VOLVER A BOBBIO
José Woldenberg

María de Lourdes Álvarez Icaza Longoria (Compiladora). Diálogos. Al encuentro con la democracia en la obra de Norberto Bobbio. CIDHEM. Morelos, México. 2016. 177 págs.

En el décimo aniversario de su muerte, el Centro de Investigación y Docencia en Humanidades del Estado de Morelos (CIDHEM), organizó el I Congreso Internacional Norberto Bobbio, en Cuernavaca, Morelos del 19 al 21 de noviembre de 2014. Y como uno de sus frutos apareció el libro que reúne algunas de las ponencias que se discutieron entonces. Se trata de un haz de escritos que abordan desde distintos ángulos la multifacética obra del autor italiano, pero cuyo centro, es en efecto, el tema de la democracia. (Escriben Elisabetta Di Castro, Josep Ma Reniu, José Fernández Santillán, César Cansino, Enrique González Casanova, Laura Baca y Freddy Mariñez, además de la compiladora).

Del conjunto de textos –por cierto, muy variados y desiguales- retomo algunos temas que me importan de manera especial.

El contexto. Bobbio vivió el ascenso del fascismo, la guerra, la guerra fría y al final, el desplome del mundo soviético y una cierta hegemonía el ideal democrático. Es en ese terrible siglo XX en el cual forja su convicción sobre la superioridad moral y política e la democracia. Es un combate a varios flancos: contra el totalitarismo soviético que luego de la guerra se expandió por Europa Oriental, tal y como antes había cuestionado las dictaduras de derecha (el fascismo y el nazismo). Son los procedimientos de la democracia y la asimilación de que las sociedades no son monolitos, sino más bien espacios habitados por intereses, sensibilidades y nociones diversas e incluso contrapuestas, lo que le hace insistir en que es necesario ofrecer un cauce institucional para la expresión y recreación y competencia de esa pluralidad de corrientes político-ideológicas. Es, por supuesto, una elaboración académica con fines políticos, soportada en los fuertes pilares del pensamiento político clásico –que Bobbio manejaba de forma magistral-, pero además una reacción beligerante contra aquellos intentos que pretendían encuadrar la vida en sociedad bajo una sola ideología, una solo organización, un solo liderazgo. Y ello porque conoció de primera mano los estragos humanos a los que conducía esas acometidas.

Liberalismo y democracia. Bobbio nos ayudó a esclarecer y comprender el sentido de ambos conceptos y las relaciones –no siempre armónicas- entre ellos. El liberalismo está movido por la intención de contener, por poner diques, al poder estatal desatado. Se trata de reivindicar –con justeza- una serie de garantías individuales que las instituciones estatales no debían invadir para no degradar la vida en sociedad. Las libertades de pensamiento, expresión, religiosa, eran parte fundamental de un proyecto civilizatorio que deseaba garantizar a los individuos una zona de libertades necesarias para una vida digna. Pero la democracia, daba un giro a la tuerca: no solo se trataba de sujetar al Estado y generar zonas de autonomía individual, sino de incorporar a los ciudadanos a los asuntos públicos: los derechos a la organización, a votar y ser votado, a participar en la “cosa pública”, a ser no solo representado sino también representante, eran la derivación natural de la promesa que portaba la democracia: la soberanía era popular y la misma reclamaba participación en los asuntos públicos. Se podría decir que para serlo, la democracia requiere incorporar el bagaje del liberalismo, pero que el solo despliegue del liberalismo no construye democracia.

Democracia, liberalismo y socialismo. Pero Bobbio fue más allá. Intentó fundir la tradición liberal-democrática con la socialista. Cierto, se requería fortalecer el goce de las libertades; cierto, se necesitaba apuntalar los regímenes democráticos; pero incluso para que estos se establecieran sobre bases sólidas se requería una sociedad medianamente integrada. En eso me recuerda a Leszek Kolakowski cuando escribía que a él le hubiera gustado amalgamar tres tradiciones: en la economía, la socialista, en la política, la liberal-democrática y en la cultural, la conservadora. Pues bien, Bobbio insistió en la necesidad de un socialismo liberal o de un liberalismo social. Y en efecto, quizá los dos grandes valores que puso a circular la modernidad –igualdad y libertad- han sido reivindicados con fuerza y pertinencia por el socialismo y el liberalismo, respectivamente. Pero –nos diría el filósofo italiano- a estas alturas optar por uno solo de ellos, parecería suicida. Porque la pretensión de construir la igualdad social sin libertades ha edificado auténticos infiernos en la tierra: regímenes dictatoriales y aún totalitarios que acabaron persiguiendo y aniquilando a todos aquellos que no estuvieran dispuestos a postrarse ante ellos. En el otro extremo, la simple libertad sin contrapesos, es decir, el solo despliegue del mercado y la conversión de las personas en mercancías, no solo desemboca en la libertad del coyote para comerse a las gallinas (como diría Isaiah Berlin), sino en sociedades altamente polarizadas, generadoras de exclusión, dominio y discriminación. Por ello su sensato y difícil intento por fundir dos tradiciones: la liberal y la socialista. Porque, bien vistas las cosas, ambas merecen para “humanizarse”, para estar a la altura de la compleja y contradictoria vida contemporánea, una fuerte inyección de los valores que porta su contraria.

