LA ESPERANZA DEFRAUDADA UNA LECTURA DE LOS ERRORES
José Woldenberg
I. El inicio.
Si Los errores fuera solamente los primeros seis capítulos del libro estaríamos ante una novela oscura, irónica, plagada de personajes rampantes, cínicos, cabrones. Una especie de thriller siniestro que narra el intento de un asalto por parte de unos tipejos delirantes y sórdidos.
Mario Cobián, El Muñeco, es un padrotillo que ensueña con iniciar una nueva vida con la puta Lucrecia, La Luque, para lo cual trama un asalto a un prestamista. Poner un burdel en la frontera y regentearlo junto con su pareja es la ilusión de su vida. Lo acompaña en su aventura un enano, Elena, homosexual y alcohólico, a la vez enamorado de El Muñeco. Ese “gnomo maligno y feliz”, escondido en un baúl, será dejado por Mario a un prestamista, y como un caballo de Troya, se encargará, luego de que el prestamista se retire a sus habitaciones, de abrirle la puerta a El Muñeco para llevar a cabo el atraco.
El prestamista, Victorino, es desde su aparición un ojete: maltrata sin razón alguna a un indígena que se acerca a él para solicitarle un préstamo dejando como garantía “su palabra”. Victorino fue además soldado en el ejército porfirista, capaz de dar la orden de enterrar vivo a un moribundo zapatista. Un hombre hipnotizado por el dinero, inescrupuloso y racista.
Son personajes degradados, envueltos en una especie de comedia del horror (si ambos términos pueden ser conjugados), cargados de aspiraciones mezquinas y de una especie de cansancio vital. Son las encarnaciones de una humanidad derrotada, habitantes de los márgenes de la sociedad, abominables pero inerciales. Un relato truculento, hiperrealista, de los monstruos que pueblan la sociedad.
II. La política.
Pero Los errores es mucho más. Un testimonio desgarrado y desgarrador de la política comunista en los años treinta del siglo XX. La continuación de la reflexión iniciada en Los días terrenales (1949), pero ahora no circunscrita a lo acontecido en México sino abarcadora del movimiento que pretendió tener y tuvo un aliento universal.
La política –en la novela- entra a través de dos personajes: Nazario Villegas, líder fascista, y Jacobo Ponce intelectual comunista. Nazario llega a ver al prestamista. Porta un sombrero tejano, irradia aplomo y “cierta tosquedad elegante, bárbara y distinguida”. Le informa a Victorino que el Consejo de la Unión Mexicana Anticomunista se ha declarado en asamblea permanente, porque “daremos el golpe de gracia a los comunistas: mañana sin falta… Ellos mismos nos ofrecen la mejor oportunidad de nuestra vida. Comenzarán su alboroto con un paro general de transportes, tranvías, coches de alquiler, camiones. Nosotros contamos con los apoyos que tú sabes dentro del gobierno; nos han dado completa libertad de acción y nos aseguran la indiferencia benévola de la policía…”.
Nazario es la encarnación del odio anticomunista. Tiene relaciones con la policía y es un fanático de sus convicciones. Sus planes: decapitar a “La Bestia”, como denomina a sus enemigos. Ha preparado brigadas de asalto y ante la amenaza de una huelga del transporte cree que ha llegado su día. Lo que requiere del prestamista es un cheque de diez mil pesos para la causa. Victorino es solidario. Y como de pasada, Nazario le informa que su “tenedor de libros”, Olegario Chávez, es miembro del Partido Comunista. Debe tener cuidado.
Jacobo Ponce, por su parte, es un intelectual del Partido Comunista. Esperaba a Olegario, aunque ya sabe que no podrá llegar. Le quería preguntar sobre un compañero desaparecido en la URSS: Emilio Padilla. “En algunos medios del partido, hablar de Emilio Padilla o suscitar algo en relación con él creaba de pronto una atmósfera rara…”. Era un “juego receloso, donde todos aceptaban estar sobre un terreno tácitamente prohibido…”. Olegario y Emilio habían estado juntos en la cárcel en México y Jacobo esperaba algo más que evasivas en relación a Padilla.
III. Injusticias ajenas y propias
Es a través de Jacobo Ponce que Revueltas inicia la exposición de las noblezas, tensiones, paradojas y miserias de la militancia comunista. Jacobo quiere saber qué le sucedió a Emilio Padilla en la URSS y espera que la versión de Olegario le certifique que se trata de “un canalla”. Sería la mejor respuesta, la que aplacaría sus dudas, sus miedos. Porque de no ser así sabe –o intuye- que entraría en confrontación con ese Dios vivo que es el Partido, incapaz de aceptar la menor “desviación” de sus fieles.
“Tenía miedo… Más miedo que nunca… “Horrible cosa es caer en manos del Dios vivo”, recordó de súbito, no sin asombro, las palabras del Evangelio. Por primera vez en su vida se daba cuenta hasta qué grado aquellos católicos que fuesen conocedores profundos e inteligentes de su espantosa religión, podrían sufrir en la forma más indecible y bárbara al contacto con esa frase abismal”. Era “un miedo religioso a la verdad… a que Emilio no fuese un canalla. Aquello sería muy semejante a caer en manos del Dios vivo”.
La equiparación de Revueltas de ambas fes (la religiosa y la comunista) era crucial para entender la entrega de esos luchadores “ciegos y confiados” a la causa que guiaba sin vacilaciones el Partido. Jacobo, sin embargo, quería conocer por qué Padilla estaba preso en algún lugar de la URSS, aunque sabía que ello lo podía poner al borde de la herejía, del desacato, fuera de la iglesia de su fe.
“Los comunistas, que no vacilarían nunca en dar su vida en el combate contra la injusticia, tampoco podrían permanecer indiferentes ante la injusticia propia. Era imposible aceptar que la causa más luminosa y noble de toda una época fuese dañada desde el principio… ¿O acaso los caminos del hombre –como los de Dios- serían también inescrutables? ¿Había que acondicionarse a las cosas, disimularlas y guardar silencio, para poder marchar hacia adelante?… Lo objetivo no admite consideraciones éticas; existe, sucede, transcurre y nada más”. Jacobo vive tensionado entre su confianza en la causa superior que cree encarna en el Partido y sus dudas por los actos específicos que éste propicia y alienta. No quiere verse desterrado del mundo de los suyos, de “la lucha entusiasta y jubilosa”, pero tampoco puede darle la espalda a su razón, a “la meticulosa autocrueldad de su inteligencia”. Y ese desgarramiento lo vive en soledad. “Era imposible cualquier clase de entendimiento con este mundo terrenal”. Su razón no alcanza a descifrar las claves a las que debe atarse en su situación.
