John Keane. Vida y muerte de la democracia. Traducción: Guillermina del Carmen Cuevas Mesa, Fausto José Trejo, Gerardo Noriega Rivero, Alejandro Pérez-Sáez y Ricardo Martín Rubio Ruiz. Fondo de Cultura Económica. INE.  México. 2018. 910 págs.

Lo primero que quiero destacar es la ambición del libro: un recorrido histórico por las ideas, las prácticas, las innovaciones y el significado múltiple de la democracia. Se trata de una historia laberíntica, compleja, zigzagueante y siempre sujeta a contingencias. No hay nada parecido a leyes de la historia ineludibles, sino una trayectoria que vale la pena conocer para evaluar el sentido profundo de lo que hoy denominamos democracia y su siempre presente fragilidad.

Se trata de un texto al mismo tiempo ambicioso, erudito y sugerente. Ambicioso porque es un mural de siglos, países, épocas, personajes, autores, circunstancias, que ofrece una panorámica rica y compleja. Erudito por el conocimiento de una gama de temas y tratamientos portentoso. Y sugerente porque más allá del conocimiento que proporciona induce a reflexionar sobre el presente y futuro de la democracia. Escrito con algo más que buena pluma, está cargado de reconstrucciones inquietantes además de aleccionadoras y capaz de recrear la tensión de múltiples momentos plásticos, es decir, de episodios en los que se forjaron los nuevos horizontes e inventos de ese largo y sinuoso recorrido que ha marcado a la democracia.

Pero quizá su mayor pertinencia sea resultado de la época convulsa y preocupante que nos ha tocado vivir. Escrito antes de la irrupción en el escenario de Donald Trump y lo que ello significa y de la multiplicación de los nacionalismos extremos en Europa (aunque ya despuntaban), es un llamado de atención sobre los acosos y vulnerabilidad de un régimen de gobierno que intenta y logra que la diversidad de opciones que cruzan una sociedad puedan contender sin necesidad de desgarrar eso que algunos llaman el tejido social. Cuando la “desafección y el desencanto”, como apunta Lorenzo Córdova, marcan muchas de las reacciones ante la democracia, nunca estará de más insistir en su superioridad política e incluso moral en relación a cualquier otro sistema de gobierno. Porque desde el inicio, como lo hace el libro, hay que decirlo: la democracia es una creación humana y como tal no solo es falible sino mortal.

Keane reconstruye a grandes pero precisos trazos una larga y complicada historia a la que divide en tres grandes etapas: a) la democracia asamblearia que no nació en Grecia (como me habían enseñado) sino en Mesopotamia, b) la democracia representativa, cuyos antecedentes pueden rastrearse desde el siglo XVII y que es la fórmula consagrada que nos acompaña —declinante, diría el autor— hasta la fecha y c) la democracia monitorizada que al parecer está remplazando a la anterior, volviéndola una fórmula de gobierno infinitamente más enmarañada.

La democracia asamblearia es el “gobierno ejercido entre iguales” y no fue una aparición sino fruto de procesos diversos. Crisis de sucesión, golpes de Estado, levantamientos populares, por ejemplo, se conjugaron seis siglos antes de Cristo para que, en Atenas, “para poner fin a la violencia”, se reconociera “el poder de los sin poder”. El Ágora antecedió a esa invención y fue un vehículo para asentarla. Fue el espacio donde se congregaban libremente un enorme número de personas para realizar diversas actividades: “desfiles, conversaciones, festivales, compra y venta de objetos, competiciones deportivas, juicios públicos y representaciones teatrales” y que aceitó la idea provocadora de que los hombres podían gobernarse a sí mismos.  Esos espacios públicos, abiertos, acabarían siendo sinónimo de democracia. Los hombres eran la medida de los hombres (no las deidades) como apuntó en su momento Protágoras. Atenas era una sociedad esclavista que además excluía a las mujeres del debate público, pero en sus asambleas se forjó la idea de la superioridad de la deliberación sobre el mandato unipersonal. Y junto a ello una serie de instrumentos novedosos y pertinentes para su tiempo: el “ostracismo”, “una táctica para impedir el ascenso de demagogos, golpistas y tiranos mediante el destierro”, que, sin duda, era menos radical y sangrienta que la muerte; tribunales para dirimir diferencias; la fórmula de delegación de la asamblea a ciudadanos particulares; la alternancia en los cargos públicos; nuevas figuras: inspectores, embajadores, jurados, oficiales militares y más. Y desde entonces, también sus enemigos, que veían en el demos una masa “ignorante y fácilmente excitable”. Las páginas dedicadas al final de la democracia merecen mención aparte porque ilustran los venenos que pueden disolverla: el peso de las élites militares o los intentos por imponerla a sangre y fuego en otros territorios.

