HACIA EL 2018: MALESTAR, FRAGMENTACIÓN, INCERTIDUMBRE
José Woldenberg
Columnistas, políticos, conocidos y amigos vislumbran ya en el horizonte las elecciones del 2018. Encuestas, análisis y ocurrencias empiezan a invadir el espacio público. Estamos acostumbrados. Las notas siguientes partes de una constatación: las elecciones no suscitan hoy el mismo entusiasmo que ayer. Y en los tres primeros fragmentos de este escrito intentó rastrear el porqué de ese cambio en el ánimo público, sus nutrientes y la expansión de un discurso antipolítico que rebasa, y con mucho, nuestras fronteras. Para luego afirmar que, a pesar de ello, las elecciones siguen siendo un expediente insuperado si es que deseamos asentar las prácticas democráticas, y una fórmula que volverá a mostrar su estratégica pertinencia si es que queremos ofrecer un cauce para la convivencia-competencia de la diversidad política. El texto continúa tratando de rescatar las nuevas condiciones políticas en las que se desarrollarán los comicios (una mayor fragmentación) y dibujando las fórmulas que eventualmente podrían conjugar la mayor representatividad posible con los gramos de gobernabilidad suficiente para hacerla productiva. Y en los numerales VI y VII –que para algunos podrían parecer una salida de curso- se apuntan dos de los retos mayores que las futuras administraciones tendrán que afrontar: la necesidad de fomentar el crecimiento económico al tiempo que se construyen condiciones para una coexistencia medianamente armónica y las nuevas situaciones que se viven en los Estados Unidos, algo más que nuestro principal socio comercial. Por último, intento llamar la atención sobre un asunto medular: la fragilidad de los regímenes democráticos, quizá como una alerta porque mucho de lo construido, puede erosionarse, degradarse o incluso desaparecer. Esperemos que no. Y ese es el sentido principal de estas notas.
I Elecciones y mutación del ánimo público
A la distancia ya despuntan las elecciones federales de 2018 que serán concurrentes con las de 30 estados. Será una jornada electoral en la que se renovarán el Ejecutivo y Legislativo federales y buena parte de los poderes públicos en los estados. Y sin embargo (creo) el entusiasmo, las ilusiones, las esperanzas alguna vez depositadas en dichos procesos, parecen haber menguado de manera considerable.
Comparar el clima anímico de los años ochenta, noventas y primeros años del siglo XXI, con el de hoy, puede ser útil para aclararme.
Luego de la reforma política de 1977 se abrió un cauce para que las fuerzas políticas que hasta entonces se encontraban artificialmente marginadas del mundo institucional electoral pudieran incorporarse a él. Nuevos partidos aparecieron en el escenario y aunque la contienda resultaba marcadamente asimétrica y las garantías de limpieza eran prácticamente inexistentes, las añejas y nuevas organizaciones, y con ellas millones de mexicanos, vieron en la vía electoral una fórmula para ensanchar su presencia en la sociedad, ocupar, de manera paulatina, cargos en el entramado estatal, aclimatar la pluralidad política de la nación y construir un régimen democrático.
Aquellos años estuvieron marcados por las novedades y la esperanza. Los años que corren, por el contrario, son de escepticismo, rutina (o novedades que no son valoradas) y malestar sordo (desesperanza).
Las elecciones de 1979, 1982 y 1985, si bien vistas en retrospectiva fueron escasamente competitivas, resultaron un eslabón clave para que las oposiciones acumularan fuerza, multiplicaran su presencia en el país y para hacer cada vez más competitivas y relevantes las fechas comiciales. Hasta que en 1988 se produjo la primera elección presidencial auténticamente competitiva. Esa fue la buena notica. La mala: que ni las normas, ni las instituciones ni los operadores estaban capacitados para procesar de manera limpia y transparente los resultados. Ello generó una enorme crisis política que demandó una reforma radical de las reglas e instituciones encargadas de la contienda electoral.
Desde la fundación del IFE (1990) un aura rodeó a su creación: la de la duda. No era para menos. El “trauma” de 1988 había sido tan profundo y se entendía como una desembocadura “natural” de un sistema electoral sesgado y manipulado por el oficialismo, que el reto mayor de la nueva autoridad electoral era el de construir, paso a paso, la confianza en la vía electoral, que debía ser un terreno de juego imparcial, equitativo, apegado a la legalidad, que permitiera la convivencia y competencia pacífica e institucional de la pluralidad política. Y por ello, en medio de un marcado recelo, se empezaron a rediseñar todos los eslabones del proceso electoral: padrón nuevo (el anterior se tiró a la basura -sin metáfora-) supervisado por los partidos, urnas translucidas, boletas impresas en papel seguridad, listas nominales con fotografía y entregadas a los partidos, programa de resultados electorales preliminares instantáneo y desagregado casilla por casilla, tinta indeleble para evitar el posible doble voto, insaculación y capacitación de los funcionarios de casillas, facilidades a los observadores electorales y un sinnúmero de medidas más. El escepticismo fue el acicate para armar –desde cero- uno de los edificios más barrocos (churriguerescos) que en el mundo han existido en materia electoral.
Pero aquella temporada –como apuntábamos- también fue de novedades y esperanzas. Existía la fe o la convicción de que un sistema de partidos fuertes e implantados modificaría la correlación de fuerzas y construiría pesos y contrapesos (hasta entonces inexistentes) en el entramado estatal. Que la auténtica competencia premiaría y castigaría, que los fenómenos de alternancia inyectarían savia fresca al enmohecido sistema de representación, que la carencia de mayorías absolutas en los cuerpos legislativos obligaría a la deliberación y al acuerdo, desterrando los caprichos de una sola fuerza política. Que esa dinámica ampliaría los márgenes de libertad, haría más robusto el debate y súmele usted. E incluso se despertaron ilusiones desbordadas: parecía –por lo menos para algunos- que la democracia podía ser la llave mágica que abriera posibilidades al desarrollo, la igualad, el abatimiento de la pobreza, la corrupción, la violencia, y fantasías igual de potentes. Por lo que cada novedad fue saludada con ánimo y vigor. Los ajustes en la maquinaria electoral no solo eran técnicamente necesarios, sino políticamente esperanzadores porque abrían cauce a nuevas realidades. Y en efecto, fueron años en que por primera vez pasaron muchas cosas. Por primera vez hubo elecciones en la capital y ganó un partido de oposición al gobierno federal, por primera vez contamos con una Cámara de Diputados sin mayoría absoluta de algún partido, por primera vez hubo alternancia en centenares de municipios, diferentes gubernaturas y en la propia presidencia de la República, y por primera vez el Senado se equilibró de manera impensable para muchos. Y esas novedades lubricaban la confianza. (Bueno, hasta las elecciones infantiles, para subrayar los derechos de los niños y jóvenes, fueron eventos luminosos).
Hoy, por desgracia, la temperatura anímica es otra. Sigue recargada de escepticismo, porque la confianza que se construyó con lentitud, paciencia y colaboración de los partidos, fue destruida en buena medida por el invento de un fraude que a diez años y medio nadie ha podido demostrar. Pero lo más grave es que lo que ayer fueron novedades hoy son rutinas institucionales y las novedades (que no son pocas) no se aprecian porque lo que ayer fue esperanza hoy es desesperanza. No es que los objetivos de aquella etapa no se hayan alcanzado, por el contrario, cualquier observador medio de la política puede constatar que se lograron: partidos nivelados, elecciones competidas, pluralismo equilibrado en el Congreso, fenómenos de alternancia y súmele usted. Lo que sucede es que los partidos, las elecciones, los cambios en la conducción de los gobiernos, no suscitan –para muchos- ya no digamos ilusión, sino siquiera expectación (bueno, exagero un poco).

