PRÓLOGO
José Woldenberg
En 1968 decenas de miles de estudiantes de los centros de educación superior en la ciudad de México protagonizaron un movimiento anunciador: marcharon por las calles, repartieron volantes, inundaron las asambleas en sus escuelas, demandando y ejerciendo sus derechos democráticos. Lo que se inició como un pleito entre estudiantes se convirtió, por los abusos de la policía, en una ola potente que reclamó la libertad de los presos políticos, la destitución de los jefes de la policía, la extinción del cuerpo de granaderos, la derogación de los artículos que tipificaban el delito de disolución social (que se le aplicaba a los disidentes), la indemnización a las familias de los estudiantes muertos y heridos y el deslinde de responsabilidades por los actos de represión. No había una sola reivindicación estrictamente escolar o académica, el reclamo era a favor de las libertades democráticas, restringidas por un régimen cada vez más autoritario.
Fue una fiesta de la libertad, una explosión de política opositora, la aparición de una generación que no se reconocía en los usos y costumbres del añejo verticalismo oficial. Era una ola que llenaba el espacio público y que optó por fórmulas pacíficas del quehacer político. Los jóvenes se ahogaban ante el autoritarismo imperante, ante los rituales que obligaban a obedecer y en su tiempo, si sucedía, a mandar. Fue la manifestación de una sociedad modernizada que deseaba espacios para expresarse y que portaba reclamos propios. No pedía permiso para hacerlo, ejercía sus derechos.
No obstante, la cerrazón gubernamental, los códigos del verticalismo asentados, el clima que generaba la Guerra Fría, impidió que desde la cúspide del poder político se entendiera siquiera el significado de aquellas marchas y proclamas. La paranoia mezclada con el autoritarismo vio en la expansión de la libertad una conjura y en las exigencias juveniles un complot. Y el desenlace fue una tragedia. El 2 de octubre en Tlatelolco, un mitin pacífico fue masacrado por las “fuerzas del orden”. De tal suerte que lo que era en germen un potente movimiento democratizador, fue cegado con el expediente brutal de la violencia estatal.
Menos de tres años después, una marcha pacífica de estudiantes capitalinos fue nuevamente reprimida, ahora por un grupo paramilitar denominado Los Halcones. Los estudiantes del D.F. habían decidido salir a las calles ahora en apoyo a sus compañeros de la Universidad Autónoma de Nuevo León. En aquel estado, el Congreso había aprobado una Ley Orgánica que cercenaba la autonomía de la Universidad, lo que generó en respuesta una huelga. El conflicto se extendió y la solidaridad con los estudiantes también.
Protegidos por los cuerpos policiacos Los Halcones arremetieron contra la marcha. Sin uniforme, tratando de fingir un enfrentamiento entre estudiantes, golpearon a diestra y siniestra a los marchistas. Hubo además disparos, muertos y heridos. Una nueva cobarde agresión contra jóvenes que deseaban ejercer el derecho a expresarse y a marchar y que obtuvieron como respuesta la fría y calculada violencia gubernamental.
Esa cerrazón, el reiterado uso de la violencia y la agresión en contra de expresiones pacíficas, llevó a no pocos estudiantes a pensar que las vías de la acción política pública y legal se encontraban clausuradas. El sentimiento de agravio y la idea de un cambio radical, además acicateado por la experiencia de la Revolución Cubana, llevaron a muchos a pensar que era necesario, imprescindible, un movimiento armado que pusiera en marcha la espiral de una nueva revolución, ahora de clara orientación socialista.
El libro de Rosa Alvina Garavito es la memoria de una mujer que vuelve sobre sus pasos para narrar y pensar su experiencia personal. Recupera el ambiente, las ilusiones y los resortes de una época, pero sobre todo recrea, a través de diversas estampas, su biografía que alumbra las pulsiones de parte de una generación que creyó que había llegado el momento de saldar cuentas con el “poder” y refundar la vida desde cero: una revolución estaba en el futuro inmediato y ellos serían protagonistas. Se trata de un testimonio, de un testimonio que vale la pena. Ante tanta amnesia social, ante el olvido que resta comprensión a la vida, nunca estará de más volver al pasado, contarlo y reflexionar sobre él. Máxime tratándose de acontecimientos tan dramáticos.