Keane ilustra cómo lo sucedido en Atenas encuentra influencias en el Oriente; fórmulas democráticas que proceden de las ciudades fenicias como Biblos o de la zona que hoy ocupan Israel, Líbano y Siria. Se trata de las primeras asambleas imbricadas con concepciones míticas, ya que las de los hombres simulan las asambleas de los dioses. De igual forma, nos dice, la tradición de las asambleas se extendió en el mundo del primer islam “que cultivó una cultura del poder compartido sin violencia entre gobernados y gobernantes” y cuyo recinto fundamental fue la mezquita.

Lo que mejor conocemos y de alguna manera lo hemos vivido es la democracia representativa. Se trata de una vasta experiencia histórica que va generando usos, prácticas e innovaciones hasta modelar un nuevo tipo de gobierno. Una construcción con múltiples nutrientes y fórmulas específicas que el libro recrea de forma magistral. Las elecciones, los partidos, los parlamentos, las constituciones escritas, los cargos públicos de duración limitada, el derecho de reunión y asociación, la libertad de expresión y de prensa, los juicios con jurado, las peticiones públicas, las asociaciones civiles, los gabinetes, son invenciones relativamente recientes que conformaron un nuevo tipo de democracia, ya no directa, sino representativa. Desde las primeras Cortes en el siglo XIII hasta los parlamentos vigentes, se ha intentado “fomentar acuerdos políticos entre intereses conflictivos sin tener que recurrir a la fuerza bruta”. Y si bien los primeros difícilmente pueden considerarse democráticos (se reunían con poca frecuencia y lo hacían a convocatoria del monarca), hay una línea de continuidad en la idea de que para funcionar se requieren representantes. Los gremios, las ciudades, los Estados territoriales en su expansión en algo contribuyeron a la forja de la nueva democracia y paulatinamente convirtieron a los ciudadanos en la fuente del poder terrenal. Incluso los concilios de la Iglesia, nos dice Keane, pueden ser presentados como un antecedente de los actuales parlamentos. Lo cierto, sin embargo, es que la imprenta y la libertad de prensa forjaron un nuevo espacio público que hizo que los asuntos públicos empezaran a ser ventilados si no por todos, si por aquellos que sabían leer. Se trata de un empoderamiento progresivo que tendrá derivaciones sustantivas. Los gobernantes empezaron a estar obligados a buscar fórmulas de legitimación de su gestión y los ciudadanos contaron con instrumentos para la crítica y la exigencia.

La experiencia estadounidense es estudiada de manera especial y su influencia expansiva también. La alternancia pacífica de los gobiernos, los derechos de las minorías, los vetos, las convenciones nacionales de los partidos, la expansión de la sociedad civil, las reuniones públicas con fines políticos, las nuevas formas de proselitismo, las campañas, los políticos profesionales, la votación secreta, las elecciones primarias, son instituciones, actores y prácticas que en su momento inyectaron una mayor vitalidad a la democracia y conformaron su mecánica. Y junto a ello no podían dejar de aparecer sus patologías: los lazos entre dinero, negocios y política; el clientelismo, la utilización de los cargos públicos para beneficiar a los allegados, las relaciones desiguales entre jefes y seguidores, el sentimiento anti partidos, la demagogia, las exclusiones.