II Algo sobre los nutrientes del agrio humor público
Irritación social, desgaste gubernamental, amenazas provenientes de nuestro vecino del norte, tiñen el panorama generando incertidumbre y preocupación. El aumento en los precios de la gasolina a principios de año puso en acto un malestar larvado que se expresó en marchas, plantones, manifestaciones de repudio en las redes, pero que fue pretexto también para saqueos injustificables.
Estos días quizá puedan leerse como un revelador: de la ruptura de los puentes de comunicación entre gobierno y franjas relevantes de ciudadanos y del fastidio expansivo que modela los humores públicos.
Se pudieron leer y escuchar reclamos a la insensibilidad y falta de previsión del gobierno. Y era cierto. Pero el problema es más profundo. Parece existir una fuerte ruptura entre el mundo donde transcurre el gobierno y la política institucional y el de millones de mexicanos, en el que el distanciamiento –y quizá quiebra- entre el universo de la opinión y el del poder político, juega un papel fundamental. En su momento, la reacción denigratoria (casi) inercial al Acuerdo para el Fortalecimiento Económico y la Protección de la Economía Familiar ilustró –ejemplificó- de manera inmejorable ese rompimiento. (Creo que) nada ha erosionado más esos puentes que los fenómenos de corrupción documentada que quedan impunes y los excesos –reales y ficticios- que restan credibilidad a los agentes políticos. El laberinto de la política mexicana, con sus nuevos pesos y contrapesos, negociaciones obligadas, acuerdos “promediados” por la correlación de fuerzas, resulta indescifrable para demasiados; pero eso sí, los fenómenos de corrupción reiterados, exhibidos, pero no castigados, inyectan altas dosis de repudio más que justificado.
El humor público es agrio. El fastidio está a flor de piel. Hay un malestar que tiene demasiadas fuentes y mientras no se atiendan esos nutrientes el coraje irá en aumento. Además de la corrupción, la violencia expansiva inyecta zozobra, la falta de crecimiento económico nubla las expectativas de las nuevas generaciones, las abismales desigualdades construyen relaciones sociales cargadas de resquemor mutuo, el déficit en el Estado de derecho induce a la explotación de la “ley del más fuerte”. Enunciar esas fallas de nuestra convivencia es sencillo. Lo difícil es construir un horizonte que intente trascenderlas porque, paradójicamente, el clima no resulta propicio por el cúmulo de apuestas cortoplacistas.

