HIRSCHMAN MÁS ALLÁ DE LA ECONOMÍA
José Woldenberg
I.
Albert O. Hirschman fue un economista; un economista preocupado por los temas del desarrollo. Pero fue algo más que eso. Se trata de un ensayista magistral que ofreció herramientas conceptuales para acercarse a muy diversos fenómenos de la vida social. La presente antología deja a un lado al Hirschman economista y presenta una serie de materiales que pueden ayudar al lector a incursionar en terrenos inaugurados por nuestro autor más allá de los temas del crecimiento y la sustentabilidad del mismo.
II.
Albert O. Hirschman nació en Alemania en 1915. De origen judío es bautizado en la religión protestante, aunque su familia es agnóstica. En 1931 ingresa al movimiento juvenil del Partido Socialdemócrata. Las diferencias que se viven en él fueron el antecedente remoto para la que luego sería una de sus obras más relevantes: “fue una primera experiencia del conflicto entre “exit” y “voice”, en el cual dudé si optar por la defección o por la manifestación del disenso y la crítica desde dentro”. En 1933, luego de la muerte de su padre y ante el ascenso nazi, emigra para estudiar en Francia. Luego de dos años, partió hacia Londres donde estudió en la London School of Economics y de ahí a Italia. Fue a combatir a España porque se daba cuenta “que el fascismo estaba avanzando y no me podía quedar observando sin hacer nada”. Abandona España porque no acepta ser encuadrado en “una formación enteramente comunista”. Trabaja en Francia en el Emergency Rescue Committee proporcionando “papeles” a exilados cuya vida se encuentra en peligro. En 1941 llega a Estados Unidos donde se instala de manera definitiva, no sin antes combatir en el frente africano y luego en Italia.

Antes, en Italia en 1936, escribe un ensayo contra la política del régimen fascista que fomentaba la reproducción sin límite. Con las estadísticas oficiales demostraba que a mayor número de hijos menos sobrevivían. “Al fin y al cabo… ¡es deletéreo (mortífero) incitar y premiar a las mujeres que traen al mundo a todos los niños, incluso desde el punto de vista natalista!”. El texto jamás se publicó.

Quizá en ese artículo se encontraba ya uno de los rasgos de su obra: buscar explicaciones con fuerte apoyo empírico para comprender “de qué modo suceden las cosas, cómo acontece el cambio”. No era afecto a las monumentales teorizaciones, más bien se inclinaba por marcos conceptuales de alcance medio capaces de explicar fenómenos sociales complejos. Apreciaba más al Marx “politólogo” que al economista. “Me impresionó mucho el Dieciocho Brumario. Sus escritos históricos eran mucho menos “ortodoxos” que sus escritos económicos”. Las inmensas construcciones conceptuales al volverse rígidas se convertían en corsés que impedían observar las singularidades y embrollos de los casos específicos.

Trabajó en el Plan Marshall para la reconstrucción de la Europa de la posguerra. Fue “una gran invención” dijo. Se trataba de consolidar regímenes democráticos buscando al mismo tiempo la prosperidad económica. Luego laboró como asesor en Colombia y se interesó en América Latina. Por esas experiencias llegó a sus temas sobre los obstáculos para el desarrollo, sobre los cuales se volvió una voz apreciada e influyente. En ese tiempo subrayó su “aversión por los diagnósticos demasiado uniformes y unilaterales… por los principios generales y las prescripciones abstractas. Creo que es necesario revisar al “paciente” con una suerte de “linterna empírica”, antes de poder comprender qué tiene. Es fundamental la comprensión de las peculiaridades… e incluso de las vías insólitas”.

Su paso por América Latina lo llevó a acuñar una voz ingeniosa: la “fracasomanía”, una especie de complejo/prejuicio que impedía ver y aquilatar los avances. “La idea se me ocurrió a partir de la observación de la realidad colombiana y brasileña. En Colombia, la primera reforma agraria, prometida en los años treinta por el gobierno “newdealista” de Alfonso López, había sido siempre interpretada como un fracaso total, cuando en cambio los datos que yo recogí indicaban con claridad que se habían efectuado algunos cambios en sentido positivo en las zonas rurales”.

Su flexibilidad llama la atención, su capacidad para autocorregirse también. “Eso me sucedió con el esquema “exit/voice”. En la historia alemana reciente se ha verificado una conjunción, mejor dicho una cooperación entre estos dos elementos, la defección y la protesta; en cambio en mi formulación originaria los dos se excluían recíprocamente (cuando hay más defección –salida- hay menos protesta, y viceversa)”. “Mi teoría ha sido criticada por un estudioso alemán, quien ha afirmado que los acontecimientos de Alemania Oriental contradicen abiertamente mi planteo. Y en efecto es así”. Sin remilgos, con abrumadora sencillez.

Era además un amante de la literatura, de sus potencialidades. Para rebatir a Mancur Olson que afirmaba que “el actor racional es un “free rider”, un aprovechado… que se abstiene de la acción colectiva contando con el hecho de que otros harán su parte… de modo que la acción colectiva sucede muy rara vez”, Hirschman no solo le recordó que las acciones colectivas suceden y que la gente participa en ellas, sino que le citó a Pascal: “La esperanza que tienen los cristianos de poseer un bien infinito está mezclada con el goce efectivo…, ya que no son como aquellos que esperarán un reino del cual no tendrán nada, siendo súbditos; sino que esperan la santidad, la exención de la injusticia y poseen algo”.

III.

Hirschman es siempre sugerente y flexible. Sus formulaciones no son rígidas y el “quizá” siempre está presente. Sabe que no hay leyes duras en la historia humana, o son tan generales que resultan anodinas. Lo mejor entonces es repasar la historia, las trayectorias singulares, el encadenamiento de los sucesos y buscar explicaciones pertinentes y lógicas.

Reacio a las fatalidades que se desprendían de no pocos análisis de los procesos de desarrollo económico, y que con sus prerrequisitos una y otra vez construían una especie de camisas de fuerza, Hirschman encontró “secuencias invertidas”, notables, casuísticas, azarosas, que no debían ser ajenas a los ojos de los analistas. Al final o al principio, la realidad siempre es más rica y compleja que los marcos conceptuales explicativos.

