EL PRD Y SU FUTURO

 

José Woldenberg

 

1. Un cuarto de siglo. Un cambio espectacular.

 

Luego de las elecciones federales generales de 1982 –las primeras con ese carácter luego de la reforma política de 1977- México pudo apreciar el respaldo ciudadano del que gozaban los diferentes partidos de izquierda. El candidato del Partido Socialista Unificado de México a la presidencia de la República, Arnoldo Martínez Verdugo, obtuvo el 3.49% de la votación, Rosario Ibarra de Piedra del Partido Revolucionario de los Trabajadores 1.76%, Marcela Lombardo del Partido Popular Socialista 1.53%, Cándido Díaz Cerecero del Partido Socialista de los Trabajadores 1.45% y el efímero Partido Socialdemócrata con Manuel Moreno Sánchez 0.20%. Total, entre cinco autodenominados partidos de izquierda: 8.43% en relación a la votación total.

En contrapartida, el candidato del PRI, Miguel de la Madrid, obtenía el 68.43% de los votos y el PAN con Pablo Emilio Madero el 15.68. ¿Es necesario explicar por qué Giovanni Sartori ejemplificaba con México el sistema de partido hegemónico pragmático?

24 años después, luego de las elecciones federales de 2006, la izquierda mexicana es otra en términos del apoyo ciudadano que ha logrado concitar. La Coalición por el Bien de Todos (compuesta por los partidos de la Revolución Democrática, del Trabajo y Convergencia) que postuló a Andrés Manuel López Obrador, obtuvo el 36.11% de los votos válidos y el Partido Alternativa Socialdemócrata y Campesino con Patricia Mercado el 2.76%. Entre ambos: 38.87%. Un incremento de más de 30 puntos porcentuales en 24 años.

El ganador de la presidencia, el PAN con Felipe Calderón, obtuvo el 36.69% y el PRI y el Partido Verde coaligados para apoyar a Roberto Madrazo lograron el 22.72%.

Las comparaciones podrían multiplicarse. En 1982 las 32 entidades del país eran gobernadas por el PRI, hoy el PRD gobierna 6 entidades, incluyendo a la ciudad de México. En 1982 todos los senadores eran del PRI, hoy 36 senadores salieron de las filas del PRD, PT, Convergencia, el PRI tiene 33 y el PAN 52. En la Cámara de Diputados, a pesar de los malos resultados de la izquierda en 2009, ningún partido tiene mayoría absoluta (PRI 235, PAN 144, PRD 71, PVEM 22, PT 13, Convergencia 6, PNA 9), mientras en 1982 el PRI tenía el 82% de la representación.

Este cambio espectacular, que además en lo fundamental transcurrió de manera institucional y pacífica, condensa muy distintos procesos políticos que aquí solo enunciamos:

a) Las reformas sucesivas de las normas e instituciones electorales que forjaron autoridades imparciales, condiciones de la competencia equitativas, conductos institucionales para procesar el contencioso electoral y mejores fórmulas para traducir los votos en escaños.

b) La conformación de un auténtico sistema de partidos fruto maduro de una sociedad plural que no cabe ni quiere hacerlo en los marcos de una sola formación partidista.

c) El proceso de unificación de las izquierdas mexicanas que fue del Partido Socialista Unificado de México (1981) al Partido Mexicano Socialista (1987) al actual Partido de la Revolución Democrática (1989).

d) Este último no se explicaría sin la importante escisión del PRI en 1988 que encabezaron Cuahutémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo y que multiplicó la presencia electoral de la izquierda.

En unas cuantas palabras: México vivió un auténtico proceso de transición democrática que fue capaz de desmontar un sistema autoritario de “partido casi único” (como lo denominó el ex presidente Carlos Salinas de Gortari), y construir un sistema competitivo de partidos que ha modificado de manera radical el mundo de la representación política. Antes (casi) un solo partido habitaba en las instituciones estatales, hoy, éstas últimas han sido colonizadas por una pluralidad de fuerzas políticas.

En particular, la izquierda abandonó la marginalidad y hoy es un actor central de la vida política del país.

