BIOGRAFÍA CUMPLIDA

José Woldenberg

Carlos Tello Macías. Ahora recuerdo. Cuarenta años de historia política y económica de México. Debate. Facultad de Economía. UNAM. México. 477 págs. más fotografías.

“En política, la distinción más normal, en realidad la más tópica, es la que se hace entre el hombre o mujer que ocupa un puesto público con objeto de disfrutar personalmente los placeres que procura y quien ve tal posición como la oportunidad para intervenir en la vida pública y modificarla”

John. K. Galbraith. Con nombre propio.

Ahora recuerdo es una autobiografía de Carlos Tello Marcías. Una forma de recuperar un pasado digno de ser contado y conocido. De manera coloquial, sin barroquismos, con un lenguaje informal pero expresivo, Tello reconstruye sus recuerdos. Son las remembranzas que carga y lo modelan. Sabe que su trayectoria no ha sido anodina, sino interesante y creativa y que por ello escribirla como quien narra un cuento tiene sentido. Y mucho.

Ahora recuerdo es un libro serio pero ligero. Serio porque la biografía de Tello lo es: funcionario público de primera línea, representante de México en el extranjero, profesor e investigador universitario, autor de libros y artículos, hombre controvertido y comprometido. Y ligero, porque relata y describe, como si se tratara de una conversación entre amigos, episodios de su vida pública que resultan no solo interesantes sino aleccionadores. Es un recorrido por una vida dedicada al servicio público y a la enseñanza y la investigación; plena, abarcadora y no carente de tensión dramática. Tello asumió sus responsabilidades como causas que merecían ser impulsadas. Alejado de la inercia, del servilismo, del chambismo, Tello encarna al funcionario convencido de su labor y de las capacidades transformadoras (para bien) del servicio público.

Hay que repetirlo: en épocas en las que el sentido común –bien aceitado por los medios de comunicación- tiende de manera mecánica a menospreciar la función pública; en tiempos en que laborar para el gobierno (cualquiera que sea) es sinónimo de incompetencia, corrupción, arribismo; Tello hace una reivindicación emocionada y convencida del significado profundo de trabajar en las instituciones estatales. No un trabajo más, sino una labor que puede resultar estratégica si se activan las palancas necesarias para revertir realidades indeseables. El libro irradia un gusto y un orgullo por la tarea realizada y en períodos en los cuales todos los gatos parecen pardos, la trayectoria de Tello resulta singular, relevante y congruente. Singular, porque no hay muchos como él. Relevante, porque estuvo en el centro de acontecimientos que modelaron el rostro del país. Y congruente, porque a lo largo de las páginas aparece un personaje preocupado siempre por las enormes desigualdades que tiñen al país y por las fórmulas más eficaces para construir un México para todos.

El énfasis, lo central del libro, es la vida pública de Carlos Tello, aderezada con unos pocos gramos de vida privada. Como debe ser. Quizá nada le ha hecho más daño al seguimiento de la política como su tratamiento con los códigos del espectáculo. Chismes, especulaciones, revelaciones escandalosas, invasiones reiteradas a la privacidad, que substituyen al núcleo duro del quehacer político y que acaban escamoteando lo central –por aburrido, dirían los cronistas de la farándula- y ofreciendo un mundo de luces multicolores y significados mínimos.

También, dosificados, aparecen los ajustes de cuentas del autor con aquellos funcionarios que no le merecen aprecio, con los que tuvo pálidos o agudos enfrentamientos y con los que de plano desprecia. Pero esas “venganzas” que aparecen una aquí y la otra allá, apenas salpican el relato y le arrancan una sonrisa al lector.

Tello empieza por el principio: sus estudios. Hijo de un destacado diplomático, narra su estancia en la Universidad de Georgetown (1955) para estudiar administración de negocios. Nos informa de sus lecturas y maestros, de su posterior ingreso a la maestría en economía en la Escuela de Negocios de la Universidad de Columbia en Nueva York. Sus influencias intelectuales: Veblen, Schumpeter, Kalecki, Baran, Sweezy, Keynes, Hirschman. Se trata de los nutrientes originales de una biografía intelectual, de las pistas para entender las obsesiones y los filtros a través de los que Tello entiende eso que llamamos realidad.