En términos políticos era un reformista. Sus textos exudan las idea de que las cosas no solo se transforman, sino que pueden ser transformadas en una determinada dirección: buscando el crecimiento económico y al mismo tiempo mejorando las condiciones de vida de los más. Sabía, sin embargo, que las “cosas” también podían degradarse, orientarse en sentido contrario, degenerar hasta construir escenarios invivibles, y por ello también su mesura. Desplegó un esfuerzo consistente por entender la lógica y resortes de diversas escuelas de pensamiento e intentó sentar las bases para una conversación y debate civilizado entre ellas. Hombre erudito, salpicaba sus textos con referencias a los más diversos autores, pero la literatura y sus creadores nunca quedaban fuera de sus exposiciones.

Tuvo la fuerza ética suficiente para auto corregirse, para volver sobre sus formulaciones y retocarlas, revisarlas, ampliarlas. No era un necio incapaz de reconocer que otros o la propia “realidad” reclamaban ajustes a sus tesis. Por el contrario, asumía que eso que llamamos ciencia avanza por aproximaciones sucesivas y al final es una construcción colectiva.

La antología que aquí se presenta, como ya apuntaba, deja a un lado al Hirschman economista, y hace de cuatro de sus obras la columna vertebral. La selección de algunos capítulos de esos libros es acompañada con artículos posteriores que afinaron, ejemplificaron o revisaron algunos aspectos de las mismas. Salida, voz y lealtad, resulta imprescindible para pensar las fórmulas a través de las cuales se pueden activar los resortes de alerta de lo que no está funcionando en empresas, gobiernos, partidos, etcétera. Tuvo en su momento un enorme impacto y hasta la fecha es una herramienta útil para analizar fenómenos tan distintos como la competencia en el mercado, las migraciones o los conflictos intrapartidistas. Las pasiones y los intereses es un ensayo de reconstrucción histórica de las ideas que abrieron paso a la legitimidad de la sociedad de mercado, el comercio, la iniciativa privada. Hirschman ofrece una lectura de cómo las ideas se acunaron aún antes de la irrupción de los fenómenos antes enunciados. Y apunta también a cómo las expectativas desatadas por esas elaboraciones, como toda creación humana, habían sido desbordadas, corregidas, negadas. Interés privado y acción pública estudia el paso de una esfera a la otra. Encuentra en la decepción un puente eficiente para trascender la vida privada e involucrarse en la acción pública, e igualmente para dejar atrás la vida política (en el sentido más amplio) para recluirse en la vida privada. Sabe que la decepción no es el único resorte, pero sus sugerencias ayudan a comprender un tema hasta ahora poco estudiado. Retóricas de la intransigencia es un tratado magistral de como a lo largo de 200 se activan los discursos reaccionarios en contra de los intentos de transformación. Tres tesis se han puesto en acto para combatir las tres grandes oleadas de expansión de derechos (civiles, políticos y económicos-sociales), la de la perversidad (buscando superar una situación solamente se logrará agudizarla), la de la futilidad (hágase lo que se haga las cosas son inmodificables) y la del riesgo (al alcanzar lo deseado se perderán otras más valiosas). Hirschman no dice que en algunos casos no tengan gramos de razón, sino que su reiteración mecánica nos habla de un patrón de pensamiento incapaz de ver las virtudes de las diferentes transformaciones. Pero en un giro de 180 grados magistral, finaliza su libro desmontando igualmente los resortes cansinos de la retórica progresista. Su llamado es a construir un espacio para el diálogo y la deliberación, lo cual requiere alejarse de las formulaciones dogmáticas. Al final aparecen tres textos en una especie de miscelánea: a) un acercamiento a las dificultades para la reproducción del Estado de bienestar que ilustra la singularidad del pensamiento de Hirschman y sus fórmulas expositivas, b) un breve textos sobre las dificultades para el asentamiento de la democracia en América Latina que es clara expresión del no determinismo del pensamiento de nuestro autor, y c) un texto autobiográfico –incluso íntimo- sobre las pérdidas y reencuentros que arroja luz sobre las vicisitudes de la vida de Hirschman y el marco político-intelectual en el que se desarrolló.

IV.

Salida, voz y lealtad
En 1970 Hirschman publicó Salida, voz y lealtad. Respuestas al deterioro de empresas, organizaciones y Estados. Siete años después sería traducido y publicado por el Fondo de Cultura Económica.
Empezaba diciendo que “bajo cualquier sistema económico, social o político, los individuos, las empresas y los organismos en general están sujetos a fallas en su comportamiento eficiente, racional, legal, virtuoso o, en otro sentido, funcional”. Esas fallas, en infinidad de ocasiones, resultaban reparables. La competencia podía ser un mecanismo para la “reparación” de las mismas, pero Hirschman exploraría otros mecanismos correctivos que establecían relaciones singulares entre ellos: a) la salida y b) la voz.
Como sus nombres lo indicaban, la primera era el abandono, la huida, la salida. La segunda era la voz, la queja, la denuncia. El libro estaba destinado “a un análisis comparativo de estas dos opciones y a su interconexión”. Si bien a primera vista, la salida resultaba más frecuente y pertinente en el terreno de la economía, la voz aparecía sobre todo en el terreno de la política, aunque conforme desarrollaba su argumentación el propio Hirschman fue detectando que ambas podían aparecer en los dos campos. Ambas tenían gradaciones, impactos y relaciones diversas.
Hirschman definía sus conceptos y explicaba cómo funcionaban; observaba como interactuaban (la salida podía inhibir la voz, la voz podría acabar siendo un residuo de la salida, la voz podía ser una alternativa a la salida), y encontraba que no resultaba sencillo que ambas se dieran a la vez con la misma intensidad. “La presencia de la opción de la salida puede disminuir grandemente la probabilidad de que la opción de la voz sea tomada en forma general y eficaz”.
Pero para explicarlas en profundidad era necesario introducir un tercer concepto: la lealtad. La lealtad a primera vista potenciaría la voz en detrimento de la salida, dado que ésta última es casi sinónimo de deslealtad, pero al introducir no solamente la salida, sino la amenaza de salida, las combinaciones se hacían más complejas.