III La antipolítica como política

A los nutrientes estructurales que alimentan el desencanto y el malestar (escaso crecimiento económico, persistencia y ahondamiento de las desigualdades, corrupción e impunidad y la espiral de violencia), hay que sumar una ola (casi) universal que a falta de mejor nombre podríamos llamar antipolítica. La reiteración inercial y machacona de que todo lo que sucede es culpa de los políticos, los partidos, los congresos y los gobiernos. Instituciones sin las cuales la democracia es imposible –vale la pena subrayar-.
Y no resulta difícil acudir a ejemplos. Un pastor evangélico es el alcalde de Río de Janeiro y un presentador de televisión ganó las elecciones en Sao Paulo. Trump en Estados Unidos, la señora Le Pen en Francia y en su momento Berlusconi en Italia, han tenido un enorme éxito. En las elecciones presidenciales del año pasado en Austria ninguno de los candidatos de los dos partidos tradicionales (socialdemócratas y populares) llegó a la segunda vuelta. Quedaron en cuarto y quinto lugar respectivamente. ¿Hay algo en común en todos estos casos? Creo que sí. El desgaste de los partidos habituales, la retórica simple pero contundente de que todo es culpa de los políticos, que se requiere de redentores externos a “esa clase” y el discurso de que cada uno de ellos –que se presentan como el relevo necesario y óptimo- encarna las auténticas aspiraciones de los ciudadanos.
Esos fenómenos son subproductos de un ambiente intelectual-cultural que ve en los políticos –así en conjunto- la causa eficiente de todas las dificultades, rezagos, malestares. Ese bloque –el de los políticos-, escindido del resto de los mortales, no es más que un atajo de tontos, ineficientes y corruptos. Y ello por supuesto explica todos los males. Los problemas no aparecen como tales (difíciles de atender) pero los responsables son indudables.
Esa simplificación extrema pero exitosa intenta borrar (y lo logra en el discurso) las enormes complejidades en la que transcurre la vida política en un mundo globalizado y en el que la aspiración democrática parece ser hegemónica. Se destierra de la retórica todo aquello que intente captar la tortuosidad y los límites de la política para que las cosas sean simples y sencillas (por ello mismo parciales y mentirosas). Se trata de “explicaciones” que omiten, por ejemplo, a los grandes poderes fácticos que condicionan la labor los políticos. Poderes como los financieros o mediáticos, que deberían ser regulados y modelados por los poderes constitucionales, y que tienen un peso gravitacional más que relevante en los circuitos de tomas de decisiones. (Curiosamente, existe la otra versión extrema: esos poderes fácticos serían los auténticos titiriteros y los políticos los títeres).
De igual manera, se omiten las limitaciones normativas, financieras, políticas e institucionales que constriñen la actuación de los políticos. Se supone que quienes tienen un cargo público solo pueden hacer aquello para lo que están facultados, que sus recursos son finitos, que no están solos en el escenario sino que lo comparten con corrientes y organizaciones que en muchos casos tienen diagnósticos e iniciativas contrarios a los suyos, y que la división de poderes y los pesos y contrapesos institucionales convierten al quehacer democrático en un laberinto difícil de cursar. Pues bien, todo ello es borrado del discurso porque lo haría inasible para “las masas”.
Si a ello le sumamos, como diría Vargas Llosa, que la política de hoy se emparenta y explota los códigos del espectáculo, el círculo de la simplificación se comprime aún más. Se trata de ser –quizá por necesidad- vistoso, ocurrente, seductor, de satisfacer las pulsiones más primitivas del auditorio, de ganar votos a como dé lugar, aunque para ello se requiera gesticular con el mínimo común denominador de los prejuicios que flotan en el ambiente. Es un patrón que se impone por el impacto de las nuevas tecnologías y por la necesidad de conectar con el mayor número de personas. De esa manera, desde la propia política se nubla lo que está en juego en cada debate, en cada legislación, en cada programa, en cada votación. Sobra decir que en esa mecánica desaparecen los diagnósticos sobre los problemas, las dificultades para resolverlos, los dilemas que implican, y todo ello (análisis, propuestas, contradicciones), desterrado del discurso, es suplantado por arengas en donde la voluntad –las ganas o el carácter- lo es todo.
Habitamos sociedades aniñadas. Proclives a la simplificación y refractarias a asumir la complejidad, demandantes de arengas que establezcan con claridad los campos del bien y el mal. Y sobre esa pulsión se monta –en todo el mundo- una retórica pueril pero efectiva: la culpa es de los políticos, porque nosotros (el pueblo, la sociedad, el resto de la humanidad, el respetable) somos la fuente prístina de la virtud.