IV. El caso Vadillo.
La figura de Emilio Padilla, un fantasma que ronda en el mundo comunista mexicano, está basada en la muy real y silenciada vida de Evelio Vadillo. Álvaro Ruiz Abreu cuenta que José Revueltas fue parte de la delegación mexicana que asistió al VII Congreso de la Internacional Comunista en Moscú. Iban también Hernán Laborde y Miguel Ángel Velasco. “Llegaron a Moscú el 25 de julio de 1935, justo a la apertura del Congreso”. Luego del Congreso sus camaradas regresaron a México, pero Revueltas, de 21 años, es invitado a quedarse. “Durante los seis meses que estuvo en la URSS, Revueltas pasó muchas horas junto a su viejo camarada de cuerda en las Islas Marías, Evelio Vadillo, que se hallaba en Moscú estudiando… Vadillo lo condujo por los vericuetos de la gran ciudad socialista… Iban todos los días a una cervecería del boulevard Pushkin…”. “Revueltas volvió a México. Vadillo se perdió en la oscuridad del stalinismo; misteriosa e inexplicablemente desapareció, hasta su regreso a México en 1960 , enfermo, prematuramente envejecido… Volvió al país tan sólo a morir”.
En 1963 –nos informa el mismo Ruiz Abreu- Rodrigo García Treviño escribió en Excélsior un artículo titulado “¿A qué van a Rusia los estudiantes?” (3 de octubre). En él decía que Vadillo “no pudo aceptar con entusiasmo las prácticas totalitarias de Stalin y tuvo que pasar en las mazmorras “socialistas” veintiún años”. Pero agregaba que Revueltas había callado “servilmente tanto en Rusia como aquí, a su regreso”. El 9 de octubre apareció una carta de Revueltas en el mismo periódico rechazando por infames tales acusaciones. Escribió: “Años después de 1935 corrieron algunos rumores extraños en México sobre Vadillo, en el sentido de que algo “desagradable” le había ocurrido en la URSS. Pregunté entonces a un miembro del Comité Central respecto a dichos rumores y la respuesta fue que Evelio Vadillo se encontraba en algún lugar de China, como comisario político… Era inútil averiguar más… No supe la realidad completa de lo ocurrido con Vadillo –prisión, deportación, y más tarde, asilo transitorio en la embajada mexicana y otra vez deportación- sino que hasta un amigo mío, que llegaba de Moscú, me contó los pormenores. Mal hubiera podido yo protestar –cuando estuve en la URSS en 1935 y a mi regreso, en México-… por el infame atropello que se cometió contra Evelio Vadillo; primero, porque en 1935 Vadillo estaba en libertad y sin que pesara sobre él ninguna amenaza; y segundo, porque yo, como todos los miembros del Partido Comunista Mexicano en aquella época, fuimos engañados de modo abierto o se nos apaciguó con versiones más o menos “tranquilizadoras” sobre el particular”.
Y es en 1964, unos meses después de ese hostil intercambio, que Revueltas recrea el caso Vadillo (Emilio Padilla) en Los errores. Se trata de un ejemplo singular de las víctimas de esa trituradora de hombres a la que se conoce como stalinismo.
V. Emilio Padilla preso en Moscú.
Bien entrada la novela, Jacobo se enterará por un amigo de un amigo de la suerte de Emilio Padilla. “Ha permanecido preso en la URSS los últimos cuatro años (recordemos que la historia transcurre a fines de los años treinta), sin que haya mediado juicio legal… Las autoridades soviéticas hablan vagamente de imprecisas actividades trotskistas. Algo tan ridículo como un letrero contra Stalin, trazado con gis, que apareció en alguno de los inodoros de la Escuela Leninista de Moscú. Padilla desapareció de pronto, a raíz de esto, y claro nadie tuvo la osadía de preguntar por su paradero, menos aún los representantes del comité central del partido mexicano que han hecho viajes a la URSS en los últimos tiempos… Estuvo en prisión celular la mayor parte del tiempo…y después fue deportado a una aldea lejana, donde trabajó como zapatero. Logró escapar, y después de varios días de viaje en ferrocarril… alimentándose de algunos mendrugos de pan…logró regresar a Moscú, donde se presentó a la embajada de México. Había olvidado el español casi por completo y para identificarse invocó el nombre de algunos mexicanos que lo conocían e incluso alguien, como Revueltas, a quien había visto en Moscú y con quien estuvo preso en el penal de las Islas Marías. Las autoridades lo reclamaron a nuestra embajada como ciudadano soviético y nuevamente ha sido internado sin que nadie pueda informar en que sitio… Solo desde aquí, en México, la dirección del partido podría influir, si se dirige de un modo oficial al partido ruso…”.
Por el tiempo en que transcurre la novela, fines de los treinta, Revueltas concentra en cuatro años el viacrucis de Vadillo (en la novela Padilla) de más de veinte, y por eso puede parecer inverosímil que perdiera el español en ese periodo, pero el relato enmascarado de Revueltas no deja dudas de que está basado en la tragedia de Evelio Vadillo. Puede compararse el pasaje de Los errores con la nota enviada 16 años después de la aparición de la novela por Adolfo Zamora al embajador de México en Moscú y apreciar las portentosas similitudes.
VI. El Partido y su lenguaje.
Revueltas tiene una obsesión por desentrañar lo que es y significa para los militantes comunistas el Partido. Sobre todo en los años treinta del siglo XX, cuando él ingresa e inicia su militancia. Guarda una fascinación por los activistas de base, pero tiene un agudo ojo crítico contra los liderazgos. Son los años de la consolidación del stalinismo, de los Procesos de Moscú, de la Guerra Civil española, del Pacto Nazi-Soviético y el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Y en México, años duros, semi clandestinos para los comunistas, de grandes movilizaciones obreras y huelgas, hasta que en la administración del general Cárdenas salen a la luz pública y apoyan la gestión del Presidente.
