México vivió en las últimas dos décadas del siglo pasado una auténtica transformación de su régimen de gobierno. No se transformó el marco constitucional (seguimos siendo una república democrática, representativa, federalista y laica de carácter presidencialista), pero sí dos eslabones faltantes para que dicho régimen fuera realmente democrático: su sistema de partidos y su sistema electoral. El primero pasó de ser básicamente monopartidista a pluralista equilibrado y el segundo de ser esencialmente gubernamental a autónomo. Y esa transformación del régimen de gobierno puede contemplarse con toda nitidez si se contrasta la fórmula de gobernar a lo largo de la hegemonía del PRI con la actual, en la cual una diversidad equilibrada de partidos que coexisten en el Legislativo obliga a la formación de coaliciones. A estas alturas no se trata de una opción, sino de una condición.

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Tontería. Sí, futbol, que estará en el centro de la atención en las semanas que corren; impuestos, el tema que a lo largo de las décadas el país no ha sabido o podido resolver; privilegios, los que acompañan a lo largo de los siglos la historia de México y aún antes; y tontería, que fue, es y será. Si usted cree que los impuestos deben ser progresivos (que más paguen los que más ganan) y tener un efecto redistributivo, la siguiente historia le resultará un buen ejemplo de lo que no se debe hacer. Un espejo lejano pero ilustrativo.

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La historia del PRD tiene múltiples aristas. De tal suerte que las notas siguientes solamente se detienen en una dimensión: las de las relaciones del PRD con la edificación de la democracia en nuestro país y su sustentabilidad. Ese ángulo no pretende sustituir otros, y por lo tanto debe leerse como una pieza en un rompecabezas mucho más complejo. Además, la periodización que se presenta, no debe ser tomada con rigidez, sino como indicadora de tendencias e inflexiones.

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