En 1989 se fundó el Partido de la Revolución Democrática (PRD). Y desde su nacimiento se convirtió en una de las tres fuerzas políticas más implantadas y relevantes del país. Resultó de la convergencia de una significativa escisión del PRI y de un piélago de agrupaciones políticas y sociales de izquierda, entre las que destacaba el Partido Mexicano Socialista (PMS), fruto a su vez de dos procesos de fusión previos.

La diversidad de las organizaciones que concurrieron al proyecto, explica muchas de las dificultades de su vida interna, pero fue quizá la riqueza mayor del propósito. En él desembocaba prácticamente toda la izquierda realmente existente. Desde 1979 hasta 1985 (las tres primeras elecciones federales, luego de la reforma política de 1977), las 3, 4 o 5 opciones de la izquierda que aparecieron en la boleta electoral, sumaron en conjunto alrededor del 10 por ciento de los votos. En 1988, sin embargo y como se sabe, al Frente Democrático Nacional, encabezado por el Ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas se le reconocieron oficialmente, en un cómputo más que viciado, el 30 por ciento de los votos. Un salto espectacular que le permitió a la izquierda salir de los márgenes de la vida política para situarse en el centro de la misma.

La historia del PRD tiene múltiples aristas. De tal suerte que las notas siguientes solamente se detienen en una dimensión: las de las relaciones del PRD con la edificación de la democracia en nuestro país y su sustentabilidad. Ese ángulo no pretende sustituir otros, y por lo tanto debe leerse como una pieza en un rompecabezas mucho más complejo. Además, la periodización que se presenta, no debe ser tomada con rigidez, sino como indicadora de tendencias e inflexiones.

La germinal democracia mexicana no se podría entender sin el aporte del PRD. Aunque –también hay que escribirlo- buena parte de las dificultades para el asentamiento de la misma se deben a las veleidades del propio PRD. Trataré de explicarme.

En ese renglón observo tres etapas diferenciadas: de 1989 a 1994 marcada por un tenso y polarizado conflicto con el gobierno federal, lo que supuso una dura condición para la naciente organización, pero que le impidió al propio PRD elaborar un diagnóstico certero de lo que acontecía en el país. De 1994 a 2006, en el que el Partido no solo concurrió a diferentes operaciones reformadoras que abrieron el paso a la democracia en nuestro país, sino que coadyuvó a asentar las rutinas que suponen la convivencia de la pluralidad en las instituciones del Estado. De 2006 a 2012 el PRD vivió bajo el signo de una falacia (el fraude electoral cometido en su contra en la elección presidencial), lo que lo incapacitó no solo para explotar todas las posibilidades que le abría su nueva situación, sino que, por desgracia, contribuyó a erosionar la confianza construida a lo largo de los años en las instituciones que sostienen el entramado electoral.

1989-1994

La primera etapa, está marcada, por el inescrupuloso manipuleo de los votos cometido en la elección presidencial de 1988. Los llamados y movilizaciones reiteradas, encabezadas por el Ing. Cárdenas en demanda de limpiar la elección, fueron desoídos, lo cual generó un malestar expansivo. Si a ello sumamos el mal trato y el acoso persistente por parte del gobierno al naciente partido, se comprende mejor la irritación que cruzaba al llamado Partido del sol azteca. No obstante, el diagnóstico de la situación que se vivía y de las posibilidades que portaba, estuvo marcado más por la rabia y el malestar que por una visión más o menos certera de los horizontes que estaban a la mano. Las elecciones de 1988 habían demostrado que el país no cabía ni quería hacerlo bajo el formato casi monopartidista que había encauzado la política hasta ese año. Y esos mismos comicios habían develado con una fuerza brutal que ni las normas, ni las instituciones y ni los operadores estaban capacitados para procesar con limpieza los resultados de una elección auténticamente competida. De esa situación se desprendían tareas específicas: reformas que posibilitaran que la diversidad política que había irrumpido con potencia y equilibrio en las urnas concurriera a las elecciones con garantías de imparcialidad por parte de las autoridades electorales y respecto a la voluntad popular. Por desgracia, el PRD se marginó de las operaciones reformadoras de 1989-90 y 1993 impulsadas por el gobierno, el PRI y el PAN. (Recordemos que la de 1989/90 fue la reforma que creó al IFE y al Tribunal Federal Electoral y la de 1993 la que estableció la fiscalización de los recursos de los partidos, entre muchos otros asuntos).

Fue una etapa en la que el PRD fue más un acicate para las transformaciones democratizadoras que un constructor de las mismas. Sus movilizaciones, denuncias, proclamas, conflictos, fueron, sin duda, un motor de los cambios en un sentido democrático. Sin su presencia, voz y demandas mucho de lo bueno que sucedió en materia de apertura al pluralismo no hubiera sucedido. Pero en los momentos en los que era necesario participar para transformar normas e instituciones, fue omiso porque su negativa a sentarse a la mesa con quienes lo habían agraviado, dejó en manos de otros las estratégicas tareas que estaban en el orden del día.

