E.L. DOCTOROW. LA GRAN FICCIÓN DEL CAOS
José Woldenberg
El 21 de julio murió E.L. Doctorow a los 84 años. Recreó, como muy pocos, épocas y ambientes. La Guerra Fría, el Macarthismo, el juicio contra los Rosenberg (en la novela los Isaacson), acusados de ser espías soviéticos en El libro de Daniel; el mundo de las pandillas mafiosas en la período de la depresión a través de los ojos de Billy Bathgate; el oeste norteamericano en su primera novela Welcome to hard times, traducida al español de manera exacta como El hombre malo de Bodie; la epopeya de un destacamento del ejército unionista, al que le seguían miles de esclavos liberados, en medio de la Guerra Civil en La gran marcha o los años treinta en Nueva York filtrados por la mirada de un niño (¿el propio autor?) en La feria del mundo, y tantas otras.
Ragtime se convirtió en un best seller en los años setenta del siglo pasado y como suele suceder, en Estados Unidos, llegó al cine. La novela empieza oscilando entre diferentes historias: la tercera expedición al Polo Norte, un triángulo amoroso que no termina con el asesinato del amante a manos del esposo, las peripecias y actos deslumbrantes de Houdini, los flujos migratorios incesantes que entran a los Estados Unidos por Nueva York, las proclamas de la feminista anarquista Emma Goldman, para acabar colocando en el centro del mural la rebelión contra las humillaciones racistas sufridas por un músico negro.
El escenario es los Estados Unidos (en espacial Nueva York), aunque algunos personajes se trasladen a Europa, Egipto o México. La época: los inicios del Siglo XX hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial, años en los que se expande y agota la eléctrica armonía del ragtime. Un país efervescente, vital y contradictorio. Se conjugan los proyectos empresariales más ambiciosos (Ford inventa la producción en cadena, J.P. Morgan es el financiero más poderoso, se viven los inicios de la industria cinematográfica), con las aspiraciones de igualdad y justicia que resultarían utópicas (el anarquismo de la Goldman o el socialismo de otro de los personajes), a lo que se suman los potentes flujos migratorios, las innovaciones tecnológicas y las fórmulas consagradas del entretenimiento de entonces. Un perol donde se cuecen ambiciones, iniciativas e intereses no solo distintos sino claramente enfrentados. Es el inicio paradójico del siglo de los mayores progresos humanos y las más rotundas conflagraciones bélicas.
Se trata de la época en la cual “el patriotismo era un sentimiento digno de confianza”, “las familias ricas pagaban a los periodistas para que silenciaran ciertas historias”, en la que muchos blancos descubren a los negros y los inmigrantes (a pesar de que sus propias familias habían llegado décadas antes en busca de la tierra prometida), cuando los agentes de migración cambiaban los nombres que no podían pronunciar y regresaban a sus lugares de origen “a gente con defectos en los ojos, a personas que de poco servían y también a los que tenían aspecto insolente”, y asimismo cuando Jacob Riis, un “reformador infatigable”, desarrolla sus proyectos de vivienda para los pobres.
Y en ese caldero, Doctorow subraya varias historias singulares que se entrecruzan o que él hace confluir. Houdini es el mago del escapismo, el seductor de las multitudes, el imán de los espectáculos masivos. “Escapó de bóvedas de bancos, de barriles cerrados con clavos, de la caja de un piano Knabe ajustada con cinc, de una pelota de futbol gigante, de un caldero de hierro galvanizado…”. Pero Ragtime cuenta además la historia de la insatisfacción del fascinador que se siente insuficientemente reconocido y que es apreciado más como una atracción circense que como un virtuoso, y la de su amor oceánico por su madre, sin los diques que luego construiría la teoría psicoanalítica. “Sentía un amor apasionado por su anciana madre…Freud acababa de llegar a América…Houdini estaba destinado a ser, junto con Al Jolson, el último de los grandes enamorados de su madre que no se avergonzaban por ello, un sentimiento del siglo XIX del que participaban hombres como Poe, John Brown, Lincoln y James McNeill Whistler. Como es natural, al principio Freud no fue recibido favorablemente en América”.
