RELATOS SALVAJES: LA IRA Y LA VENGANZA
José Woldenberg
1. Las siguientes no son notas sobre la ira en el cine en general. Sino sobre la ira y la venganza en una película particular (Relatos Salvajes). Para ofrecer mi lectura de la cinta, sin embargo, relataré de manera abreviada las tramas de las historias. Ofrezco disculpas tanto a quienes ya la vieron, por el delito de ser reiterativo, como a quienes no la han visto y no les gusta que les cuenten la historia. Pero sin esa recapitulación los comentarios no se entenderían.
Además estoy obligado a aclarar que no hay filosofía en las siguientes notas. Solo amor y agradecimiento al cine. Al buen cine, por supuesto.
2. Una bella mujer checa su pasaje y aborda un avión. Otro viajante inicia una conversación casual con ella. Es un crítico musical. –“Mi primer novio era músico cásico –dice ella-, bueno en realidad estudiaba… -“¿Cómo se llama?” –pregunta él. –“No es conocido…Gabriel Pasternak”. –“Pas-ter-nak”, de haberlo sabido te digo que era sepulturero…Presentó su tesis en el Conservatorio…lo defenestré”. –“Yo estaba con él en ese momento. Fue tremendo lo que le hicieron. Estuvo una semana en cama”. –“A veces es así. Tengo que dañar la autoestima de un pobre infeliz para proteger los oídos de toda una población. Eventualmente puedo equivocarme, pero en este caso era un engendro impresentable”.
Una señora que escucha la conversación, se presenta: “No puedo creer tanta casualidad. Yo fui su maestra. Tuve la difícil tarea de comunicarle que repetía el año. Doy fe de que ese chico tenía problemas. En treinta años de docencia nunca vi nada igual. Lloraba como una criatura recién nacida”. Irrumpe un hombre barbado: “Pobre flaco, ¡cómo le dábamos¡”. Uno más, ahora un pelón, dice: “Increíble. Yo fui agente de Casa Tía…trabajó un tiempo. Siempre tenía problemas con los clientes. Se le tuvo que echar”.
El crítico musical, sorprendido, se levanta y pregunta: “¿Perdón, alguien más conoce a Gabriel Pasternak?” Algunos alzan la mano, todos se miran asombrados. “¿Por qué están en este avión? ¿Ustedes sacaron los pasajes?”, insiste el crítico. A uno se lo mandaron, a otro lo han citado a una reunión, alguien más se lo ganó en un sorteo. En ese momento aparece la azafata para informar que “Gabriel Pasternak es el comisario de a bordo de este vuelo”, con voz trémula informa: “cuando hacíamos el training juntos, éramos amigos. Me invitó a salir y cuando le dije que no…” La puerta de la cabina de pilotos está cerrada. El avión empieza a descender en medio de fuertes turbulencias. No hay duda: van a estrellarse.
La ex novia reconoce que lo engañó con su mejor amigo, que por supuesto está también en el avión. Un hombre corre hacia la cabina desesperado, angustiado. Es su siquiatra. También se portó mal con Pasternak. “Vos no tenés la culpa de nada. Vos sos la víctima…Los que te arruinaron la vida fueron tus padres…Nosotros no tenemos nada que ver”. Pero el avión sigue en caída franca. (Corte).
Dos viejos leen en su jardín. Son un hombre y una mujer, como se diría ahora, de la tercera edad. Se acerca un avión. Viene hacia ellos.
Antes de los créditos de la película, esa es la historia que cuenta Damián Szifron, escritor y director de la película argentina, Relatos Salvajes. Una serie de relatos de humor negro que exploran las derivaciones de la ira y los resortes de la venganza.
Pasternak, sobre decirlo, ha sido maltratado a lo largo de su vida. Maestros, jefes, pareja, amigos, psicoanalista, padres, han abusado de él. Es fácil imaginar su ira impotente a lo largo de los años. Una ira contenida, largamente acunada, alimentada episodio tras episodio. Esa furia que se vuelve contra él hasta derrotarlo. Es el niño sujeto de las burlas de sus compañeros, reprobado por su maestra, el novio engañado, el compositor frustrado, el trabajador despedido. Y un día decide reunirlos a todos y desatar una ingeniosa venganza. La venganza largamente planeada, perfectamente ejecutada. Una obra maestra que por supuesto tiene que alcanzar a sus propios padres. Porque como bien dice el historiador John Lukacs, “¿Qué es la venganza, sino el deseo de provocar un sufrimiento que cure el sufrimiento propio?”.