1994-2006 

La segunda etapa (1994-2006) resultó más que constructiva y provechosa. El levantamiento armado zapatista primero y el asesinato del candidato presidencial del PRI, Luis Donaldo Colosio después, fueron los aguijones de un venturoso cambio de actitud. Ante la incertidumbre, la preocupación y el temor que desataron esos eventos traumáticos, la dirección del Partido y su candidato presidencial aceptaron concurrir a una operación política más que relevante. Luego de la firma de un Acuerdo, el gobierno y los partidos –ahora sí con la participación del PRD- se sentaron a la mesa para otorgarse garantías mutuas a lo largo del proceso electoral que se encontraba en curso. Se trataba de atajar a la irrupción de la violencia con el expediente de la política inclusiva, concurrente, democrática. Y se logró. En aquellas jornadas el PRD dejó de ser solo un actor agraviado para convertirse en un impulsor consciente y responsable del cambio democratizador. Se sucedieron cambios constitucionales, legales, modificaciones en el IFE, acuerdos de su Consejo General y compromisos gubernamentales, que coadyuvaron a llevar a buen puerto unos comicios celebrados bajo la sombra de la violencia y la muerte.

Luego de las elecciones, se llevó a cabo la reforma político-electoral más abarcadora y relevante de cuantas se hubiesen producido. Se modificaron normas en relación a los órganos electorales para reforzar la imparcialidad, las condiciones de la competencia para inyectarles equidad, se fortaleció la certeza remodelando el circuito jurisdiccional, se revisaron las reglas para la integración de partidos, agrupaciones políticas, frentes y coaliciones, se modificaron las fórmulas para la traducción de votos a escaños tanto en la Cámara de Diputados como en la de Senadores y se reformó en un sentido democrático el gobierno del Distrito Federal. Y en toda esa operación, los diagnósticos, propuestas e iniciativas del PRD estuvieron presentes. Pesaron y contaron. (Cierto, al final, el consenso se rompió y la última parte del COFIPE solo fue aprobada con los votos del PRI, pero lo fundamental ya se había realizado).

En esa etapa el PRD no solo fue motor y coautor de las reformas, fue uno de sus principales beneficiarios. Al año siguiente, con las primeras elecciones para Jefe de Gobierno del D.F., el PRD se alzó con el triunfo y desde entonces no ha dejado de gobernar la capital del país. Pero no solo el D.F. En distintos momentos –que rebasan el período analizado- ha gobernado estados como Guerrero, Michoacán, Tlaxcala, Zacatecas, Nayarit, Baja California Sur, Morelos, y en coalición Oaxaca, Puebla, Sinaloa. Además de un sinnúmero de ayuntamientos, mientras su presencia en el Congreso federal y en un buen número de congresos locales es más que significativa. En esos años el PRD creció, se expandió, gano adeptos. Acabó por ser, como decía Mitterrand, refiriéndose al Partido Socialista Francés, parte del paisaje nacional.

2006-2012

Entre 2006 y 2012, el casi triunfo presidencial del candidato Andrés Manuel López Obrador, se convierte en la sombra que le impide al Partido asimilar su nueva situación y diseñar una estrategia a la altura de su peso y centralidad política. Como se sabe, las elecciones de 2006 han sido las más tensas y polarizadas de nuestra historia. Por apenas una diferencia del 0.56 por ciento de los votos, el candidato del PAN ganó la presidencia de la República. No obstante, el candidato presidencial de la izquierda y la coalición que lo apoyó (destacadamente el PRD), descalificó los resultados y denunció un fraude. Fraude que hasta la fecha nadie ha podido probar, porque no existió (Cierto, se produjeron violaciones a la ley como la compra de publicidad en radio y televisión por “terceros” que estaban inhabilitados para hacerlo, e incluso fuimos testigos del delirante intento de desafuero de AMLO, pero no existió un fraude en el sentido de alterar los resultados de las urnas). Pero esa aseveración repetida una y otra vez, convertida en prácticamente un dogma de fe, en un elemento cohesionador de una comunidad política, no solo vulneró buena parte de la confianza construida hasta entonces en el sistema electoral, sino que le impidió al PRD convertirse en una fuerza más significativa en el circuito de toma de decisiones políticas. Otra vez, su fuerza institucional fue dilapidada y fueron otros (PAN y PRI) los que forjaron convergencias recurrentes en el espacio legislativo.

A pesar de ello, la implantación del PRD se refrendó una y otra vez. En elecciones locales y federales el PRD continúa siendo un referente obligado y significativo y en las elecciones presidenciales del 2012 volvió a ocupar –en coalición- el segundo lugar. No obstante, sus fricciones internas, sus corrientes enfrentadas, sus concepciones divergentes, vivieron en una misma casa y finalmente produjeron la más grande escisión en sus filas.

2012 en adelante.

En el 2012, como producto de sus muy tensas relaciones, se produce el rompimiento más significativo de toda su historia. Encabezada por Andrés Manuel López Obrador, una corriente más que importante abandona el PRD para construir un nuevo Partido (MORENA). No es la primera escisión, pero si la primera que revierte el largo proceso unificador que se inició con la creación del Partido Socialista Unificado de México (PSUM) en 1981. No se requiere ser vidente para entrever que en las elecciones del 2015 se dará una fuerte y dura lucha entre el PRD y MORENA para ver cuál de las dos agrupaciones es la primera fuerza entre la izquierda. Pero siempre es más sencillo intentar ser historiador que pitonisa…

Por lo pronto, (creo) el PRD ha entendido que coexiste en el escenario con otras fuerzas políticas e ideológicas y que ello no es un rasgo prescindible en un régimen democrático. Por el contrario, la pluralidad política es parte esencial de nuestra modernidad (contrahecha si se quiere), y no se requieren exorcistas sino políticos para vivir entre y con ella.

Revista La Zurda junio-julio 2014.

 

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