MEMORIA MILITANTE
José Woldenberg
José Luis Hernández Jiménez. Cuando correteábamos utopías. Prólogo de Rosa Albina Garavito. Edición del autor. México. Diciembre de 2014. 834 págs.
A fines de los años sesenta y principios de los setenta se trasmitió por televisión una serie ingeniosa: “El túnel del tiempo”. Se trataba de dos científicos que, succionados por una máquina, eran arrojados a una época y un momento de la historia. Lo mismo podían aparecen en la corte de Luis XVI que en la Alemania nazi, en el viejo oeste norteamericano o en la Roma antigua. Pues bien, al leer el libro de José Luis Hernández me sentí proyectado al túnel del tiempo. Un tiempo ido, pero que dejó su huella en lo que hoy es la izquierda mexicana y la vida política toda.
José Luis Hernández nos narra su historia como militante desde los primeros pasos del Partido Mexicano de los Trabajadores (PMT) en 1974 hasta antier, es decir la ruptura del PRD que dio pie a Morena, pasando por la breve experiencia del Partido Mexicano Socialista (PMS). Se trata de una versión personal –personalísima- de esa etapa, cargada de información, añoranza, reflexión, indignación y sobre todo, ganas de compartir una experiencia vital.
En un mundo desmemoriado y frente a una izquierda incapaz de recuperar su propia historia, José Luis Hernández nos recuerda episodios sobresalientes –y otros anecdóticos- de un trayecto que merece ser conocido y evaluado. Tiene rezón cuando afirma que en la izquierda mexicana hay una densa nube de olvido en relación a lo sucedido antes de 1988. Como si ese año fuera fundacional y sin antecedentes. Se pregunta: “¿Y los movimientos populares que habían hecho historia en épocas mucho más difíciles, es decir, los miembros de los partidos antecesores del PMS y los electricistas encabezados por Don Rafael Galván, y los estudiantes asesinados el 10 de junio de 1971, y los muchachos que optaron por la guerrilla y fueron exterminados por el régimen y el movimiento estudiantil popular masacrado en 1968 y los movimientos de los profesores encabezados por Othón Salazar, Iván García Solís y otros, y el de los médicos…y el de los telegrafistas y los campesinos de Rubén Jaramillo…?” (p. 360) La respuesta no es sencilla, pero quizá la contestación está en lo que él mismo sugiere: la fusión de la izquierda independiente con la Corriente Democrática del PRI, para dar paso al necesario Partido de la Revolución Democrática, puede explicar esa desmemoria, como si la hora cero de la historia fuera el nacimiento de ese partido.
El libro da cuenta de la trayectoria de José Luis. Sus inicios en el PMT, su lucha por el registro, por elevar el nivel de ingresos de los más, por la defensa del petróleo, ilustra lo que fue el Partido Mexicano Socialista, las tensiones que generó la fusión de cinco organizaciones de la izquierda, la postulación de Heberto Castillo como candidato de dicho partido, su declinación a favor de Cuauhtémoc Cárdenas que había sido propuesto por el Frente Democrático Nacional (originalmente formado por la Corriente Democrática del PRI, el PPS, el PARM, el PFCRN y decenas de agrupaciones de la izquierda social y “partidista”), la crisis política-electoral del 88, el llamado a construir el PRD y su militancia en el mismo, su participación en la Convención Nacional Democrática convocada por el EZLN, su experiencia como colaborador del delegado de Iztapalapa, los roces con sus compañeros de partido, los problemas mayúsculos generados por las elecciones internas del PRD y su distanciamiento de la izquierda partidista.
Pero el libro es también la recreación de una época. El tránsito de unos partidos de izquierda que vivían en los márgenes de la política a otros que se encuentran colocados en el cuarto de máquinas del Estado, de una militancia voluntaria, sin remuneración, por convicción a otra modulada por recompensas materiales o de cargos públicos, de un peregrinar por la República sembrando una semilla de esperanza a recorridos por el país con todas las ventajas que ofrecen el dinero y el poder, de una convivencia más o menos fraternal dentro de pequeñas organizaciones (aunque esto último quizá tenga unos gramos de edulcorante) a una competencia brutal en el seno de amplias y burocráticas asociaciones, de un clima opresivo para la militancia de izquierda a un espacio público donde se ejercen con mucha mayor amplitud las libertades.