Rosa Albina Garavito Elías nació en 1947 en Santa Cruz, Sonora. Su familia se trasladó a Nogales, donde vivió hasta los 4 años. Y de ahí a Mexicali, Baja California. Estudió economía en la Universidad Autónoma de Nuevo León, gracias a una beca. En agosto de 1971 toma la decisión de sumarse al grupo armado que encabezaba Raúl Ramos Zavala en Monterrey. Unos meses después, el 17 de enero de 1972 es detenida, luego de un enfrentamiento con la policía, y herida es trasladada bajo custodia a un hospital. En la balacera muere Jesús Rodolfo Rivera Gámiz, “el Tolo”, de apenas 20 años.
El relato inicia precisamente ese día. “La bala me había entrado por la espalda y me había salido por el lado izquierdo, debajo de las costillas. El impacto me destrozó un pedazo de pulmón, el bazo y la tercera parte del intestino grueso… siete meses de hospital y cinco intervenciones quirúrgicas”, es el saldo personal. Se trata de un auténtico parteaguas vital, de un antes y un después. El testimonio recrea los acontecimientos que la llevaron a empuñar las armas y de la secuela que aquellos hechos le dejaron.
Quizá la influencia más grande la recibe de su padre: un hombre digno que resiste el desalojo de sus casas y que por ello es arrestado. La jovencita Rosa Albina, no solo se vuelve atea “de manera fulminante”, sino que observa como “destruyen su mundo adolescente”. La familia vive “algunos días en las orillas de las vías del ferrocarril” y en aquel “campamento improvisado cumple 15 años”. Al salir de la cárcel, el padre viaja al D.F. buscando justicia. Ahí conoce al ex presidente Cárdenas y se incorpora al Movimiento de Liberación Nacional y al Frente Electoral del Pueblo. Ese episodio de resistencia del padre es magnífico, ejemplar y dejó una huella indeleble en la hija.
Su llegada a Monterrey fue crucial. Ahí descubrió nuevos horizontes, amistades, lecturas, autores. Se gradúa en 1968 y con posterioridad consigue una beca para ir a estudiar una maestría en ciencias sociales en la Flacso de Santiago de Chile. Son los años de la Unidad Popular y los primeros meses del gobierno de Salvador Allende. Años de lecturas, interpretaciones y reinterpretaciones de lo que sucede en América Latina y las vías necesarias o probables para la construcción del socialismo. Es un caldero efervescente. El futuro se edifica desde hoy y se ensueña que todo es posible, como si la historia tuviera un día inaugural.
Rosa Albina narra cómo lo vivió y recuerda. Trae del pasado a sus compañeros, a sus adversarios. Rememora los espacios en los que trascurrió su vida. Rescata anécdotas y hechos significativos. Nos hace volver a escuchar la música de aquellos momentos y a no pocos autores que el paso de los años ha borrado. El conjunto es expresivo de una época y un hilo recorre el texto: el de la amistad. Un homenaje implícito a todos aquellos que en diferentes momentos la acompañaron en sus andanzas.
Sería una necedad glosar el libro. El lector sacará sus propias conclusiones. Pero el episodio de Los Enfermos en Sinaloa ilustra de manera inmejorable –para mí- cómo el delirio y el dogmatismo pueden llevar a callejones sin salida en los cuales la violencia aparece como algo natural. Aquellos autodenominados “enfermos” no solo desataron la violencia contra “sus enemigos”, sino que llegaron a agredir y a asesinar a connotados militantes de la izquierda universitaria, como Carlos Guevara. Una especie de militarismo infantil y radical que solamente pudo dejar una estela de muerte y destrucción. Es en efecto un síntoma de la época, y vale la pena volver a pensar en él porque lo que una vez sucedió –como creía Primo Levi- puede volver a pasar.
Pero la acción pública siempre se fragua y conjuga con las vidas privadas. Y en el testimonio que el lector tiene en sus manos aparecerán también algunos episodios de esa otra vida que ayuda a arrojar luz sobre la trayectoria de una joven primero y una mujer después, que nunca ha dejado de hacer política: sea desde la academia, la organización, el periodismo, los movimientos sociales, o en un principio, con las armas en la mano.