El libro contenía múltiples ejemplos y dotaba de instrumentos conceptuales novedosos para aproximarse a instituciones públicas o a privadas (la familia o el grupo religioso) y podía ser una buena herramienta para el análisis de fenómenos como la disidencia política, las relaciones entre partidos o la interacción entre las escuelas públicas y las privadas. Tuvo un enorme impacto.
Diez y seis años después (1986) Hirschman publicó un libro de ensayos varios en el cual se encontraba una presentación sintética y refinada de aquel libro. Lo llamó “Salida y voz: una esfera de influencia en expansión” (Enfoque alternativos sobre la sociedad de mercado y otros ensayos recientes.) No solo presentaba un buen resumen de sus categorías y sus interrelaciones, sino que ilustraba su funcionamiento en “algunos campos de aplicación”: los sindicatos, los mercados, los servicios públicos, la migración, los partidos políticos, el matrimonio y el divorcio, y el desarrollo adolecente. En todos los casos se presentaba una peculiar relación entre la salida y la voz.
Y luego de la unificación alemana (sería mejor decir: de la absorción de la llamada República Democrática Alemana por la República Federal Alemana), volvió sobre el tema para analizar “Salida, voz y el destino de la RDA. Un ensayo de historia conceptual” (Tendencias autosubversivas. Ensayos). Publicado en 1995 dio una explicación comprensiva de los sucesos que llevaron al desplome de la RDA y afinó los instrumentos conceptuales que había inventado casi 25 años antes.
Reconstruyó como, en efecto, de 1949 a 1988, en buena medida la salida había inhibido a la voz e incluso había sido una política estatal para destensar el ambiente, al permitir la huida hacia Alemania Occidental. Comparaba el caso alemán con lo que había sucedido en Polonia, Checoslovaquia y Hungría, donde los movimientos disidentes (la voz) habían sido más poderosos, y señalaba que la salida hacia la República vecina había opacado a la voz. No obstante, y teniendo que ajustar su propio modelo, recreaba la forma en que la salida y la voz se entrelazaron y fortalecieron en 1989 hasta llevar al colapso del régimen comunista.
Por ello he decidido que en esta antología aparezcan tres de los capítulos del libro original, precisamente los que hacen alusión a la salida y la voz y un primer acercamiento a sus interrelaciones y los dos últimos ensayos. Aunque tienen una pequeña zona de confluencia, representan un resumen elocuente del planteamiento general y de algunas de sus áreas de aplicación y, una utilización sugerente y explicativa de un fenómeno relevante: la manera en que la salida y la voz se articularon en los últimos días de un régimen totalitario del que prácticamente no quedó nada.
En el último de ellos el propio Hirschman decía: “mi libro fue escrito con el propósito “constructivo” de explorar de qué manera la salida y la voz podían contribuir a restablecer o fortalecer una organización en deterioro para que regresara a una salud y actuación tolerables”; pero ahora el modelo servía también para desentrañar las claves del desplome de un Estado.
V.
Las pasiones y los intereses
¿Cómo se desarrollaron las transformaciones en el pensamiento que ayudaron a pavimentar el piso ideológico para el desarrollo del capitalismo? Hirschman realizó un rastreo singular y erudito sobre la forma en que “los intereses” fueron pensados como una fórmula eficiente para domar a “las pasiones”. No fue una fórmula súbita –nos explica- sino que se fue fortaleciendo en sucesivas oleadas.
Su libro Las pasiones y los intereses. Argumentos políticos en favor del capitalismo antes de su triunfo, apareció en inglés en 1977 y apenas un año después en español. Guardando una cierta distancia de Marx y Weber, que “aunque disienten en cuanto a la importancia relativa de los factores económicos y no económicos”, convergen ambos en que “contemplan el surgimiento del capitalismo y de su “espíritu” como un ataque a los sistemas de ideas y las relaciones socioeconómicas preexistentes”. Lo que él intentó e hizo fue presentar “algunas pruebas de que lo nuevo surgió de lo antiguo en mayor medida de lo que generalmente se cree”.
Su libro constaba de tres apartados: a) una reconstrucción de “la secuencia de ideas eslabonadas” apoyada en muy diversas fuentes y autores, b) estudios particulares de pensadores fundamentales en esa secuencia y c) una lectura más bien ensayística de los efectos que presuntamente desencadenaría el despliegue de los intereses en lugar de las pasiones.
Se trataba de descubrir “¿cómo se volvieron honorables las actividades comerciales, bancarias y otras similares para obtener dinero… tras haber sido condenadas o despreciadas como ambición, amor por el lucro, y avaricia durante los siglos anteriores?”. O para decirlo de otra manera, cómo se dio el paso del ideal caballeresco que subrayaba el honor y la gloria como los valores fundamentales a la idea de que el despliegue de los intereses individuales desembocaba en un bien para los más.
Hirschman encuentra en el Renacimiento el inicio de esa historia. Y en la noción de que hay que asumir al hombre tal como es (y no como lo imaginamos), el disparador de una serie de construcciones ideológicas que intentaban frenar, modelar y reprimir a las pasiones. Es una historia de las ideas a través de muy diferentes autores que oscila entre las nociones de reprimir a las pasiones, modelarlas con educación, enfrentar a unas con otras, o domarlas convirtiendo en legítimos a los intereses.
Resulta una historia fascinante sobre como un haz de conductas antes anatemizadas empiezan a ser revaloradas, hasta construir un nuevo paradigma. Si las pasiones aparecen como fuerzas destructivas y la razón es ineficaz para contenerlas, son los intereses y su despliegue los que pueden ofrecer un mejor marco para la convivencia humana. Se piensa que “en la búsqueda de sus intereses los hombres se suponen firmes, constantes y metódicos, por oposición al comportamiento de los hombres que se ven castigados o cegados por sus pasiones”.
En el segundo capítulo, Hirschman abordaba el mismo tema pero ahora por autor. Así repasaba a Montesquieu, James Steuart, John Millar, los fisiócratas y Adam Smith, para finalizar en el capítulo tres con un ensayo sobre “esa hazaña” del pensamiento y la imaginación. Se trata de una recapitulación muy al estilo Hirschman: contrastando lo expuesto contra otras corrientes de pensamiento.