Jacobo daba clases en la escuela del Partido. Es, digamos, instructor de cuadros. Pero un día antes, un alto dirigente partidista le había comunicado que por acuerdo unánime del secretariado del comité central, sus clases quedaban suspendidas. Revueltas omite, por lo pronto, lo dicho a Jacobo, pero reconstruye su reacción subjetiva ante su segregación. “Era un lenguaje de piedra, de antiguo ídolo azteca, increíble, un lenguaje de muertos… que disponía del arbitrio supremo, no de inventar vocablos, pero sí de dar a los términos más comunes y anodinos un significado último, enigmático y de lo más insondable cuanto imprecisa trascendencia. Expresiones tales como teóricos pequeñoburgueses desligados de las masas, actitudes objetivamente contrarrevolucionarias, desviación de los principios, espíritu antipartido, influencias extrañas a la clase obrera, adquirían de inmediato una dimensión sobrecogedora… Aquel pozo impersonal, neutro, y cuyo dogmatismo constituía ya una segunda naturaleza compacta e inexpugnable”.
Es la letanía cancina plagada de fórmulas impersonales, contundentes y vacías lo que desarma a Jacobo. Contra ella no hay argumentación que oponer. Está construida con verdades inconmovibles y absolutas. El intelectual del Partido no puede sino acatarlas o revelarse y apresurar su expulsión.
Jacobo sabe que la unanimidad en la decisión incluye a su amigo Ismael Cabrera quien además había sido su discípulo. Jacobo imagina a su compañero: “Una sonrisa débil, atormentada por los remordimientos, llena de simpatía y comprensión para las víctimas. La sonrisa triste y piadosa de algún inquisidor justo del Santo Oficio… en el momento de conducir al desamparado y solitario hereje, a que salvara su alma de la tenebrosidad sin nombre de haber perdido a Dios en los redentores sufrimientos del potro de tortura”.
Hay algo de Iglesia en el Partido. Una jerarquía que en la cúspide acuna a quienes tienen en un puño la verdad y la capacidad de reconvenir, perseguir o expulsar a quienes duden o contradigan sus designios. Ismael, el amigo, seguramente se ha sumado a la mayoría, porque en minoría él también correría peligro.
Jacobo recuerda cómo se sumó al Partido. Diez años antes, un desconocido le había deslizado un volente en la mano, era Ismael Cabrera. No lo siguió a él sino a quien parecía su “pareja”, quien le cubría las espaldas; se presentó como profesor universitario y por esa vía entró en contacto con el Partido, con Olegario Chávez. Era 1930 y mucha agua había corrido bajo el puente. Pero todavía recordaba el primer mitin: “era un magnífico hacinamiento de sombras ardientes y coléricas”, “las masas escuchaban a sus obispos”, “el silencio no podía ser más grande, más unido, un silencio rencoroso e impotente, mientras las palabras del orador penetraban en los cerebros como un taladro”. Había comunión, sentido de pertenencia, idea de que algo importante estaba sucediendo y debía suceder. E Ismael, el orador, “parecía un Jesucristo civil, un anticristo rabioso”.
Jacobo –Revueltas- guarda incluso distancia de su primera fe, la de 1930. Ya no reconstruye el acto de masas con el optimismo con que seguramente lo vivió, sino con los lentes ya no digamos de cuando transcurre la novela (diez años después), sino los del principio de la década de los sesentas, en que escribe la novela.
El Partido fue para Jacobo como un imán que lo succionó con todas sus esperanzas. Ahora, luego de la cancelación de sus clases, se siente solo y sabe que es apenas el inicio de su ostracismo. “Muy pronto en el Partido se hablaría de él con vagas alusiones… (sobre) la índole terrible de alguna culpa política suya –acaso de traición o espionaje- que nadie, por lo ominoso de la índole misma de tal culpa, estaría autorizado a comunicar…”. Ese veneno se inocularía gradualmente hasta generar una atmósfera irrespirable para él. Ese es su destino.
VII. La trama.
La trama de la novela es truculenta. Si el lector piensa leerla y/o la ha leído puede saltarse este inciso.
El Muñeco, luego de dejar a Elena escondido en un veliz en el establecimiento de prestamista busca a la Luque pero no la encuentra. Va al merendero que atiende La Jaiba. En otra mesa se encuentran Olegario y Eladio Pintos, dos viejos camaradas, hablando de la huelga por venir, pero el Muñeco los confunde con policías. La Jaiba, por su parte, cree que el Muñeco mató a la Luque, y éste no la desmiente. El Muñeco para huir de los presuntos policías se va con La Magnífica, otra puta. Mientras, Eladio Pintos y Olegario rememoran un ominoso episodio que les tocó presenciar y vivir en la URSS: el juicio infundado contra una joven compañera. Afinan también el plan para atacar el cuartel general de los fascistas, y Eladio le cuenta que la dirección del Partido, por órdenes de Moscú, intentará liquidarlo. Mario (El Muñeco) vuelve de nuevo por Lucrecia; ahora la encuentra y la mata a golpes. Olegario, por su parte, va al local del prestamista y lo encuentra asesinado. Elena es, por supuesto, el asesino, y Mario lo lleva ahora dentro de la maleta y van cargados de dinero. Se deshace del enano, tirando el veliz al canal del desagüe; pero inmediatamente se topa con Olegario, lo vuelve a confundir con policía y huye espantado dejando la mayor parte del dinero tirado. La Jaiba y La Magnífica pelean por el Muñeco. Jacobo es expulsado del Partido y convertido en traidor. Aparece un nuevo personaje, Januario López, taxista y miembro del PC, que para cumplir con su compromiso con el Partido, mata a su propia mujer. La policía descubre el cadáver del prestamista, y culpan del crimen a Olegario, es decir, a los comunistas. Finalmente el comando comunista asalta la sede de los fascistas. No encuentran mayor resistencia, pero Olegario increpa y hace correr al “camarada” del Partido que tenía la misión de asesinar a Eladio Pintos, y mata por error a uno de sus propios compañeros. La policía, en contubernio con los fascistas, había dejado hacer a los comunistas, esperando que con su acción se hundieran solos. Olegario es acusado de un crimen que no cometió y El Muñeco, que ya había declarado que el asesino del prestamista era el enano, es habilitado como agente a cambio de validar la versión de la policía. Reencuentra a Lucrecia, porque ésta no había muerto. El PC se deslinda de Olegario, lo deja solo.