 

2. Paradojas.

 

El PRD es hoy la principal expresión de la izquierda mexicana, un partido exitoso, parte medular de la representación política, un poder real y actuante. Pero vive cruzado por distintas paradojas.

1) El PRD fue la desembocadura organizativa del potente movimiento electoral encabezado por el Ing. Cárdenas. El Frente Democrático Nacional, integrado formalmente por cuatro partidos con registro, pero con el aporte sustantivo de la Corriente Democrática al que se unió un buen número de organizaciones políticas y sociales, encontró en la formación de un partido la mejor forma de dar continuidad a la fuerza desatada por los comicios de 1988. Si se deseaba multiplicar la presencia política de la izquierda, revertir su atomización, incrementar su influencia, garantizar su permanencia y un día encabezar el gobierno de la República, nada mejor que la construcción de un partido. Y todos los objetivos enunciados –salvo el último- se han logrado. Primera paradoja: esa asignatura pendiente le impide la evaluación de todo lo demás.

2) El PRD fue conformado de manera natural por las corrientes que lo fundaron. Ex militantes del PRI junto con la más amplia gama de posiciones de izquierda. Al inicio resultaba normal que aquellos que tenían una trayectoria, un ideario, unos signos de identidad comunes siguieran trabajando en el nuevo partido como una red o una corriente. La confianza construida con anterioridad y hasta las relaciones amistosas tendían a reproducir en el nuevo partido los alineamientos previos. No podía ser de otra manera. La historia modela querencias y reflejos. Por supuesto, luego de 20 años las corrientes no son ni podían ser las mismas. Se han producido realineamientos y fusiones. Pero el modus operandi sigue siendo similar. Segunda paradoja: la riqueza del partido -una diversidad de tradiciones y corrientes- al mismo tiempo es fuente de problemas y conflictos circulares.

3) Dos liderazgos carismáticos y sucesivos han cohesionado al PRD y lo han proyectado como una fuerza central en la arena política. Cuahutémoc Cárdenas y Andrés Manuel López Obrador le han proporcionado a esa formación un extra que le ha permitido entrar en contacto y ganar la adhesión de franjas de ciudadanos que de otra manera no hubiesen volteado a ver siquiera al PRD. Tercera paradoja: no obstante, esos liderazgos han hecho patente que entre la dirección real y la formal existe un fuerte desfase, y ello deja su huella en la vida de la organización, sujeta a los proyectos, prioridades y necesidades de los liderazgos.

4) El PRD es una maquinaria poderosa pero su organización es –reconocido por sus propios militantes- precaria, informal, deficiente. Sin un auténtico padrón de sus afiliados y sin núcleos de base con trabajo regular, su vida interna es, para decirlo de manera suave, intermitente. Sin ese cimiento sólido, la fórmula de asambleas sucesivas –distritales, estatales, nacionales- como mecanismo de encuentro, discusión y negociación, se ve erosionado. Así, sin tener resuelto lo elemental, el PRD se ha permitido varias fugas hacia delante, como la de llamar a cualquier ciudadano con credencial para votar a participar en la elección de candidatos a los cargos de representación o la realización de encuestas para alcanzar los mismos fines. En particular, la elección de su nuevo Comité Ejecutivo en marzo de 2008 tuvo que ser resuelta por el Tribunal Electora luego de un intenso conflicto en el que las principales corrientes se acusaron mutuamente de fraude. Cuarta paradoja: esas supuestas medidas democráticas lo único que hacen es incrementar los grados de desorganización interna.

5) El PRD tiene una rica vida interna. Como todo partido moderno se encuentra marcado por una cierta tendencia endogámica. Sus militantes (o por lo menos sus dirigentes) viven en un mundo propio cargado de sentido, escaramuzas, debates, alianzas, porque así es la vida en cualquier organización compleja. Se trata de un espacio absorbente, difícil, y en ocasiones apasionante. Sin embargo, mantiene escasos puentes de comunicación con el “exterior”. En particular, los lazos con el mundo de la cultura y la ciencia son precarios, lánguidos, instrumentales. Quinta paradoja: lo que debería ser un proyecto político cultural se adelgaza hasta convertirse en meramente político.