En el siglo XX irrumpe en todo el mundo la llamada cuestión social. La igualdad que porta la democracia no puede ni debe expresarse solamente el día de las elecciones, es menester extender esa igualdad a los terrenos económico y social y no es casual que en el marco de algunas de las democracias representativas se edifiquen los llamados estados de bienestar. En el terreno específico de la política se producen innovaciones: las exigencias de transparencia de los gobiernos, el acceso a la información pública, la representación proporcional en los Congresos, la emergencia y centralidad de los especialistas. Y en el caso estadounidense la flagrante contradicción entre ser una democracia y un imperio que a través de sus intervenciones hizo nugatorio el derecho de distintos pueblos a autogobernarse.

Especialmente interesante resulta el capítulo sobre los países de América Latina que a principios del siglo XIX optan por diseñar repúblicas democráticas en sus constituciones, que paradójicamente abren el paso al extendido fenómeno del caudillismo que degenera en despotismo. Un abismo entre Constitución y realidad que se extiende hasta nuestros días. Y la recreación de lo sucedido en el siglo XX en Europa no puede leerse sino como un llamado de alerta. En donde la democracia supuestamente se encontraba mejor implantada irrumpieron los totalitarismos que marcarían si no su fin, si su casi extinción.

John Keane dedica las últimas trecientas páginas de su libro a desentrañar las características de lo que él denomina la democracia monitorizada y de los nuevos peligros que corre. La democracia de nuevo tipo, para serlo, rompe, en muchos casos, con las supuestas precondiciones que algunos estudiosos habían fijado, como lo prueba con la reconstrucción del deslumbrante caso de la India. La democracia monitorizada tendencialmente amplía el espíritu nivelador del voto para proyectarlo a otras esferas de la vida en común, destacadamente hacia la dimensión social. Vive con y para una sociedad civil más densa, preocupada y fiscalizadora de los actos del poder público, la cual impone agendas y exigencias varias. Genera mecanismos de lo que se podría llamar justicia alternativa, reclama que se consulten las iniciativas, puede desarrollar acciones de resistencia pacífica, demanda cuotas para los grupos excluidos. En suma, se trata de una democracia que rebasa, y con mucho, el circuito de elecciones, partidos y representación, y que pone en acto, por ejemplo, nuevos mecanismos de rendición de cuentas, exige presupuestos participativos, lleva las elecciones a ámbitos antes inmaculados (las escuelas o las organizaciones empresariales), demanda descentralización en la toma de decisiones, en una palabra, construye un ambiente de mayores exigencias para el poder político tradicional. Todo ello puede observarse como promisorio y difícilmente reversible en las condiciones actuales.

No obstante, no todo son luces. Los políticos tradicionales, sujetos a un mayor escrutinio y a un discurso facilista que en ocasiones los desacredita en bloque, tienen que compartir el escenario con nuevas “estrellas”: actores de cine o deportistas que gracias a su mayor visibilidad pública y al descrédito de los primeros emergen como líderes de opinión y candidatos a diferentes cargos electivos. De hecho, se empiezan a forjar fórmulas de “representación” no elegidas, sino más bien ungidas que, sin embargo, logran conectar con franjas de ciudadanos. La política mediática se coloca en el centro y lo que sucede en ocasiones en los circuitos de representación tradicionales pasa a ocupar (aparentemente) un segundo plano. El personalismo desplaza a las construcciones ideológicas y reblandece a los partidos. Y todo ello acarrea riesgos que vale la pena comprender y atender: la idea de que puede existir una política sin política, que una persona puede, y peor aún debe, substituir al pluralismo, el clamor por liderazgos sólidos y únicos, más la explotación de las pulsiones nacionalistas que ven en los otros la fuente de todos los problemas, conforman un potaje que puede ser veneno para la democracia.

