El tema propuesto es “La izquierda que México necesita”.  No sé qué tipo de izquierda necesita ese amasijo de intereses, sensibilidades, ideologías, al que llamamos México. Pero creo saber el tipo de izquierda que me gustaría a mí: una capaz de fortalecer a nuestra incipiente democracia y de generar –con otras fuerzas- un país menos escindido, más equitativo; menos plagado de desigualdades y más cohesionado socialmente. Para ello imagino lo siguiente.

Una izquierda:

– Que reconozca su fuerza en la sociedad y en el Estado y asuma su corresponsabilidad en la conducción del país. Ya no es más una corriente marginal, se encuentra instalada en las arterias fundamentales del sistema político y por ello es al mismo tiempo una fuerza de oposición y gobierno.

– Que sea capaz de apropiarse del tránsito democratizador que vivió el país y del cual fue motor fundamental, pero también usufructuaria destacada. No vivimos más en los estertores de un régimen autoritario sino en los balbuceos de una incipiente democracia.

– Que sea capaz de trabajar en los marcos de la legalidad que la cobija y que no pretenda que la ley de la selva, en ocasiones, puede ser superior a las imperfecciones de la ley realmente existente. Por supuesto que debe aspirar a modificar más de un ordenamiento legal e incluso constitucional, cuando los juzgue impertinentes, nocivos, violatorios de derechos, etc. Pero para ello existen cauces legales.

– Volcada a reforzar los pilares de nuestra germinal democracia y no enfilada a debilitarlos. La democracia debe ser la casa que de cobijo a todas las fuerzas políticas representativas del país y que permita su coexistencia y competencia. Atentar contra ella resulta incalificable.

– Con vocación para reconocer que el pluralismo es un rasgo de la modernidad y que ningún mago podrá exorcizarlo. Es más, que aprecie y se comprometa con la reproducción del mismo, que logre hacer de la necesidad, virtud. Es decir, que muestre su compromiso para hoy y mañana con la coexistencia de la diversidad política.

– Comprensiva de la realidad más decantada que trajo consigo la democratización el país: la coexistencia de un pluralismo equilibrado en las instituciones del Estado. Lo que reclama de operaciones de acercamiento entre las fuerzas políticas, ya que ninguna de ellas, en singular, puede hacer realidad sus caprichos. Ese equilibrio de fuerzas reclama la forja de coaliciones –coyunturales o permanentes- en los congresos, para hacer prosperar cualquier iniciativa.

– Reformista. Que deseche la ilusión de un día cero de la historia a partir del cual todo será armónico, claro, venturoso; para trabajar desde hoy por una transformación gradual, escalonada, pactada –por la fuerza de la aritmética democrática-, construyendo un Estado Constitucional de derechos.

– Que no confunda el “poder” con la Presidencia de la República. Cierto la izquierda no ha logrado ganar la titularidad del Ejecutivo Federal, pero detenta un enorme poder. Sus gobernadores, legisladores federales, alcaldes, síndicos, regidores, diputados locales, todos los días ejercen poder y mucho se puede hacer desde esas posiciones de gobierno y legislativas.

– Con normas y prácticas que hagan habitables sus organizaciones (sobre todo sus partidos). Donde puedan coexistir, expresarse y convivir, diferentes corrientes; con puentes anchos para la participación, con actividades que ofrezcan sentido a la militancia, con fórmulas para la capacitación y educación de sus “cuadros”, en fin, una casa ordenada por principios y prácticas democráticas.

– Con puentes de comunicación eficientes y de ida y vuelta con el inmenso y complejo mundo de las organizaciones sociales. Es en esas organizaciones de la sociedad civil (desde sindicatos y agrupaciones agrarias hasta feministas o gays) donde descansa –o puede descansar- la fuerza de las múltiples izquierdas. Una constelación, no solo una organización; un movimiento diverso (en sus formas y planteamientos), no una iglesia; no un ejército.