IV Las elecciones, un expediente insuperado y ordenador

No obstante lo anterior, las elecciones siguen siendo la fórmula privilegiada y legitimada para que la diversidad de opciones políticas compita por la adhesión de los ciudadanos y los cargos de representación popular. Existe, por fortuna, entre nosotros, un amplio consenso de que no hay expediente superior al electoral para arribar a los puestos de gobiernos y legislativos. Todas las corrientes políticas medianamente significativas, aunadas a las tendencias de opinión, el periodismo y la academia, sostienen que solo el voto de los ciudadanos confiere legitimidad a los gobiernos y congresos. Es un basamento que, quizá por obvio, pasa desapercibido y que vale la pena no olvidar. El de la hegemonía del ideal democrático en el que adquieren todo su sentido civilizador los procesos comiciales.
Porque una vez que se desate la contienda no solo por la Presidencia, sino por el Congreso, las gubernaturas y la jefatura de gobierno de la Ciudad de México, los ayuntamientos y los congresos locales, las principales fuerzas y grupos políticos, económicos y sociales, empezaran a tomar partido, a alinearse o a construir sus propias opciones, de tal forma que el espacio y la promesa electorales acaben generando un cierto orden y delineando diferentes opciones de futuros posibles y deseables.
La propia vía electoral, además de ser un terreno para la convivencia y competencia de la diversidad política del país, será también un momento para la expresión de los humores públicos que modelan a México: desde el hartazgo hasta las ilusiones más desbordadas tendrán un escenario para su expresión, recreación y confrontación en términos civilizados y participativos. Porque lo que estará en juego de ninguna manera será anodino. Todo lo contrario.