En julio de 1959 ingresa a trabajar a Nafinsa e inicia su trayectoria en el sector público. Se incorpora al Departamento de Captación del Ahorro Externo. Pasa, con posterioridad, a la recién creada Secretaría de Patrimonio Nacional, lo que le significó “un segundo posgrado”. Vuelve a salir del país en 1961 para estudiar un doctorado en economía en la Universidad de Cambridge. Tiene 22 años y ya está casado con Caty que desde entonces lo acompaña en sus aventuras. Su supervisor es Nicolás Kaldor. Hasta allá llegan los ecos de la revolución cubana. Su trabajo: leer, escribir, debatir, pensar.

A su regreso en junio de 1963 se reincorpora a la Secretaría de Patrimonio, se convierte en adjunto de Horacio Flores de la Peña en la materia que impartía en la entonces Escuela Nacional de Economía de la UNAM y empieza a dar clases en El Colegio de México.

Son los tiempos del desarrollo estabilizador. Años de “estrecha cooperación entre los principales actores económicos y sociales”. Años en los que se consolida “la rectoría económica del Estado y la economía mixta”. “El gobierno aportó reglas claras y una enorme capacidad para construir consensos, para negociar y llegar a acuerdos. Los agentes económicos… sabían a qué atenerse… (Se trataba de) combinar el crecimiento económico con la estabilidad de precios en un clima de paz social”. Tello se siente satisfecho de su participación en esos esfuerzos. Pero reconoce que “junto con la solidez monetaria, el crecimiento económico y la aparente estabilidad, estaban la creciente concentración de la riqueza, los rezagos en la atención de los servicios sociales, la concentración de la propiedad… la insuficiencia agropecuaria, la ineficiencia industrial… y la insuficiente práctica democrática”. Recuerda “la represión campesina, obrera y magisterial. Incluso, todavía en 1965, se reprimió a los médicos”.

Tello narra con detalle los problemas para coordinar los esfuerzos entre las Secretarías, los laberintos burocráticos, las zonas de convergencia y las tensiones. Tenían que armar un programa anual de inversión pública, y ya se sabe, dado que los recursos son siempre limitados, establecer las prioridades no es tarea sencilla. Son años de grandes proyectos públicos que se diseñan en las oficinas de las Secretarías y a Tello le interesa generar desarrollo, atemperar las desigualdades, apoyar a las comunidades más pobres no solo con programas de asistencia.

En ese contexto se da el estallido del 68. Un movimiento estudiantil, masivo y pacífico, pone en jaque los resortes atrofiados del gobierno. Un gobierno vertical, autoritario que solo puede ver en la disidencia una conjura, una conspiración. Escribe Tello: “tuve la oportunidad de leer, en la Secretaría de la Presidencia, los informes que la policía enviaba al gobierno. Las inconsistencias, mentiras, verdades a medias que contenían era asombrosa”. Una pista más para comprender la paranoia gubernamental. Porque si desde el gobierno las “cosas” se “codifican” en lenguaje de Guerra Fría, lo más probable es que las policías elaboren los informes en el mismo lenguaje. Dice también que “la nación no estaba preparada ni cívica ni política ni institucionalmente para enfrentar óptima, justa y oportunamente un fenómeno que pocos hubieran imaginado años antes”. Creo que si hubiese substituido “nación” por “gobierno” la afirmación hubiera sido más precisa. Narra el despido de algunos de sus amigos (Rolando Cordera, Pablo Pascual y Francisco Javier Alejo) por haber firmado un documento en contra de la represión y favorable a los estudiantes. El 68 irradió su fuerza en todas direcciones.