Más rocambolesca imposible. Es una especie de gran guiñol, una representación extrema por sus excesos y si se quiere incluso por sus inconsistencias. Pero esa trama que urde Revueltas es el telón de fondo donde se despliegan las vidas de unos comunistas cruzados por convicciones y fidelidades encontradas y traicionados por sus propios camaradas.
VIII. Los monstruos del bien.
La expulsión de Jacobo del Partido le resulta doblemente vejatoria. Porque nunca le quedan claros los motivos de su defenestración, envueltos en una terminología inexpugnable y porque la decisión fue por unanimidad, lo que supone que su amigo Ismael Cabrera, optó también contra él.
Jacobo lo imagina votando “con suavidad, con ternura, con remordimiento”, y cree que “con el mismo aire contrito, llegado el caso, daría la orden de que lo fusilaran”. Al parecer, La Causa no deja espacio para las amistades, tampoco para la ética; la política, el pragmatismo, lo es todo. Esa maquinaria construye un nuevo tipo de liderazgo: frío, distante, fuente de una liturgia incontestable. Revueltas califica a Ismael: “era un inquisidor justo. Uno de los monstruos del bien”. Inquisidor porque sus dictados son irrefutables y justo porque cree realmente que encarna un proyecto de transformación social superior.
Por su lado, el chofer comunista enfermo, vive la presión de su mujer que no lo deja ir al asalto al cuartel de los fascistas (aunque no conoce exactamente de qué se trata, pero está informada de la huelga que debe estallar), porque teme por su salud y por su integridad. Lo hace por auténtica preocupación, por amor. Pues bien, el chofer para cumplir con la misión que le ha encomendado el Partido y en la que cree con pasión y convicción, acabará por asesinar de dos balazos a su mujer. La fórmula que se le ocurre para deshacerse de un obstáculo impertinente y responder a su responsabilidad.
Esos “monstruos del bien” contrastan de manera viva con el heroísmo lúcido de otros comunistas. Olegario, figura central del drama, no solamente huyó de una prisión a través del drenaje, conviviendo tres días con los desechos y ratas que lo rodeaban, sino que vive consciente de las tensiones que marcan su militancia: disciplina-libertad, ética-política, individuo-colectividad, medios-fines. O el viejo Eusebio Cano, militante de base, que encarnaba una “valentía modesta, severa, que elude los riesgos inútiles, que no pretendía distinguirse con jactancia alguna… austera, eficaz”. Se trata de un “amor al Partido casto”, “sin sospechas”, generador de una “disciplina inteligente”, y al que Olegario es incapaz de contarle los episodios de su paso por la URSS, precisamente porque sabe que no debe ensuciar la presunta pureza de su causa.
Los monstruos del bien y los militantes honrados (conscientes o no) están en el mismo barco.
IX. El silencio.
Olegario es un militante angustiado. Lúcido frente a las desviaciones de la utopía original, pero incapaz de abandonar la nave. Revueltas da vuelo a sus congojas. No es capaz de externarlas, las vive en silencio. “Estamos en el infierno, en el regocijante infierno de la vida humana, de donde no quedará de nosotros nada más que las cenizas… Simples hombres que nos hemos limitado a alimentar el fuego con la esperanza de convertirlo en llamas no infernales. Porque nos hemos propuesto una loca tarea; la de transformar el infierno mediante su propio combustible: las llamas del fuego humano de Prometeo… La historia ha sido la historia del fuego contra el fuego…”.
La tarea resulta vana – parece pensar Olegario- porque la naturaleza humana es irreductible e irreformable. Y ahí está la cadena de personajes siniestros y apocalípticos que acompaña la historia trazada por Revueltas. Pero además, el combate del fuego con el fuego no parece sino expandir el incendio. De esa espiral no escapan los comunistas.
“Hemos comenzado a confundir la negación del infierno con la negación de nosotros mismos como conciencia, y ahora se condena, se suprime, se calumnia, se aniquila a quienes se obstinan en mantener en alto esa conciencia. Más, ¿es acaso esto lo peor a que podríamos haber llegado? No; hay algo más aún: el silencio, nuestro silencio de comunistas. Se inicia un silencio nuevo en el orbe: el silencio de los salvadores, el silencio de las llamas que no quieren ser infierno, anuncio entonces del infierno puro, sin ningún humano fuego ni su esperanza… La conciencia se obscurece y muere”. Conciencia adormecida o silencio cómplice. Dos características de la militancia comunista de los años treinta que a Revueltas lo aflige y destroza. “Cuando los comunistas callan –callamos- ante la injusticia propia, ante los crímenes sacerdotales de los que han hecho del Partido una Iglesia y una Inquisición”, le parece a Revueltas que “el hombre ha enmudecido”. Porque para él, sus compañeros de militancia de aquellos tiempos eran los que portaban la posibilidad de la revolución, de un mundo mejor.
X. Los creyentes.
Olegario tiene sentimientos encontrados en relación a los militantes de base. Lo seduce y le enferma, al mismo tiempo, su fe ciega en la causa, en el Partido. El espectáculo de sus compañeros parece decirle que no hay salida: o devoción acrítica o búsqueda de la verdad paralizante.
Sigue en su infierno Olegario: “No se podía hablar en el lenguaje de su discurso a militantes obreros como Cano…Eusebio Cano jamás admitiría la duda; estaba hecho para la acción y el sacrificio, esto es, para creer y combatir, pero de ningún modo para el sufrimiento intelectual. No porque fuese obrero… sino porque, el Partido educaba mal a los militantes del tipo de Eusebio… No era solo que se tratase de una educación insuficiente, fragmentaria y dogmática, sino que el Partido creaba en una forma deliberada este tipo de militantes… Luchadores maravillosos, admirables, conmovedores… pero que se negaban a examinar todas aquellas cuestiones en que presentían alguna amenaza contra la estabilidad (y confortabilidad) de su fe”.
Olegario sabe que si intenta develar ante ese tipo de militante algunos de los horrores que ha vivido en Moscú, la fórmula “natural” de su defensa será la de acusarlo de provocador o algo peor. La otra opción es asumir la verdad de los hechos y entonces “rendir las armas y entregarse a la desesperanza más estéril, a la inacción, a la amargura de un deplorable y grotesco desencantamiento”. Al parecer, Olegario no puede colocarse en ninguno de los dos extremos: acepta la verdad, la valora, la asume, pero guarda silencio.
