PRENSA Y ELECCIONES EN EL SIGLO XIX
José Woldenberg
Fausta Gantús y Alicia Salmerón (Coordinadoras). Prensa y elecciones. Formas de hacer política en el México del siglo XIX. Instituto Mora. Conacyt. IFE. México. 2014. 247 págs.

Quien quiera ser elegido a un cargo de representación popular requiere algún tipo de contacto con los electores. Esa sí es una ley de hierro de las elecciones. Y en el siglo XIX, además del contacto personal, ya que se trataba de elecciones no universales y a través de electores, la prensa jugó, junto con los folletos y volantes, un papel central. Como bien dicen Gantús y Salmerón: “El medio se constituyó en difusor de ideas y de polémica; en propagandista y agitador electoral; en defensor de derechos, critico de acciones gubernamentales y descalificador de oposiciones; en constructor de lenguajes y vehículo “civilizador”; en escucha del público lector y en su interlocutor con la autoridad; en elemento de confrontación y, eventualmente, de desorden; también en sitio de reunión de la sociedad política y de su interrelación con los poderes públicos”.
Por ello, rastrear las relaciones entre la prensa y las elecciones en el siglo XIX tiene un enorme valor. Explica no solo muchas de las aristas del quehacer político de entonces, sino las modalidades, fortalezas y deficiencias del entramado institucional. El libro entrega una baraja de investigaciones que arrojan luz nueva sobre episodios que vale la pena revisitar. Se trata de un libro fruto de diversas exploraciones, bien escrito, claro, documentado y sobre todo, muy disfrutable.
Así, Edwin Alcántara Machuca nos ilustra sobre las relaciones de colaboración entre El Universal y Lucas Alamán en su intento por ser diputado al Congreso en 1849. El periódico fue un puente entre el candidato y los electores, un arma para potenciar la presencia de Alamán y para defenderlo de los ataques de sus opositores. El político conservador había ganado las elecciones para el ayuntamiento de la ciudad de México en julio de 1849, y ese mismo año contendió para ocupar una curul en el Congreso. Y si bien El Universal, creado apenas un año antes, lo apoyó; El Monitor Republicano enfiló sus baterías contra él, reeditando incluso la versión de que Alamán había sido corresponsable del fusilamiento de Vicente Guerrero. A lo que el imputado respondió “dando a conocer en El Universal la sentencia absolutoria de la Corte Suprema de 1835”. Alcántara reconstruye con precisión los debates, los dimes y diretes, las acusaciones y contraacusaciones, propias del debate político-electoral que muestran lo difícil que ha sido construir un espacio de representación incluyente, en el que participen diversas corrientes de opinión. Porque los contendientes no solo querían ganar el debate a sus adversarios, deseaban erradicarlos del espacio de la representación. “O tú o yo” es la consigna hegemónica entonces, y ya sabemos lo que ha costado edificar un clima y un discurso que reconozcan el “tú y yo”. El ensayo además documenta un episodio singular. Un artículo en El Monitor Republicano acusaba a Alamán de ser incluso un asesino. Este interpuso una denuncia ante un juez de lo civil por difamación. Y en efecto, el juez consideró el texto como difamatorio y el autor fue recluido en prisión. Para quienes deseen indagar sobre el largo e infinito debate sobre la libertad de expresión y sus límites ahí pueden encontrar un episodio significativo.
Regina Tapia, por su parte, reconstruye el esfuerzo de Francisco Zarco por comprometer a los candidatos presidenciales a presentar un programa. Desde El Siglo Diez y Nueve, periódico que dirigía, intentó inyectar una nueva rutina en el combate por la “máxima magistratura” en 1857. Zarco había fracasado en el Congreso Constituyente en su tentativa por instaurar el sufragio universal varonil y Tapia nos informa que la nueva iniciativa era un intento por fortalecer los compromisos del elegido con los electores. Y resultan más que expresivos los obstáculos con los que topó dicha iniciativa. Un contemporáneo santanderino, Anselmo de la Portilla, escribió: los esfuerzos de Zarco “se estrellaron en la falta de costumbre…Nadie podía comprender allí la inmodestia de que un ciudadano se diera por apto para un puesto público, cuando siempre se había visto a los aspirantes ponderar su incapacidad para desempeñarlos…” Eran otros los que subrayaban sus virtudes, otros los que le solicitaban que aceptara la postulación. Eso había sido hasta entonces “lo honorable”, y no fue posible en aquella coyuntura lo que hoy nos parece elemental. Los tiempos cambian y nos cambian.
