveniente que los tiempos oficiales no fueran tan cortos y que permitieran que junto a los promocionales –anuncios- aparecieran programas unitarios de los partidos y más espacios para el debate. Pero… quizá este no es el foro).
No obstante, persiste, sobre todo en la televisión, una concentración que riñe con uno de los pilares que sostienen el edificio democrático: la posibilidad de que los emisores expresen la pluralidad de sensibilidades, ideologías, proyectos que cruzan una sociedad determinada. Ese es quizá uno de los rezagos mayores de nuestra incipiente democracia y espero que el esfuerzo iniciado con la reforma constitucional en materia de telecomunicaciones arroje los frutos esperados: una constelación diversa de emisores, acompañado de una cadena pública, que ofrezca contenidos no solo variados sino expresivos del multi México que somos y que ningún exorcista va a poder homogenizar.
Quizá valga la pena recordarlo: la libertad de expresión es la piedra de toque de cualquier edificio democrático. Es la libertad que permite el ejercicio del resto de las libertades. En sociedades masivas, modernizadas, contradictorias –como la nuestra- se trata de que las distintas sensibilidades, diagnósticos, propuestas, ideologías, etc., puedan aparecer y reaparecer en el espacio público. Sin esa posibilidad simple y sencillamente no se puede hablar de democracia.
Creo que el problema de hoy no es tanto el de la libertad de expresión (aunque ciertamente los grandes medios tienen su sesgo y sus filtros y siguen ejerciendo un enorme poder en la modulación de eso que llamamos la agenda pública), sino el comportamiento de los medios. Y a ello me referiré a continuación.
III Espacio público y futuro de la democracia.
Creo que hay que repetirlo: México construyó, en las últimas décadas, una germinal democracia. El equilibrio de poderes, los fenómenos de alternancia, la expansión de las libertades, las elecciones competidas, son algunas de sus manifestaciones. Pero lo edificado no tiene por qué pervivir. No sería el primer caso de una democracia fallida, abortada. Y ello a pesar de que retóricamente no tiene contrincantes. No existe una sola corriente de opinión medianamente significativa que no se reivindique como democrática.
¿Qué es lo que más puede erosionar a una democracia inicial? Tenemos respuestas sólidas, acreditadas, dignas de tomarse en cuenta. El PNUD ha insistido en que la pobreza y la desigualdad, el déficit en el Estado de derecho y en el ejercicio de la ciudadanía y el imperio de los poderes fácticos, pueden corroer el edificio democrático y la estima que debe generar. La CEPAL, por su parte, ha subrayado que la débil cohesión social que existe en las sociedades latinoamericanas puede ser fuente de tensiones y conflictos. En efecto, una sociedad escindida, polarizada, fragmentada, no es el mejor hábitat para la reproducción de un sistema de gobierno cuya premisa fundadora es la de la igualdad de los ciudadanos.
Pero también pueden erosionarla un cierto espíritu público, unas anteojeras para ver y evaluar las “cosas”. Políticos e intelectuales, opinadores y periodistas, pueden apuntalar las normas, las instituciones y las rutinas democráticas o pueden reblandecerlas. Ejemplos históricos sobran. El desprecio por la insípida democracia fue el preludio del desplome de la república de Weimar.
Peter Gay, en su libro La cultura de Weimar. (Paidós. España. 2011) recrea un clima cultural, unos humores públicos desencantados, irreverentes, proclives a la innovación en todos los campos de la cultura, capaces de incorporar voces hasta entonces marginadas, vitales, cargados de emoción y proyectos, pero en materia política intensamente irresponsables. Un ambiente proclive a la irracionalidad que cobijó en buena medida el ascenso del movimiento nazi. Lejos, muy lejos, estamos de aquel ambiente. Pero en eso que llamamos el espíritu público no dejan de aparecer síntomas de un comportamiento atolondrado hacia lo apenas construido. Comento solo tres facetas que me preocupan: a) la retórica estridente, b) la visión del Estado como un monolito y c) la confusión entre antiautoritarismo y antiautoridad.