Así, contrapone la visión optimista de Montesquieu y Smith que piensan que “la forma como los individuos comunes, al perseguir sus vicios o simplemente su propio interés, podrían contribuir al bienestar general”, a la visión de Barnave que proclama “que una agregación de virtudes privadas puede traducirse en un estado que no tenga nada de virtuoso”, o a las dudas de Ferguson que se detiene en la forma en que el comercio construye hombres aislados y solitarios, sin lazos de afecto o peor aún, de cómo “la preocupación por la riqueza individual” puede conducir a la creación de “gobiernos despóticos”, precisamente por el temor a perder lo acumulado.
De la misma manera rescata a Tocqueville que vio no pocos peligros en la expansión de los nuevos usos y costumbres. Escribe Hirschman: “Aquí los intereses distan mucho de domar o encadenar a las pasiones de los gobernantes; por el contrario, si los ciudadanos se absorbieran en la persecución de sus intereses privados, sería posible que “un hábil ambicioso viniese a apoderarse del mundo”. Y Tocqueville dirige algunas palabras soberbiamente cáusticas y proféticas… a quienes, en aras de un clima favorable para los negocios piden “ley y orden”.”
No obstante, nuestro autor escribe como una especie de resumen: “La idea de que los hombres en persecución de sus intereses serían eternamente inofensivos sólo fue abandonada por completo cuando la realidad del desarrollo capitalista se hizo evidente. A medida que el crecimiento de los siglos XIX y XX desarraigaba a millones de hombres, empobrecía a grupos numerosos y enriquecía a algunos, causaba desempleo en gran escala durante las depresiones cíclicas, y producía la moderna sociedad de masas, varios observadores vieron con claridad que quienes estaban aprisionados en estas transformaciones violentas se volverían apasionados a veces: apasionadamente iracundos, temerosos, resentidos…”
Como toda obra humana, las ideas que ofrecieron un cuadro legitimador para la expansión del comercio, los negocios, la banca, vieron declinar su poder de atracción ante la aparición de nuevas realidades. Escribió nuestro autor: “la doctrina aquí reseñada tiene un aire de irrealidad”, pero afirmaba que su reconstrucción había valido la pena porque ayudaba a comprender “las circunstancias ideológicas todavía intrigantes del ascenso del capitalismo”.
Aunque de manera más general la historia reconstruida y relatada por Hirschman, nos ayuda a recordar “que las acciones humanas y las decisiones sociales tienden a tener consecuencias enteramente olvidadas al principio. Pero, por otra parte, esas acciones y decisiones se toman a menudo porque se espera, con impaciencia y gran confianza, que tengan ciertos efectos que posteriormente no se materializan en absoluto… Las expectativas ilusorias asociadas con ciertas decisiones sociales en el momento de su adopción ayudan a mantener ocultos sus efectos futuros reales”. O para decirlo de otra manera: no solo las decisiones y sus expectativas suelen acarrear derivaciones no deseadas y planeadas, sino que además las propias expectativas se convierten en una bruma que no permite evaluar con frialdad lo que dichas decisiones realmente desencadenan. Del libro reproducimos aquí toda la primera parte que explica la forma en “cómo se recurrió a los intereses para contrarrestar a las pasiones”.
Como una secuela al libro, Hirschman publicó dos sugerentes artículos: a) “Ética y ciencias sociales: una tensión permanente” y b)”Otra explicación al apresuramiento contemporáneo” que aparecieron en el libro De la economía a la política y más allá. En esta antología también los encontrará el lector.
En el primero, Hirschman recrea la forma en que las ciencias sociales y la economía se escindieron de las prescripciones de la religión y la moral. De Maquiavelo en adelante, se puso el acento en tratar de explicar lo que existía y olvidarse del “deber ser”. (Aunque implícitamente –creo- el deber ser nunca estuvo del todo ausente). Con enorme erudición, muestra cómo se convirtió en una certeza compartida la idea de que “la verdadera ciencia no sermonea; se limita a demostrar y a predecir”.
Por esa vía, se llegó al extremo de un economicismo que colonizó buena parte de las ciencias sociales. Parecía que todo el comportamiento humano lo podía explicar la fórmula reduccionista de costo/beneficio. Esa simplificación, le pareció a Hirschman, estaba generando, por necesidad y reacción, una especie de vuelta a la ética. Una reacción saludable que podría inyectarle una nueva vitalidad a las ciencias sociales.
“La necesidad de que existan normas y conductas éticas que complementen y, en ocasiones, hasta sustituyan el interés egoísta, se advierte”, por ejemplo, en las relaciones entre los médicos y sus pacientes, donde la confianza deriva de la idea de que los primeros no mandarán en automático a los segundos al quirófano, solo para satisfacer su “interés egoísta”. Y ese fenómeno lo encontraba no solamente en la dimensión microeconómica sino también en la macroeconómica.
Él mismo se preguntaba: “¿Cómo hacer para delinear el nuevo terreno y tomar conciencia de las perspectivas que hemos descuidado al concentrarnos de manera exclusiva en el interés egoísta?”. Y se contestaba: “La antítesis del interés egoísta es el interés por los demás, el quehacer en favor de los otros”. Hirschman recordaba que Malthus corregía en el mismo sentido a Adam Smith, cuando éste último afirmaba que “cada uno debería ser libre para perseguir su propio interés”; si, decía Malthus, “con tal que se ciña a las leyes de la justicia”.
Porque al fin y al cabo buena parte de las motivaciones de los llamados cientistas sociales no dejan de ser éticas. El interés por los temas que abordan, sus sesgos e inclinaciones, suelen estar cargados de una idea del bien y el mal, de un deber ser que no puede divorciarse en términos absolutos de la actividad académica. El propio Hirschman al final, explicaba que la motivación para escribir Salida, voz y lealtad, quizá se encontraba “en un sentimiento de culpa, cuidadosamente reprimido” por haber abandonado Alemania ante el ascenso del nazismo.
Escribió: “La ética…pertenece a la esencia misma de nuestro quehacer. Y puede asumir ese papel sólo en la medida que los cientistas sociales demuestren sensibilidad moral y preocupación por los aspectos éticos. Sólo entonces producirán trabajos con implicaciones morales, tengan o no conciencia al respecto”.