6) El PRD ha sido motor fundamental y usufructuario del monumental cambio político que ha vivido el país. Sin sus esfuerzos, movilizaciones, reclamos, no hubiese sido posible la transición democrática, la edificación de un sistema de partidos equilibrado con elecciones competitivas y con un mundo de la representación política invadido por la pluralidad y cargado de innumerables pesos y contrapesos. Y al mismo tiempo el PRD ha sido beneficiario del cambio. Gobierna –como ya se apuntaba- seis entidades, es la tercera fuerza en la Cámara de Diputados  (y fue la segunda entre 2006 y 2009) y en el Senado; encabeza decenas de municipios, está presente en todos los congresos locales y sus síndicos y regidores suman cientos. Sexta paradoja: el PRD es un partido de gobierno que se comporta como si fuera sólo de oposición.

7) En el PRD se sabe que a través de la “vía electoral” puede llegar al gobierno federal, tal y como lo ha conseguido en diferentes estados y municipios. Saben también que lo electoral es solo la punta del iceberg de una construcción civilizatoria que permite la expresión, la convivencia y la competencia de la pluralidad. Entienden que la democracia es un sistema de gobierno que no solo permite la reproducción de la diversidad política sino que intenta preservarla. Séptima paradoja: y sin embargo, con una consistencia digna de mejores causas, en su discurso la lucha política aparece como una confrontación entre San Jorge y el dragón.

8) El futuro del PRD está ligado al asentamiento de la democracia. Octava Paradoja: y sin embargo, muchas de sus iniciativas y acciones han tendido a debilitar la germinal democracia mexicana y a un buen número de sus novedosas instituciones cuando no responden de manera mecánica a sus expectativas.

 

 

3. Dos almas en un cuerpo

 

Simplificando en extremo se podría afirmar que en el PRD existen por lo menos dos racionalidades, “dos almas”, que no resultan fácilmente compatibles, aunque ello no supone que no puedan convivir –con marcadas dificultades- en una misma organización por muchos años. Sus diferencias afloran a cada momento y en la arena legislativa son recurrentes y significativas. Los ejemplos sobran. La mayoría de los legisladores del PRD votó a favor del presupuesto, la reforma fiscal, la electoral y los consejeros del IFE (durante 2006 y 2007), pero una minoría importante lo hizo en contra.

Lo que une al PRD no es poco. Dos razones positivas y una negativa pueden esbozarse. 1) Como cualquier otro partido quiere llegar a gobernar el país. Afirmación tan rudimentaria y elemental resulta pertinente para ubicar el cemento que unifica a la diversidad política que contiene y que al parecer coincide en que su vida en común resulta una condición para llegar a su objetivo. 2) Es la desembocadura más exitosa de esa constelación diversa y contradictoria que solo por facilidad llamamos izquierda (en singular) y ha probado ser una plataforma eficiente para alcanzar los más diversos cargos electivos y un referente obligado del debate político. 3) El otro elemento unificador es el del registro que genera prerrogativas y derechos, es decir, dinero y acceso a la radio y la televisión, franquicias postales, exenciones fiscales, y la capacidad de postular candidatos a todos los cargos de elección en el país. De tal suerte que los eventuales escindidos estarían obligados a cursar una sinuosa ruta para reconquistar lo que ahora tienen en y desde el PRD. Esa racionalidad compartida –creo- los mantiene juntos.

Ahora bien, sus divisiones provienen de por lo menos dos “almas” distintas e incluso enfrentadas que conviven en sus filas desde hace un buen rato. El senador Ricardo Monreal lo escribió de una manera sencilla y elocuente: “De cara a la renovación de la dirigencia nacional, dos visiones y proyectos de partido se enfrentan… Dialogar o desconocer. Negociar o impugnar. Acordar o denunciar. Participar o resistir. Pactar o romper. Integrarse o aislarse. Las instituciones o la plaza…” (Milenio, 12 de febrero, 2008).

