OPCIÓN SOCIALDEMÓCRATA
José Woldenberg
Agustín Basave. La cuarta socialdemocracia. Dos crisis y una esperanza. Presentación: Rolando Cordera. Prólogo: Ludolfo Paramio. Catarata. Madrid. 2015. 125 págs.
1. En efecto, como señala Agustín Basave, los dos grandes valores que puso en movimiento la modernidad fueron la igualdad y la libertad. Y las corrientes políticas que han colocado el énfasis en uno solo de los elementos de esa mancuerna han generado penalidades sin fin. Así, quienes suprimieron las libertades en aras de la igualdad (los regímenes comunistas) crearon auténticas sociedades secuestradas, encadenadas; subordinadas a la voluntad del poder político. Mientras aquellos que solo ponderaron las libertades dando la espalda a la aspiración de igualdad (el llamado capitalismo salvaje), reprodujeron sociedades escindidas, que excluían del ejercicio de los derechos a franjas enormes de la población. El gran mérito de la socialdemocracia deriva precisamente del intento por conjugar, por armonizar, esas dos aspiraciones: igualdad y libertad. No libertad o igualdad. La “y” resulta crucial. Esa conjunción copulativa que indica adición.
2. La gran escisión en la izquierda se produjo por su definición frente a la democracia. Aún antes de la Revolución Soviética. Quienes veían en la democracia solo un epifenómeno del capitalismo, una fórmula más para administrarlo, y quienes comprendieron, en el origen, la necesidad de construir y ensanchar vías para la expresión de la fuerza de los trabajadores (e impulsaron el sufragio universal) y paulatinamente se comprometieron con el respeto a la pluralidad política. Bobbio, en su momento, se lamentó, de la inexistencia en Marx de una teoría del Estado, y en efecto, ahí quizá se encuentra la debilidad mayor de sus planteamientos. Aunque en textos como El dieciocho Brumario se puede encontrar un intento comprensivo del funcionamiento del Estado, en el que éste no aparece ya ligado mecánicamente a alguna de las clases o fracciones, sino más bien va adquiriendo grados de autonomía nada despreciables; ese estudio de caso, no encontró –entre los seguidores de Marx- desarrolladores. La suerte, en buena medida se selló, con el libro El Estado y la revolución de Lenin que convertía a éste en un instrumento de dominación y punto. Socialdemocracia y comunismo se escindieron: la primera valoraba la democracia y su compromiso fue por apuntalarla, fortalecerla, por considerarla una vía para la transformación social y un fin en sí mismo; el segundo, marcadamente economicista, pensó que con la abolición de la propiedad privada de los medios de producción el tema quedaría resuelto. Y en ese marco, la recuperación de los planteamientos de Eduard Bernstein que realiza Basave, me parece no solo atinado, sino aleccionador.
3. Hay que apuntar que en nuestro país la corriente más influyente en el pensamiento de la izquierda fue aquella que durante décadas minusvaloró el tema de la fórmula de gobierno, de la democracia (y las libertades) y subrayó el de la igualdad, apostando al estallido de una revolución de matriz socialista (inspirada, según el caso, en las experiencias soviética o china o cubana o…). Sin embargo, por necesidad y virtud, hoy la inmensa mayoría de las corrientes de izquierda valoran y tienen un compromiso explícito con la democracia…aunque de cuando en cuando y en muchas de sus pulsiones reaparecen aquellos resortes revolucionarios.
4. La discusión por supuesto puede ser académica. Existe una larga historia al respecto. Pero entiendo que la intención del libro es suscitar, sobre todo, un debate político que tiene que ver con el perfil de una izquierda deseable para nuestro país. Una izquierda –como apunta Rolando Cordera- “capaz de generar y recrear las condiciones de posibilidad de una sociedad justa y redistributiva del poder, el ingreso y la riqueza”, aunado a un compromiso democrático para hoy y mañana. Una izquierda, digo yo, capaz de trascender la utilización instrumental de la democracia, el caudillismo, el electoralismo, el pragmatismo sin horizonte, al tiempo que se reconstruye una política recargada de ética, esa sustancia a la que son tan refractarios los cínicos.