Julián Camacho escribe sobre tres levantamientos ligados a procesos electorales. Dos estallan con posterioridad a los comicios y uno antes. Miguel Negrete, en 1869, se pronunció y tomó las armas contra el gobierno de Benito Juárez; Donato Guerra hizo lo mismo contra el mismo Juárez en 1871; y Porfirio Díaz se levantó en armas antes de que fuera electo Sebastián Lerdo de Tejada en 1876. Al autor le llama la atención la forma en que la prensa “criminaliza” esas insurrecciones. A mí, la verdad, no tanto. Me parece que si alguien desconoce un proceso electoral y se levanta en armas, el gobierno en turno y su prensa acusarán a los insurrectos de violar la legalidad, que es lo que les permite combatirlos de manera legítima. De hecho, Camacho ilustra con pulcritud la forma en que durante el levantamiento al que dio pie el Plan de Tuxtepec ambos bandos se “criminalizaron” mutuamente. Creo que el ensayo ilustra de manera inmejorable las dificultades para asentar a las elecciones como el método por excelencia que conjura la violencia. En el período, los comicios (como lo serían durante la década de los veinte del siglo XX), son todavía más un proyecto para resolver los apetitos políticos por una vía civilizada, pero que se convierten en auténticos disparadores de pronunciamientos y violencia sin fin. Y claro, quien ganaba en el campo de batalla, luego legitimaba su triunfo con el expediente electoral.
María Eugenia Ponce despliega una investigación armónica y sugerente sobre el discurso de dos grandes periódicos liberales: El Monitor Republicano y El Diario del Hogar entre 1877 y 1899, aunque llega un poco más allá. Presenta de manera ordenada las críticas que hacen a la mecánica electoral sesgada a favor del oficialismo, pero al mismo tiempo sus llamados a vencer el abstencionismo y ofrecer opciones diferentes por la vía electoral. Explica el papel central que jugaron los clubes, el presidente, los jefes políticos, los gobernadores, en el proceso de negociación y procesamiento de las candidaturas y contrasta esa realidad con las duras y no siempre exactas descalificaciones de la prensa crítica. El sub capítulo sobre el abstencionismo resulta interesante e ilustrativo. Expone las razones que ofrecen las dos grandes publicaciones (el manejo sucio de los comicios, la falta de instrucción cívica, la ausencia de competencia real, la represión) y las contrasta con otras eventuales fuentes del abstencionismo, por ejemplo, la tradición clientelar, las lealtades locales y las negociaciones cupulares; al fin de cuentas, nos dice, los diarios también tenían su agenda política, no eran informantes neutros. Resulta interesante leer las argumentaciones en contra de la reelección: los que lo hacen a partir de principios y quienes hacen la crítica directa a la larga gestión de Porfirio Díaz y sus llamados a construir condiciones para la alternancia. En una palabra, el capítulo informa de “una sociedad que hacía política de manera diferente a los cánones liberales”. Porque una cosa es querer –como lo pretendían El Monitor… y El Diario…-, y otra bien distinta, poder.
Disfruté y mucho el ensayo de Fausta Gantús sobre la sucesión presidencial de 1884 y el debate que la acompañó en la prensa. Las evidencias, en efecto, prueban que no se trató de un expediente tan terso como la versión más aceptada acuñó. No parece haber existido un pacto previo entre el presidente saliente (Manuel González) y el entrante (Porfirio Díaz) para pavimentar el paso al segundo. Cierto, esa fue la versión de El Monitor Republicano, pero como Gantús recrea, en la coyuntura se expresaron no solo distintos puntos de vista, sino que existieron algunos movimientos a favor de la reelección de González, a pesar de que la Constitución establecía la prohibición expresa de la reelección consecutiva. Y aunque al final hubo un solo candidato a la Presidencia, la prensa se alineó en diferentes posiciones. En un primer momento se especuló (o sea que la tradición es añeja) en relación a diferentes “tapados” (perdón por la impostación del término fuera de tiempo): Vicente Riva Palacio, Ramón Corona, Trinidad García de la Cadena, Ramón Fernández y otros, sonaron en diversos diarios, aunque no llegaron a la recta final (incluso a Riva Palacio lo encarcelaron). Y Gantús detecta varias actitudes en los periódicos: los que especularon con la posible y deseable reelección del presidente en turno, la mayoritaria y que como en alud acabó alineándose a Porfirio Díaz y los que dudaban de la pulcritud del proceso e incluso descalificaron la elección (aunque algunos, no obstante, llamaban a votar). Se trata de un texto que ilustra de manera viva los sinuosos caminos de la política, los alineamientos que fomenta y las posiciones que en ese rejuego toma la prensa. Sirve, y mucho, para trascender visiones ingenuas que ven en la prensa solo una fuente de información, y no un actor político relevante, con sus propias agendas, intereses, alianzas.