Para que existan fieles es necesario que haya sacerdotes. “Los dogmáticos conscientes, los burócratas convictos y largamente insensibilizados por la impiedad de pequeñas y retorcidas verdades, que no eran sino el fruto de una siniestra y fría revelación irracional. Gracias a estos militantes sanos y limpios, abnegados, modestos y fieles, es por lo que el Partido existe, clamaban los sacerdotes… Lo que callaban los sacerdotes es que existía mal; es decir, que no existía como lo que debiera ser. – Prefiero estar equivocado con el Partido que tener razón en su contra –añadían los espantosos clérigos, la mirada muerta y fría dentro del vacío de sus ojos sin alma”.
La diatriba unida al profundo desencanto. Pasajes dolorosos para quien quiere creer y sabe que no debe creer, para quien forma parte de una causa colectiva pero tiene una sensibilidad y un conocimiento intransferibles, para quien no puede ni quiere disociar la moral de la política, para quien sabe lo que otros ignoran y piensa que lo mejor es quedarse callado.
XI. Los otros.
No es casual la historia rapaz que se entrecruza con la de los comunistas. La Magnífica y La Luque, putas. El Muñeco padrote. Victorino prestamista. El enano, estafador de circo. Son parte de los desechos del mundo y resultado de las contrahechuras de ese mismo mundo: por ello pueden ser incluso asesinos, pero al mismo tiempo víctimas.
Así, Lucrecia había nacido pese a los reiterados intentos de su madre por abortarla, y una vez que nació la madre la abandonó. Su padre, un dentista borracho, es brutalmente asesinado. A los 16 años Lucrecia huye con un tipo, quiere dejar atrás su pasado, su cárcel. Y empieza su carrera de prostituta. Ahora, quiere huir del Muñeco. Es un “ángel sucio”, más digna de lástima que de otra cosa.
Victorino, el prestamista, siendo aún niño, contempla el incendio de una casa frente a la suya. Mira asombrado el espectáculo. Ve salir corriendo a un hombre y una mujer enlazados, ardiendo unidos. “Advierten un refugio, una esperanza, y corren hacia la casa de enfrente cuyo abierto portón es el único escape que les queda”. Pero Victorino llega antes y les cierra la puerta. Insolidario, animal, malvado desde pequeño.
El Muñeco es un bicho similar. Una mujer se agarra de su brazo. Es una prostituta acosada por la policía. Le dice a Mario: -“Responde por mí. Diles que vamos a nuestro cantón. ¿No, mi viejo?”. Pero cuando los gendarmes llegan, Mario se deshace de ella: “¡A volar, piche piruja! A mí no me meta en sus enjuagues”. Seco y sin remordimientos.
Esa otra parte de la historia es el telón de fondo donde los esfuerzos y los horrores de los comunistas deben ser evaluados. Un puñado de hombres que desean transformar el mundo y que no son sino expresión decantada de ese mismo mundo que merece ser reformado. No lo dice así Revueltas, pero observando la naturaleza de los seres humanos, hay muy pocas posibilidades de una auténtica redención. “Con el tronco retorcido de la humanidad…”, diría Kant, “no se puede tallar nada derecho”.
El escenario y los personajes que construye Revueltas está a años luz de una visión idílica o romántica de los hombres. Por el contrario, parece subrayar el inmundo caldo de cultivo en el que transcurre la vida, porque la política no puede desprenderse de esos mismos nutrientes. Ese caldero produce hombres y mujeres degradados y por supuesto quienes desean transformar el mundo nunca dejan de ser parte de la misma fauna. Cierto, hay “otros”, pero “nosotros” no somos tan diferentes de ellos, parece decir Revueltas. Una mirada trágica, doliente, comprensiva.
XII. Movimiento internacional y homicidio de Trotsky.
Eladio Pintos es un agente de la Internacional Comunista. Figura legendaria, coadyuva a organizar la huelga del trasporte que debe incluir a camioneros, taxistas, tranviarios. Olegario lo vio en Moscú defendiendo en forma valiente a una “joven y pequeña” secretaria en la sección de prensa del buró del Caribe a punto de caer en desgracia. Ólenka se llamaba y le había dado refugio a su propia madre enferma de alcoholismo crónico. Se le acusaba de no haberla denunciado a las autoridades sanitarias. Y Eladio había argumentado y logrado que la persecución sobre ella terminara. Olegario siente un afecto muy espacial por él. Por supuesto su nombre no es su nombre original. Ni siquiera es mexicano. Sino un hombre convencido de que trabaja para un movimiento internacional que cambiará al mundo de faz. Sus hazañas lo acompañan como un aura. Y ahora también coordinara el asalto al local de los fascistas.
Eladio, sin embargo, le cuenta a Olegario, que gracias a Ismael Cabrera, se ha enterado que un compañero linotipista que también participará en el asalto ha recibido órdenes de liquidarlo. El mandato proviene del secretariado del Partido que a su vez sigue indicaciones de la Comisión Central de Control de la Comintern. Un paralelismo para nada disfrazado con el caso Trotsky. Primero un grupo de comunistas intentó asesinar al ex líder del ejército rojo asaltando su residencia en Coyoacán por instrucciones de Moscú. Y una vez que el intento fracasó, un agente de la GPU, Ramón Mercader, lo mató con un piolet en 1940.
A diferencia de Los días terrenales, en donde la historia transcurre dentro de las fronteras mexicanas; en Los errores, Revueltas tiene la necesidad de ampliar el campo de visión y extenderlo hasta la URSS. Porque lo que sucede en el movimiento comunista internacional no puede explicarse sin la forma en que ha evolucionado el Partido Comunista de la Unión Soviética y los métodos de ajustar cuentas que ha legitimado Stalin.
Eladio Pintos le dice a Olegario: “Si tú sabes que un camarada tiene el deber de matarte, porque así se lo dice su conciencia de hombre honrado que vive y arde en la pasión de sus ideas, puesto que tú, ante él, no eres sino un traidor repugnante, de acuerdo con lo que le ha dicho la dirección del Partido… (sientes) un amor triste por él, una terrible simpatía por su sufrimiento, por su devoción. Sientes una pena. Y luego, más adelante, cuando pase el tiempo, piensas, ¡el pobre camarada éste!, el infierno en que se convertirá su alma cuando sepa que cometió una injusticia monstruosa, un crimen del que no podrá librarse jamás”.