Conforme la libertad de expresión se abrió paso en los medios y venturosamente se convirtió en parte de nuestro paisaje, apareció un lenguaje desenfadado, más suelto e ingenioso, emancipado de los usos y costumbres del añejo autoritarismo solemne y cuadrado. Ello ayudó a orear el ambiente, a aclimatar la diversidad de opiniones, a recrear diferentes sensibilidades y “formas de ver el mundo”; no obstante, como una de sus derivaciones apareció también un lenguaje plagado de calificativos que -se cree- permite darle la vuelta al análisis, a la ponderación de la complejidad, a la valoración de lo alcanzado, para acuñar una serie de juicios sumarios que se piensan a sí mismos audaces y contundentes y que no son más que fórmulas destempladas, incapaces de recrear el laberinto político dentro de la cual estamos obligados a vivir. Una retórica estridente.
Nuestro pasado autoritario también nos sigue modelando. El clima cultural de los sesentas y setentas del siglo pasado alimentó -¡cómo no!- una actitud crítica hacia el Estado… así en bloque. En aquel entonces, dentro de un marco autoritario resultaba difícil ponderar las virtudes del poder político. Vertical, híper presidencialista, sin espacios institucionales para las oposiciones, resultaba impropio tratar de distinguir la cal de la arena. El Estado, como un bloque indiferenciado, aparecía como incapaz de absorber las diversas sensibilidades que existían en la sociedad y por ello se hacía cada vez más rígido, más autoritario. No había espacio para matices. Hoy, sin embargo, el Estado se encuentra colonizado por diferentes fuerzas políticas. No es más un monolito. Lo que reclama análisis que pongan sobre la mesa los claros y los oscuros e incluso los grises, pero da la impresión que mental y discursivamente seguimos instalados en los sesentas.
Hay además una especie de reflejo que confunde antiautoritarismo con anti autoridad. Se piensa que la autoridad por el simple hecho de serlo es invariablemente el manantial de nuestros males. Confiar en ella sería signo de cretinismo o de subordinación o de falta de espíritu crítico. La pulsión anti autoritaria que ofreció sentido al movimiento estudiantil de 1968, en una cierta vertiente se convirtió en un resorte elemental e incluso primitivo, anti autoridad.
Quizá todo ello se deba a que lo que ofrece la democracia se ve como algo natural, sencillo, rutinario: el ejercicio de las libertades, la coexistencia de la diversidad política.
- Función social
Al final,lo que se encuentra en juego es si los medios van a servir para ilustrar e informar o para degradar y enajenar. Por supuesto que es vergonzoso que las leyes fomenten el monopolio y vulneren la competencia; por supuesto que es injustificable que los medios públicos o comunitarios sean despreciados y maltratados; por supuesto que es preocupante que las personas afectadas por los medios no tengan fórmulas legales para ejercer la réplica; y por supuesto que es alarmante que poderes privados puedan más que los poderes públicos. Todo ello debe ser corregido y espero que la legislación secundaria en la materia así lo haga. Pero, la responsabilidad de los medios es la asignatura central que debe presidir la agenda.
¿Medios para qué? ¿Que fomenten qué actitudes y qué valores? ¿Para recrear supercherías de todo tipo o para intentar elevar el nivel de comprensión y conocimiento? ¿Para avivar la estulticia o la sensibilidad? ¿Para retroalimentar el mínimo común denominador –bajísimo entre nosotros- o para ofrecer una diversidad de opciones culturales?
El sólo enunciado de esos temas tiene que trascender una serie de obstáculos construidos para omitir la importante función social de los medios: a) la peregrina idea de que los medios sólo son para el divertimento como si éste último (legítimo) estuviera exento de contenidos culturales y marcos valorativos, b) la noción de que cualquier regla en ese sentido sería violatoria de la libertad de expresión, como si se tratara de un derecho absoluto, c) la reducción de todo debate al terreno tecnológico que por derivación excluye los contenidos.
Vale la pena repetirlo: el espacio público es en buena medida modulado y modelado por los grandes medios de comunicación masiva. Y en ese sentido nada de lo que hagan o dejen de hacer resulta anodino. Si a través de ellos se reproducen supersticiones, consejas estúpidas, comportamientos degradantes, viviremos en un espacio público repleto de los mismos. No se trata entonces sólo de un asunto de negocios (que por supuesto es importante), ni de tecnologías (imprescindibles), sino de un tema del que dependerá en buena medida la calidad de nuestra convivencia social, de nuestra vida pública.
Leído en un evento organizado por el Senado en 2013. Fue recopilado en el libro: Libertad de expresión, disidencia y democracia. Senado de la República. Instituto Belisario Domínguez. 2014.