¿Pueden recuperarse un barrio, una ciudad, un país y un tiempo idos? Quizá ese sea el primer deslumbrante logro de Roma, la película de Alfonso Cuarón. Con un auténtico trabajo de filigrana uno vuelve a los ambientes, las calles, la música, los autos, el vestuario, los peinados y los personajes de aquel México de los setentas del siglo pasado. Se trata de una reconstrucción rigurosa y amorosa que logra rescatar no solo el mobiliario, los carteles, los juguetes, sino también los espacios y el clima anímico de una época.

Es una recuperación melancólica. De quien vuelve los ojos al pasado y sabe que algo muy profundo se perdió. Porque lo ocurrido resulta evanescente y solo pervive en la memoria. La evocación entonces, que es individual e intransferible, puede ser compartida en un auténtico acto de comunión. Así, Roma está teñida de un halo de nostalgia: por la mal llamada edad de la inocencia, por el alboroto perpetuo y la mezcla inseparable de realidad y ficción típicas de la niñez, por los afectos del pasado, por las relaciones rotas, porque la existencia transcurre y el ayer es irrecuperable. Tiene un tono melancólico que asume, creo, la fugacidad de las cosas, la fragilidad de los apegos. Esa disposición de ánimo propia de la edad adulta que sabe o intuye que el pasado, por fuerza y necesidad idealizado, no volverá.

Las relaciones entre los integrantes de una familia de clase media y “sus” sirvientas (trabajadoras domésticas se les dice ahora, no en aquellos tiempos) son retratadas con fidelidad, cuidado y cariño. Al mismo tiempo relaciones jerárquicas, de subordinación, verticales (se le puede ordenar a la sirvienta, sin asomo de malestar, que vaya a preparar el té del señor, aún cuando esté viendo la televisión), pero envueltas en un cerco de afecto, comprensión y solidaridad recíprocas (el acompañamiento al embarazo e intempestivo parto de Cleo —Yalitza Aparicio asombrosa en su arco emocional— o el rescate de los niños en el mar). No es una denuncia elemental, panfletaria, sino un acercamiento a la complejidad de las relaciones más que asimétricas en un México labrado por oceánicos contrastes. Las trabajadoras migrantes encuentran en esos hogares un ingreso y un refugio, pero laboran sin derechos y bajo el mando discrecional de sus patronas.

Roma es también la historia de mujeres abandonadas que deben enfrentar su soledad con entereza. No son débiles ni improductivas. Todo lo contrario: su fuerza de carácter, ante la adversidad, es el resorte que eventualmente les abrirá un futuro labrado por ellas mismas. No son resignadas y si bien las circunstancias delimitan sus posibilidades, asumen de forma discreta pero resuelta que su futuro no es un destino inmodificable. Son mujeres singulares dentro de la tradición cinematográfica mexicana tan dada a los estereotipos simplistas.

Múltiples notas de paso dan cuenta de aquellos tiempos: en un cerro pelón el llamado a votar por LEA o el profesor Zovek, al mismo tiempo hombre del espectáculo y entrenador de los Halcones. La agresión y matanza del 10 de junio está recreada bajo una enorme tensión dramática. El joven “halcón”, pareja circunstancial y padre del hijo de Cleo, es un machito que encuentra refugio en la banda paramilitar fraguada y entrenada por el gobierno y utilizada para poner un hasta aquí a los estudiantes universitarios de la época. Pobre, parco, elemental, construye su orgullo apropiándose de las poses y rutinas de las artes marciales. Víctima y victimario se podría decir. Y al colocar a ese personaje en el centro, se devela otra perspectiva de aquella represión criminal.

El pasado es una sombra que nos acompaña. No se le puede exorcizar. Vive en nosotros. Nos alimenta y lo alimentamos al recodar. Es, aunque lo neguemos de manera necia, lo que nos forjó. No hay manera de desterrarlo, de borrarlo. Es el pasado que no existe y está presente, como diría Guadalupe “Pita” Amor refiriéndose a Dios. Y Cuarón, con su película, hace que el ayer reaparezca hoy.


Publicado originalmente en El Universal.

 

Compartir