Eladio es un militante que por convicción no dudaría en matar. Pero en matar a un “enemigo”. Quizá ahora se da cuenta que la frontera entre amigos y enemigos es móvil y que los propios compañeros, una vez que se ha legitimado el asesinato como fórmula para “resolver” problemas políticos, pueden hoy en día trazar una nueva línea donde él aparece en el campo de los traidores, los otros, los enemigos. Entiende la lógica de su eventual asesino –ha recibido órdenes del Partido y está dispuesto a cumplirlas-, pero cree que algún día se dará cuenta de su crimen. Lo primero es cierto, lo segundo una especulación. Porque la enajenación a una causa puede ser eterna.
El encargado del asesinato ha recibido el adoctrinamiento necesario: piensa que Pintos es una “alimaña inmunda”, que conjuga “doblez política, tratos con el enemigo, espionaje”. Es parte –le dicen- de una conspiración de los “despreciables aventureros trotskistas” que ha intentado asesinar a Stalin. En ese marco convertirse en un matón resulta un honor, un reconocimiento. “¿Estaba dispuesto el linotipista en convertirse en el brazo ejecutor del acto supremo y necesario, noble, vindicativo y generoso…de castigar al culpable, de liquidar físicamente al traidor y criminal Eladio Pintos?”.
Narra Revueltas que el linotipista “no vaciló una fracción de segundo”. Quienes le trasmitieron su misión, lo abrazaron “con una emoción profunda”, los ojos arrasados por “lágrimas de ternura”. Es una tarea para la cual el brazo ejecutor se encuentra poseído por la virtud de su encargo. No solo no duda, se siente orgulloso. Mientras, la víctima, que sabe que van por él, no ha cometido otra falta que la de haber caído de la gracia de los jefes. El paralelismo con el caso Trotsky es inocultable. Solo que en el caso de Los errores, Olegario no permitirá que el asesinato se consume.
XIII. Asesinatos políticos.
Asesinatos en la novela hay muchos. Elena mata al prestamista. Mario mata a Elena. Olegario mata al Niágara, su compañero, sin querer. Son crímenes vulgares, “del fuero común” o resultado de una equivocación. Episodios que se suman a otros similares a lo largo de una historia interminable, que ni se inicia ni acabará en los límites de la novela. Resultarán intrascendentes, olvidables. Pequeños incidentes de sevicia como los que se reproducen todos los días. Son “crímenes concretos, privados, inamorosos”.
Pero Olegario piensa que hay otros crímenes: “éticos”, realizados por fines políticos, que pueden y deben ser justificados. Es parte del sentido común de una época. Crímenes necesarios para hacen avanzar una causa o para derribar un obstáculo que se le interpone. Esa forma de razonar, sin embargo, le abre un barranco a sus pies. Ya son demasiadas las “liquidaciones” y “supresiones” desencadenadas contra sus ex compañeros. Piensa en Ólenka, que luego de la defensa que de ella hizo Eladio Pintos, desapareció sin dejar huella. “¿Fue enviada a algún campamento de trabajo? ¿Bajo qué acusaciones comprobadas o qué calumnias? ¿O nada más así como se dispone de un animal de tiro?”. El horror se apodera de él, las palabras incluso le producen malestar: “liquidación física”, “muerte prematura”. “Exactamente pensó en el lenguaje de los procesos de Moscú donde el fiscal acusaba a ciertos procesados de haber urdido la muerte prematura de Lenin…”.
Sabe que algo profundamente podrido develan esos procesos. “Algo que será de lo más endemoniadamente jocoso para las generaciones futuras que estudien nuestra época. El carácter impersonal, angélico, del asesinato político”. Porque en efecto, salvo el adjetivo “jocoso”, la frase es exacta. La muerte en serie por mandato político. Se trata de ejecuciones no de asesinatos, piensa Olegario, como si el cambio semántico pudiera trastocar el sentido perverso de las cosas. Y por ello mismo su vida transcurre envuelta en un obscuro malestar.
XIV. Con nosotros o contra nosotros. Los comunistas de los treinta.
Jacobo va a ser expulsado del Partido y su destino es el deshonor. Ismael Cabrera se presenta en su estudio para exhortarlo a “no proporcionar armas al enemigo” (“muletilla más vieja”, piensa Jacobo, imposible). “Jacobo debía desistir de ocuparse un minuto más en el caso de Emilio Padilla –cierto, detenido desde hacía algunos años en la URSS, aunque nadie estaba en condiciones de afirmar, opinión de Ismael, si no fuese, en efecto, por actividades contrarrevolucionarias reales- y trasladar al secretariado toda la documentación al respecto que tuviese en su poder. En la circunstancia de aceptar la propuesta, la situación de Jacobo dentro del Partido no sufriría alteración alguna… Caso de no aceptar…Jacobo sería expulsado del Partido”.
Todavía Jacobo tiene fuerza suficiente para preguntar: “-¿En qué razones se apoyarán para expulsarme?”. Y la respuesta resulta contundente: “- Se te expulsará por incurrir de modo deliberado y consciente, al servicio del enemigo, a través de tus clases y tus escritos, en las más graves y dañinas deformaciones revisionistas…que te colocan objetivamente en la situación de un traidor a la clase obrera y a la causa del comunismo”. Se le expulsa pues por razones diferentes a las reales. Y Jacobo piensa que “jamás se encontraría un testimonio tan elocuente del sentido de nuestra época como la capacidad de incomunicación de que puede disponer el rostro de un sacerdote del Partido”.
Jacobo se encuentra escindido: “¿No era concreta la verdad de las persecuciones, encarcelamientos y asesinatos de comunistas en la URSS? ¿No era una verdad concreta la injusta y estúpida prisión de Emilio Padilla en vaya a saberse qué punto ignorado de la Unión Soviética? ¿No era una verdad concreta la de su propia expulsión del Partido, sustentada en una mentira no menos concreta? La otra parte de su yo, la otra parte de su espíritu atrozmente dividido, le replicaba: no; esas verdades concretas no son sino pequeñas y aisladas mentiras dentro del proceso de una realidad general que seguiría su trayectoria, a pesar y por encima de todo. Las miserias, las sordideces y los crímenes de Stalin y su grupo serán vistos por la sociedad comunista del mañana como una oscura y siniestra enfermedad de los hombres de nuestro tiempo, del atormentado y delirante siglo XX…”. A nombre del futuro, todas las bajezas del presente pueden ser redimidas.