V. Fragmentación política, gobiernos de coalición, segunda vuelta

Desde ahora se puede afirmar que dada la fragmentación política existente, resulta muy probable que en el 2018 se repita la situación de que ninguna fuerza política -en singular- pueda tener mayorías absolutas en ambas Cámaras del Congreso. Porque desde 1997 en la de Diputados y desde el 2000 en la de Senadores, nadie ha logrado conquistar la mencionada mayoría, es muy difícil pensar que esa realidad será revertida. Más bien las tendencias apuntan a lo contrario: a una fragmentación de la representación, dada la escisión que se vivió en la izquierda, el declive electoral del PRI y el PAN, el fortalecimiento de opciones intermedias y a la nueva figura de los candidatos independientes. Esa fragmentación además puede tener un fuerte impacto en la elección presidencial, la que dada nuestra tradición resulta, a los ojos del público, la más relevante. Las elecciones de 2018 serán las primeras en las cuales el país puede amanecer con un titular del Ejecutivo votado por menos del 30 por ciento de los electores.
No es casual entonces que desde diferentes espacios públicos se impulse la idea de que sería conveniente una segunda vuelta para la elección de los ejecutivos (presidente y gobernadores), cuando ninguno de los candidatos obtenga un respaldo mayoritario en la primera. Tampoco que en diferentes foros se debata sobre las posibilidades de forjar un gobierno de coalición –como ya lo prevé la Constitución- luego de los comicios de 2018.
Resulta positiva la expansión de una inquietud que me parece pertinente: ¿Qué hacer dada la fragmentación política que cruza al país? Se trata de una auténtica novedad y en efecto hay pocas –aunque certeras- previsiones en nuestro marco normativo para intentar hacerla productiva. Pero de inicio dos precisiones: segunda vuelta electoral para la elección de cargos ejecutivos y gobiernos de coalición no tienen por qué ser excluyentes, más bien pueden ser complementarios. En el caso de las coaliciones se trataría de construir una mayoría parlamentaria que acompañe la gestión presidencial (o de los gobernadores, en su caso).
¿De dónde y por qué surgen este tipo de preocupaciones? De una realidad política que se transformó radicalmente en las últimas décadas. Hablar de segundas vueltas y coaliciones de gobierno en la época del partido hegemónico no hubiese sido más que una excentricidad. Esos temas empezaron a despuntar cuando una pluralidad viva y equilibrada irrumpió en nuestra vida política. Pero mientras el sistema de partidos fue básicamente de tres (PRI, PAN, PRD-FDN- entre 1988 y 2012), la elección de los ejecutivos garantizaba que el ganador por lo menos tuviese el 36 o 37 por ciento de los votos y de manera pragmática, a cada momento, se forjaron coaliciones legislativas para aprobar diferentes iniciativas. El proyecto más ambicioso en ese sentido fue el del Pacto por México, en el cual el gobierno y las oposiciones reconocieron que cada uno por separado carecía de los votos suficientes en el Legislativo como para hacer avanzar sus propuestas.
No obstante, todo parece indicar que en México podemos estar transitando de un pluralismo moderado a un sistema partidista mucho más fragmentado. Repito: la escisión en la izquierda (PRD y Morena), la aparición de las candidaturas independientes, y en menor medida el declive en la votación del PRI y el PAN y el fortalecimiento relativo de otros partidos, puede desembocar en una contienda por la presidencia ya no entre tres, sino entre 5 o más candidatos competitivos, y en una representación congresual más dispersa.
La segunda vuelta y los gobiernos de coalición pueden entonces conjugarse de manera virtuosa. La segunda vuelta nos ayudaría a que ningún candidato con más rechazos que apoyos pudiese llegar a ocupar el cargo (imaginen un Presidente con el 27 o 25 por ciento de la votación). Mientras la posibilidad de forjar gobiernos de coalición, que ya existe en el artículo 89 de la Constitución, sería la fórmula adecuada para convertir un eventual gobierno de minoría en uno de mayoría, haciéndolo con las artes tradicionales de la política: la negociación y el acuerdo.
La segunda vuelta es rechazada por algunos porque afirman que con ello se estaría construyendo una presidencia artificialmente fuerte. Pero no necesariamente debe ser así, si se mantienen las fórmulas actuales de integración de las Cámaras del Congreso o mejor aún si asumimos de una vez –como al parecer lo hará la Constituyente de la Ciudad de México- una fórmula de traducción exacta de votos en escaños. Ese pluralismo equilibrado que habita el Congreso es el mejor contraveneno contra cualquier pretensión de erigir una presidencia abrumadora. Los gobiernos de coalición son rechazados por otros porque señalan que pueden convertir en rehén del Congreso al presidente en turno o porque les parecen “contra natura”. A ello hay que responder que tal y como se encuentran diseñados en la Constitución son potestativos (no obligatorios) y que solo proceden con el acuerdo de las partes. Y que normalmente se hacen por necesidad. Porque cuando una fuerza política, en singular, tiene la mayoría congresual por supuesto que no necesita de alianza alguna. Pero eso hace mucho que dejó de pasar entre nosotros (Digo yo: en buena hora).
Lo cierto, sin embargo, es que no parece existir la posibilidad de hacer realidad la segunda vuelta en la elección presidencial en el corto plazo. Por lo que lo más probable es que en 2018 nos amanezcamos con un nuevo Presidente de minoría (ahora más precaria que la de 2000, 2006 y 2012). Por lo que gane quien gane tendrá la posibilidad de forjar un gobierno de coalición o quedarse al frente de un gobierno de minoría.