Tello narra y analiza su paso por la Secretaría de Hacienda durante el gobierno de Luis Echeverría. El primer Secretario fue Hugo Margáin y en la Subsecretaría de Hacienda estaba Mario Ramón Beteta. Con él entró a trabajar Carlos Tello en el área de crédito. Su encomienda “lo entusiasmaba”. Sabía que entraba a laborar a una Secretaría central, estratégica, una especie de “vicepresidencia económica”. Suele generar –a decir del autor- un grupo cerrado, especializado, autorreferente. “En sus corredores umbrosos y en sus interminables recovecos se toman decisiones que afectan a todos en todas partes del país”.  Recrea las pugnas en la Secretaría. No son solo conflictos inter burocráticos, sino de líneas políticas enfrentadas: “quienes queríamos promover y expandir la base del desarrollo nacional y quienes, por el contrario, buscaban a cualquier precio la estabilidad y finanzas públicas “sanas””. Eso se traducía no solo en perspectivas diferentes, sino que en la SHCP cada vez que se planteaba una obra se argüía que no había recursos suficientes, cuando Tello creía que debía ser al revés: “si la obra o proyecto era conveniente, el planteamiento correcto debió ser: hágase la obra o el proyecto y consíganse los recursos”. Esas ideas enfrentadas, esa experiencia vivida, ese conocimiento de la casa en la que se cocinan las políticas económicas, -creo- es uno de los nutrientes de lo que luego sería uno de los libros más leídos de Carlos Tello, que junto con Rolando Cordera publicó La disputa por la nación (Siglo XXI. 1981). Un análisis y un alegato a favor de uno de los dos grandes rumbos entre los que se debatía México al inicio de la década de los ochenta (“nacionalista” vs “neoliberal”).

Tello entra en contacto con los organismos financieros internacionales (FMI, BID, etc.). Hace un relato de sus reuniones y acuerdos, de los proyectos que se pueden echar a andar con esos recursos. Y uno –ya lo sospechaba- tiene que llegar a la conclusión que esos leones no son como los pintan (por lo menos los caricaturistas de la política).

En enero de 1975 Tello es nombrado subsecretario de Ingresos. Uno de los eslabones más débiles de la cadena de gobierno. Quería mejorar el sistema tributario, descentralizarlo, fortalecer la relación con las entidades, simplificar su pago, ayudar a los contribuyentes a cumplir, modificar algunos impuestos sobre todo el ISR y preparar una profunda reforma fiscal. Y cuenta el episodio de la “filtración” de un borrador de reforma y de cómo fue utilizado para “pegarle” al pre candidato López Portillo (entonces Secretario de Hacienda). Es una de los múltiples capítulos que Tello arma con gracia y pertinencia. Gracia porque lo relata coloquialmente y pertinencia porque ilustran como se manejan las cosas en ese espacio que relaciona a los poderes públicos con los grandes medios de comunicación.

Recomiendo, y mucho, acercarse a las páginas donde el autor narra el día a día de su trabajo. Sus reglas, su disciplina, las relaciones con sus subordinados y jefes (se tratan de estructuras jerárquicas, por si alguien no lo sabe), su impulso a diferentes proyectos. Contra la imagen pública de un funcionariado indolente, inercial, abusivo, aparecen equipos profesionales, dedicados, con intereses y proyectos, con valores y horizonte. Quizá sirva para conocer en serio lo que sucede en el mundo de la burocracia (sin tono peyorativo) y para alejarnos de las reducciones en curso.

Tello fue el primer secretario de la recién creada Secretaría de Programación y Presupuesto. El presidente López Portillo lo nombró, y la dependencia conjugaba ahora funciones de las anteriores Secretarías de Presidencia, Patrimonio Nacional, Industria y Comercio y le quitaba facultades a la de Hacienda. Tenía, como su nombre lo indica, las tareas de programación y presupuestación anual y sexenal, además de “construir un sistema de información económica y social y participar de manera destacada en la definición de la política económica y social”.

Fue necesario integrar, remodelar, trazar los programas de trabajo, armar un equipo, nombrar a los delegados en los estados. Y por supuesto realizar las tareas sustantivas. Es en ese terreno donde se presentarán las fuertes tensiones con la Secretaría de Hacienda que al final llevarán a Tello a presentarle su renuncia al Presidente. Otra vez, son dos formas de ver las tareas del gobierno, dos filtros a través de los cuales se evalúan las políticas de fomento, de ingreso, de gasto, de participación estatal, etcétera. Los choques en el gabinete se vuelven recurrentes. La convergencia de Hacienda y el Banco de México choca con Programación y Presupuesto y finalmente, en un hecho singular para la época, Tello hace pública su renuncia a la Secretaría. No aduce razones de salud, tampoco el fin de un ciclo ni cualquiera de las excusas en boga, sino que con todas sus letras apuntas a las diferencias irreconciliables. Escribe: “Las divisiones que en materia de política económica existen dentro del gabinete… dificultan la instrumentación de la política económica y social por usted definida”. Por eso se va.