Freud, por su parte, de 53 años en aquel entonces, parece que no la pasó muy bien en su viaje al “nuevo continente”. “No se acostumbró a las comidas ni a la escasez de aseos públicos. Creía que aquel viaje había destrozado tanto su estómago como su vejiga. La población, en su conjunto, le pareció excesivamente fuerte, temeraria y carente de modales”. Vio en la mezcla “descuidada de gran riqueza y gran pobreza el caos de una civilización europea de valores invertidos”. Y en efecto, millones de hombres carecían de trabajo, los sindicatos y sus líderes eran perseguidos, los niños trabajaban al igual que los mayores y “no se quejaban como solían hacer los adultos”. “Un centenar de negros sufrían linchamiento cada año. Un centenar de mineros morían quemados vivos. Un centenar de niños sufrían mutilaciones”. Y al mismo tiempo empezaba el desarrollo de los trusts de todo tipo: bancarios, petrolíferos, ferrocarrileros, del acero. Claro, es también la época de los grandes bailes de caridad.
Es la historia de Evelyn Nesbit, la de su esposo Harry K. Thaw y la de su amante Stanford White. El segundo mató al tercero y fue a parar a la cárcel. Pero Evelyn se convirtió en la primera mujer exhibida por la prensa como la encarnación combinada de la belleza, la lujuria, la traición, el amor, la seducción y la violencia. Todos los elementos que alimentarían las secciones “rojas” y “rosas” de los medios a partir de entonces. Evelyn, a cambio de dinero, estará dispuesta a testificar a favor de su marido. Pero su contacto con Emma Goldman y con un emigrante judío socialista cambiara la perspectiva de su vida. “La primera diosa del amor en la historia de América”, que aportó la inspiración “que crearía el concepto del star system cinematográfico”, se convertirá en una mujer libre y solidaria con las publicaciones y movimientos contestatarios.
Es también la historia de una familia pobre de emigrantes judíos. Él, un artista callejero que realiza siluetas de los transeúntes con tijera y papel, y que mantiene atada a su pequeña hija para evitar que se la roben. La madre, “para procurarles alimentos, se había vendido” y el padre la había echado de la casa. Él era el presidente de la Alianza de Artistas Socialistas del Lower East Side, un hombre orgulloso, que luego de ser obrero y huelguista, acabará sus días como uno de los fundadores de la potente industria cinematográfica hollywoodense.
La realidad y la ficción se mezclan. Personajes efectivamente existentes se relacionan con los frutos de la imaginación de Doctorow. Se trata de hacer más vívida e intensa la época que ha decidido recrear. Sus “tipos ideales” se mezclan con protagonistas de la historia, de la misma forma en que acontecimientos verdaderos se confunden con las historias vislumbradas por el autor. Creo que el intento por separar lo realmente sucedido de lo fantaseado por Doctorow no solo resultaría vano, sino que le restaría ese halo mágico integrador que ofrece su literatura.
Doctorow es un maestro para trazar ambientes, para crear esas atmósferas que impactan el estado emocional de las personas. El migrante judío, todavía militante, invita a Evelyn a una especie de mitin disfrazado convocado conjuntamente por socialistas y anarquistas en solidaridad con varias huelgas. Emma Goldman hablaría del “gran dramaturgo Ibsen”. “Evelyn estuvo inmersa en la lingüística tonificante del idealismo radical” y observo la tensión que provocaban las arengas de la Goldman contra el matrimonio y a favor del amor libre. Mientras los anarquistas aplaudían los socialistas le silbaban. Pero la feminista, que será deportada de los Estados Unidos, introduce a Evelyn en un nuevo código de comprensión del mundo y sus relaciones. Lo mismo puede decirse de la huelga textil en la ciudad de Lawrence. Las condiciones de trabajo, el entorno en que se decide, la intervención de la IWW, la vocación pacífica de los trabajadores, la extensión de su fama, las reacciones de la prensa, hasta la brutal represión, son los eslabones de una historia que hará que el emigrante y su hija huyan en busca de otros horizontes. Las condiciones adversas entonces pueden hundir a las personas o lanzarlas a aventuras inciertas que en este caso acabará por ser venturoso.