La primera es una racionalidad generada por una pasión: la de la venganza contra el gobierno “ilegítimo”. Una vez que se acuñó la falaz versión de que la elección federal para Presidente (no las otras) había sido fraudulenta, las derivaciones “lógicas” no podían ser sino el desconocimiento de dicho gobierno y el deseo de erosionarlo por (casi) todos los medios. El odio por los agravios –supuestos o reales- es tal que el objetivo número uno es deteriorar las capacidades y la fama pública del gobierno y sus aliados. Esa pulsión genera incluso que en ocasiones se auto infrinja derrotas con tal de manchar la gestión del enemigo (el intento por “impedir” la ceremonia de toma de posesión del Presidente en la Cámara de Diputados o el bloqueo de la avenida Reforma en la ciudad de México o la toma de las tribunas de ambas Cámaras del Congreso al inicio del debate sobre una eventual reforma energética).

La otra racionalidad sabe que no es posible exorcizar a los adversarios y que tiene que convivir y pactar con ellos si quiere avanzar. Sabe o intuye que construyeron una camisa de fuerza al negarse a reconocer el resultado de la elección, pero intenta trascenderla, como vía para colocar al PRD como un partido capaz de ampliar su base de apoyo y con ello su presencia en el mundo de la representación política. Es gradualista en los hechos (al igual que –casi- todos en el PRD) e intenta despojarse del ropaje y el lenguaje apocalíptico revolucionario, pero coexiste con una corriente que invariablemente la observa con recelo.

 

4. Su (mal) trato con los otros.

 

Pero más allá de ese conflicto interno, el PRD tiene otros problemas graves. Y los resultados del 2009 así lo confirman. Uno de los resortes que más alimenta el declive electoral del PRD y sus aliados tiene que ver con su incapacidad para relacionarse con “los otros” de manera abierta, clara, productiva.

No sé si debo decir la izquierda, una parte de la izquierda, el PRD, corrientes del PRD… pero en fin. Lo enuncio de la siguiente manera: la izquierda tiene un grave problema en relación a “los otros”. Con todos aquellos que no son idénticos a ella. Da la impresión que quisieran encontrar en “los otros” un espejo de sus propias pulsiones, imágenes, dictados, y no toparse con ese magma diferenciado, contradictorio, imposible de homogenizar al que de manera rutinaria y por no complicarnos más la existencia llamamos sociedad.

“Los otros”, cuando son sus adversarios políticos –las derechas- no alcanzan ni siquiera a adquirir el estatuto de fuerzas legítimas. En el discurso y la imaginería se trata del anti pueblo, la encarnación de intereses perversos, algo así como la personificación del mal. Se puede decir que ello cumple un papel político que ayuda a alinear los campos en conflicto, lo cual puede ser cierto. Pero se olvida que esa educación impide la asimilación completa del código democrático y tiende a demonizar al adversario. Y algo peor: dirigentes y bases pueden creer que ese maniqueísmo es la verdad.

“Los otros” son también los gobiernos que no encabeza, de manera destacada el federal. El conflicto post electoral dejó una secuela de polarización que acabó por convertir al principal partido de la izquierda en una entidad difícil de comprender: cinco de sus 6 gobernadores tienen relaciones regulares –normales-, de colaboración con el gobierno federal; diputados y senadores en ocasiones reconocen y en otras no al mismo gobierno, y la cúpula del PRD y la Convención Nacional Democrática no reconocen ni tratan con el “usurpador”.

“Los otros”, incluso cuando se encuentran en sus filas, son tratados como enemigos. Los casos de las últimas elecciones en el PRD hablan por sí solas. Dado que los “compañeros” tienen intereses singulares, opciones diferentes, prioridades distintas, se les considera entidades hostiles, cuyos fines, por no coincidir con los propios, no pueden ser sino aviesos, si no es que frutos de la traición. Esos “otros” pasan de manera súbita de “amigos a enemigos” sin demasiadas mediaciones.

