MEMORIAS DEL SUTIN
José Woldenberg
Isidro Navarro Jaimes (Coordinador). El SUTIN 1964-1984. Testimonios. S.E. México. 2014. 142 págs.
Lo primero que hay que agradecer a los autores de esta obra es su empeño por rescatar la memoria. Una memoria necesaria si queremos trascender el ritual adánico en el cual la historia comienza con cada nueva proclama, movilización, huelga, elección o conflicto. Una densa nube de olvido rodea nuestras relaciones sociales y el fenómeno no es solo mexicano. Quizá como nunca vivimos en una especie de presente perpetuo que se piensa modelado por el último acontecimiento relevante (sea traumático o no). Esa alucinación colectiva, ese frenesí por el hoy, esa despreocupación por la historia, es incapaz de evaluar el presente como un producto de los múltiples procesos que acabaron por labrarlo de una manera específica, e impide valorar los aportes y los despropósitos de quienes nos antecedieron.
El SUTIN 1964-1984. Testimonios, es un libro colectivo que nos ilustra sobre la gestación, desarrollo y derrota de un esfuerzo por crear al mismo tiempo un sindicato auténtico, representativo de los trabajadores y una industria nuclear nacional, con altos grados de independencia del exterior. El esfuerzo fue coordinado por Isidro Navarro Jaimes, contiene textos de Arturo Whaley, Guillermo Ejea, Francisco Ríos Zertuche, Isidro Navarro Rivera y del propio coordinador. Además, Patricia Pensado, María Teresa Meléndez e Isidro Navarro Rivera realizaron entrevistas a una docena de militantes del SUTIN y Ana Galván hizo la corrección de los textos. Al final, se transcriben las intervenciones de tres diputados del PSUM –Arnaldo Córdova, Antonio Gershenson y Rolando Cordera-, que aquel 19 de diciembre de 1984 fueron las voces que se opusieron a la desaparición de Uramex.
Al igual que Alejandro Pérez Pascual, que hace el prólogo del libro, acompañé los afanes de los nucleares desde el sindicato de la UNAM. En ambos casos nuestra obsesión era que nuestras organizaciones se diferenciaran de las tradicionales en las cuales la voluntad de los trabajadores había sido usurpada por burocracias antidemocráticas. Por ello, forjar cauces para la expresión, debate y fragua de acuerdos entre los afiliados a los sindicatos nos pareció prioritario y estratégico. Se trataba –como lo aprendimos de los electricistas encabezados por Don Rafael Galván- de rescatar la iniciativa de los trabajadores para lo cual contar con agrupaciones auténticas resultaba obligado.
Queríamos también rebasar el gremialismo, esa política enclaustrada que solo sirve para defender los intereses más inmediatos de los trabajadores (salario, prestaciones, condiciones de trabajo, etc.) sin preocuparse por la empresa o institución donde se labora y mucho menos por la marcha del país. Los nucleares y los universitarios queríamos fortalecer y potenciar a nuestros respectivos centros de trabajo. Ellos coadyuvando a construir una industria nuclear con altos grados de autonomía en relación al exterior, nosotros robusteciendo las labores básicas de una institución de educación superior. Y ambos, además, junto con los electricistas democráticos y otros destacamentos, deseábamos reorientar el rumbo del país. Queríamos un México menos escindido, más justo y equitativo, para lo cual –creíamos- se requería un Estado fortalecido y democrático, capaz de procesar y ofrecer cause a las demandas y experiencias que surgían del campo popular.
El libro puede leerse como un rompecabezas de distintas piezas. Si se quiere conocer el ideario del SUTINEN ahí está el texto de Isidro Navarro Jaimes, si lo que se desea es recrear la ruptura de la huelga uno puede consultar el testimonio de Arturo Whaley, líder fundamental y apreciado, si se quiere captar el significado de aquellas luchas puede y debe consultarse el texto de Guillermo Ejea, y además Isidro Navarro Rivera, ofrece una visión crítica y compleja, un análisis de las muchas facetas de la trayectoria, éxito y fracaso del SUTIN.
Al leer el libro recordé con nitidez aquellas jornadas donde se selló la suerte del SUTIN. El emplazamiento general por un aumento de emergencia, las huelgas conjuradas y las que estallaron y cómo el SUTIN se fue quedando sólo, con el agravante de las fuertes tensiones internas que hicieron que los trabajadores del ININ no acompañaran la huelga de URAMEX. (Los cuadros sobre las votaciones en las secciones resultan elocuentes e incluso, a la distancia, tristes: en el ININ 243 a favor de estallar la huelga y 759 en contra, en URAMEX 997 a favor, 238 en contra).
Recuerdo también la solidaridad que concitó el SUTIN, fruto de la solidaridad que el Sindicato había desplegado a lo largo de los años. El testimonio de Jorge Bustillos nos recuerda como era casi una rutina el apoyo, el aval, la defensa que los nucleares desarrollaban en torno a huelgas, demandas, marchas, mítines, de otras organizaciones. Esa red de relaciones tejida con paciencia y convicción, con la clara conciencia de que las luchas obreras y populares no deben ser aisladas, que ese entramado era el que eventualmente haría gravitar en el escenario público la fuerza del entonces llamado “polo popular”, acompañaron al SUTIN en su lucha.