El segundo artículo, más breve, era una conversación/refutación a las tesis de Steffan Linder, que dividía el tiempo a disposición de los hombres en trabajo y consumo, y que señalaba que “a medida que aumente la productividad del trabajo, el individuo podrá disponer de más bienes, mientras que el tiempo de consumo casi no aumenta nada; por lo tanto, habrá una creciente “intensidad de bienes” del tiempo de consumo, y el individuo estará abrumado porque tratará de participar en los ejercicio de consumo simultáneos o rápidamente sucesivos”. Así, en un tiempo que no cambia considerablemente se desata una mayor voracidad por el consumo, lo que explicaría el apresuramiento contemporáneo.
Pues bien, de manera sencilla pero contundente, Hirschman partía de una premisa distinta: “el hombre no vive sólo del consumo”. “La subdivisión hecha por Linder del tiempo del hombre, en trabajo y consumo, no es en modo alguno exhaustiva. Hay un tercer conjunto de actividades que representa nuestras demandas verdaderamente finales… esas actividades incluyen la búsqueda de poder, prestigio y respeto; el mantenimiento de antiguas amistades y asociaciones y el cultivo de nuevas; la participación en asuntos públicos, y -¿por qué no?- la búsqueda de la realización, la verdad, la creatividad, la salvación…”. Esas actividades, en ocasiones, resultaban “adictivas”, consumen tiempo –y a veces- mucho. De tal suerte que el “apresuramiento” no solo podía explicarse por el ansia insaciable de consumo, sino al “exceso de compromisos”.
VI.
Interés privado y acción pública.
En 1982 apareció en inglés Shifting Involvementes. Private Interest and Public Action, que cuatro años después daría a conocer el Fondo de Cultura Económica en español con el título abreviado: Interés privado y acción pública.
Se trata de un ensayo que intenta ofrecer claves para entender las oscilaciones en el comportamiento social. Del paso de la vida privada a la acción pública y de la acción pública hacia un nuevo repliegue a la vida privada. Cuando escribió el texto Hirschman constataba un cambio relevante en el estado de ánimo social. El “espíritu del 68”, había estado marcado por “un interés repentino e intenso por los asuntos públicos: de la guerra y la paz, la mayor igualdad, la participación en la toma de decisiones” y contrastaba fuertemente con lo que sucedía en años anteriores, “un prolongado periodo de mejoramiento económico individual” en el que las personas parecían recluidas en sus vidas e intereses privados. A fines de los setentas parecía que por lo menos en los Estados Unidos el péndulo se volvía a mover hacia “las metas del mejoramiento individual y el bienestar privado”. Hirschman intentaría ofrecer claves de interpretación de esas oscilaciones, aunque sabía que no podría probar muchas de sus afirmaciones. De ahí su carácter ensayístico.
No obstante, en el camino, sus reflexiones le permitían “una crítica a la teoría convencional del consumo, un mejor entendimiento de la acción colectiva y una nueva interpretación del sufragio universal”. Y como de costumbre, su explicación no dejaba de ser más que sugerente.
Empezaba tratando de rastrear los motivos que llevaban a las personas a trascender la esfera privada para incursionar en la acción pública. Por supuesto reconocía que siempre podían existir factores externos que actuaran como desencadenantes (la guerra, “la intensificación de la opresión”, un intento de reforma), pero su interés lo centró en los factores “endógenos” de ese tránsito. Y para ello, construyó e introdujo en su explicación la variable “decepción”, capaz de explicar “el cambio de las preferencias” en ambos sentidos (de lo privado a lo público y de lo público a lo privado). Su tesis principal fue: “los actos de consumo, al igual que los actos de participación en asuntos públicos, que se realizan porque se espera obtener una satisfacción, también generan decepción e insatisfacción… Ocurre por razones diversas, en formas diferentes y en grados distintos, pero en la medida en que la decepción no se elimine totalmente por un ajuste instantáneo de expectativas hacia abajo, todo patrón de consumo o de uso del tiempo lleva consigo… “las semillas de su propia destrucción”.”•
Aunque no lo dice así, “la decepción” sería un rasgo de a condición humana, porque las expectativas siempre parecen estar por encima de la realidad, e incluso cuando las metas se cumplen, una vez alcanzadas demuestran que están por debajo de las ilusiones que las generaron. Esa decepción es la que en mucho puede explicar los pasos de la vida privada a la acción pública y de regreso.
Luego de desmontar algunos de los supuestos de la teoría de la acción racional, Hirschman pasaba a la ofensiva. Escribió: “El mundo que estoy tratando de entender… es un mundo donde los hombres creen que desean una cosa y cuando la obtienen descubren con desaliento que no la desean tanto como creían o no la desean en absoluto, y que en realidad desean otra cosa, cuya existencia casi no sospechaban. Nunca operamos en términos de una jerarquía comprensiva de valores establecidos”.
Estudiaba entonces “las variedades de la decepción del consumidor” y encontraba que “los bienes verdaderamente no durables” (destacadamente la comida), eran los menos susceptibles de producir decepción, ya que “tienen una capacidad para proveer placer” y los contrastaba con “los bienes durables” que, paradójicamente por su condición, pueden ser de manera más frecuente disparadores de decepción. Llegamos a censurarlos –escribía- “por ser todo comodidad y casi nada placer”. Realizaba una detallada exposición de las reacciones posibles ante dichos bienes y también ante la prestación de diversos servicios e incluso se remontaba a la historia para descubrir e ilustrar argumentos distintos que convergían en la crítica y hostilidad hacia la multiplicación del “mundo de los objetos en una época en que este mundo se encontraba en expansión”. Encontraba otra paradoja: el aumento de la riqueza y de los bienes materiales generaba cuatro tipos de reacciones: a) acusarlos de que representaban una amenaza para el orden social, porque erosionaban las jerarquías b) solo eran para los ricos por lo que ensanchan las brechas sociales (a y b se contradecían pero eso no resulta excepcional sino natural en el mundo conceptual que recreaba Hirschman), c) no lo resuelven todo y d) son desastrosos y amenazantes.
Esos capítulos deben entenderse como una introducción para entrar en la materia que más importa a Hirschman: el paso de lo privado a lo público. “¿Qué ocurre a consecuencia de toda la decepción generada por el consumo privado y la hostilidad generada a ese respecto?”. Y su respuesta tentativa era que esa decepción inducía a un viraje “del consumidor-ciudadano” hacia la acción pública.
