Emilio García Riera y Eduardo de la Vega Alfaro. Las películas de Sara García. Universidad de Guadalajara. FICG. UNAM. Filmoteca UNAM. México. 2013. 192 pp. Más fotos.

Como se sabe, Emilio García Riera, el mayor historiador del cine mexicano, murió en el 2002. Pero su tesón, conocimiento y espíritu lúdico no deja de sorprendernos. Del cajón de sus trabajos, y ahora ayudado por Eduardo de la Vega, nos ofrece un libro más sobre su pasión: el cine y sus personajes.

Las películas de Sara García entrega lo que promete. La secuencia de la carrera cinematográfica de uno de los iconos más destacados y memorables del cine mexicano: película por película, con su respectiva ficha técnica, sinopsis del argumento y un comentario de los autores. Además una presentación y una nota biográfica a cargo de Eduardo de la Vega y una muy nutrida y agradecible colección de fotos.

Sara García nació el 8 de septiembre de 1895 en Orizaba, Veracruz. Nació prácticamente el mismo año en que lo hizo el cine en nuestro país. Sus padres venían de Córdoba, España y de una estancia en La Habana, Cuba. Quedó huérfana a la edad de 9 años. Estudio en el Colegio de la Paz Vizcaínas, a decir de De la Vega, “un modelo de educación laica y liberal”. Inició en el cine con pequeños papeles en el año 1917, pero inmediatamente su carrera se orientó al teatro. No fue sino hasta 1933 cuando el cine la empieza a succionar y no lo abandona sino hasta 1980, año de su muerte. Escuchen estos datos: “Entre 1938 y 1959, período de expansión, auge y consolidación de la industria fílmica mexicana, Sara García intervino en 94 películas”, es decir, un promedio de 4.22 por año. “De 1960 a 1980, etapa de la prolongada crisis estructural del cine mexicano, doña Sara apareció en 46 cintas”, 2.2 por año. Para los amantes del cine que lo aprecian como si fuera béisbol, podemos decir que de 1933 a 1980 solo en cuatro años no hizo alguna película (1935, 1947, 1974 y 1978), pero hubo años en que filmó hasta 8 (1940 y 1950). Es decir, su porcentaje de bateo fue impresionante.

Bien lo recuerda el libro: hizo “papeles de suegra, tía, madrina, nana, anciana viuda o sola, casera, solterona, cocinera, sirvienta, monja y, excepcionalmente, marimacho”. Nada de lo femenino le era ajeno y se convirtió en la imagen privilegiada de la madrecita mexicana. Es más, cuando la madrecita mexicana y sus cualidades de sumisión, entrega, cariño no correspondido por los hijos, bondad, paciencia y ancla y ente protector de la familia, haya desaparecido, ahí estará eterna, inalcanzable, ejemplar, Doña Sara García.

Trabajó con (casi) todos los directores del cine nacional. El libro ofrece un recuento exhaustivo. Al parecer, no le hacía asco a ninguno. Lo mismo Joaquín Pardavé o Miguel Zacarías que Rafael Baledón o Miguel Morayta, pasando por (cito al azar): Rogelio González, René Cardona, Mario Hernández, Julián Soler, Gilberto Martínez Solares o Jorge Fons. De 1938 a 1959 trabajó con 43 diferentes directores y de 1960 a 1980 con 31 distintos (aunque en ambas listas se repiten nombres). En ese sentido fue omniabarcante. Como los auténticos actores -los que tienen pasión por su labor-, lo importante era filmar, hacer, representar, estar viva, aparecer.

Su inicio en el cine hablado fue una película que ni los mismos autores del gozoso y erudito libro han podido ver: “El pulpo humano”, dirigida por Jorge Bell. Nos dicen que “al parecer, lo único memorable de ella fue el debut de Sara García… su papel fue más bien incidental y, según una de las pocas fotografías que se preservan de la cinta, esa breve aparición fue en plan de una mujer madura que se aflige al presenciar el inicio de un pleito”. Es decir, su inicio fue premonitorio: “mujer madura”, tenía apenas 38 años y “afligida” por lo que sucede en su entorno. Nació al cine, entonces, como madre/abuelita y se mantuvo en ese papel con una constancia y perseverancia dignas solamente de Doña Sara; y afligida, apareció una y otra vez porque los maridos, pero sobre todo los hijos llegan a este mundo (y sobre todo al cine) para hacer sufrir a sus respectivas madres.

Fue heroína, Josefa Ortiz de Domínguez, en “¡Viva México!” de Miguel Contreras Torres (1934), criada sorda en una rara película que me gustaría ver, “Marihuana” de José Bohr (1936), suegra antipática en una cinta de sugerente título, “La honradez es un estorbo” de Juan Bustillo Oro (1937), madrastra autoritaria en el siglo XVIII (con peluca blanca incluida), en “El Capitán Aventurero” de Arcady Boytler (1938)… pero su imagen perecedera es y será la de la abuelita perpetua, papel que desempeñó mucho antes de que su verdadera edad la habilitara como tal. Escriben los autores al comentar  la película “Allá en el trópico” (Fernando de Fuentes, 1940): “A la mitad de la película irrumpe un nuevo y avasallador personaje: la bondadosísima abuelita inaugurada por Sara García, que algunos años atrás se había sacado todos los dientes para la puesta en escena de “Mi abuelita la pobre”, según su propio testimonio en CCN. Gracias a ello, y a partir de los 45 años de edad, la actriz podría afectar una ancianidad que se haría muy prolongada…”.  Así se crean los arquetipos, diría alguien: con decisión, un poco de sufrimiento y unas dosis de chifladura.

