PRÓLOGO
José Woldenberg
Patricia Pensado Leglise. Adolfo Sánchez Rebolledo. Un militante socialista. Testimonios. Instituto Mora. Conacyt. México. 2014. 166 págs.

La memoria. La memoria. Siempre la memoria. Escribe Enrique Florescano y con razón que “la memoria es una relación viva con el pasado” . Todos tenemos una historia y huellas de la misma quedan en la memoria. Las sociedades humanas también tienen historia, pero su memoria es desigual y combinada, para citar fuera de contexto a un clásico. Es más, creo que cuando se habla de “memoria colectiva” se comete un exceso. Cierto que las comunidades tienen algunos referentes del pasado en común, cierto que existen instituciones encargadas de preservar, reproducir e incluso perpetuar eso que llamamos memoria colectiva, cierto que existen nociones compartidas del ayer, pero apenas trasciende uno cierta capa superficial, encuentra que los individuos portan un cargamento excesivamente heterogéneo y diferenciado del pasado. No existe, pues, una memoria pero si un abigarrado mapa de memorias individuales que en conjunto pueden ofrecernos un relato de nuestros orígenes y desarrollo como sociedad.
La memoria no es un lujo. Tampoco una opción. Cada uno carga su propia memoria, vive con ella, es ella. Por eso cuando la memoria se trastoca, se nubla, e incluso desaparece, solemos decir, que la persona se convirtió en otra. Y en efecto, persona y memoria, identidad y memoria, son una y la misma cosa. Sin memoria seríamos una especie de máquinas inerciales, en estado de naturaleza, indiferenciadas.
En el caso de las sociedades o las pequeñas comunidades “desde siempre” ha existido la vocación por “guardar el pasado”. “Dotar a un pueblo de un pasado común y fundar en ese origen remoto una identidad colectiva es quizá la más antigua y la más constante función social de la historia”, nos recuerda de nuevo Florescano. Y para cumplir con esa misión han existido “los habladores” de la tribu que recrea Mario Vargas Llosa hasta los historiadores profesionales. Se trata de construir un relato que ofrezca identidad, sentido, una especie de velo común que arropa a la comunidad. Por eso se ha considerado importante que la memoria se preserve, se trasmita, se documente, se discuta.
Somos, sin embargo, una sociedad desmemoriada y nuestra izquierda padece una amnesia selectiva. Fernando Zertuche habla de entidades adánicas que actúan y se comportan como si hubiesen nacido hoy. Como si carecieran de pasado, como si el día a día fuera el único referente, como si la memoria fuera un estorbo. No hablo por supuesto de los rituales cívicos que con una regularidad digna de mejores causas se cumplen año con año, tampoco de la trasmisión de algunos nombres, fechas y acontecimientos que de manera regular se lleva a cabo en las aulas y a la que denominamos historia, y menos aún de los mitos y leyendas que compartimos; sino de una densa nube que opaca el pasado y que difícilmente puede trascenderse con los rituales enunciados.
Por ello necesitamos rescatar las memorias, sobre todo aquellas que resultan significativas; de las personas cuya trayectoria puede alumbrar lo que fue el ayer, con sus contextos, vicisitudes, proyectos, retos. Con ese objetivo, con ese horizonte, se ha abierto paso el expediente de la historia oral. Una fórmula para recabar testimonios, experiencias de vida, reflexiones, sobre nuestro pasado inmediato. Es un instrumento no solo útil, sino fascinante, porque permite acercarse a las historias singulares o colectivas, narradas con la intensidad, los giros y las inflexiones, de los propios actores.
Patricia Pensado Leglise se acercó a Adolfo Sánchez Rebolledo para rescatar su testimonio, su relato y sus análisis de lo que fue su experiencia como militante y hombre de izquierda. No se equivocó. Es probable que otros hombres y mujeres de izquierda tengan una trayectoria tan relevante e interesante como la de Sánchez Rebolledo, pero muy pocos combinan como él esa capacidad para contar de manera viva y apasionada con su cualidad para pensar desde un mirador informado, sofisticado. No se trata en este caso solo de narrar una serie de acontecimientos y episodios, sino de analizar su significado, su importancia, su impronta.
A lo largo de once sesiones Patricia platicó con Sánchez Rebolledo. Preguntó, grabó, tomó notas. Y al final, logró reconstruir capítulos significativos de la historia de la izquierda y las elaboraciones que a lo largo de los años ha venido decantando el entrevistado. ¿Qué encontrará el lector en las páginas siguientes?
Hijo de refugiados españoles que llegaron a México luego de la derrota de la República a manos de los bandidos comandados por Franco, Sánchez Rebolledo nos ilustra sobre las vicisitudes que esa experiencia entraña. Rememora la política de puertas abiertas del Presidente Cárdenas, la tragedia del exilio, las dificultades de los transterrados y los problemas de identidad de sus hijos.
Recuerda el impacto que la Revolución Cubana tuvo en toda una generación de militantes y simpatizantes que vieron en ella “un soplo de aire fresco” ante el marxismo osificado y dogmático que se generaba en Moscú. También el amargo desenlace de la experiencia de la Unidad Popular en Chile y las diferentes formas de solidaridad que se asumieron desde nuestro país. Es el movimiento estudiantil de 1968 el que pone en el centro la importancia de la movilización de masas, y es su paranoica represión por parte del gobierno la que activa un buen número de proyectos de transformación desde la izquierda. Es en el marco del post 68 que nace un ambicioso proyecto editorial, la revista Punto Crítico, que encabezada por Sánchez Rebolledo, se convierte en una publicación que da seguimiento a las movilizaciones populares, las documenta y analiza, que refresca el debate, que se convierte en un punto de referencia político. Desde ahí se tienden puentes de comunicación con los electricistas democráticos encabezados por Don Rafael Galván y con otros destacamentos populares y también Punto… tiene una relación espacial con el emergente (entonces) sindicalismo universitario, ya que varios de sus integrantes son al mismo tiempo dirigentes y militantes en los centros de educación superior. Sánchez Rebolledo también reconstruye el clima político en el que surgen diferentes grupos guerrilleros y analiza sus resortes ideológicos y sus derivaciones políticas, algunas de ellas funestas.
El lector encontrará un relato de la experiencia de ASR como militante partidario. Muy joven en el Partido Comunista Mexicano, pero sobre todo a partir de 1981 en el Movimiento de Acción Popular (MAP), el Partido Socialista Unificado de México (PSUM), el Partido Mexicano Socialista (PMS) y en el PRD. Eslabones sucesivos del proceso de unificación de la izquierda. El embarnecimiento progresivo de la izquierda mexicana fue motor y beneficiaria de las sucesivas reformas políticas.
Tres retratos de destacadas personalidades de la izquierda complementan el testimonio de Sánchez Rebolledo. Los de Rafael Galván, Natalio Vázquez Pallares y Othón Salazar. Los dos primeros deslumbrantes figuras de la tradición nacional y popular de la Revolución Mexicana. El tercero, militante legendario del sindicalismo magisterial y militante comunista. Precisamente sobre la militancia el lector encontrará un ensayo verbal sugerente e informado de ASR.
Patricia Pensado ha sido fiel al entrevistado. Ha ordenado y editado en capítulos las largas y fructíferas pláticas que sostuvo con Adolfo Sánchez Rebolledo. Logra transportarnos a otros tiempos, escuchamos “otras voces”, nos movemos en “otros ámbitos” (como diría Truman Capote). Y esa experiencia quizá nos ayude a comprender de mejor manera de dónde venimos y por qué las cosas son como son.

 

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