VI La necesidad de crecer y de generar cohesión social

Pero lo más complicado que deberá enfrentar el próximo gobierno es la situación económica y social del país. Existe una conciencia extendida de que en México están instalados y se expanden un agrio humor social, tensiones mayúsculas y un muy bajo aprecio por las instituciones públicas. Son fenómenos anudados, con fuertes nutrientes –cada uno pondrá énfasis en los que le parezcan más importantes o los ligados a su campo de especialización-, pero quizá la causa primigenia esté en una economía que no crece como el país requiere, no genera los empleos de calidad necesarios, no logra abatir la pobreza ni atemperar las desigualdades y que, en una palabra, no es capaz de construir un mínimo de cohesión social.
Cierto que el entorno internacional resulta adverso, cierto que problemas ancestrales no se resuelven por el encanto de la magia, pero insistir de manera acrítica en las recetas que se han implementado en las últimas décadas, no parece demasiado sensato. Y quizá –es sólo un buen deseo- el momento electoral abra la posibilidad de reiniciar un debate sustantivo sobre el rumbo del país. A fin de cuentas, se supone que durante los procesos electorales deben aparecer los diagnósticos y las propuestas más sofisticados sobre los problemas más ingentes. Escribí, se supone…
Si ello sucede no estaría mal retomar lo que un grupo de economistas destacados, mayoritariamente de la UNAM, coordinados por Rolando Cordera, han puesto a circular en un importante libro Más allá de la crisis. El reclamo del desarrollo (F.C.E.).
Se trataría, por supuesto, de revisar el “entorno global” que en buena medida modula las posibilidades de la economía mexicana, pero para más allá de esa “realidad objetiva”, intentar un diagnóstico de la situación por la que atraviesa nuestra economía y poner a discusión las eventuales reformas que podrían generar un motor interno para el desarrollo con inclusión social. Porque “tras la profunda crisis de 2009 seguimos sin lograr una recuperación económica y social sostenida, generalizada y compartida. El desempeño continúa siendo decepcionante en relación, sobre todo, con las necesidades de ampliación y modernización de la infraestructura y la planta productiva, la creación de suficientes empleos de calidad y la superación de la pobreza. Los ingresos de la mayor parte de la población, reflejados en la masa salarial y otros indicadores, continúan siendo inferiores en valores reales a los que existían antes de la gran recesión”.
Se trataría, entonces, de discutir las premisas generales de la política económica en sus diferentes líneas (industrial, fiscal, energética, salarial, etc.), poniendo en el centro la necesidad de crecimiento y la atención a los abrumadores rezagos sociales, para salir del laberinto de nuestro “estancamiento secular”. Y ojala ese esfuerzo y otros similares –aunque fueran de signo contrario- pudieran irradiar la necesidad de convertir la contienda electoral en un momento privilegiado para analizar el rumbo que sigue nuestra economía y pensar las necesarias reformas al mismo.
Y es que los propios organismos internacionales parecen estar modificando sus paradigmas para colocar en el centro los temas de la desigualdad social, el empleo, los salarios. Por ejemplo, la OCDE en 2014 señalaba que: “nuevas investigaciones… muestran que cuando las desigualdad de ingresos se eleva, se reduce el crecimiento económico”, por lo que “combatir la desigualdad hace a nuestras sociedades más justas y más fuertes a nuestras economías”. Si ello es así no sólo sería por razones éticas o políticas que habría que intentar edificar una sociedad menos escindida, menos polarizada, sino por requerimientos de las propias economías, que como la nuestra necesita de un poderoso “motor interno” para estimularla, ya que la persistencia de una cierta atonía del mercado internacional, a pesar del dinamismo de nuestro sector exportador, no puede “arrastrar consigo al resto de la economía”.
Así, ante un crecimiento económico débil y la expansión de la precarización del empleo, ante un deterioro o en el mejor de los casos estancamiento de las percepciones de los trabajadores y la permanencia inconmovible del porcentaje de pobres, ante la profundización de las desigualdades y la ausencia de un proyecto para fomentar la inclusión social, no resulta extraño que el malestar se expanda y la violencia se instale con toda su cauda destructiva, que la confianza en las instituciones se encuentre en un nivel ínfimo y que el humor público tenga altas dosis de fastidio, desencanto y rencor.
Por ello es necesario trazar nuevas coordenadas para la política económica, delinear y acordar un pacto social y fiscal, capaz no solamente de activar la economía, sino hacerlo con la intensión de incorporar a los “beneficios del desarrollo” a los millones de conciudadanos que se encuentran segregados del mismo, para con ello, quizá, ofrecer un horizonte para el conjunto de eso que llamamos sociedad mexicana.
Porque llevamos casi 40 años dándole la vuelta a la noria electoral. Y también hemos estado, como sociedad y con razón, empecinados en regular, dividir, supervisar, transparentar, controvertir a las instituciones del Estado. Tareas necesarias y de primer orden dado la cauda de discrecionalidad, prepotencia, concentración, opacidad e impunidad con las que han y, en muchas ocasiones, siguen actuando. Se trata de una agenda pertinente que ha logrado avances en muchos campos y que no se debe descuidar porque estamos aún lejos de contar con un Estado de derecho digno de ese nombre. Y por supuesto siempre resultará pertinente que el Estado no invada zonas reservadas en exclusiva a los individuos, que en su propio seno existan pesos y contrapesos, que los funcionarios se ciñan a sus facultades y no actúen de forma discrecional, e incluso que por la vía jurisdiccional los particulares puedan proteger sus intereses cuando los sientan avasallados por la autoridad. Hemos, en fin, tratado de contener y controlar al Estado.
Pero (creo) estamos obligados también a explorar y explotar las potencialidades de las instituciones estatales. Si queremos atender los flagelos más ominosos que rondan nuestra convivencia, tenemos que activar los resortes estatales que eventualmente pueden generar espirales virtuosas. Sin políticas laborales, fiscales, de salud y educación, de vivienda y alimentación, bien diseñadas no alcanzaremos siquiera a atemperar las desigualdades que cruzan a México y que lo convierten en un escenario de tensiones y rencores sin fin. Sin políticas monetarias, de inversión pública, de fomento a la infraestructura y a la inversión privada, difícilmente lograremos que nuestra economía crezca a las tasas necesarias para generar empleos dignos y contener la expansión acelerada del trabajo informal y sus secuelas. Sin cambios a los usos y costumbres de policías, ministerios públicos, jueces y encargados de los penales, difícilmente se abatirá la ola delincuencial respetando los derechos humanos (operación complicada entre las complicadas).
¿Sería posible un gran pacto político y social para activar la economía, abatir la pobreza y mitigar las desigualdades? Para eso también requerimos del Estado. ¿Será siquiera esa preocupación uno de los ejes de las campañas electorales por venir?

