El domingo escribí sobre otro asunto. Pero el lunes en la mañana me entero de los resultados de la llamada consulta y de la reacción de los organizadores y decido escribir estas notas al “bote pronto”. Me refiero solo al procedimiento. Por desgracia lo que parece un juego no lo es.

Ilustración: Víctor Solís

1. La votación realizada entre el 25 y 28 de octubre puede ser denominada como se quiera menos consulta. La consulta está regulada por la Constitución y la ley y el ejercicio realizado no cumplió con ninguna de esas condiciones normativas.

2. Habrá quien diga que mejor eso a nada. Pues no. La única garantía que tenemos los ciudadanos de que nuestras autoridades no actúen de manera discrecional, arbitraria o facciosa, es precisamente la ley. Son las normas las que establecen lo que pueden hacer y las condiciones para ello.

3. Se dirá entonces que los organizadores no son aún gobierno y que por ello no están obligados a cumplir –como si fueran gobierno- con el marco constitucional y legal. Y en efecto así es. Pero faltando apenas un mes para su ascensión como tal, la única manera de leer el ejercicio es como una fórmula para hacer a un lado las obligaciones normativas.

4. La “consulta” no contó con ninguno de los mecanismos de seguridad con la que se realizan en México las elecciones. Ni listas de electores, ni funcionarios de casilla sorteados y capacitados, ni vigilancia por parte de representantes de ambas opciones, ni posibilidades de inspección, ni tinta indeleble para evitar el doble voto y sígale usted. Por lo que sus resultados pueden ser creídos o no. Actos de fe.

5. La “consulta” refleja de manera mucho más inexacta que una encuesta la “voluntad popular”. La segunda se construye con una muestra representativa de la población, la “consulta” está sesgada desde el origen. Ni remotamente se puede afirmar que “representa” la opinión de la sociedad.

6. El pueblo se hizo chiquito. Según los propios organizadores votó un poquito más del uno por ciento de los electores registrados en el parón. Es decir, 99 de cada 100 no participaron. Ello porque en muchas poblaciones –se anunció desde el inicio- no se instalaron casillas (se excluyó a parte del pueblo) y los otros porque simple y llanamente le dieron la espalda al ejercicio.

7. Como siempre sucede, el pueblo que compareció votó dividido (70-30). Lo digo solamente para subrayar lo obvio: el pueblo no es un bloque ni un monolito. Se trata de un conjunto diverso, plural, con intereses, marcos ideológicos, sensibilidades, visiones y reacciones desiguales y distintas. Eso que cualquiera puede constatar es el piso sobre el cual se edifican sistemas democráticos que intentan forjar condiciones para la reproducción, convivencia y competencia de esa pluralidad.

8. Por el contrario, la utilización del “pueblo” como si fuera portador de una sola voluntad, una sola voz, un solo interés, es lo que ayer y hoy “permite” a algunos hablar en su nombre y desconocer como interlocutores legítimos a quienes disienten de su voluntad. Lo cual no suele presagiar nada bueno.

9. No puede ser considerado como un ejercicio de democracia directa porque careció de un marco normativo, porque no ofreció garantías de imparcialidad en su organización ni de equidad entre las opciones contendientes, excluyó a millones y sus promotores siguen siendo un grupo de particulares que, bien a bien, pueden hacer con los resultados lo que quieran. Y otra vez, si así se entiende la consulta al pueblo, lo que tendremos serán “consultas” para que el pueblo diga lo que su pastor guste y mande.

10. México ha construido instituciones en diversos campos. Muchas son débiles, funcionan de manera inapropiada y tienen carencias. Otras, por el contrario, llevan a cabo tareas estratégicas, lo hacen con esmero y cumplen su función. Sostienen y ofrecen cauce a buena parte de la vida social y sin duda son superiores a los deseos y afanes de una o más personas, por más bien intencionadas que sean. Temo a la desinstitucionalización del país, al reino del capricho.

 


Publicado originalmente en El Universal.

 

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