(Un paréntesis: de manera tangencial Tello toca el tema del sindicalismo universitario por aquellos años y las diferentes posiciones que en el gobierno existían ante él, así como la convicción del Presidente de que el Partido Comunista “y otros grupos de izquierda” “buscaban desestabilizar al régimen” –Otra vez no juzgar a los movimientos por lo que demandan, sino por lo que supuestamente desean-. Es un episodio que me incumbe porque por aquel entonces era yo secretario de educación sindical y promoción cultural del STUNAM. Escribe Carlos Tello: “En marzo de ese mismo año (1977), a raíz de los sucesos que se dieron en Oaxaca y que llevaron a la licencia que solicitó el gobernador Zárate Aquino… fueron encarcelados Eliezer Morales, Pablo Pascual, José Woldenberg, César Chávez y otros amigos universitarios…”. Es un error. Fuimos encarcelados cuando la policía rompió la huelga que por la firma de un contrato colectivo único habíamos estallado en la UNAM y me llama la atención que Carlos ni siquiera haga alusión a dicha huelga. Pero en fin…).

Fuera del gobierno, Tello vuelve a su segunda querencia: la academia. Se incorpora como investigador a la Dirección de Historia del INAH. Escribe entonces un importante libro: La política económica en México 1970-1976 que publica la editorial Siglo XXI. Con Clark W. Reynolds de la Universidad de Stanford desarrolla un proyecto conjunto sobre las relaciones entre Estados Unidos y México que desemboca en el libro U.S.-Mexico Relations. Economic and Social Aspects que en México publica el Fondo de Cultura Económica. Y en la parte final de la administración del presidente López Portillo, Tello vuelve a la función pública como director general de la Financiera Nacional Azucarera.

Y luego la nacionalización de la banca. Se trata de un capítulo central en su biografía y quizá de lo que pudo haber sido un parteaguas en la historia del país. Tello cuenta, desde su perspectiva, la forma en que el Presidente tomó la decisión de nacionalizar la banca y establecer el control de cambios. Las reuniones previas, el diseño de varias alternativas, la forma discreta en que se procesó, las reacciones en el gabinete, el malestar de quien entonces ya era el candidato a la Presidencia destinado a ganar (Miguel de la Madrid). Explica con puntualidad su breve gestión (90 días) en el Banco de México, el nombramiento de los directores de los bancos nacionalizados, y las líneas de política económica que se trazaron durante su gestión. Se trataba de “que la banca estuviera al servicio de la producción y el empleo”. “No era solo un cambio de dueño”. Y por supuesto analiza también la campaña desatada contra el Presidente y la nacionalización y las reformas a la reforma que se llevaron a cabo bajo el gobierno del presidente De la Madrid. Tello insiste, y con razón, que no puede hacerse una evaluación cabal de aquella gestión porque duró solo tres meses, muy poco para apreciar sus eventuales resultados.  (Para los interesados en el tema, ahí está también el libro de Tello La nacionalización de la banca en México. Siglo XXI. 1984).

Durante la administración del Presidente Miguel de la Madrid, Carlos Tello estuvo un buen tiempo en la otra banca. No era del agrado del titular del Ejecutivo. Y de nuevo, no perdió el tiempo. Vuelve a las actividades docentes y de investigación en la Facultad de Economía de la UNAM.