Se trata –digo yo- de cómo al ganar, al fortalecerse, al multiplicar sus votos y su presencia en los órganos de gobierno y legislativos, la izquierda dejó arrumbado parte de su equipaje. Fue una derivación no buscada del éxito. Al acrecentar sus diputados y senadores, presidentes municipales y gobernadores, diputados locales y funcionarios públicos, la lógica de su actuación se modificó por necesidad, pero sacrificando algunos de los valores y principios que supuestamente la ponen en pie: igualdad, solidaridad, tolerancia.
Y sobre todo, se trata del paso de una militancia esperanzada a un profundo desencanto. Creo que esa es la línea de tensión que reúne a los capítulos que se van sucediendo. José Luis Hernández no esconde su identificación intelectual y anímica con el proyecto original del PMT. Y el texto transpira la convicción de que los mejores años de su quehacer político transcurrieron bajo el manto de ese partido. Son además los años de su juventud: los que modelan el carácter, las afinidades políticas, las fórmulas de relación con los otros, las filias y las fobias. Luego, las experiencias en el PMS y el PRD, no le resultan tan satisfactorias e ilustra las resistencias y desviaciones que él detectó y vivió en ambos proyectos unitarios.
No es casual entonces que en el libro aparezcan sentidos reconocimientos a sus compañeros y líderes del PMT: las estampas de Heberto Castillo, Demetrio Vallejo, José Alvarez Icaza, Eduardo Valle, Luis Tomás Cervantes Cabeza de Vaca o Salvador Ruiz Villegas, son evocaciones cálidas y sentidas porque formaron al José Luis Hernández joven y le inyectaron la pasión y la entereza necesaria para emprender proyectos políticos que en su momento parecían “utópicos”.
De igual manera, José Luis no esconde su malestar con otras figuras de la izquierda mexicana a las que critica y reprocha diversas conductas. A Porfirio Muñoz Ledo o Cuauhtémoc Cárdenas o Rosario Robles o Andrés Manuel López Obrador, les reclama lo que desde su punto de vista son notorias inconsistencias. En ese sentido el libro es también una especie de ajuste de cuentas, con los otros y con él mismo.
José Luis Hernández hace también la crónica de sus viajes a diferentes países representando a los partidos en los que militó. Estuvo en Nicaragua, la URSS, Bulgaria, China, Cuba, países en los que suponía se estaba construyendo una sociedad mejor, superior, socialista. Son estampas que recrean un estado anímico cargado de ilusión y que merecerían –digo yo- quizá una reflexión crítica y a la distancia. Claro, hoy todos podemos ver más lejos, el tiempo transcurrido nos permite vislumbrar lo que entonces o no aparecía o aparecía de manera nublada. Pero es un ejercicio necesario de cara a la construcción o fortalecimiento de una izquierda democrática en nuestro país. Porque no se puede pasar por alto lo que significó la abolición de las libertades en esas experiencias.
Hay, por supuesto, un buen número de juicios que no comparto. Ilustro solo con algunos. En la campaña de 1976 para la presidencia de la República el Partido Comunista Mexicano postuló al reconocido sindicalista Valentín Campa. El PCM no tenía registro y José Luis afirma que dicha campaña “sirvió de comparsa al candidato oficial, José López Portillo” y dado que se trataba de un único candidato a la Presidencia, dice que el “PCM ayudó a que el ridículo no fuera mayor”. Disiento. El PCM con ese gesto, con esa postulación, con esa campaña sin registro, lo que puso en el centro del debate público fue la exclusión artificial a la que se sometía a corrientes político-ideológicas significativas. Su demanda de entonces podría expresarse en los siguientes términos: “somos una fuerza política nacional y exigimos poder participar en el mundo institucional electoral”. Creo que la reforma de 1977 no puede explicarse sin ese antecedente y en retrospectiva, prácticamente todos los partidos de izquierda siguieron el camino explorado por el PC en 1976.
Un año después con la reforma política, creo que quien se equivocó en el diagnóstico fue el PMT no el PCM, como se afirma en el libro. Para el primero “el registro de los partidos –decía- sigue siendo muy difícil… la LOPPE exige una subordinación plena a los dictados de órganos antidemocráticos”. Pues no, el propio PMT entró al espacio institucional electoral en 1984 por la misma puerta que el PCM, la del llamado registro condicionado.