Szifron le inyecta el toque irónico a la pieza. Es el sueño que muchos han soñado. La venganza perfecta y total. Los que (me) han hecho daño morirán, juntos (reunidos por mí), aunque en la operación tenga que inmolarme. Un cuento sobre la dulce venganza, la que se paladea desde el origen, desde que se empieza a planear.
3. Un restaurante en medio de una noche lluviosa. Una joven recibe al cliente que desde el inicio parece odioso. Ella, de manera cortés, le pregunta: “¿Buenas noches, ¿uno solo?”. Y el patán le contesta: – “Veo que sos buena para las matemáticas”.
Demudada la mesera entra en la cocina. Nerviosa, a punto del llanto, le cuenta a la cocinera: “Ese tipo es de mi pueblo…Un mafioso. Nos remató la casa y por su culpa papá se terminó suicidando. Dos semanas después del entierro, se trató de levantar a mi mamá. La acosó tanto que nos tuvimos que venir para acá. ¿Sabés cuántas veces soñé con tenerlo así? Delante de mí. Yo algo le voy a decir…”. La cocinera, gorda, astrosa, chaparra, le contesta: “Por culpa de ese tipo se suicidó tu papá y lo único que se te ocurre es insultarlo. ¿Por qué no le ponemos veneno para ratas en la comida?”.
Un rencor escondido, apaciguado por el tiempo, vuelve a nacer en la mesera. Los recuerdos se activan y con ellos el miedo, la ira y la tristeza combinadas. Duda incluso en decirle algo. Constata una asimetría de fuerzas entre ella y el verdugo de la familia. Pero la cocinera es de otra pasta. Ante el temor de acabar en la cárcel, la gorda dice: “No es tan temible la cárcel…Te dan de comer, no pagás alquiler, vivís sin preocupaciones. Y si te acomodas con el grupo hasta la pasás bien. Juegas a las cartas…”. Se trata de una ex reclusa que no se arrepiente de lo hecho ni de haber estado tras las rejas. Dice que en la cárcel “me sentía más libre que acá. Esto es una mierda”.
El tipo además pretende postularse como intendente. Por lo que la cocinera decide poner manos a la obra. Envenena la comida. Ante el pasmo de la mesera, la espeta: “Así es el país. Todos quieren que se les de su merecido a estos. Pero nadie se atreve a mover un dedo”. Tiene incluso una coartada: “Diré que estaba echando veneno para los bichos y que casualmente una piedra cayó en una olla. ¿Qué me van a decir?”. Y Szifron se da tiempo para intercalar algún chistorete, como aquel, en el que preocupada la cocinera por la eventual caducidad del veneno se pregunta: “espero que el veneno no esté vencido. ¿Cuándo un veneno está vencido es más o menos dañino?”.
El plan, sin embargo, vive un contratiempo. Llega el hijo del hijoeputa. Y empieza a comer del plato de su padre. Eso no lo puede soportar la mesera. Que eventualmente pueda morir “un justo por un pecador”. El chico se pone mal, ella trata de retirar el plato, el tipo la golpea e insulta, llega la cocinera y le encaja un cuchillo por la espalda. Lo apuñala varias veces. Al final, el candidato a intendente recibe su merecido, la cocinera es detenida, y la mesera y el chico contemplan la escena.
La cocinera, una mujer iracunda, ha logrado sus dos objetivos: deshacerse de un malvado y volver a prisión. La mesera le proporcionó, sin querer, el motivo para orientar su ira. Es una venganza rocambolesca: no la perpetra la ofendida, sino quien tiene las agallas para asesinar al infeliz porque le da lo mismo estar en libertad o no. Si “la vida es una mierda”, si estar en libertad que en prisión “no tiene la menor importancia”, como diría Arturo de Córdova, ¿por qué no despachar “al otro mundo” a un miserable?