Me interesa llamar la atención sobre una película que dirigió Joaquín Pardavé, “El barchante Neguib” (1945). En ella el director y Sara García representan a dos migrantes libaneses (Neguib y Sara) que viajan a la capital con sus dos hijas para reencontrarse con su hijo mayor Jorge Ancira (Farid o Alfredo). La línea dramática es una: la vergüenza que los padres le causan al vástago arribista por ser pobres y no suficientemente mexicanos. Cuando Doña Sara (en el papel de Sara) llega a la casa de su hijo y lo encuentra en una pachanga, los invitados la confunden con la sirvienta, y el mal hijo no los desmiente. Por si fuera poco, Farid deja embarazada a una buena muchacha y no asume su responsabilidad. Ella tiene al hijo y el buen Neguib la consuela y protege. Al final, por supuesto, luego de una y mil peripecias, Alfredo reconocerá a sus padres, a su hijo y a su mujer. Doña Sara feliz acoge a su nieto.

El melodrama tiene un toque distintivo: es la historia de una familia de migrantes. Ya la misma dupla (Pardavé-Sara García) había aparecido en “El baisano Jalil” (1942) y lo volvería a hacer en “El hombre inquieto” (1954) agregando a Tin Tan, siempre como libaneses trasladados a México. Por su parte, Pardavé –sin Doña Sara- también desarrolló dos melodramas de migrantes españoles: “Los hijos de don Venancio” (1944) y “Los nietos de don Venancio” (1945). Esas 5 películas presentan a los recién llegados como personas buenas, familiares, amorosas de sus hijos y del país, trabajadoras, esforzadas. Sufren de incomprensión por su origen, pero al final son más mexicanos que el mole. El país los seduce y ellos cautivan a quienes se encuentran en su derredor. No es –creo- poca cosa, dadas las pulsiones chovinistas y xenófobas latentes y manifiestas entre nosotros. (Véase, perdón por los ejemplos sacados de otros ámbitos, el trato que se les da a los futbolistas nacionalizados o la insistencia cansina durante el affaire Cassez de la procedencia extranjera de la presunta culpable).

En las películas mencionadas por el contrario hay un aliento universalista –los hombres en principio son iguales- que reconoce las particularidades de origen, como algo que expresa una diversidad no condenada a la confrontación. Al revés, Pardavé y Sara García parecen decir que los flujos migratorios mucho y bueno pueden aportar al país y que los prejuicios en relación a ellos prejuicios son. Y en ese sentido, más allá de su humor, de sus relatos edificantes, de sus moralejas y tragedias, hay un mensaje de tolerancia que creo nunca está de más (Compárese, si se quiere, con los múltiples malvados del cine mexicano que repetidamente hablan español con acento extranjero).

El libro además son sus fotos. Si el cine es imagen y Doña Sara es una efigie consagrada, haber rescatado tantas y tan buenas fotografías es un acierto más. Usted podrá ver a Sara García tomando una tacita de café, agradeciendo al público con una media caravana, como monja haciendo cuernitos,  como enfermera, madre agonizante, cocinera, novia, con una carabina y sombrero, consolando a un jugador de las Chivas Rayadas del Guadalajara, disparando, sin dientes, jugando a las cartas, etc. Y junto a la India María, Mantequilla, Vicente Fernández, Clavillazo, Prudencia Grifell, Sasha Montenegro, Antonio Badú, Irma Dorantes, Arturo de Córdova, Pedro Infante, Silvia Pinal, Marga López, Andrés Soler, Carlos Orellana, Manolo Fábregas, Ángel Garasa, Abel Salazar, Fernando Soler, Rosita Quintana, Alma Rosa Aguirre, Lilia Prado, David Silva, José Cibrián, Rosario Granados, Lupita Tovar, Emma Roldán, Domingo Soler, Vitola, Palillo, el Loco Valdés y tantos más. Nombres eufónicos que con solo pronunciarlos nos remontan a la historia del cine mexicano.

Una historia que merece ser contada. No solo porque las películas dejaron su huella en la memoria de varias generaciones, no solo porque acuñaron modas y modismos, no solo porque coadyuvaron a construir un imaginario colectivo, no solo porque consagraron figuras que siguen siendo reverenciadas, no solo porque nos ayudan a reconstruir nuestro pasado inmediato, no solo porque la nostalgia es un bien público y privado. Por todo ello, sí, y porque hojear un libro como el que comentamos siempre resulta placentero. El placer que emana de volver a visitar las cosas que en el pasado nos sorprendieron, alegraron, conmovieron.

Doña Sara García –algunos lo recordarán- apareció en una de las mejores películas de Cantinflas: “Ahí está el detalle” (Juan Bustillo Oro, 1940). Era Clotilde Regalado la esposa de Leonardo del Paso (Francisco Jambrina), el asesino del gánster conocido como el Bobby. Y como Cantinflas había matado a un perro con el mismo nombre… En fin… eso no importa por ahora. Clotilde era la madre de ocho hijos que la acompañaban de un lugar para otro. Su prole estaba integrada por niños, adultos y un enano, y como resume el comentario del libro: eran “grotescos y caricaturescos”. Bueno, esa prole que acompaña a Clotilde quizá somos nosotros: sus hijos, nietos y bisnietos, que cuando pensamos en una abuelita inmediatamente nos viene a la memoria la imagen perenne de Doña Sara García. Disculpen, no hay otra. Y García Riera y De la Vega bien que lo saben.

Mayo 2014

 

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