La fotografía resulta elocuente: el secretario de Salud de Veracruz, Roberto Ramos Alor, vestido de traje y corbata, con un denso mostacho y los ojos cerrados, recibe una limpia antes de comparecer ante el Congreso local. El oficiante, vestido de blanco, coloca una mano sobre su espalda y con la otra mueve una vasija de donde sale humo. Varios acompañantes, con rostros serios, observan el ritual. Imagino que al entrar al recinto el secretario se sintió más seguro.

En octubre, el presidente de la República dijo que los candidatos que propondría al Senado para sustituir al ministro Eduardo Medina Mora debían tener “99.9 por ciento de honestidad y el resto (no es nada, digo yo; bueno, el 0.1%) de conocimiento”. No fue un lapsus puesto que el 27 de noviembre, ante una pregunta por el controvertido nombramiento del nuevo titular de la Agencia de Seguridad Energía y Ambiente (ASEA) insistió: “a nosotros lo que nos importa es la honestidad, si habláramos en términos cuantitativos 90% honestidad y 10% experiencia”.

La lógica no parece formar parte del razonamiento, más bien fue expulsada de manera indecorosa. ¿Por qué contraponer honestidad con conocimiento y experiencia?, ¿No habrá conocedores de la materia honestos? ¿O alguien presupone que por ser conocedores y experimentados no pueden ser honestos? Se trata de un falso dilema, pero los dichos del presidente lo que expresan de manera nítida es el poco aprecio que tiene por el conocimiento. Lo del secretario veracruzano, ni más ni menos que de salud, un funcionario obligado a actuar conforme a los avances de la ciencia, porque hasta donde sabemos la medicina lo es, envuelto en el humo de la superchería, no puede sino llamar a espanto. Porque, caray, ciencia y paparruchas son actividades que no solo se despliegan de manera paralela, sino que se repelen mutuamente. Por eso el artículo tercero de la Constitución establece que “el criterio que orientará a la educación se basará en los resultados del progreso científico, luchará contra la ignorancia y sus efectos, las servidumbres, los fanatismos y los prejuicios”.

Ilustración: Patricio Betteo

Se trata de una disposición heredera de la Ilustración. Esa corriente de pensamiento que ha querido colocar a la razón y el conocimiento científico en el centro de la deliberación pública (nunca alcanzado del todo) y para lo cual es necesaria la ruptura entre los asuntos de la fe por un lado y los de la ciencia y el debate público por el otro, y que ha sido el piso conceptual para construir los Estados laicos como el nuestro. Estados que, sin ser anti religiosos, intentan escindir los mundos de la política y la fe, del conocimiento y las verdades reveladas. Ello para permitir la convivencia de distintos credos y para que las instituciones del Estado no se vean comprometidas a seguir los lineamientos de ninguna iglesia, lo cual supone que los ministros de los diferentes cultos no deben utilizar a las instituciones del Estado para realizar proselitismo.

No obstante, el 4 de diciembre, Arturo Farela, presidente de la Confraternidad Nacional de Iglesias Cristianas Evangélicas informó, sin sonrojo alguno, que reclutó unos 7 mil becarios del programa “Jóvenes Construyendo el Futuro” para ser adoctrinados en el Evangelio. Dice que se trata de enseñarles “principios y valores”; como si no existieran principios y valores laicos que son los que el Estado mexicano está obligado a difundir. ¿Qué alimenta el desprecio al conocimiento, el revoltijo de ciencia y superchería, la erosión de las fronteras entre el Estado y las iglesias, que al parecer se fomenta, o por lo menos se tolera, desde el gobierno actual?

Va una parte de la respuesta (tentativa e insuficiente): el conocimiento —y más aún el conocimiento especializado— por definición es elitista. Pero la pulsión anti elitista, en un salto mortal al vacío, anatemiza el conocimiento por elitista, como si el sentido común instalado, mayoritario por supuesto, fuera superior. No intenta por tanto expandir el conocimiento a otros, sino que ve con malos ojos a quienes lo detentan.

 


José Woldenberg

Escritor y ensayista. Su más reciente libro es En defensa de la democracia.


Publicado originalmente en El Universal.

 

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