En su ir y venir por el tiempo (arranca como ya apuntamos en 1972), Rosa Albina, también nos proyecta al futuro que hoy es pasado. Su incorporación y ruptura con el PRD, su evaluación de lo que significó en su momento el EZLN, su valoración de la izquierda mexicana. Tengo con esos pasajes diferencias marcadas. Pero sin duda ayudan a comprender la biografía de una mujer comprometida desde muy joven con las principales causas de la izquierda: primero la revolución; luego, la democracia, y hoy, la equidad social.
Vale mucho la pena acercarse al “post scriptum” de 2014 que Rosa Albina presenta como introducción. Es la reflexión más general que enmarca en retrospectiva lo vivido y apunta hacia algunas lecciones. Tiene razón: no fue fácil para una generación de jóvenes llegar a la vida adulta en un país autoritario. Y como ella escribe: “quizás –su memoria- pueda contribuir a que las nuevas generaciones aprecien las libertades que los movimientos sociales de aquellos años, pacíficos y armados, lograron conquistar; y también ayude a generar conciencia de la importancia de no dar marcha atrás, de defender esas libertades, y exigir más, siempre exigir más: ahora por la vía pacífica, para pavimentar de manera sólida los caminos de la democracia”. Porque en efecto, si hoy existe un pluralismo instalado en el cuarto de máquinas del Estado, si hoy se ejercen las libertades, si hoy hay pesos y contrapesos en el entramado representativo, es en buena medida por lo que aconteció en aquellos años. Y hay que saber valorarlo y defenderlo.
Rosa Albina es enfática: “por la vía pacífica”. Y lo dice alguien con autoridad moral para hacerlo. Porque –digo yo- es tiempo de reflexionar en serio sobre las inevitables secuelas que la violencia genera. Cierto que puede ser “la partera de la historia”, pero es una partera que en su estela va dejando muertos, heridos, torturados, violaciones sistemáticas a los derechos humanos, sin que se pueda garantizar además que todo ello será “para bien”. Más bien lo que se ha podido constatar en diferentes experiencias históricas es que una vez utilizada contra los “enemigos”, luego se le usa contra adversarios, ex compañeros y compañeros. Es decir, cuando la violencia se convierte en el método privilegiado del quehacer político, invariablemente el triunfador es el más fuerte y dejan de existir garantías suficientes para las minorías que no quieren o no pueden alinearse con los designios de ese “más fuerte”. Y todo ello porque no se pueden refundar la sociedad y el Estado como si se trataran de entidades adánicas. Esa pretensión es la que ha desatado ríos de sangre y nuevas dominaciones.
Lo dice mejor Rosa Albina: “para fortalecer derechos conquistados y abrir la puerta a los nuevos…la vía armada está cancelada, porque el militarismo al que conduce –poner la fuerza de las armas por encima de la fuerza de las ideas-, es blanco fácil de la infiltración, por lo tanto de la manipulación, y finalmente es presa fácil del exterminio. Pero no sólo eso: la vía armada genera autoritarismo en la conducción política de las organizaciones que optan por ella. Y el autoritarismo, lo sabemos, es terreno fértil para la toma de decisiones inadecuadas, las que impiden que prevalezca el bien común como objetivo de lucha”.
Vivimos y convivimos con otros que legítimamente tienen intereses, credos y proyectos diferentes. Y el único formato que les puede ofrecer un cauce civilizado es el democrático. Porque la democracia implica pluralismo y el autoritarismo homogenización, porque la primera supone convivencia en competencia y el segundo supresión de los adversarios, es por lo que la democracia pueda ayudarnos a construir una vida en común, por y para la coexistencia de la diversidad.
Rosa Albina Garavito nos entrega su testimonio. Hay que agradecerlo y leerlo. Porque el pasado, a querer o no, nos sigue modelando. Y más vale conocerlo, para saber que no existen atajos en la historia. Que un mundo mejor se construye con tesón e iniciativas, con luchas y elaboraciones, con movilizaciones y pactos, en suma, se tiene que construir con otros, si queremos un futuro para todos.

Cal y Arena. 2014.

 

Compartir