Ese paso de los asuntos privados a los públicos podía ser explicado por la decepción, una especie de “escalera que podrá usar para ascender gradualmente hacia el foro público, saliendo de la vida privada”. Pero dando una vuelta de tuerca a su propio argumento encontraba que la decepción no parecía un motor suficiente, si no estaba acompañada de una “declinación de una ideología” previa que había prescrito la búsqueda de la felicidad en la esfera privada.
Tradicionalmente se ha pensado que el paso a la acción pública tenía que trascender dos obstáculos: la asimetría entre costos y beneficios y la posibilidad de ser un “free raider”, un viajero que cobre los beneficios sin participar. Hirschman no niega esa dimensión del asunto, pero la piensa restrictiva, en primer lugar porque la propia participación puede ser ya un beneficio (al mismo tiempo que un costo) y por eso mismo no todos quieren “viajes gratis”. “Mientras que la búsqueda de los placeres privados mediante la producción de ingreso (trabajo) está claramente separada del disfrute eventual de estos placeres, no existe tal distinción clara entre la búsqueda de la felicidad pública y su obtención… El mero acto de buscar la felicidad pública es a menudo lo mejor que se puede tener de esa felicidad”. La característica de la acción pública radica precisamente que al desplegarse lleva consigo “la propia recompensa”, la satisfacción de participar, y desvanece la distinción entre costos y beneficios. De hecho, la acción pública puede eventualmente cambiar “las cosas”, pero sin duda invariablemente transforma a la persona.
No obstante, recuerda Hirschman, la participación en la vida pública también acarrea frustraciones. Esas decepciones se alimentan lo mismo si los esfuerzos fracasan que si tienen éxito. En el primer caso sobra la explicación, pero en el segundo tiene que ver con lo que nuestro autor denomina “la pobreza de nuestra imaginación”, que tiende a dibujar soluciones definitivas y contundentes, cuando solo se pueden lograr resultados contingentes y parciales.
La decepción también suele surgir por la necesidad de invertir cada vez más tiempo o por la calidad de la experiencia. Y ¿por qué no?, de la propia tensión que es connatural a la relación entre política y ética. “Cuán sorprendente resulta descubrir… que la actividad política nos envuelve a menudo en un conjunto muy diferente de actividades: la realización de alianzas extrañas, el ocultamiento de nuestros objetivos reales, la traición de los amigos de ayer; todo esto, por supuesto, en aras de la “meta”.” Esa experiencia puede resultar tan desagradable que produzca un retiro de la vida pública y un repliegue a la vida privada; aunque también su capacidad de succión puede incrementar la adicción.
Hirschman se detiene para estudiar el voto, “la institución política central de la democracia moderna”. Se trata de una participación mínima no capacitada para registrar las intensidades de la misma. Dado que todos los votos cuentan lo mismo, la intensidad de los sentimientos con los que se emiten resulta inaprensible e irrelevante. El voto se encontraría en las antípodas de las marchas, huelas, mítines, que generan una enorme excitación. Por el contrario, el voto es una actividad “poco expresiva”, rutinaria. Hirschman escribe que el voto tiene un carácter dual: “es un elemento esencial de un marco institucional que provee una defensa contra un Estado excesivamente represivo; por la otra, actúa como una salvaguarda contra una ciudadanía excesivamente expresiva”. Quizá por ello franjas importantes de ciudadanos siente una cierta apatía por ese tipo de participación, ya que la “enfría” y no es capaz de registrar las energías con las que se emite el voto.
Por supuesto, eso puede ser cierto para la gran masa de votantes, no para los activistas que trabajan por convencer a otros de votar en un determinado sentido y menos para los que hacen política más allá de las elecciones. La gran paradoja del voto podría resumirse de la siguiente manera: “es un método de agregación de preferencias que impone un tope a la participación de los ciudadanos. Ese tope es una parte necesaria, integral y central del proceso democrático. También limita el ejercicio de la pasión política en forma tal que genera la decepción y puede conducir a la despolitización”. Aunque quizá, diría yo, el voto debe ser visto como un piso de participación, a partir del cual el ciudadano puede incursionar en otro tipo de acciones políticas ya que no es un “tope” o un techo a esa misma participación.
Hirschman realiza una “digresión histórica sobre los orígenes del sufragio universal”, para develar como algunos pensadores lo imaginaron como un “antídoto contra la revolución”, como una fórmula para substituir las armas por el voto, como una herramienta para domar la participación, para atemperar las pasiones. Las reproducciones de distintos textos ilustran esa pulsión. Hirschman atemperó buena parte de sus afirmaciones años después, porque la expansión del sufragio también desató, como él lo probó en Retóricas de la intransigencia, los tres resortes tradicionales del discurso “reaccionario”: el miedo ante sus supuesto efectos perversos, la futilidad de su implementación dada la división infranqueable entre gobernantes y gobernados y el riesgo que implicaba como amenaza a la libertad.
Lo cierto, sin embargo, es que si bien el voto tiene una cara expresiva, resulta verdad, como lo apuntaba Hirschman, que se trata de una participación con escasa intensidad emocional. Es una fórmula que, en efecto, doma las pasiones, lo cual puede ser una fuente de decepción para los que reclaman maneras de acción política más intensas. Al final, como todo en la vida, la política puede desencantar por exceso o por insuficiente.
Así, el regreso a la vida privada puede tener esas fuentes, a las que Hirschman suma los efectos de la corrupción y/o la degradación de las virtudes públicas, y si a ello agregamos los atractivos de la vida privada, podremos quizá entender el fenómeno pendular de regreso a la esfera privada. Un esfuerzo más que sugerente sobre las oscilaciones reseñadas.
Del libro ofrecemos en esta antología la introducción y el capítulo 1 “Sobre la decepción” y los capítulos 6 y 7 “Las frustraciones de participar en la vida pública”.
Y si el lector tiene interés en el tema desde una plataforma práctica, valdría la pena acercarse a un pequeño texto –claro y sencillo- donde nuestro autor describe y analiza diversos “experimentos populares en América Latina”: El avance en colectividad.
En 1983 viajó a seis países latinoamericanos invitado por la Fundación Interamericana: República Dominicana, Colombia, Perú, Chile, Argentina y Uruguay, para observar distintos experimentos. Encontró no solo que muchas de las secuencias prescritas por los especialistas no se cumplían, sino que además pudo constatar la peculiar articulación entre intereses privados y acciones públicas.
