Lo propio de la democracia es la deliberación pública. Contraria a los regímenes autoritarios, dictatoriales, totalitarios o teocráticos, la democracia vive para y por la deliberación, mientras los otros intentan restringirla, acotarla y en el extremo aniquilarla. Hay incluso una corriente de pensamiento que señala que la “calidad” de la democracia depende de la intensidad, amplitud y eficacia de esa deliberación. Y en efecto, el espacio público tiene diferentes coloraciones y acaba siendo distinto dependiendo de qué tanta libertad, pluralidad, información, análisis y puentes de comunicación existan entre los actores políticos y sociales.

Y la deliberación pública tiene una ventaja más: ayuda –teóricamente- a comprender los problemas, a asomarse a su complejidad y a eventualmente detectar y diseñar soluciones posibles. Ese intercambio (entre más ilustrado mejor), debe colocar diques a ocurrencias e improvisaciones de todo tipo y, otra vez en teoría, debe coadyuvar a elevar el nivel de la discusión. Una arena informada, diversa, capaz de procesar insumos y necesidades que emergen de espacios distintos de la sociedad, acaba incluso teniendo una función pedagógica en el sentido más noble de la palabra. Ciertamente el espacio público también es un terreno de confrontación, de lucha, de recreación y disputa entre corrientes de pensamiento no solo diferentes sino enfrentadas. Pero de la calidad de la deliberación dependerá la calidad del espacio público y al final de la propia democracia, como plaza en la que se construye el ambiente de nuestra convivencia y querella.

Deliberación

Ilustración: Víctor Solís

Por ello, quizá, valga la pena pensar en la cantidad y sobre todo en la calidad de nuestra deliberación. Porque inercias muy potentes parecen estar configurando una arena de debate (de alguna manera hay que llamarla) no muy proclive al intercambio de ideas, sino más bien al alineamiento de bandos monologantes que genera crispación, furia y muy escasa comprensión. Produce la imagen —adrede evado los matices— de que está en acto una espiral de desencuentros recurrentes que no solo no ayudan a develar y entender el embrollo y profundidad de nuestros problemas, sino que, por el contrario, una densa nube de adjetivos y reacciones inerciales, acabarán por dinamitar los escasos y frágiles puentes para una eventual discusión medianamente racional.

No veo que desde la Presidencia de la República exista la intención de dialogar o discutir con aquellas personas, organizaciones o partidos que no vibren al son de su música. Al parecer, el Presidente está convencido de que existe una verdad, un solo interés legítimo, una sola fórmula para afrontar los problemas. Y carece de los recursos y la convicción para trabar conversación con aquellos que no aceptan ni están capacitados para comportarse como su espejo. El resorte de un monólogo incontestable y descalificador de los otros se activa y aceita todos los días e incluso es posible que ese resorte le otorgue réditos políticos.

No obstante, hay algunas piezas del rompecabezas mexicano que se fortalecieron en el pasado inmediato y que pueden ampliar y vigorizar el laberíntico circuito de la deliberación. Me refiero a los poderes y órganos constitucionales donde convive, en forma natural, la pluralidad política (congresos, institutos y comisiones autónomas), la academia (destacadamente los centros de educación superior e institutos de investigación), los medios y las redes con todos sus asegunes, el conjunto de los partidos políticos y las organizaciones de la sociedad civil.

En esos espacios están presentes voces, intereses, sensibilidades y proyectos diversos que confirman la necesidad de preservar y robustecer normas, instituciones, procedimientos y valores que permitan la coexistencia de la pluralidad que anida en el país. Ese coro desafinado no es artificial. Por el contrario, es la expresión de un país complejo, masivo y desigual, que no debe (y quiero pensar que no puede) ser reducido a un solo discurso y a una sola vibración.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es Cartas a una joven desencantada con la democracia.


Publicado originalmente en El Universal.

 

Compartir