En relación a la fundación del PSUM, José Luis ofrece una versión sesgada. Dice que el Movimiento de Acción Popular –del que yo formaba parte- “posteriormente fue anexado de “contrabando” por el PCM”. Si bien pone contrabando entre comillas, no se entiende la alusión. Ciertamente el proyecto original de fusión de la izquierda contemplaba a cinco organizaciones (PCM, PMT, PSR, PPM y MAUS) y el MAP no estaba contemplado, pero solicitamos formalmente nuestra incorporación y fuimos aceptados. Luego dice que el MAP era “impulsado, entre otros, por Rolando Cordera, señalado por algunos ortodoxos, como ligado al oficialismo”. Rolando Cordera era uno de los dirigentes que encabezaba al MAP, pero reproducir la especie de que estaba ligado al oficialismo, que fue lo que en su momento dijo Heberto Castillo, como si lo hubieran dicho unos innombrados “ortodoxos”, no es correcto. Recuerdo que en aquel entonces Rolando y yo enviamos una carta a la revista Proceso apuntando que Heberto no debería aplicar a otros el trato que él mismo había recibido, cuando lo acusaron sin fundamento de “aperturo” y otras lindezas propias de los grupos más sectarios de la izquierda. La verdad es que el PMT decidió retirarse del proyecto unitario y probar suerte por su lado. (Por cierto, en la única elección federal a la que concurrió el PMT en forma solitaria -1985- logró el 1.55 por ciento de la votación y 6 diputados plurinominales, no el 4 por ciento como se asienta en el libro).
Ya en el PMS, desde el MAP apoyamos a Heberto Castillo como candidato a la Presidencia. Y como asienta José Luis, el ingeniero ganó unas elecciones internas que resultaron ejemplares. Pero no es cierto que su campaña estuviera “creciendo”. Su declinación –que sin duda lo honra- a favor de Cuauhtémoc Cárdenas, se debió entre otras cosas a que mientras la de Cárdenas progresaba la de Heberto no. De la misma manera insinuar que el triunfo del Ing. Cárdenas en el D.F. en 1997 fue fruto de un acuerdo con el presidente Zedillo, carece de sentido. La candidatura de Cárdenas creció y creció y logró –en efecto, como dice el libro- dejar atrás la de Carlos Castillo Peraza, postulado por el PAN. La vieja idea que reduce a los complejos fenómenos sociales y políticos a conspiraciones de los poderosos, no merece aparecer en un texto tan sugerente.
Pero se trata –en el conjunto de la obra- de minucias (que para mí no lo son). El libro tiene muchas caras, acercamientos y posibles lecturas. Y eso porque lo que recrea José Luis no es anodino ni menor. Por el contrario, se trata de una historia singular, pero expresiva de una etapa de ese piélago de organizaciones, corrientes y personalidades a la que genéricamente llamamos izquierda.
Por ejemplo, José Luis Hernández hace una muy buena y consistente defensa de la necesidad que tienen los partidos hoy de dialogar, de acordar. Cuando en 2007 el Congreso Extraordinario del PRD decide “no dialogar con quien ocupa formalmente y realmente el máximo cargo de la nación, niega una de las formas esenciales de un partido político”. Escribe: “no dialogar estando en el terreno político es no utilizar la principal herramienta para avanzar” y lo califica como “infantilismo de izquierda”. Y es que en efecto, si hay algo nuevo en el escenario político mexicano es que ninguna fuerza, ningún partido, por sí solo tiene los votos necesarios para hacer su voluntad en el Congreso. Eso obliga al acuerdo y a la negociación o de lo contrario a hacer política testimonial. Y la fuerza y la centralidad de la izquierda –creo- ya no está para eso o solamente para eso.
Hoy José Luis –nos informa- corre el maratón y es asiduo de las artes marciales chinas. Y retomando el texto de un poeta brasileño, Mario Andrade, reescribió una especie de declaración de principios, que entre otras cosas, dice: “He contado mis años y he descubierto que tengo menos tiempo para vivir de aquí en adelante que el que he vivido hasta ahora… (Por ello), ya no tengo tiempo para reuniones interminables…para escuchar en el mitin a malos actores prometiendo el sol, la luna y las estrellas…para soportar personas absurdas…No quiero estar en reuniones en las cuales desfilan egos inflados, no tolero a los manipuladores y aprovechados…Quiero estar cerca de gente que sepa reconocer y reírse de sus errores, que no se vanaglorie de sus triunfos…Sí, tengo prisa…para vivir con la intensidad que solo la madurez puede dar”. Y creo que eso lo puede escribir alguien como José Luis Hernández que ha dedicado más de 40 años a hacer, con otros, política, política de la buena.

Revista Voz y voto, abril de 2016.

 

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