4. Un tipo viaja placenteramente por la carretera en su carro último modelo. Topa con una carcacha que no lo deja pasar. Intenta rebasarla pero se le cierra. Lo provoca. Finalmente, logra rebasarla, no sin antes abrir la ventana e insultar al conductor del viejo coche. Kilómetros después se le poncha una llanta. Intenta, con trabajos, cambiarla. Pero entonces le da alcance, el hombre al que había insultado. Se refugia en su coche y le pide perdón. “Si te ofendí te pido disculpas”. Es tarde. La ira se ha apoderado de su verdugo. Este, rompe los limpiadores, golpea el parabrisas con la llave de tuercas, se orina y caga sobre el auto. Descargada su furia, humillado a su rival y sube a su auto para seguir por su camino. Pero ahora es el rico el que es invadido por la ira. Colocado su coche tras el de su verdugo, acelera para empujarlo y enviarlo hacia un barranco. El coche se precipita, da un vuelco y queda llantas arriba. Ahora es él el que cree que su venganza ha resultado satisfactoria. El otro, sin embargo, sale reptando del auto y lo amenaza: “estás muerto”. El miedo lo hace huir a toda velocidad. Pero en un acto de furia enajenada regresa para acabar con su oponente. Ahora, intenta atropellarlo pero no lo logra. Se le sale el neumático, cae por el mismo barranco y queda suspendido atrás del coche del otro. Enfurecido al máximo, convertido en una bestia, el pobre entra por la cajuela para acabar con el rico. Este le pega con el extinguidor. Forcejean, su muerden, se enredan en una madriza de película y el gorila intenta ahorcar a su víctima con el cinturón de seguridad. Además, decide prender fuego al tanque de la gasolina. El otro, sin embargo, lo jala. Y en el momento en que llega la grúa para el auxilio, el auto explota. Quedan, eso sí dos calacas calcinadas, abrazadas. El inspector que arriba al lugar de los hechos cree que se trató de un crimen pasional. Y en efecto, lo fue, pero no en el sentido tradicional, sino generado por la pasión incontenible de la ira que clama por venganza.
La ira contra la ira, las ansias de venganza contra las ansias de venganza. Una espiral infinita que acaba con ambos contrincantes. La ira es una pasión que nubla el entendimiento, que adormece el instinto de sobrevivencia. En este caso, se trata primero de insultar al otro, de agredirlo de manera olímpica, por nada, como decimos, “por quítame estas pajas”; pero luego, cuando la ira prende, el objetivo es doblegarlo, someterlo, amedrentarlo; y más tarde, cuando la cólera se ha desbordado, cuando los transforma en otros, la meta deseable es la muerte del rival. Y en esa pulsión mueren ambos. Digamos, de manera irónica, a medias satisfechos. Los dos logran su ansiado objetivo. Es cómo aquel cuento que aparecía en una novela de Orson Wells. Cuando el alacrán ha decidido clavar su aguijón sobre la rana que lo conducía en su espalda para pasar el charco, ésta le pregunta: “¿Pero qué has hecho?, vamos a morir los dos”. A lo que el alacrán responde: “me ganó el carácter”. En efecto.
5. Se nos informa que nuestro personaje es un especialista en demolición de edificios con cargas de dinamita. Luego de realizar su tarea, de ser felicitado y entre aplausos, habla por teléfono con su mujer: se compromete a llegar a tiempo y llevar el pastel para el festejo de su hija. Estaciona su automóvil, compra el mentado pastel y cuando sale su auto no está, se lo llevó la grúa.
Entonces empieza su viacrucis. Toma un taxi para ir al rescate de su coche, se forma en la fila de aquellos que se encuentran en su misma situación, llega a la ventanilla y el funcionario le informa que tiene que pagar el acarreo del auto si quiere retirarlo. Muy digno, explica que quiere llevarse su auto, sin pagar nada, que le devuelvan lo que le costó el taxi y además que le pidan una disculpa, porque él no estaba mal estacionado o si lo estaba no había indicación que lo prohibiera. Ha llegado al laberinto de la burocracia inclemente: las reglas son las reglas. El diálogo que se produce es el típico entre un ciudadano que se siente agraviado por un acto de autoridad y el representante de un poder inercial, sordo y rígido, cuya fuerza deriva de las leyes y reglamentos, de los usos y costumbres, de quien tiene la capacidad de “chingar” al otro. Al final, paga para poder recuperar su vehículo. Pero ahora es un denso tráfico el que lo envuelve. Sobra decir, que llegará tarde a la fiesta de su hija, será recibido por los reclamos de su mujer…
El asunto del auto, sin embargo, no se le olvida. Va a reclamar. Hace, otra vez, una larga fila. Por fin llega y vuelve a la tierra que con tanta sagacidad describiera Kafka. Pero ahora, la ira se apodera de él. Arranca un extinguidor y trata de romper el cristal tras el cual se protege el nuevo funcionario. Y aunque algunos aplauden, el desenlace es que llegan los agentes de seguridad y nuestro personaje acaba en el “bote”. Y no solo eso, su actuación aparece en las primeras planas de los diarios. Un energúmeno que hizo un “oso” del tamaño del mundo en unas oficinas públicas. Por ello, pierde el empleo, su mujer gestiona el divorcio, busca trabajo y se niegan siquiera a recibirlo. Simón –que así se llama el hombre devastado- sale de sucesivas oficinas rechazado, para constatar que de nuevo han remolcado su auto. Ahora, frente a la ventanilla, lo vemos pagar de forma sumisa y maquinal.
