En un tema las ciencias sociales han logrado un éxito relevante. Corrijo para ser más exacto: un triunfo pírrico, pero triunfo al fin. La idea de que existen condicionantes (sociales, económicos, culturales, etc.) de las conductas hoy es moneda de curso común y no hay quien no la saque a relucir, incluyendo a periodistas, políticos, taxistas, tuiteros y el propio gobierno.

Así como cuando alguien detecta una leve perturbación emocional en su vecino y pontifica que seguramente es porque sufrió un trauma cuando era chiquito (triunfo de la psicología), o cuando un coro de voces denuncia el consumo de huevos de tortuga y alerta sobre la desaparición de esa especie (victoria de la biología y/o la ecología), así, la noción de que nuestras conductas son modeladas por el contexto, la biografía, el tiempo y el espacio, es producto de rudimentos más que extendidos en las llamadas ciencias sociales.

Ilustración: Alberto Caudillo

Y en efecto, así sucede. Vivimos en sociedad y eso de alguna manera nos labra. A estas alturas hay información que correlaciona todo con todo. Niños que fueron abusados sexualmente es más probable que de grandes sean abusadores comparados con aquellos que no fueron víctimas; resulta más factible que jovencitas con baja escolaridad se embaracen antes que aquellas con mayor nivel de estudios; niños con padres ausentes suelen tener mayores problemas de aprendizaje en las escuelas; la inmensa mayoría de los funcionarios públicos varones en América Latina suelen usar zapatos negros, y por ahí. Pero nótese, se dice “lo más probable”, “lo más factible”, “suelen”, “la mayoría”, y ello es así porque se trata de condicionantes, no de determinantes. La observación y medición de esos fenómenos permite establecer cierta correlación, pero no una causalidad de hierro. Hay adultos que fueron violados de niños y que no repiten esa conducta; jovencitas analfabetas que no se embarazan; niños huérfanos con altas calificaciones en la escuela, y algunos diputados que calzan zapatos amarillos. Y ello porque en toda situación, en todo contexto, existen márgenes de libertad. El hábitat nos modela, pero hasta cierto punto. Incluso frente al paredón, cuando los individuos saben que la vida se acabó (o se acabará en breve), se producen conductas distintas.

La idea de que el medio determina las conductas anula las responsabilidades individuales. Convertidos en sociólogos atribuimos al contexto las prácticas de los sujetos. Por esa vía nunca hay culpables. “Son las condiciones materiales”, “las necesidades”, “el sistema social que nos mata de a poquito”, como decía aquella pegajosa canción, y súmele usted. Es una traducción elemental y distorsionada: las “condicionantes”, es decir, todo aquello que influye en las conductas, que gravita sobre ellas, que las impacta, se convierten en “determinantes”, es decir, en ley de hierro, en sentencia y destino inescapable.

Por esa vía lo que intenta ser una explicación, un método comprensivo, incluso una fórmula analítica puede deslizarse hasta convertirse en una justificación…incluso de conductas agresivas y delincuenciales. Al hacer hincapié solamente en las condiciones sociales y suprimir las decisiones personales (o de grupo), todo lo que sucede (lo bueno, lo malo y lo peor), acabará siendo resultado de ese contexto y los aciertos o fallos de las personas terminan por difuminarse. Se pierden de vista. Resultan inexistentes. Son exorcizados.

Tiene razón el presidente López Obrador cuando dice que hay que actuar sobre las condiciones que fomentan diversos delitos. Hay que generar un ambiente que tienda a frenarlos, que no sea un “caldo de cultivo” que los propicie. Pero insisto —perdón—, se trata de condicionantes, no de determinantes y por ello la voluntad, los dichos y las acciones de las personas no pueden ser omitidos. Porque como diría el célebre y nunca suficientemente apreciado Perogrullo: hay pobres que no cometen delitos y pobres que sí lo hacen. Y, por cierto, ricos que no son delincuentes y ricos que sí lo son.


Publicado originalmente en El Universal.

 

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