Reforma o revolución. Bobbio además fue un reformista. En su obra es fácil detectar esa pulsión, esa convicción: en democracia –diría- es posible transformar, con participación, “las cosas”. Y aquí adelanto una hipótesis (quizá una mera especulación). Como buen observador de las tensiones internacionales, de los cambios traumáticos que habían sellado el destino de diferentes naciones y de las llamadas revoluciones socialistas, Bobbio entendió que el expediente de la violencia nunca resultaba anodino. Que como fórmula para el cambio podía incluso ser efectiva, pero que siempre dejaba una secuela que no era fácil, después, desechar. Porque la violencia tiene su propia dinámica, su propia lógica. Si al principio se le utiliza contra los “enemigos”, luego se acabará usando contra los antiguos aliados y al final contra los propios compañeros. La figura de las revoluciones que acaban devorando a sus propios hijos surge de esa mecánica, al parecer, imparable. Y los ejemplos sobran: desde la revolución francesa hasta la soviética, pasando por la china o la cubana, viejos aliados acabaron combatiéndose a muerte –sin metáfora-. Pero además, porque en las antípodas del ideal democrático se encuentra el expediente de la violencia. Si los regímenes autoritarios –casi por definición- requieren marginar, contender, perseguir y/o acabar con sus oponentes (que para ellos no son más que la expresión del Mal); la democracia supone y asimila que en la diversidad de expresiones políticas e ideológicas se encuentra buena parte de la riqueza de las sociedades, y que desear exorcizarla, no es más que una apuesta suicida. Por ello, mientras en democracia se intenta ofrecer un cauce para la expresión, recreación, convivencia y competencia de la diversidad política, lo que supone intentar congelar a la violencia como expediente político; en los regímenes autoritarios la violencia se convierte en un instrumento connatural a los afanes por desterrar a las oposiciones políticas.

Las promesas incumplidas de la democracia y los problemas que debe afrontar. Pero Bobbio sabía y siempre supo que la democracia no era una estación terminal en la que supuestamente florecería la armonía y se desterrarían los conflictos. Esa no podía ser más que una versión ingenua y desinformada o demagógica. Y por ello diseccionó las promesas que se desprendían del ideal y que no habían sido cumplidas y los nuevos retos que aparecían en el horizonte. Y creo que en América Latina, una vez cursada la fase optimista que restableció o creo regímenes democráticos en la región, es menester detectar e intentar trascender los nutrientes de un cierto desencanto con la democracia. Porque nada garantiza que nuestras contrahechas democracias estén condenadas a pervivir: pueden desgastarse, degradarse e incluso ser sustituidas por regímenes autoritarios. Ya lo sabemos y nunca está de más recordarlo: la historia está por hacerse, no hay leyes que se cumplan de manera necesaria, y los sistemas que ofrecen cauce a la recreación del pluralismo pueden fenecer. Y en América Latina, como en su momento lo señaló el PNUD, la pobreza y la desigualdad pueden ser un piso demasiado resbaladizo para edificar democracias sólidas. Ese rasgo estructural de nuestro continente irradia tensiones y rencores que debilitan el cemento de cohesión social que reclama la democracia para reproducirse de manera más o menos integral. Por supuesto, el listado de las asignaturas que hay que atender podría enunciarse sin demasiados problemas, pero el quid de la cuestión –creo- es que en A.L. nuestras naciones -unas más y otras menos- son incapaces de generar ese sentimiento de inclusión, de pertenencia que es imprescindible para asumirse como parte de la sociedad y digamos “su proyecto”. Seguimos siendo –y el caso de México lo ejemplifica de manera prístina- sociedades escindidas, polarizadas; más un archipiélago de clases, grupos y pandillas que no se reconocen entre sí que eso que algunos cursis llaman un “tejido social”. Pues bien, si queremos robustecer a nuestras incipientes democracias (y no erosionarlas aún más), y tejer una sociedad menos fracturada, estamos obligados a revertir la oceánica desigualdad que modela nuestras relaciones sociales.

Por todo ello, leer y releer a Bobbio tiene sentido.
Revista de la Universidad de México Nº 149, julio 2016.

 

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