Revueltas parece comprender las dos perspectivas que desdoblan a Jacobo. No solo conoce y ha tratado a compañeros que personifican esas dos visiones polares, sino que él mismo seguramente vivió esa tensión. Por ello hace que Jacobo piense: “Los comunistas de los años treinta serían juzgados como la generación de luchadores que no sólo vivió torturada por los más extraños tormentos morales, sino ella misma una generación extraña, singular y asombrosa, de igual modo que…como por cuanto a los que no tenían condiciones éticas para percibirla ni sufrirla, sin dejar, empero, de ser una especie de comunistas ferozmente abnegados, intrépidos, útiles y espantosos. Acaso estos últimos más singulares (y por cierto que los de mayor número), más desconcertantes y extraños que los primeros, para el futuro historiador… Tan extraños que apenas podría decirse que fueran seres vivientes y sensibles, con un resto de verdadera humanidad en la conciencia. Jacobo pensaba precisamente en Ismael Cabrera”.
Más adelante en la propia novela, Revueltas se pregunta, no sin angustia, si el siglo XX “¿será designado como el siglo de los procesos de Moscú o como el siglo de la Revolución de Octubre?” La respuesta completa no la pudo conocer él. Murió en 1976. Nosotros –creo- tenemos una contestación: lo que surgió como una enorme esperanza de transformación social se desfiguró precisamente por los procesos que recrea el propio Revueltas: la construcción de una dirección monolítica y dictatorial que pensó como una necesidad la aniquilación de todas las libertades.
Desde otro campo de visión: unos fueron los comunistas en el poder, suprimiendo todas las libertades y persiguiendo a enemigos reales y ficticios, generando una espiral de terror inconmensurable; y otros los muchos comunistas de base en países en los cuales lucharon, desde la clandestinidad o a la luz pública, con una entereza, valor y decisión, por construir condiciones de igualdad en ese océano de desigualdades al que llamamos sociedad.
Vale señalar que el episodio de Jacobo se cierra, cuando al otro día de su entrevista con Ismael, se encuentra a su antiguo camarada Eusebio Cano, y éste le niega el saludo por ser un traidor al Partido. Descubre que incluso antes de que Ismael le hiciera la propuesta de una eventual salvación, ya era del dominio público que el Partido lo había condenado.
XV. Los juicios de Moscú.
Se trata de los acontecimientos que quizá sean el termidor de la Revolución. Fija un antes y un después, un punto de no retorno. La Revolución devora a sus propios hijos. Y Revueltas intenta un ajuste de cuentas porque sabe que su generación –por acción u omisión- quedará marcada por esas purgas criminales.
Olegario recuerda su estancia en Moscú. “Un fantasma recorría el mundo: el fantasma de la matanza de inocentes”. “Aquí en la Sala de Octubre en la Casa de los Sindicatos, están el Partido, el Estado, las masas, y ante ellos dieciséis hombres que se han confesado culpables de los más bajos crímenes; culpables de que la verdad concreta no se encuentre de su lado (¡)… un tipo rinde su declaración póstuma ante el Tribunal Supremo de la URSS. Se trata del sentenciado a muerte… Zinóviev, antiguo presidente de la Internacional Comunista y colaborador íntimo de Lenin… Olegario no podía aceptar, desde luego –ni aceptaba- la culpabilidad de Zinóviev y sus compañeros… Eran culpables de otra cosa… pero no de lo que sirvió al Tribunal para dictar su sentencia…
“Los sentenciados…no habían elegido ninguna otra alternativa que no fuese la de su muerte… Ellos mismos se habían encargado de cerrarse todas las puertas a la espalda, al comparecer frente al tribunal…firmemente resueltos a no levantar un dedo en su propia defensa… dispuestos a que sus culpas se agravaran… mediante la autoconfesión… De este modo el tribunal los sentenciaba, no por sus crímenes, sino por sus confesiones, o sea, a partir del supuesto de que aquellos hombres eran veraces y honrados… No abrigaban el propósito de aprovechar el juicio político… para denunciar al Estado o apelar a las masas en su contra… Ese Estado era fruto de sus ideas y ellos habían contribuido a crearlo…”
La tesis de Olegario (Revueltas) se emparenta a la explicación literaria que Arthur Koestler dio de los procesos de Moscú. ¿A la pregunta de por qué los acusados no se habían defendido cuando fueron llevados frente al Tribunal?, Koestler no descartaba que las torturas, amenazas y malos tratos a los que habían estado sujetos los hubiese reblandecido, pero creía que la clave central era que las víctimas habían interiorizado los argumentos de los verdugos, porque ambos compartían la misma lógica: la que hacía del Partido y la Causa todo y del individuo nada . Una Causa que además resultaba de una ley objetiva e irrefutable de la historia y un Partido que había sido el suyo. Al fin, como piensa Olegario, ellos habían coadyuvado a construir el Estado soviético.
XVI. Poder y verdad.
“Los procesos de Moscú planteaban –piensa Olegario- un problema del todo nuevo ante la conciencia de los comunistas: el problema del poder y la verdad histórica. Dentro de determinadas circunstancias, el poder y la verdad histórica se separan, se alejan uno de otro, hasta que llega el momento en que se contraponen y se excluyen violentamente en el terreno de la lucha abierta. Entretanto la verdad histórica, al margen el poder, se halla desvalida, sin amparo y no dispone de ningún otro recurso que no sea el poder de la verdad en oposición a todo lo que representa como fuerza compulsiva, instrumentos represivos, medios de propaganda y demás, la verdad del poder”.
El nudo es subrayado con maestría por Revueltas. La verdad del poder o el poder de la verdad. Es una confrontación que no se despliega en un terreno parejo. La verdad del poder, la verdad oficial, cuenta con todo el aparato de Estado para avanzar y consolidarse. Y si a ello sumamos el aura revolucionaria que la rodea y el ejército de creyentes que ha creado, su capacidad de atracción y de expansión es enorme. Por su lado, el poder de la verdad parece acorralado, “desvalido”, sin asideras suficientes para abrirse paso. El problema, diría Koestler, es que una vez que uno sabe algo, no se puede dejar de saberlo (se puede fingir que no se sabe, se puede tratar de edulcorar la verdad, se pueden agregar elementos para matizar las cosas, pero, si se es honesto, no se puede dejar de saber). Y ese es el drama de Olegario: su verdad, la verdad, navega a contracorriente de la verdad del poder. Es una lucha que difícilmente podrá dar con alguna posibilidad de triunfo, una lucha en la cual su derrota ya está anunciada.