5. Tiene razón Basave cuando afirma que el momento estelar de la socialdemocracia europea son los 30 años que siguieron a la Segunda conflagración mundial. Se trata de la creación, mantenimiento y expansión de lo que se ha conocido como el consenso socialdemócrata que logró edificar los Estados de bienestar más inclusivos en la historia de la humanidad. Luego de la cruenta destrucción de la guerra, del fortalecimiento del polo comunista encabezado por la URSS, las sociedades europeas no podían volver a las rutinas anteriores. Había que reconstruir Europa pero sobre bases que hicieran posible el ejercicio de las más amplias libertades pero también haciéndose cargo de los abismales rezagos sociales. Son los años en que se apuntalan las fórmulas para generar cohesión social: educación, salud, transporte públicos como basamento de la coexistencia social. Salarios mínimos decorosos, seguros de desempleo, políticas de vivienda, para una existencia digna. Y políticas fiscales progresivas y redistributivas como un imperativo para la convivencia medianamente armónica. Esas políticas, con un fuerte acento keynesiano, “demostraron que el capitalismo podía prohijar altos niveles de equidad”.
6. No obstante, no hay mal ni bien que duren cien años. El consenso socialdemócrata fue sustituido por el llamado “consenso neoliberal”. Si sus figuras icónicas son el presidente Reagan y la primera ministra Margaret Thatcher, eso no quiere decir que el viraje no haya contado con un fuerte respaldo social. Hubo un corrimiento de los ciudadanos hacia el centro y la derecha. Los altos impuestos y la centralidad de lo público, fueron puestos en la picota. La exaltación del individualismo, el Estado como problema y no como eventual solución, resultaron los elementos discursivos que erosionaron la confluencia en torno a al proyecto de una sociedad menos escindida. Paramio ofrece una explicación en el prólogo del libro: “La aparición del elector-consumidor se ha producido además en un contexto de individualización, de menor peso de la familia y de disolución de la identidad de clase, como consecuencia de la expansión de la educación y del nuevo urbanismo. La “segunda” socialdemocracia se beneficiaba de la identidad de clase que le daba un fuerte anclaje social entre las clases medias trabajadoras. Ahora ese anclaje es más débil, y la identificación política con un partido no está garantizada por el origen social. Por tanto, a la hora de decidir votar a un partido pasan a tener un papel mucho más importante las experiencias recientes de gobierno y la personalidad de los dirigentes políticos”.
7. Basave nos dice que en ese proceso la socialdemocracia se “derechizó”, y que incluso en los momentos de gestión de la crisis sus herramientas fueron recicladas del recetario neoliberal. Así tendríamos tres grandes capítulos en la historia de la socialdemocracia: a) su surgimiento entre 1875 y 1945, caracterizada “por la gradual emancipación de los dogmas marxistas…e impulsada por un creciente realismo”, b) “los treinta años gloriosos” que van de 1945 a 1975, en la que se edifican los Estados de bienestar y c) de 1975 a nuestros días que se distingue “por el paulatino y parcial encogimiento del Estado benefactor y la adopción de una política económica cada vez más apegada a la ortodoxia neoliberal”. Por ello, Basave argumenta a favor de construir una “cuarta socialdemocracia”.