La violencia, los conflictos religiosos, las migraciones masivas, los enfrentamientos étnicos, están poniendo en cuestión el optimismo ingenuo que irradió el desplome del mundo soviético y la potente ola de transiciones democráticas que se vivieron en muy diversas zonas del mundo. Sabemos que la democracia no tiene “garantía” y que por el contrario puede caducar. La democracia monitorizada es según Keane, una auténtica mutación que si bien proviene de la representativa hoy es otra cosa: sigue siendo un gobierno no violento, legítimo, que busca el respaldo del “pueblo”, pero que se encuentra sujeto a un mayor escrutinio y desconfianza; que no se quiere concentrado, que genera circuitos extraparlamentarios de inspección y una vigilancia perpetua que hace más difícil y tortuoso el ejercicio del poder político. Su sello singular es el del escrutinio continúo del poder por parte de las instituciones constitucionales y de otras asentadas en la sociedad civil. Creo que en esta dimensión Keane se emparenta con Rosanvallon1 que señalaba que la democracia carga en su propio código genético la necesidad de crear pesos y contrapesos, circuitos judiciales para desahogar litigios y diferencias, una mecánica de mayoría y minorías, junto al temor de un poder desbordado que vulnere derechos y libertades de los ciudadanos, lo que arma una especie de laberinto que hace más intricado el ejercicio del poder. Pero ahora dentro de una “abundancia comunicativa” de la cual es muy difícil sustraerse.

El escepticismo hacia el buen desempeño de las instituciones republicanas ha generado organismos de control y vigilancia, una mayor participación de millones de ciudadanos en los asuntos públicos que no han dejado de sacudir ni a las Cumbres de los principales hombres de Estado. Todo ello puede resultar promisorio, pero en el otro plato de la balanza deben colocarse fenómenos como la decepción, inestabilidad y contradicciones que produce la abundancia comunicativa, el acoso a la vida privada de los personajes públicos, la política viral en las redes con sus verdades y mentiras y sus verdades a medias y mentiras a medias.

Todo indica que las democracias de hoy se reproducen en medio de un profundo malestar. Los recelos contra los partidos y los parlamentos y el descrédito de la política, son alimentados por los fenómenos de corrupción reiterados, la arrogancia de los líderes, el dinero negro en la política. Da la impresión que los medios y las redes son hoy un sistema de representación simbólica e inquisidor que hace de la política un espectáculo (como ya lo apuntó Mario Vargas Llosa)2 de corto plazo, capaz de quemar famas en un santiamén, una especie de “gobierno paralelo de celebridades apartidistas y personajes paradigmáticos armados con un micrófono…”.

Y si a ello sumamos (solo enuncio) la globalización y su impacto que descoloca las coordenadas de la antigua política territorial, los “conglomerados de instituciones intergubernamentales atrapadas en redes globales de interdependencia”, las economías conectadas y el menor impacto de las políticas nacionales, la brecha que se ensancha entre ricos y pobres, la creciente ola nacionalista si no es que chovinista y xenófoba, la proliferación de armas nucleares (que Keane denomina como anarquía nuclear), las guerras no civiles y la expansión del terrorismo, más las políticas intervencionistas que a nombre de la democracia han alimentado no solo conflictos sin fin, sino el descrédito de la propia idea democrática; entonces parece necesario hacer un alto en el camino para reconocer los desafíos de la democracia monitorizada si es que queremos reformarla y reforzarla poniéndola al día.

La humanidad no ha logrado idear y construir un régimen de gobierno mejor que el democrático que “suponía que los humanos podían decidir por sí mismos como iguales como habían de gobernarse”. Pero ese enunciado elemental y fundamental hoy es acosado desde muy diferentes flancos. Y no existen garantías de que ese ensueño, en diferentes momentos y territorios, hecho realidad con todo y sus imperfecciones, tenga asegurada su pervivencia. La democracia, por su propia naturaleza, siempre producirá insatisfacción, siempre será un régimen inacabado (nunca consolidado de una vez y para siempre), vivirá con una no correspondencia, una tensión, entre promesas y logros, pero no hemos sido capaces de inventar un mecanismo mejor contra el poder concentrado.

Leo lo anterior y me doy cuenta que he suprimido una dimensión fundamental del libro: su sabor. La manera en que se narran los acontecimientos, llenos de estampas, de personajes, de situaciones que le proporcionan un saborcillo muy especial: grato, sugerente y hasta placentero. Lo que no fácilmente se puede decir de textos similares.

 

Publicado originalmente en la Revista de la Universidad de México Nº 840, septiembre de 2018


1 Pierre Rosanvallon. La contrademocracia: la política en la era de la desconfianza. Manantial. 2008.

2 La civilización del espectáculo. Alfaguara. 2012.

 

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