Pero en 1987 le ofrecen la embajada de México en Portugal y allá se dirige. Es el primer eslabón en el servicio exterior que con posterioridad lo llevará a Moscú, La Habana y San Francisco. Esa cadena solo será interrumpida por una breve estancia como Presidente del Consejo Consultivo del Programa Nacional de Solidaridad durante la primera parte de la administración del Presidente Salinas de Gortari. Tello recrea su experiencia en la URSS y Cuba de manera prolija y elocuente. De Moscú describe varias estampas de la vida cotidiana, sus actividades como embajador, las tareas que tenía encomendadas, pero sobre todo, lo más interesante, los acontecimientos de aquel intento de golpe de Estado contra Gorbachov y del que salió robustecido Boris Yeltsin. Fue el inicio del fin de la URSS, de su desmembramiento y del surgimiento de la Comunidad de Estados Independientes. Con las cartas que como embajador Tello le envió al Presidente Salinas armó un sugestivo libro, titulado precisamente Cartas desde Moscú (Cal y Arena. 1994). ¿Qué sería de la vida pública mexicana si sus protagonistas tuvieran la costumbre de documentar sus respectivas tareas y encomiendas? Pero, claro, para eso se necesita tener orgullo por lo que se hace.

A Cuba marcha en 1994. Vive el llamado período especial. Sin la URSS como sostén Cuba transita por dificultades enormes. Intenta y logra fortalecer los lazos e intercambios de México con la Isla y reconstruye sus encuentros y diálogos con los más variados funcionarios (incluyendo por supuesto a Fidel). Hay en los testimonios de Carlos Tello una atracción muy poco disimulada por lo que fue la URSS y lo que es Cuba. Me hubiera gustado alguna distancia crítica en relación a lo que ha sido algo más que el “talón de Aquiles” de esos regímenes políticos: la aniquilación de las libertades, la supresión del pluralismo, la auto afirmación de unos liderazgos que no permiten opciones alternativas. Con la perspectiva que da el tiempo, con las derivaciones perversas que eso tiene, creo que es una omisión demasiado ruidosa.

Tello trabajó 10 años en el servicio exterior (“dos y medio en Portugal, tres y medio en la URSS, después Federación Rusa, un año en Cuba y dos años y medio como cónsul en San Francisco, California”). Como siempre asumió su trabajo con responsabilidad, claridad en los objetivos, disciplina y comprensión de la importancia de la encomienda. No un exilio dorado, no un premio de consolación, no una oportunidad para conocer otras latitudes; una misión que se le encomendaba y que debía cumplir. Nada más, pero nada menos.

Tello se siente también satisfecho de su paso por el Instituto Nacional Indigenista, al que lo invitó a colaborar el Presidente Zedillo. Son los años posteriores al levantamiento del EZLN, y muchas de las posiciones del INI y Tello no se encuentran alineadas con las del resto del gobierno. Sus convicciones lo llevan a roces y tensiones. Es quizá el precio de la congruencia. Pero también, no debió ser fácil trabajar en equipo con Tello teniendo opiniones divergentes. En ocasiones él mismo se presenta con un grado de inflexibilidad que permite imaginar las reacciones de sus compañeros/contendientes.

Por supuesto también aborda su breve experiencia en la Corriente Democrática del PRI. Relata las primeras reuniones para intercambiar puntos de vista sobre el rumbo que había tomado la política económica del gobierno y que no compartían, y sobre la sucesión presidencial que se acercaba. Narra la elaboración de los primeros documentos y su impacto, y finalmente su separación de la CD porque no estaba de acuerdo con la ruta de colisión con el gobierno que se empezó a perfilar. Se desligó así, sin aspavientos, del rompimiento que encabezaron Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo y que llevaría a las primeras elecciones competidas del México moderno junto con la incapacidad para procesar de manera pulcra los resultados, y finalmente la creación del PRD.

Con el triunfo del PAN y de su candidato Vicente Fox termina la carrera como servidor público de Carlos Tello. Desde entonces es profesor e investigador en la UNAM. Hace de la necesidad, virtud: desata un nuevo impulso productivo. En los últimos años ha impartido clases, participado en seminarios, formado parte de grupos de discusión y elaboración, pero de manera destacada ha escrito sobre los temas que le apasionan y obsesionan. Cito sin ser exhaustivo: Estado y desarrollo económico: México 1920-2006 (2007), Sobre la desigualad en México (2010), La revolución de los ricos (2012, con Jorge Ibarra) todos publicados por la UNAM, y el libro reseñado: Ahora recuerdo.

Una biografía cumplida. Digna de ser escrita. Digna de ser conocida.

Febrero de 2014

 

 

 

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