Sobre el tema de las “secuencias” encontró dos experiencias que al parecer llamaban a tomar con algunas reservas el pensamiento ortodoxo. El supuesto de que contar con un título de propiedad era un requisito para emprender mejoras a la vivienda. En Cali, Colombia, en efecto, los ocupantes de tierras comunales, se distinguían entre los que tenían mejores edificaciones y los que habitaban apenas en chabolas. Y los primeros eran los que contaban con títulos de propiedad y los segundos no. No obstante, en Quilmes, al este de Buenos Aires, las estructuras mejores y más duraderas eran las de quienes carecían de títulos de propiedad, precisamente porque de esa manera –pensaban- se podían defender de mejor manera de eventuales desalojos.
De la misma manera, en algún caso de Colombia intentaba ilustrar como no necesariamente la educación era un eslabón previó al desarrollo, sino que en un caso especial, el mejoramiento económico de las personas es lo que las impulsaba a obtener una mejor educación.
En la República Dominicana encontró el caso de unos “tricicleros”, encargados de la distribución de frutas, legumbres, carbón, etcétera, que se organizaron para comprar sus vehículos (acción privada) y como paulatinamente una más abarcadora organización los catapultó hacia la acción pública de manera colectiva. O como la construcción de una planta de productos lácteos en Durazno, Uruguay, ha multiplicado el tiempo libre de los cooperativistas, logrando que la acción colectiva ensanche el tiempo para la vida privada de cada uno, ya que no tienen que “perder” tanto tiempo en la distribución de los mismos.
Por ello y como un complemento, reproducimos solo los primeros dos capítulos de ese libro. Se trata de ilustraciones prácticas que desmontan las rigideces de las formulaciones ortodoxas.
VII.
Retóricas de la intransigencia.
¿Cómo se construyen las rutinas del pensamiento, los resortes retóricos, las fórmulas para apreciar los acontecimientos?, parecen ser las preguntas que conforman el hilo conductor del largo ensayo de Hirschman Retóricas de la intransigencia. Escrito luego del desplome del llamado socialismo real, Hirschman se preguntaba sobre las fuentes que hacían casi imposible la comunicación entre “liberales y conservadores, progresistas y reaccionarios”. Era un fenómeno fascinante a la luz del entonces triunfante movimiento neoconservador. ¿Qué había sucedido? ¿Cuáles eran sus nutrientes? Por ello su decisión de “intentar un examen “imparcial” de algunos fenómenos superficiales: discurso, argumentos, retórica, considerados de manera histórica y analítica”. Su centro sería así “doscientos años de retórica reaccionaria”. (Este último concepto sin connotaciones peyorativas).
Al final, sin embargo, su objetivo parece aún más interesante y vasto: se trata de desmontar la dinámica de las retóricas de la intransigencia que en su despliegue acaban erosionando la reproducción de los sistemas democráticos. Porque así como existe un cartabón reiterado en el discurso de la “reacción”, encuentra otro similar pero antagónico en la retórica “progresista”. Dos versiones que impiden “empujar el discurso público más allá de posturas extremas e intransigentes…”. Por el contrario, postula, habría que buscar que los debates fueran “más amistosos con la democracia”, que supone que existen siempre acercamientos distintos a eso que llamamos realidad.
Su método resultó expresivo y analíticamente superior. Tomó como base la célebre conferencia de T. H. Marshall, “Citizenship and social class” (1949), en la cual se ponía el acento en las tres dimensiones de la ciudadanía: civil, política y social, para establecer, a groso modo, que la primera era fruto del siglo XVIII, la segunda del XIX y la tercera del XX. La primera había afirmado las libertades individuales (expresión, pensamiento, religión), la segunda, la participación política con la expansión del sufragio universal (o universal para los varones), y la tercera, los derechos sociales y económicos con la creación y fortalecimiento del Estado de bienestar. No obstante, Hirschman subrayaba que cada una de estas olas “progresistas” había chocado invariablemente con otras que fluían en sentido contrario. Estudiar esas reacciones, desmenuzarlas, entender su lógica, fue la tarea que se impuso. Y encontró tres tesis “reactivo-reaccionarias principales” que aparecieron y reaparecieron una y otra vez cada vez que se pretendía asentar el reconocimiento de nuevos derechos ciudadanos.
Esas tesis eran: a) la de la perversidad, b) la de la futilidad y c) la del riesgo. La a) sostenía que “toda acción deliberada para mejorar algún rasgo del orden político, social o económico sólo sirve para exacerbar la condición que se desea remediar”, es decir, que buscando superar un determinado orden de las cosas lo único que se hace es acentuarlo; b) “sostiene que las tentativas de transformación social serán inválidas” porque las cosas no pueden ser modificadas; son como son, y c) “arguye que el costo del cambio o reforma propuesto es demasiado alto, dado que pone en peligro algún logro previo y apreciado”; una forma de decir, que se perderá lo más por lo menos.
Hirschman dedicó un capítulo a cada una de esas tesis y con su deslumbrante erudición recreó como aparecieron y reaparecieron de manera simultánea ante la irrupción de la Revolución francesa, la expansión del sufragio y la edificación del Estado de Bienestar.
“La tesis de la perversidad” es fruto de la incertidumbre ante la modernidad, ante los cambios que subvierten el orden anterior y de la añoranza por lo que “se disuelve en el aire” (Marx). Sus voceros una y otra vez exclamarán que los derechos que se quieren asentar producirán “exactamente lo contrario del objetivo que se proclama”. Se trata de “una maniobra intelectual audaz. La estructura del argumento es admirablemente sencilla, mientras que la pretensión expresada es bastante extrema. No sólo se afirma que un movimiento o una política errará su meta o provocará costos inesperados o efectos secundarios negativos (los dos últimos Hirschman no los niega): más bien, según este argumento, la tentativa de empujar a la sociedad en determinada dirección resultará, en efecto, en un movimiento, pero en la dirección opuesta”. Ante las tres grandes olas que intentan construir una ciudadanía civil, política y económica/social, la respuesta será similar. “Las tendencias de alcanzar la libertad harán que la sociedad se hunda en la esclavitud, la búsqueda de la democracia producirá oligarquía y tiranía, y los programas de seguridad social crearán más y no menos pobreza. Todo es contraproducente”.