– Con capacidad de movilización, por supuesto; pero que asuma que en esas manifestaciones normalmente comparece una parte de aquellos que están de acuerdo con sus postulados y propuestas. Es decir, una parte del México masivo, contradictorio, plural en el que la izquierda es una corriente más.

– Que por lo anterior, sepa que no existe momento más expresivo y significativo de y para una sociedad que el de las elecciones. Y que el expediente reclama de un lenguaje y un comportamiento capaz de atraer no solo a los militantes, no solo a los simpatizantes, sino a ese universo volátil de ciudadanos que es definitivo para ganar.

– Con un horizonte de equidad. El rasgo más ominoso de nuestra convivencia social es la profunda desigualdad en la que transcurre. No somos, ni de lejos, una comunidad; sino una sociedad escindida, polarizada, plagada de resquemores y desconfianzas mutuas. Y la bandera tradicional de la izquierda debe reforzarse y hacerse visible.

– Promotora de la cohesión social. El sentido de pertenencia, de comunidad, se construye, no se decreta. Se requieren políticas para la inclusión, para la generación de un “nosotros”, para la creación de una ciudadanía capaz de ejercer y apropiarse de sus derechos, y por supuesto, de comprender sus obligaciones.

– Defensora de los derechos que permiten la construcción de ciudadanía y que representan el basamento de la convivencia civilizada. Sin ellos lo que tiende a privar es la ley del más fuerte, los abusos, la discriminación.

– Que vaya más allá de los enunciados generales. Cada vez que se discute una política específica debe aparecer con claridad el punto de vista de la izquierda. Ejemplo: en cada ocasión que se debate la Ley de Ingresos o el Presupuesto debe quedar claro cuál es el diagnóstico y el horizonte de la izquierda. Años de convalidar esos instrumentos en el Congreso, le han restado claridad al perfil y la intención de la izquierda.

– Con la permeabilidad suficiente como para apropiarse de los valores y principios de otras corrientes de pensamiento. En el siglo XXI no es deseable una izquierda que no haga suyos muchos de los principios fundamentales de la tradición liberal: las garantías para los individuos de cara al Estado, la defensa de los derechos humanos, límites a la gestión estatal, deben ser parte de la plataforma política e ideológica de las izquierdas.

– Con puertas y ventanas abiertas hacia el extenso y diverso mundo de la cultura y la ciencia. No para poner en acto a los artistas y/o científicos que comulgan con ella y convertirlos en “compañeros de ruta”; sino para entablar un diálogo fructífero y productivo –en ocasiones tensionado- con esas dimensiones de la vida.

– No solo política, sino política/cultural, en el sentido más amplio, con vocación para recrear y asumir un horizonte de convivencia de muy diferentes pulsiones que emergen de la modernidad de sociedades como la nuestra.

– Ilustrada. Capaz de trascender ocurrencias y prejuicios de todo tipo, a través del estudio y la indagación. Apta para apropiarse de los avances de la ciencia, de los conocimientos más sofisticados, y por ello, incapaz de contemporizar con el atraso y las supercherías.

– Laica. Parte de ese torrente fundamental que buscó en el pasado y no baja la guardia hoy por mantener escindidos los terrenos de la política y de la fe. Respetuosa de las diversas manifestaciones de ésta última, asume que en materia de educación, indagación científica, políticas de salud, etc., la República laica tiene circuitos para su toma de decisiones que se encuentran separados radicalmente de las consejas religiosas.

– Tolerante. Convencida que lo mejor para el país y para ella misma es su coexistencia con otras corrientes político/ideológicas. Dada que ninguna tiene de una vez y para siempre la verdad, la coexistencia de la diversidad es y será un signo de la modernidad.

– Con una política internacional propia, capaz de tender puentes de colaboración con las más diversas naciones, partidos, organizaciones sociales, pero sin guiños cómplices hacia las dictaduras de izquierda que han conculcado las libertades ni a los afanes imperiales de los Estados Unidos.

Bueno, una izquierda imaginada. Pero posible y deseable.

El punto sobre la i, año 2, nº 5. Diciembre 2012

 

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