Pero, para sorpresa de muchos, también el Congreso del Trabajo manifestó su respaldo a las exigencias planteadas por el SUTIN. Por supuesto, en ello tenía que ver la pretensión gubernamental de cerrar unilateralmente un centro de trabajo que se pensaba estratégico acompañado del despido de los trabajadores, pero también a que el SUTIN jamás cojeó de la pata izquierdista. Su dirección sabía que el mundo del trabajo estaba paralizado en buena medida por dirigencias antidemocráticas, pero que la misión no era realizar exorcismos imposibles sino política, la que eventualmente conduciría a un despertar y renovación democrática del sindicalismo.
Haber recuperado a través de entrevistas las remembranzas de algunos de los participantes es un acierto. Antonio Ponce, Luis Felipe Salmones, Juan Hernández, Margarita Marrón, Guadalupe Hernández, Manuel Vargas Mena, Jorge Bustillos, Carlos Sánchez, Raúl Pérez Enríquez, María Elena Guzmán, Luis Olvera y Antonio Díaz, recuerdan y nos recuerdan episodios conocidos y desconocidos, su práctica, sus reflexiones. Porque las experiencias colectivas no se viven de igual manera por cada uno de los individuos. En cada uno de éstos últimos queda un sello peculiar e intransferible. Solo como ejemplo, ahí está el periplo de Carlos Sánchez que fue trasladado de Torreón a Hermosillo como una forma de escarmiento y que paradójicamente sirvió para avivar la sección de la capital de Sonora.
Al leer entrelazados esos testimonios me asaltó la respuesta que dio Albert O. Hirschman a un sociólogo –no recuerdo su nombre, pero representativo del rational choice- que se afanaba por subrayar, al analizar los movimientos sociales, por qué la mayoría de las personas prefería ser espectadores y no actores, ya que según él, el cálculo racional les indicaba que sin arriesgar nada, si triunfaba el movimiento reivindicativo, ellos también serían beneficiarios y si perdían ellos no perderían nada. Hirschman le respondió que no entendía nada. Que la recompensa de quien se involucra en un movimiento social es precisamente la de haber estado en él, más allá del resultado final.
Pues bien, al leer los testimonios eso se constata. Ahí están la satisfacción del deber cumplido, las amistades creadas a lo largo de la lucha, el orgullo de haber participado en una gesta que valió la pena, el gusto por las causas comunes, la dicha de marchar por las calles acompañados, la dignidad que se desprende del compromiso, la fraternidad construida en la huelga. Eso irradian los recuerdos de los compañeros del SUTIN. ¿Y que es la vida si no una sucesión de recuerdos, porque el presente es evanescente y el futuro incierto?
Releer la intervención de Arnaldo Córdova, diputado del PSUM como ya apuntamos, aquel 19 de diciembre de 1984 en la Cámara, produce un sentimiento de nostalgia. La seriedad y el estudio, el análisis y la denuncia se encuentran anudados. Arnaldo acudió a la historia parlamentaria para ilustrar lo que se encontraba en juego, citó a los constituyentes, a Paulino Machorro, a Pastor Rouaix, también a Molina Enríquez y a otros, para exponer el sentido “desnacionalizador y desintegrador de la industria nuclear”. Explicó con ciencia y paciencia lo que estaba en juego, las inconsistencias de la iniciativa y su profundo significado regresivo. Luego complementaron esa intervención Antonio Gershenson y Rolando Cordera y, como se esperaba, fueron derrotados.
No obstante, la añoranza se instala. Aunque aquel grupo parlamentario era pequeño, estudiaba con esmero la materia, preparaba sus intervenciones, era consciente que había una historia que en ocasiones les permitía apuntalar sus posiciones y sabía que su misión era denunciar sí, pero también ilustrar, educar. El uso de la tribuna tenía un sentido pedagógico en el sentido más amplio del término. Desmenuzar el tema, hacerlo inteligible, proponer opciones.
Cuando uno vuelve los ojos al sindicalismo de hoy, las páginas del libro se vuelven más elocuentes, más fecundas. Ahora, la mayoría de los trabajadores carecen de la más mínima organización, lo que los vuelve más que vulnerables. Muchos de los que supuestamente están organizados, realmente están encuadrados en sindicatos fantasmas que actúan como los antiguos gangsters de Chicago, vendiendo contratos de protección a las empresas, sin que los supuestos afiliados sepan siquiera que cuentan con un sindicato. Otros más, en efecto, están asociados, pero la antidemocracia campea, y la voz de los trabajadores no tiene cauces de expresión. Y hay un puñado reducido de auténticos sindicatos que en el mar de los trabajadores desorganizados, usurpados o contenidos, son un garbanzo de a libra.
Recordar aquel proyecto que proponía recuperar la organización para los propios trabajadores, construyendo democracia e independencia para los sindicatos, reestructurándolos para edificar grandes sindicatos nacionales de industria con autonomía seccional, suena hoy más necesario que nunca si se quiere que la fuerza del trabajo gravite con nervio y potencia en el escenario nacional. Y sin embargo, da la impresión que ese proyecto está más lejano que nunca. Por supuesto, me gustaría equivocarme.
Termino: gracias al SUTIN, a todos aquellos trabajadores y trabajadoras que nos enseñaron que los sindicatos pueden ser auténticas palancas de transformación social, y gracias también a los compañeros que decidieron que había que dar un nuevo combate: una lucha contra la desmemoria y el olvido.

Revista de la Universidad de México Nº 133, marzo de 2015

 

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