Pero en la sociedad moderna, contrahecha, injusta, desigual y combinada, en la que por fuerza tiene que moverse, existen muchos “otros”: los empresarios, los medios de comunicación, el mundo intelectual, los sindicatos, las organizaciones no gubernamentales, los órganos autónomos del Estado y otros. Y de manera recurrente aparece la incapacidad de reconocimiento, diálogo y eventual coincidencia (parcial, si se quiere) con esos “otros”. No digamos de la comprensión del papel que juegan. El único horizonte posible al que se les convoca parecería el de su alineamiento, el de su adscripción a uno de los bandos que con tanta facilidad y eficacia en ocasiones construye la izquierda. Ese afán de “instrumentalizarlos”, de convertirlos en “compañeros de viaje”, como si legítimamente no existieran otras agendas, es lo que dificulta de manera destacada (creo) el posible crecimiento de la izquierda. Ese crecimiento reclamaría un grado de apertura que no aparece por ningún lado.

A toda esa constelación se le quiere reducir a una lógica de amigo o enemigo, conmigo o contra mí, derecha o izquierda. Por supuesto que en el terreno electoral donde sólo aparecen en la boleta las ofertas partidistas ese discurso reduccionista puede rendir buenos frutos. Pero ello a condición de no olvidar que la elección es la punta de un iceberg que se construye con antelación. Porque parece que no se asume que el momento comicial no es más que la desembocadura de procesos más profundos en los cuales se intenta construir “hegemonía”.

 

5. Las formas de lucha: votos y mítines.

 

El PRD también se encuentra envuelto en una bruma política que le impide sopesar con certeza cuales son los métodos de lucha que más convienen a sus propios fines (que espero sean democráticos). Como lo enunciaba el senador Monreal se debate entre las movilizaciones y el trabajo institucional, entre los mítines y las elecciones. Por supuesto que votos y marchas no son excluyentes, incluso pueden ser complementarios. Pero, al final, hay que asimilar y comprender a través de qué mecanismo se expresa la mayoría.

Las elecciones son el evento que convoca a la participación del mayor número de ciudadanos en un mismo día. Los ultra politizados y los normalmente refractarios a la vida política por igual pueden y ejercen un derecho fundamental. Ricos y pobres, urbanos y agrarios, norteños y sureños, empleados y desempleados, conforman, sin exclusiones, el “mundo electoral”.

Los mítines o marchas, por definición, solo convocan a los seguidores de una causa particular. Se trata de la expresión legítima de una franja de la sociedad, pero solo de una franja. Digo “por definición” porque si todos estuvieran de acuerdo con esa causa los propios mítines y manifestaciones serían innecesarios.

Las elecciones son la punta de un iceberg civilizatorio. Ese día los ciudadanos eligen a gobernantes y legisladores luego de campañas en donde afloran los distintos diagnósticos y propuestas que ponen en juego la diversidad de corrientes políticas que coexisten en una sociedad. Tienen una importantísima derivación (visible y asible): la construcción de gobernantes legitimados.

Los mítines suelen consumirse en sí mismos. Son, sin duda, un expediente del quehacer político, fórmulas para impulsar alguna causa, para hacerse visible, para enfrentar determinada política, para cohesionar a una base de apoyo, etcétera., pero su derivación suele ser más evanescente, tiende a evaporarse con el tiempo.

Las elecciones son algo más que una muestra representativa de la sociedad. Pretenden, teóricamente, ser un censo, aunque ello nunca se logra (salvo en los regímenes despóticos en donde supuestamente vota el 99.9% de las personas). Pero es el expediente político al que más ciudadanos concurren.

Los mítines no son ni pretenden ser muestras representativas. Asisten a ellos los que tienen las mismas convicciones y desean expresarlas en público. Pero se trata siempre de un subconjunto de la población.

El que vota es el individuo. En soledad apoya o castiga las ofertas que aparecen en la boleta. Lo puede hacer luego de prestar atención a las campañas, de debatir con sus familiares y amigos, de leer información pertinente, o en el otro extremo, alimentado solo por imágenes imprecisas que se generan a lo largo del litigio pre electoral. Pero el individuo sabe que su voto es uno y solo uno. Es un recurso insípido.