VII El fenómeno Trump

Y si todo lo anterior fuera poco, tenemos en la presidencia de nuestro vecino del norte un individuo que será una calamidad para el país. Un hombre elemental, cargado de prejuicios, sub informado, arrogante y caprichoso, encabeza el gobierno de la mayor potencia del mundo.
Estados Unidos y México han venido solidificando sus relaciones de interdependencia asimétrica. La economía, la población y las migraciones han venido forjando realidades que en sí mismas son elocuentes pero que pueden leerse -como está sucediendo- para “bien” o para “mal” (como casi todo). Reproduzco algunos datos ofrecidos por Tonatiuh Guillén, Presidente de El Colegio de la Frontera, que ilustran lo antes dicho.
En el terreno comercial, por ejemplo, Estados Unidos importó desde México, en el año 2015, 296 mil millones de dólares y exportó a nuestro país 234 mil millones. Se trata de cifras difíciles de asir y aquilatar pero que en comparación con el comercio de otros países pueden evaluarse mejor. El monto de las importaciones de Estados Unidos desde México es prácticamente igual que las que realiza desde Canadá y es el 61 por ciento de las importaciones a Estados Unidos provenientes de China (483 mmd). Brasil, por ejemplo, sólo exportó, ese mismo año, a EU 27 mmd y Japón 131, lo que quiere decir, que somos el segundo o tercer exportador hacia el país del norte.
En Estados Unidos viven 11.7 millones de personas nacidas en México (independientemente de su situación migratoria), 11.5 millones nacidos en los Estados Unidos de padres mexicanos, y otros 10.5 millones con “herencia cultural mexicana”. En un estado como Nuevo México, con una población de 2 millones de habitantes, 994 mil son de origen “latino” y en California con 38.8 millones, 14.9 tienen ascendencia “latina”. Son números que reflejan una realidad demográfica cambiante y que cuando uno se asoma a las pirámides de edades de “latinos” y “blancos”, observa que los primeros crecen mucho más que los segundos.
Pero por otro lado, y como información para quien pretende edificar un muro en toda la frontera, la migración de mexicanos hacia los Estados Unidos ha venido decreciendo de manera consistente desde 2008. En 2006 fueron 816 mil, en 2007, 858; en 2008, 748. Y de ahí en adelante la cifra no ha hecho más que menguar: 2009, 630; 2010, 493; 2011, 317; 2012, 276; 2013, 280; 2014, 165 y 2015, 96. De igual forma las deportaciones también tienen una tendencia a la baja: 2007, 573 mil; 2008, 566; 2009, 549; 2010, 418; 2011, 357; 2012, 352; 2013, 298; 2014, 214 y 2015, 175. Son cifras enormes y cada caso seguramente es dramático, pero la línea decreciente se puede apreciar.
Esas realidades ilustran una interdependencia económica relevante y una población de origen mexicano que de ninguna manera resulta marginal. Pues bien, como ya ha empezado a hacerlo, Trump puede intentar alterar los flujos comerciales. Sus amenazas a empresas que pretendían o pretenden invertir en México, sus chantajes en relación a establecer aranceles más que elevados a quienes deseen exportar a los Estados Unidos desde México (aún en contra de las disposiciones expresas del TLC), su retórica que quisiera circunscribir las inversiones norteamericanas a sus propias fronteras, están ya afectando a la economía mexicana. Su resorte xenófobo puede volver a incrementar las deportaciones, al tiempo que ponga en marcha un proyecto irracional y agresivo como el del muro en la frontera. Y su retórica antimexicana puede potenciar un ambiente aciago para las comunidades latinas.
Porque las cifras sin duda apuntan (¿o apuntaban?) a una mayor interdependencia, pero la política (la mala política: la que exalta lo propio y convierte a “los otros” en los culpables de todas sus desgracias) puede dinamitar mucho de lo construido. No creo exagerado decir que la política mexicana –de ahora en adelante y por un buen tiempo- no podrá hacerse sin tomar en cuenta las veleidades e iniciativas del Presidente de los Estados Unidos.