Lo trágico es que por esa vía “el poder ha entrado en un proceso de descomposición que terminará por envenenar y corromper a la sociedad entera”. Irradia de tal forma mentiras a las que no se puede controvertir que el desenlace no puede ser otro que la “descomposición”. “No habría –piensa Olegario o Revueltas- más camino que el de la lucha por el poder, sin salirse de los límites en que esto pudiese llegar a convertirse en un peligro para la naturaleza misma del Estado”. Es formulación no solo es vaga, denota los fuertes amarres que todavía a inicios de los sesenta atan a Revueltas con la idea original de la Unión Soviética. Pero sigue con absoluta contundencia y lucidez: “Los representantes de la verdad histórica tendrán que caminar en el filo de la navaja. Pues si la verdad histórica…sufría una derrota decisiva para un largo periodo…estaría llamada a condicionar la aparición de un nuevo curso en las relaciones sociales –por más que se conservasen el viejo lenguaje y las viejas apariencias ideológicas-…haría del socialismo un infierno tan despiadado como el que vivieron los constructores de las pirámides y templos de Egipto. Aquí radicaba el desiderátum de los oposicionistas condenados a muerte en los procesos de Moscú…habían sido derrotados y éste era su crimen y su culpa”.
Los términos racionales se habían invertido de manera radical. No eran condenados porque hubieran cometido algún delito y ni siquiera porque hubieran sostenido alguna idea o iniciativa, sino que eran condenados porque habían sido derrotados en una lucha por el poder que tenía como referente único al propio imperio de la autoridad. Se había instalado “un absurdo ejercicio del poder”. “La gente que había venido ejerciendo el poder… el curso stalinista… había sustituido al antiguo sistema racional de las “armas de la crítica” por la crítica de los fusilamientos; la muerte era la que formulaba la última opinión sobre las divergencias y sobre la persona de los divergentes”. Los condenados en los procesos “quizá rescataban para el porvenir el libre ejercicio del poder de la verdad”.
Sobra decir que para Olegario y Revueltas la gran apuesta sería la de fundir verdad y poder. ¿Algún día eso sería posible?
XVII. Dirigentes y militantes
La crítica de Revueltas se dirige con claridad a los dirigentes comunistas, no a sus compañeros de lucha. Por éstos últimos tiene un aprecio especial. Sabe de su dedicación, de su entereza y valor, de su buena voluntad e incluso de su espíritu de sacrificio. Pero ya en los años sesenta guarda una distancia crítica más que profunda en relación a quienes encabezan al PC.
“La política secreta de sus dirigentes y la “razón de Estado” sobre la que se erigía dicha política, en México o en cualquier otra parte de la tierra… (de la que) nunca resultaba nada en favor de la lucha por el socialismo…siempre se recolectaba, en cambio, una buena cosecha de víctimas y usufructuarios, aparte los muertos por el enemigo: hombres y mujeres con el alma rota por el resto de su existencia, locos y suicidas, misántropos y desesperados, gente irremediablemente triste y sin horizonte, por el lado de las víctimas; y de la otra parte, oportunistas y arribistas y poetas y “compañeros de ruta” y burócratas y clérigos y paranoicos y gendarmes del espíritu, endiosados y triunfantes todos en la cúspide de la pirámide construida con los cráneos de los verdaderos comunistas del mundo”.
Más fuerte y radical imposible. La mecánica dentro de los partidos comunistas, incapaces de despegarse de la lógica de Moscú y la verdad de Estado, acababa escindiendo en dos grandes campos a los militantes de base y los cuerpos dirigentes. De un lado, después de un tiempo, hombres y mujeres derrotados, desencantados, quebrados, y de la otra los ganadores, porque en su pequeño mundo, eran los jefes.
Una visión descarnada, sangrante, híper crítica, para quien no solamente inicio su militancia en aquellos años treinta, sino que siempre se sintió orgulloso de la misma.
XVIII. Olegario solo.
El asalto al local de los fascistas es un fracaso. Olegario mata al Niágara por error, porque el segundo dejó su lugar víctima del miedo. La policía y los fascistas los han dejado actuar, pensando que de esa manera los mismos comunistas quedarán desprestigiados. Todo se conjuga para desatar una campaña contra los “rojos asesinos” y si a ello se suma el episodio del asalto y homicidio del prestamista mejor que mejor. Es fácil desatar la histeria contra un grupo de provocadores. La huelga programada aborta, se encarcela a los líderes y se neutraliza cualquier acto de solidaridad. Y los fascistas salen triunfantes del episodio: de moverse en la ilegalidad consiguen, por lo pronto, el respaldo gubernamental.
Y Olegario Chávez es presentado por la policía y por la prensa como el comunista asesino del prestamista. Ante el desastre, el Buró Político del Partido se reúne y decide expulsar a Olegario y a Eladio Pintos. Además envía a los medios un comunicado “en el que el Partido negaba la existencia de vínculo alguno con Olegario y no se hacía responsable de las actividades delictuosas en que pudiera estar comprometido “dicho sujeto”.”
Olegario acaba solo, abandonado, sacrificado.
XIX. El final.
Todavía en las últimas páginas de la novela hay un tímido intento de Ismael por cuestionar ante Patricio (máximo dirigente del Partido) la contundente frase de que “La voz del Partido es la voz de Dios”; solo para al final volver a ser doblegado por la lógica mecánica de que no hay de otra: conmigo o contra mí.
El Muñeco, ahora “agente de la reservada” se reencuentra con la Luque. “Ya no importa lo que seas, Muñeco”, le dice. “Puedes hacer de mí lo que quieras. Pegarme, maltratarme, humillarme. Sé que no puedo escapar de ti. Viviré a tú lado para sufrir todo eso hasta que llegue el momento en que me mates, porque eso es lo que va a suceder. Entonces será el momento en que salga de mis penas. Es mi destino de piche puta desdichada”.
Ese es el género humano, parece decir con una sonrisa triste José Revueltas.

Febrero 2014

En el libro coordinado por Edith Negrín, Alberto Enríquez Perea, Ismael Carvallo y Marcos T. Águila. Un escritor en la tierra. Centenario de José Revueltas. F.C.E. 2014.

 

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