Da la impresión que ha sido domado. Que el hombre iracundo ha comprendido que contra la burocracia no hay oposición posible. No obstante, estaciona ahora sí, adrede, el auto en zona prohibida y desde una cafetería observa impasible como lo remolca la grúa. El coche es colocado en el corralón. Y unos minutos después estalla, cimbrando de cuajo todo el estacionamiento de los autos provisionalmente confiscados. La prensa especula: “Fue un acto terrorista”; la defensa dice que fue accidental: “el ingeniero trabajaba con explosivos y el movimiento de la grúa produjo el estallido”; la fiscalía contraataca: “que no haya muertos prueba que el ingeniero calculó milimétricamente el radio de la explosión”. A través de las redes sociales, muchos solicitan el auxilio del Ingeniero Bombita. Toda una celebridad. Es más, su mujer y su hija van a festejarlo a la cárcel y entre aplausos y parabienes de sus compañeros de penal, apaga las velitas de su pastel.
¿Quién no se ha irritado cuando se siente atrapado en los laberintos inexpugnables de la burocracia? ¿Quién no se ha prendido de ira cuando cree que le asiste la razón y se enfrenta a la sinrazón del aparato público? ¿Quién no se ha imaginado como un justiciero inclemente que pone las cosas en su lugar y venga los agravios de tantos y tantos?
Pues ese es Simón. Una proyección de aquellos que de manera rutinaria son avasallados por normas e instituciones maquinales, insensibles, habituales. Su ira es el sentimiento compartido por millones de ciudadanos impotentes que son triturados por rituales punitivos fríos e inexorables. Y su venganza es el ensueño de muchos: racionalmente planeada, puntualmente ejecutada, agrede a sus agresores y además solo produce pérdidas materiales (ningún muerto, ningún herido). Por ello, se convierte en ídolo popular; apreciado, querido, invocado.
Y Szifron sabe además que el cine se puede permitir eso: historias de venganza regocijantes que en eso que llamamos vida serían imposibles.
6. Un joven, con el auto de su padre, atropella a una mujer embarazada y se da a la fuga. Un abogado llega para ayudar a la familia. Mientras, la mujer y la creatura mueren en la ambulancia. De eso nos enteramos en los primeros minutos del nuevo capítulo.
Al padre se le ocurre una idea: que el jardinero se eche la culpa a cambio de 500 mil dólares y de proporcionarle la defensa legal adecuada. No sin vacilaciones, el empleado de la casa acepta. Arriba el fiscal y le ofrecen la versión pactada, pero cuando examina el auto, por el acomodo de los espejos retrovisores, concluye que el auto fue manejado por otro. El abogado entonces, le pregunta al padre, “¿si le permite iniciar una negociación?”. Habrá que sobornar al fiscal. El abogado –amigo de la familia- le informa que el fiscal demanda 1 millón quinientos mil dólares y que para él son necesarios 500 mil más. Al enterarse el jardinero, demanda ya no solo los 500 mil pactados sino un departamento. Cuando se reúnen todos, el fiscal pide 30 mil dólares más “para gastos operativos” y en el regateo, el padre se da cuenta que el abogado/amigo lo engañó, aumentando artificialmente las cifras. Iracundo los manda a todos a volar. Del padre angustiado, solidario absoluto con su hijo, no queda nada. Al descubrir el intento por esquilmarlo monta en furia y los deja hablando solos.
El abogado lo busca, su mujer interviene. Llegan con una nueva propuesta: 500 mil para el jardinero (sin departamento) y un millón para el fiscal y el abogado. El revira: un millón para los tres y ellos sabrán cómo se lo distribuyen. La ira se ha convertido en lucidez. Negocia como profesional. El enojo, al verse chantajeado, trasmuta en una actuación fría y calculadora, que le reditúa en un ahorro considerable en los sobornos. (Corte).
Sale el fiscal de la casa. Patrullas rodean la mansión. Decenas de personas claman justicia. Las cámaras de televisión siguen los incidentes. El fiscal, lacónico, declara que el caso está casi resuelto, que existe un único sospechoso. El jardinero sale escoltado por dos policías. Súbitamente, entre el tumulto, aparece el marido de la mujer atropellada y arremete con un martillo contra el falso culpable. Le propina varios golpes. Pantalla en negro.