A partir de la mitad de la novela una historia se coloca en el centro. Es el drama de Coalhouse Walker Jr. Un caballero negro, pianista de ragtime, que reinicia el cortejo de una joven que ha tenido un hijo suyo y que por lo pronto ha sido recogida por una familia blanca. Se trata de un hombre formal, respetuoso, propietario además de un Ford T. Y es precisamente por ese auto que se desata la tragedia. Un piquete de bomberos impide su paso y le demanda el pago de peaje. Se niega, busca el auxilio de algún policía, no lo consigue y al regresar observa, consternado, que su auto ha sido desvalijado. “Quiero el coche limpio y que me abonen los desperfectos” y que me pidan disculpas, es su primer reclamo. En respuesta, es arrestado. Toda la tensión racial, la discriminación rutinaria, marcan las relaciones entre negros y blancos. Walker busca la asesoría de diferentes abogados y no consigue que lo acompañen en su demanda. Va él solo a clamar justicia ante el ayuntamiento, asiste a la comisaría de policía, para constatar que todas las vías legales se encuentran clausuradas. Su prometida –Sarah- se presenta en un acto proselitista del candidato a la vice presidencia, para pedir su intervención. Un guardia nacional, sin embargo, le impide el paso con un fuerte culatazo. A Sarah la llevan a la comisaría, sangrando, pasa ahí toda la noche, la trasladan al hospital y finalmente muere. Es entonces que Walker inicia su venganza y plantea sus reivindicaciones. Hace explotar el cuartel de bomberos y demanda que le regresen su automóvil. Y de no ser así seguirá incendiando cuarteles. No contaré toda la historia. Pero casi al final, Walker y su grupo toman una de las instalaciones de J.P. Morgan y amenazan volarla si no se cumplen sus exigencias, a la que ahora se suma la de la entrega del jefe de los bomberos que lo humillaron. Los acompaña en su aventura un joven blanco –pintado de negro- que es el hermano menor de la familia que acogió a Sarah y que en algún momento siguió fascinado a Evelyn Nesbit. (Y que acabará sus días en México, primero con Villa y luego con Zapata).
Ragtime es un rompecabezas de las tensiones raciales, de las vías de la acción política, de las relaciones entre derecho, justicia y desigualdad. Un fresco de las diversas familias, su estratificación y ensueños. Ilustra las esperanzas cumplidas y sobre todo las frustradas; las metamorfosis que sufren las personas y las fuerzas sociales que las modelan. La sociedad aparece como un fogón en el que se mezclan y escinden diversos proyectos (individuales y colectivos). Y además es la develación de un desfile de personajes poseídos por sus distintas verdades e intereses que acaban conformando parte de eso que de manera inercial llamamos humanidad.
Doctorow sabe que “la humanidad” no es un conjunto armónico. Todo lo contrario: su diversidad, sus desigualdades, sus trayectorias, sus ideas, sus reivindicaciones, sus aspiraciones, sus posibilidades reales, sus ideologías y súmele usted, conforman un circo multicolor y deslumbrante, cargado de pasión e intereses; difícil de comprender, de asir, de descifrar. Quizá por ello es necesaria la novela, el relato de los acontecimientos y de las trayectorias. La novela como fórmula para ofrecer un orden –aunque sea dibujado- a lo que en principio se nos aparece como desorden, como caos.

Revista de la Universidad de México Nº 139. Septiembre 2015.

 

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