Luis González de Alba. No hubo barco para mí. Cal y Arena. Ensayo Personal. México. 2013. 207 págs.

Su afán por recuperar la memoria, por indagar en el sentido de los acontecimientos pasados, su convicción de que los testimonios personales iluminan épocas, causas y desvaríos, hacen del nuevo libro de Luis González de Alba un eslabón más de su esclarecedora y reflexiva obra literaria.

Vuelve a estar presente su espíritu rebelde, belicoso, convencido de que las ideas y las prácticas nunca son anodinas, combinado con una sensación de derrota que le da al libro un tono peculiar: al mismo tiempo aguerrido y de fracaso, agridulce o más agrio que dulce. Es un ajuste de cuentas con pasajes, personajes, ideas y sentimientos que le ofrecieron su tensión dramática a una época y que al observarla en retrospectiva entrega no solo sus insuficiencias, sino sus dobleces, tonterías e ingenuas fantasías. González de Alba parece decirnos: no hay salida. Luego de cursar todo el laberinto, la ilusión de encontrar “otra cosa” es y fue solo eso: una ilusión. “Siempre llegarás a esta ciudad. A otras ni esperes, no hay barco para ti…”, enuncia el epígrafe de Kostas Kavafis (“La ciudad”) con la que se inicia el recorrido memorioso.

El libro como la memoria es caprichoso pero elocuente. Va y viene en el tiempo, recrea estampas diversas, conjuga política y vida personal, pero en efecto otorga lo que ofrece: una cadena de rebeliones contra la ortodoxia de izquierda que González de Alba resiente en lo más íntimo. Desde aquel joven ex dirigente ya del 68, ex preso político, exilado en Santiago de Chile en 1971 que asiste a ver “Teorema” de Pasolini con sus compañeros y se escinde de ellos por sus desplantes machistas, homofóbicos y supuestamente relajientos hasta el escritor adulto que no soporta las mentiras y demagogia del dos veces candidato presidencial de la izquierda mexicana. Ello, entreverado con episodios de su vida íntima, para reivindicar y pensar, como lo ha hecho desde hace años, sus preferencias, gustos y carnavales sexuales.

Es un ajuste de cuentas, pero singular. Un ajuste de cuentas personal. Plagado de humor e ironía, de no poca maledicencia, que hurga en su propia intimidad, realizado con desparpajo y quizá también (Luis lo sabrá) respetando zonas vedadas, incluso para él. Es por momentos un testimonio gozoso, por lo vívido al recordar, al contar, al revivir; pero al mismo tiempo, un sube y baja anímico, que lleva a momentos de desolación profundos. Luis sabe que develar lo que sucede en el ámbito privado es siempre un bocado apetecible, y ello lo lleva lo mismo a recrear sabrosas anécdotas que a ajustar cuentas con no pocos de sus ex amigos. Es una fórmula difícil de administrar porque en ocasiones deriva en recuerdos juguetones y agradables y en otros en rudos episodios no exentos de un toque vengativo.

En No hubo barco para mí está ya algo más que un esbozo de lo que quizá debería ser un ensayo mayor del propio Luis González de Alba. El tránsito cruento, inesperado, sorpresivo y devastador, de un ejercicio de la sexualidad que ampliaba su grado de libertad y sus capacidades lúdicas convertido, súbitamente, en el prólogo de la muerte. Si, en las páginas del libro, con unos recuerdos aquí y otros allá, se recuerda el clima de los setentas, una década que hizo del sexo una fiesta para amanecer con la devastación que desencadenó el SIDA. Y Luis vivió con intensidad y dolor ambos capítulos de esa historia reciente. Se asume como un sobreviviente. Un buen número de amigos y algunas de sus parejas murieron en aquellos años. Pero entiendo que la muerte de Ernesto Bañuelos en octubre de 1987 le dejó una estela de dolor inconmensurable. Una pérdida irreparable a la que Luis no puede dejar de regresar una y otra vez.

Hay algo obsesivo en LGA. Tratar de esclarecer, sin afeites innecesarios, lo que sucedió aquel 2 de octubre trágico en la plaza de Tlatelolco. Una búsqueda de la verdad que se ha enfrentado sucesivamente a leyendas consagradas primero por el oficialismo (los verdugos) y luego desde la izquierda (las víctimas). Es ese afán el que lo llevó a solicitarle a Elena Poniatowska algunas rectificaciones a su reconstrucción coral de lo sucedido ese día, y lo que lo conduce a insistir en su versión de lo que vio y vivió desde el tercer piso del edificio Chihuahua. ¿Por qué los integrantes del Batallón Olimpia gritaban “no disparen”? y ¿Por qué el ejército siguió disparando hacia ellos? ¿Falta de coordinación? ¿Emboscada? LGA escribe lo siguiente: “la Secretaría de la Defensa no sabía que soldados con ropa de civil estarían rodeando el edificio Chihuahua. Y los soldados de civil, el Olimpia, creían que el Ejército regular tenía conocimiento de que ellos iban a disparar, en cuanto detuvieran a los dirigentes, para ahuyentar a la multitud”. Las preguntas entonces se abren paso a codazos y merecen ser atendidas. Se trataría de encontrar y reconstruir la verdad como una deuda consigo mismo, con la generación de los estudiantes que, queriéndolo o no, abrieron las puertas a un reclamo de libertad que no sería más que expansivo a lo largo de las siguientes décadas, y como un deber moral y político, ahora que la primera palabra está en desuso y la noción de política parece angostarse hasta emparentarse con la politiquería.