El que asiste a un mitin quiere ser parte de una masa, identificarse con ella, saber que comparte sueños y esperanzas con otros similares a él. La euforia tiene que ver, por un momento, con la incorporación individual a una ola cuyo poder parece infinito, imparable, indestructible. Se trata de una masa potente, cohesionada, autosatisfecha. La recompensa anímica: formar parte de un conjunto virtuoso.

En las elecciones, “el pueblo”, “la sociedad” aparecen como lo que son. Entidades cruzadas por la diversidad, redes en las que coexisten intereses y sensibilidades distintas, espacios plurales que generan diagnósticos y propuestas diferentes y en no pocas ocasiones encontradas. Es más, las elecciones para tener cabal sentido deben partir de esa premisa, porque si el pueblo acunara un solo interés, una sola forma de ver las cosas, una misma aspiración, las elecciones estarían de más.

En los mítines el pueblo es uno, monolítico, fuerte, invencible. En él residen todas las virtudes y los adversarios (casi) siempre acaban siendo el antipueblo. La masa no puede asumir que los otros legítimamente pueden tener intereses, propuestas, programas distintos. El pueblo es redentor, limpio, incontaminado, y por supuesto se encuentra ahí reunido.

No es casual, que en las elecciones auténticamente democráticas, nadie gane todo y nadie (medianamente representativo) lo pierda todo. Por regla general en el espacio legislativo vuelve a aparecer y a reproducirse la pluralidad política que es propia de la sociedad. Y desde las posiciones ocupadas, la lucha, el debate, la negociación y el acuerdo, siguen aceitando esa rutina que incluye y no excluye.

El mitin es una fortaleza para los convencidos. Su intensidad y calor, el contacto entre masas y líderes, la capacidad para expresar en la plaza pública una denuncia, una reivindicación, son sus objetivos, y sin duda los cumple en el mismo momento en que se instala. El mitin expresa una sola voz (potente, masiva), y no puede ni pretende ser un espacio para la diversidad.

En las elecciones federales de 2006 participaron un poco menos de 42 millones de personas mayores de 18 años. El 58 por ciento de los ciudadanos con derecho a voto.

Una concentración exitosa, desbordante, en el Zócalo de la ciudad de México requiere no más de 200 mil personas. Esas son el 0.3 por ciento del total de los adultos habilitados para votar y el 0.5 por ciento de los que realmente votaron en 2006.

A través de las elecciones el PRD ha logrado gobernar el D.F., Zacatecas, Tlaxcala (luego lo perdió), Chiapas, Baja California Sur, Guerrero, Michoacán; convertirse por tres años en la segunda fuerza en la Cámara de Diputados y la tercera en el Senado. Gobierna centenas de municipios.

En los mítines el PRD ha desplegado su fuerza, entra en contacto con sus adherentes, proclama y hace saber su ideario, se encuentra consigo mismo y reconoce el rostro que desea reconocer.

Ambas fórmulas son distintas, pero no necesariamente excluyentes. Se pueden y deben conjugar. Pero el reto de aquellos que quieren “conquistar” a la mayoría, es saber con claridad donde se expresa ésta: si en las urnas o en las calles.

 

Así, dos pulsiones conviven y se retroalimentan todos los días en el PRD. Y a través de ellas se filtran los resultados. La caída espectacular en las preferencias del electorado en el 2009 por sí misma no es capaz de inyectar correctivos. Cada uno de las corrientes del Partido observa las cifras a través de sus juicios/prejuicios: unos dicen que decrecieron en el ánimo de los votantes por ser conciliadores, y los otros afirman que perdieron por aparecer como “ultras”. Porque ya lo sabemos: eso que llamamos realidad invariablemente es observada a través de cristales preconstruidos.

 

Escrito a fines de 2009, apareció en Jorge Cadena-Roa y Miguel Armando López Leyva (compiladores). El PRD, orígenes, itinerario, retos. UNAM. Instituto de Investigaciones Sociales y Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades. Editorial Ficticia. México. 2013. 599 págs.

 

 

 

 

 

 

 

 

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