VIII La fragilidad de la democracia

En un artículo originalmente publicado en el The New York Times que luego reprodujo el diario Reforma (10-12-16), se afirmaba que existe “temor por el futuro de las democracias”. Se trata de los resultados de una investigación de Yasha Mounk de Harvard y de Roberto Stefan Foa de la Universidad de Melbourne divulgada en The Journal of Democracy, en donde se apunta que “las señales de advertencia están al rojo”. Al parecer, los presupuestos de que la “consolidación democrática” se daría “una vez que los países desarrollaran instituciones democráticas, una sociedad civil robusta y un cierto nivel de riqueza”, no resultan contundentes. Para los mencionados académicos, si el apoyo público hacia la democracia es decreciente y al mismo tiempo se percibe “una apertura a formas no democráticas de gobierno, como un régimen militar”, sumado a partidos y/o movimientos “antisistema” con respaldo popular, entonces estamos ante procesos de “desconsolidación” de las democracias, cuya desembocadura es de pronóstico reservado, pero altamente preocupante. Los autores no sólo ejemplifican con Venezuela, sino con los propios Estados Unidos, Australia, Gran Bretaña y otros países que durante años fueron considerados ejemplos de democracia, porque “se ha desplomado el porcentaje de personas que dicen que es “esencial” vivir en una democracia, particularmente entre las generaciones jóvenes”, mientras crece “el apoyo hacia alternativas autocráticas”. “Calcularon que el 43 por ciento de los estadounidenses de mayor edad creían que era ilegítimo que el ejército tomara las riendas si el gobierno resultaba incompetente…pero solo el 19 por ciento de los milenials estaba de acuerdo”.
Asumir que cualquier régimen de gobierno puede ser pasajero es un buen punto de partida. No existe ley de la historia que garantice que un régimen democrático esté condenado a pervivir. Todo lo que existe –incluyendo a las fórmulas de gobierno- puede fortalecerse o descomponerse. Y los signos de desencanto y malestar con la democracia parecen expandirse y no se reducen a una sola área del planeta. El fenómeno Trump, el crecimiento de la ultra derecha en Europa o el Brexit en la Gran Bretaña, son inexplicables sin ese hartazgo con las derivaciones de un proceso de globalización que ha dejado millones de damnificados.
Entre nosotros la desesperanza y el fastidio están a la vista. Hay un resorte bien aceitado en contra de políticos, partidos, congresos y gobiernos, que además es alimentado de manera inercial –pero en forma potente- por los medios tradicionales y las nuevas redes sociales. No hay más culpables que ellos y la densidad de los problemas se diluye frente a un discurso simplista y maniqueo que enfrenta a aquellos con la inatacable sociedad civil. El aprieto, sin embargo, es que no se conoce democracia alguna que pueda reproducirse sin políticos, partidos, congresos y gobiernos. Y éstos últimos, ensimismados, habitando un mundo autorreferencial, obligados a negociaciones sin fin, parecen reforzar –queriéndolo o sin querer- los prejuicios bien afianzados en la sociedad.
Si no queremos entonces que lo poco o mucho que el país ha avanzado en términos democráticos se esfume o degrade, tendríamos que intentar revertir las fuentes del agudo desencanto con la vida política. Un contexto que no permite apreciar (a muchos) la expansión de las libertades, los pesos y contrapesos en el aparato estatal, la coexistencia de la pluralidad, las elecciones competidas y súmele usted. Y ello (creo) es así por cuatro fallas estructurales que deben ser atendidas y que no permiten construir una convivencia medianamente armónica. Repito: mientras la economía no crezca y pueda ofrecer trabajo digno y formal a los millones que lo demandan, mientras los fenómenos de corrupción sigan documentándose y queden impunes, mientras la espiral de violencia continúe nublando la existencia y mientras la oceánica desigualdad social siga construyendo varios países sin puentes de contacto entre ellos, me temo que el aprecio no solo por los instrumentos que hacen posible a la democracia, sino también por ese régimen de gobierno, seguirá en declive.
Si “todo lo sólido se desvanece en el aire”, como se titulaba aquel sugerente y perturbador libro de Marshall Berman, lo que ni siquiera tiene esa consistencia, más fácilmente puede disiparse por erosión continúa. ¿Serán las elecciones de 2018 un momento estelar para realizar un autoanálisis de nuestra situación y delinear políticas alternativas o volveremos a presenciar un espectáculo cargado de consignas lucidoras pero huecas y elementales? Poco habrá de vivir el que no vea el desenlace.

Ciudad de México, 24 de enero de 2017

Configuraciones Nº 43, enero-abril 2017

 

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