Es el otro iracundo de la historia. La otra víctima. Aquel que ha perdido a su mujer y a su hijo por la imprudencia de un junior. Cargado de rabia arremete contra quien piensa es el culpable. Su venganza es contra un inocente, comprado para aparecer como culpable. ¿Lo mata? ¿Solo lo hiere? ¿Lo deja incapacitado por los golpes? No lo sabremos. Szifron, otra vez, deja abierta la respuesta. Lo cierto es que el disparador de la errática venganza no es otra que la ira ciega. Ira comprensible pero que no alcanza su objetivo porque la compra de voluntades, ha construido un culpable falso mientras el verdadero responsable se encuentra arropado por su familia y una justicia venal.
7. Ahora estamos en una boda. Todo es felicidad. Música, luces, humo blanco, abrazos, aplausos. Los novios son Romina y Ariel. Hasta que la novia observa a su recién esposo platicando con una compañera de trabajo. Celosa, marca el teléfono, para comprobar que el número es el del supuesto maestro de guitarra de Ariel.
Al bailar el vals, ella lo interroga. Ante el agobio de preguntas, él reconoce que se acostó con ella. Romina huye de la fiesta, él la persigue. El jolgorio se convierte en drama. Ella llega a la azotea. Ahí encuentra a un cocinero que la consuela. Y cuando Ariel y un amigo llegan a la azotea, ven a Romina cogiendo con el cocinero. Ella no se arredra. Por el contrario, lo amenaza, le promete que le sacará hasta el último centavo y que además ella se acostará con quien le dé la gana. Humillado, mal tratado, Ariel vomita. Romina, despeinada, alterada, vuelve al banquete: danza, toma, saca a bailar a la compañera de trabajo de su marido, dan vueltas como “locas”, y la lanza contra un cristal. Sangrante, la atienden. Las lesiones son superficiales. Pero la espiral del delirio sigue en ascenso, involucrando ahora a los padres. Hasta que Ariel decide poner orden. Toma champaña de la botella, agarra un cuchillo…y parte el pastel. Saca a bailar a Romina. Se besan, reconcilian, se acuestan en la mesa del pastel, los invitados se van, y ellos, al parecer, hacen el amor.
Los celos, ahora, son el disparador de la ira. Una furia desbordada, que no se detiene ante el ridículo. La infidelidad, así sea en retrospectiva, convierte a la novia en una fiera y a Ariel y los suyos en las víctimas propiciatorias. Es una venganza ciega que se convierte en un bumerang. Romina es un torbellino que todo lo arrasa. Y la ira va envolviendo a los demás; sobre todo a los padres, bueno, sobre todo, a las madres.
Al final, los novios derrotados, humillados, escarnecidos, enloquecidos, se funden en el amor…que seguramente será un amor histérico, trastornado, cargado de reclamos mutuos, de celos crispados y cuentas por pagar. Una relación como un coctel para borrachos, con cantidades mezcladas de odio y dependencia, tirria y cariño, gusto, necesidad y virtud. Vaya, una relación como existen miles, millones.
Escribió el doctor en neurociencia cognitiva, Scott Weems, que el humor “nos ayuda a enfrentarnos con la cólera y al dolor asociado a la tragedia” (Ja, la ciencia de cuándo reímos y por qué. Taurus. 2015). Y como si lo hubiese leído Szifron, sabe que la risa, en efecto, es también un mecanismo de defensa contra las asechanzas del mundo exterior.
Szifron es un maestro de la farsa. Estira la liga y devela lo que actitudes cotidianas no llegan a ser, contenidas por eso que llamamos civilización. Porque la ira es un resorte connatural a la existencia humana y la aspiración de venganza una ballesta más aceitada de lo que se piensa, dejadas a su inercia serían devastadoras. Y solo pueden ser inmovilizadas –a medias- por eso que a falta de otro nombre mejor llamamos, urbanidad. Esos gramos de cortesía y buen trato que hacen que la vida no sea una selva. (O bueno, una selva menos violenta de lo que podría ser).
Escrito esto desde México en el año 2015 no deja de sonar doblemente sardónico.

Leído en el Cuarto Coloquio Internacional de Cine y Filosofía. “Historia de los afectos: Ira”, en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM el primero de septiembre de 2015.

Revista de la Universidad Nº 141, noviembre 2015.

 

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