Alicia Salmerón estudia el caso de dos periódicos que generan un club político para apoyar la reelección de Porfirio Díaz en 1892 y al mismo tiempo buscar escaños en el Congreso. Al parecer es una experiencia singular porque lo habitual era que los clubes fueran quienes fundaran alguna publicación periódica. Pero el texto ilustra una dimensión poco estudiada: la forma específica de hacer política frente a una coyuntura electoral. Resulta claro que la prensa es un actor político. En este caso La Vanguardia y La Paz Pública crean el Club Morelos, para dar la batalla en dos frentes: contra los movimientos antirreleccionistas de la capital y contra la Unión Liberal, principal agrupación que también apoyaba la candidatura de Díaz. El Club hace una Convención Electoral en el D.F., sale a las calles en marchas y manifestaciones para hacerse presente y ganar visibilidad pública y sobre todo crea una red de lo que hoy llamaríamos promotores del voto. Alicia Salmerón sintetiza las disposiciones de dos especies de manuales electorales en los cuales se crea una estructura piramidal y se establecen funciones y objetivos de cada uno de los eslabones. Resulta una clara muestra de cómo los clubes son una especie de pre partidos con sus responsables de demarcación, los que tenían que realizar propaganda, reclutar simpatizantes, orientar a los votantes. Para quienes piensan que el Porfiriato fue “mucha administración y poca política”, el texto informa de las modalidades específicas del quehacer político-electoral: fórmulas civiles, pacíficas y con un cierto grado de sofisticación.
México no es ni ha sido uno. Y por ello los estudios regionales son necesarios. El libro contiene una investigación que recupera un conflicto pre electoral en Yucatán en 1897. Marisa Pérez Domínguez nos relata el intento reeleccionista del gobernador Carlos Peón que fue frustrado por la corriente antirreleccionista que encabezaba el general Francisco Cantón. Lo interesante no es sólo el alineamiento de la prensa local, sino el papel jugado por el Presidente de la República que no actuó como mediador, sino que se inclinó por darle el triunfo a Cantón. En el texto hay muchas cosas “curiosas”: quienes cuestionan la reelección del gobernador no lo hacen en defensa de un principio (no lo podían hacer, porque buscan el beneplácito del multi reelecto Porfirio Díaz), sino que son –digamos- antirreleccionistas coyunturales (solo contrarios a que Peón continúe); los seguidores de Peón acuden a una herramienta inédita hasta entonces, una modalidad de plebiscito a través de firmas para apuntalar su candidatura (la autora nos informa que los “ciudadanos con aptitud de votar” eran un poco menos de 70 mil); mientras los partidarios de Cantón proyectan con una especie de “linterna mágica” los retratos de ambos candidatos, recibiéndolos a uno con rechiflas y al otro con vítores. Luego de ese acto se dirigen al palacio municipal y se produce un enfrentamiento con la policía dando como resultado varios muertos y heridos. A través de la correspondencia –y no solo de las notas de periódicos- Pérez Domínguez reconstruye las maniobras de ambos bandos y las del presidente Díaz, y el desenlace de Peón no deja de ser demostrativo de las inclemencias de la política. Luego del enfrentamiento que arroja víctimas, pide licencia al Congreso local, viaja a la capital a entrevistarse con Díaz, y éste, aunque le dice “que no era quien para actuar en un asunto local”, le aconseja no reasumir el cargo. Fin de la película: el Jefe de Jefes ha decidido; entra en sustitución un gobernador interino cuya misión es pavimentar el terreno para la elección de Cantón. Política local y nacional imbricadas; fuerzas regionales en conflicto que reconocen como el árbitro supremo al Presidente de la República.
El 5 de junio de 1909 salió el primer ejemplar del periódico El Debate y en noviembre de 1910 desapareció. Su misión: impulsar y apuntalar a la dupla de Porfirio Díaz y Ramón Corral a la presidencia y vicepresidencia. No era una tarea anodina por las fuertes tensiones existentes en la élite política frente al problema de la sucesión. Gabriela Guerrero nos recuerda que si bien había consenso en las alturas en la nueva reelección del presidente, la disputa era por su acompañante en la fórmula, que eventualmente lo podría suceder dada la edad avanzada de Díaz. Así, El Debate, un diario de jóvenes y abogados, es utilizado como una herramienta para ponderar las virtudes de sus candidatos y para arremeter con todo contra Bernardo Reyes y sus seguidores y también contra Madero y los antirreleccionistas y seguramente para empezar a desbrozar el camino en la política a sus redactores. Guerrero desmenuza el discurso del periódico: su insistencia en que la democracia y la reelección no solo son compatibles sino complementarias, la exaltación del pueblo bueno (que por supuesto apoya a Díaz y a Corral) y la crítica al pueblo malo (que no es más que una chusma que sigue ciegamente a los adversarios) y el mal trato radical a la oposición. Algo que, al parecer, ha sido, es y será la retórica de las contiendas político-electorales: “Yo soy la encarnación de todas las virtudes y mis contendientes la personificación del Mal” es la fórmula consagrada y cancina de ayer y de hoy. Y valdría la pena subrayar las muchas caras del pueblo que El Debate explota, a fin de cuentas eso que llamamos pueblo no es más que el sujeto privilegiado de la demagogia en todos los tiempos.
En fin, un libro que como un poliedro tiene diferentes caras pero que en conjunto nos ofrecen una idea de la forma en que se desarrollaban las contiendas electorales y el papel central que jugó la prensa. Por si ello fuera poco, además se lee con gusto.

Revista de la Universidad de México Nº 129. Noviembre 2014.

 

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