LGA fue también el primero en reivindicar el carácter lúdico, liberador de aquellas movilizaciones. Porque como bien dice, “el 68…fue fiesta de meses y tragedia de un día”, y vale la pena –en honor a la verdad y a las posibilidades que abre la participación política- no olvidar la primera cara: aquella que le demostró a miles y miles de jóvenes que colocar en el espacio público una serie de reivindicaciones no tenía por qué hacerse en un tono mortuorio. Esa última partitura la construyó la represión gubernamental.

Bastaría hacer la lista de los personajes importantes de la izquierda con los que Luis polemiza para dar cuenta de su heterodoxia creativa. Prefiero hacer alusión a los asuntos y temas contra los que se rebeló. Contra la “mochería” de izquierda tan similar a la de los círculos conservadores, contra el feminismo vulgar incapaz de aceptar las diferencias biológicas evidentes, contra los medios que desvirtúan a los fines (rememorando el episodio del secuestro de Arnoldo Martínez Verdugo), contra la defensa de privilegios injustificables (la necia conservación del CEU del pase automático o el no pago de cuotas), contra la censura de que fue víctima en el diario La Jornada; contra las armas y su apología (lo que desató el levantamiento armado del EZLN), contra la corrupción de las administraciones de izquierda en el D.F.

Él sabe que sus posiciones le han granjeado no pocas animadversiones dentro de la izquierda. Pero sabe también que contemporizar con elaboraciones y conductas como las enunciadas no sólo deforman el rostro y los proyectos de eso que llamamos izquierda, sino que tienen un impacto más que negativo en los valores y principios que deben presidir nuestra convivencia. En ese terreno es intransigente. Y su intransigencia es siempre un llamado de atención que es escuchado por unos pero que irrita a muchos. En épocas en las cuales, como en la noche, todos los gatos son pardos, una voz singular y punzante es agradecible e incómoda. Ni modo.

Su ira, sin embargo, en ocasiones lo conduce a generalizaciones (para mí) excesivas e injustas. Llamar, por ejemplo, “bazofia” a una lista de personas que en el pasado militaron en el PRI y hoy lo hacen en alguna agrupación de izquierda, no se lo debería permitir él mismo. Hay en el libro otros casos en los que su cólera lo pierde.

Luis fue un empresario exitoso. Abrió primero una sex shop (La tienda del Vaquero), luego un bar (El Vaquero) y luego otro (El Taller) y después un restaurante (La Taberna Griega). Los primeros ligaban sus ganas de ofrecer a los gays (solo a un tipo, los rudos y masculinos) un espacio de reunión, de encuentro y reventón y construir una empresa rentable. Y logró ambas cosas. Recuerda las vicisitudes para abrirlos, los interminables trámites burocráticos, sus alianzas y socios. Lo hace con humor y gracia. También con no poco resentimiento, sobre todo con las administraciones del PRD, cuya intolerancia y corrupción, en mucho contribuyeron al cierre de esos establecimientos.

Cuenta, como si se tratara de un vodevil, el nacimiento de la Fundación Mexicana Contra el SIDA de la que fue el principal motor. Una de las primeras organizaciones de la sociedad civil que se preocupó por atender a las víctimas de la pandemia y por hacer sonar las alarmas de lo que estaba sucediendo. Como toda buena causa, parece decirnos LGA, estaba movida por resortes nobles y altruistas pero no era ajena a las miserables grillas que le dan su tono a eso que llamamos la convivencia humana.

LGA también juega. O nos propone un juego. Especula sobre lo que pudo haber sido y no fue. Por ejemplo, si sus padres se hubieran ido a vivir a Nueva York, como se los sugirió un jefe que murió antes de que el proyecto se hiciera realidad, “mis hermanos, que habrían jugado basquetbol en Brooklyn, ido al Yankee Stadium para echar porras a los Dodgers de Brooklyn al ritmo del órgano de vapor… Que habrían trabajado a finales de los años sesenta y principios de los setenta en la construcción de un par de torres que serían las más altas de Nueva York, y ahora tendrían hijos y nietos “americanos” de segunda y tercera generación, (pero) no nacieron”, y por ahí se sigue.  El azar es capaz de armar infinidad de historias posibles que simple y llanamente jamás se dieron. Las contingencias de la vida acaban armando biografías que bien pudieron ser otras, si en vez de A se hubiera atravesado B. Y es cierto, aunque sea en el terreno especulativo. Pero el juego se transforma en su contrario conforme nos acercamos al final del libro. Porque además de las casualidades que modelan nuestras vidas existe la libertad para elegir (o márgenes para tomar decisiones por lo menos), y LGA aparece invadido por un abrumador sentimiento de derrota que no encuentra la fecha fija o el acontecimiento preciso que lo explique. Su juvenil impulso de huir, fue sustituido abruptamente por “la tolvanera” que significó el 68, y “lo alevantó”, y al parecer lo condujo a un sitio al que jamás soñó llegar. Bueno, es que así es la vida. Así son las vidas. Y la de Luis González de Alba –aunque el reniegue- puede celebrarse por sus muchos frutos. Uno de ellos, el libro que hoy presentamos.

Febrero de 2014

 

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