8. Sin duda, la socialdemocracia tiene que actualizarse, ponerse al día, sintonizarse con las nuevas realidades. Pero me parece que más que apostar por una especie de refundación nebulosa, tiene que volver al “espíritu de 1945”, como se llamó aquel conmovedor y pedagógico documental sobre la política de la posguerra en la Gran Bretaña de Ken Loach. Intentaré explicarme. Lo único nuevo que encuentro en la propuesta de Basave en relación a una eventual “cuarta socialdemocracia” es la “construcción de un cuarto poder que contrapese los tres tradicionales, cuando sus decisiones sean manipuladas por los más ricos”. Cierto hay que construir los mecanismos para que no sea la influencia de los que más tienen los que impongan el tono y la tonada de los órganos representativos, pero fuera de ello la iniciativa reproduce todos los prejuicios antipolíticos. Consiste en la creación de asambleas populares, “completamente apartidistas cuyos integrantes serían electos por votación popular universal” (con incluso alguna modalidad de sorteo). “Su trabajo consistiría en decidir la integración de organismos autónomos, en revisar, a fin de ratificar o rectificar, las decisiones legislativas y judiciales más trascendentes, así como elegir entre sus miembros al Jefe de Estado…”. Es decir, un supra poder supuestamente no contaminado de política sino integrado por ciudadanos impolutos. Una especie de junta de notables, con amplios poderes, destinados a corregir los “excesos” que son connaturales a la política. La verdad no creo que vaya por ahí la necesidad de reformar a “la democracia con más democracia”.
Tengo la impresión de que los socialdemócratas tenemos que dar una batalla por las ideas, en el campo de la representación y de la movilización social. Intentar remontar la ola neoliberal y sus estragos para construir una sociedad integrada, medianamente armónica. Y para ello es necesario atemperar las desigualdades, abatir la pobreza, edificar mínimos de cohesión social. Y para ello es necesario reivindicar y reformar lo público, combatir los privilegios, atender al mundo del trabajo, crear un basamento de satisfactores materiales y culturales universales. Es decir, volver al espíritu de la socialdemocracia que logró edificar las sociedades menos desiguales y las más libres en la historia de la humanidad. Se escribe fácil, lo difícil es construir la fuerza política, la convergencia social y el ambiente cultural (en el sentido más amplio), capaz de hacer de esos planteamientos un motor para la acción y una realidad para los millones de excluidos.
9. Hay en el espacio público mexicano una muy pertinente agenda liberal-democrática. Los temas de la rendición de cuentas, la transparencia, el acceso a la información, la protección y fomento a los derechos de las personas, tienen una enorme centralidad y que bueno que así sea. Se teme a la invasión por parte del Estado de los espacios privados y se quieren activar las muy diferentes fórmulas de control del poder (dividiéndolo, vigilándolo, judicializándolo, como diría Rosanvallon). Todo ello resulta pertinente por nuestra historia y nuestro presente. Pero en contraste, son muy débiles los impulsos y los sustentos sociales para eventuales políticas socialdemócratas: aquellas que buscan abatir la pobreza, atemperar las desigualdades, generar mecanismos de inclusión social, fortalecer lo público (me refiero a la educación, la salud, el transporte), lograr que los derechos sean realmente universales. Se trata quizá del quid de la cuestión. Porque no será fácil en medio de la bruma individualista y la hegemonía de los resortes neoliberales abrirle paso a la preocupación por la construcción de una sociedad más cohesionada, menos escindida, más igualitaria.
10. Si mal no entiendo y en eso coincido plenamente con Basave es hora de fundir las agendas liberal-democráticas con las social democráticas. Tal y como en su momento lo postulaba Norberto Bobbio. Porque una sociedad solamente volcada a garantizar la libertad a sus miembros y a vigilar y contener las pulsiones estatales (que insisto es necesario), puede derivar en el universo de la libertad al que hacía referencia Isaiah Berlin: la libertad del lobo para merendarse a las gallinas. Lo otro es muy débil: la pulsión por la igualdad –lo típicamente socialdemócrata-, es lo que reclama un espacio en la agenda pública, en las preocupaciones de los políticos, los medios, los intelectuales. Y por desgracia, del mundo del trabajo –cuya aportación debería ser sustantiva- muy escasos planteamientos emanan y suelen ser defensivos, ante una economía que no crece y ante la expansión del trabajo informal.
11. Por ello cuadrar el círculo no es sencillo. Pero como dice el dicho: “no hay peor lucha que la que no se hace”. Y por ese intento felicito a Agustín Basave.

Revista de la Universidad de México Nº 143, enero de 2016.

 

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