Edmund Burke y Joseph de Maistre ilustran de manera inmejorable la tesis del efecto perverso a la luz de la Revolución Francesa; Jacob Burckhardt, Gustave LeBon, Flaubert, Nietzsche y hasta Ibsen, le permiten reconstruir los argumentos en contra de la igualdad política que anunciaba la expansión del sufragio, el miedo a la irrupción de las masas; Friedman, Charles Murray y Nathan Glazer, son los autores que le ayudan a ilustrar la reacción que planteaba que intentando reducir la pobreza, lo único que se obtenía era la creación de más pobres.
Hirschman por supuesto que aceptaba que las acciones humanas podían tener efectos imprevistos, pero con ironía escribía que “el efecto perverso es un caso especial y extremo de la consecuencia involuntaria”, que incluso se apartaba del “concepto de las consecuencias no deseadas… (derivado) del principio de incertidumbre y la idea de desenlace abierto”, para retornar “a la visión de un universo social del todo predecible”.
“La tesis de la futilidad” supone que “la tentativa de cambio es abortiva, que de una manera o de otra todo pretendido cambio es, fue o será en gran medida de superficie, de fachada, cosmético, y por tanto ilusorio, pues las estructuras “profundas” de la sociedad permanecen intactas”. Solo cambian las apariencias porque en el fondo todo se mantiene igual sería otro enunciado de la tesis de la futilidad o de la pérdida innecesaria de esfuerzo y tiempo porque las cosas son inmodificables.
Tocqueville afirmaba que los cambios introducidos por la Revolución Francesa ya estaban en curso antes de que sucediera; Mosca y Pareto subrayaban que a pesar de la extensión del sufragio la relación de subordinación entre gobernantes y gobernados o élites y masa subsistían, no se modificaban; y quienes ofrecieron resistencia a la edificación del Estado de bienestar argumentaron que las transferencias de recursos no beneficiaban a los más pobres, sino a otros grupos sociales. Total, en los tres casos, todos los esfuerzos resultaban fútiles, insignificantes, no significativos.
“La tesis del riesgo” completaba a las otras dos. Esta postula que “el cambio propuesto, aunque acaso deseable en sí mismo, implica costos o consecuencias de uno u otro tipo inaceptable”. En ese razonamiento se puede perder lo más por lo menos. Aunque la reforma sea correcta, tendrá “consecuencias desdichadas” que la hacen inadmisible.
Así, la democracia pondría en riesgo la libertad y el Estado benefactor a la libertad y a la propia democracia (o que pondría diques al crecimiento económico). En este razonamiento “lo nuevo” pone en riesgo lo alcanzado, y lo alcanzado merece ser preservado ante la incertidumbre que genera el aliento reformador. Hayek, por ejemplo, vio con preocupación como la “libertad y la democracia estaban amenazadas por la nueva intrusión del Estado en el amplio terreno del bienestar social”.
Hirschman comparaba las tres tesis: su influencia y sus interacciones. Era crítico, sobre todo, de su rigidez, porque sabía que en determinadas situaciones esas fórmulas retóricas algo de verdad podrían cargar. Pero en un golpe maestro, al final las contraponía con tesis similares, pero en sentido contrario, extraídas de la “retórica progresista”. A la tesis del riesgo, los progresistas anteponían la creencia de un apoyo mutuo entre las reformas propuestas. No solo no acarrean riesgo alguno, sino que se retroalimentan de manera virtuosa. Desatan la “ilusión sinergista”. Y así…
El lector encontrará en esta antología el capítulo inicial, “doscientos años de retórica reaccionaria” y el desarrollo de una sola de las tesis “la de la perversidad”, además de los dos últimos capítulos del libro Retóricas de la intransigencia. Como bien señala Hirschman, “el propósito fundamental del libro ha sido rastrear algunas tesis reactivo-reaccionarias clave por medio de los debates de los pasados doscientos años y demostrar cómo los protagonistas seguían ciertas constantes en la argumentación y en la retórica”; subrayar su recurrencia y su atractivo. Pero al encontrar que en el bando contrario los resortes retóricos estaban igualmente asentados, concluía que “lo que acabo de hacer ha sido diagramar la retórica de la intransigencia tal como la han practicado durante mucho tiempo tanto los reaccionarios como los progresistas”. Y si ello era así, valía entonces la pena “empujar el discurso público más allá de posturas extremas e intransigentes… con la esperanza de que en el proceso nuestros debates se tornen más “amistosos con la democracia”.
VIII.
Miscelánea
Completamos esta antología con tres breves materiales. En el primero: “El Estado benefactor en dificultades: ¿crisis estructural o trastornos del desarrollo?”, Hirschman sale al paso a las críticas “estructuralistas” a una de las construcciones civilizatorias más relevantes, para a través de un enfoque alternativo observar las dificultades por las que atraviesa el Estado de bienestar, quizá como un típico trastorno de su propio desarrollo. Ilustra de manera inmejorable el resorte de nuestro autor por alejarse de las visiones catastrofistas (fuertemente impregnadas de ideología e intereses), y proponer lecturas más comprensivas de los fenómenos.
En el segundo, “Notas sobre la consolidación de la democracia en América Latina” (1985), intenta no solo refutar el pesimismo que encuentra en muchos de los desarrollos sobre el tema, sino también los determinismos que establecen una serie de requisitos previos para la edificación de regímenes democráticos en nuestro continente. Más bien llama a “estar en busca de acontecimientos históricos insólitos, conjuntos excepcionales de hechos favorables, senderos estrechos, avances parciales a los que concebiblemente, pueden seguir otros… Debemos pensar en lo posible y no en lo deseable”. Porque a fin de cuentas la historia ni está predeterminada ni es cierto que alguien pueda codificar las exigencias necesarias para la construcción de un régimen político pluralista. Otra vez, un llamado a una ciencia social abierta a la experiencia, no dogmática; flexible e imaginativa y no codificadora de “verdades” generales.
Al final, reproducimos un texto llamado “Cuatro reencuentros”, producto de un viaje que Hirschman hizo a Berlín occidental para recibir un doctorado honoris causa de la Universidad Libre el 3 de diciembre de 1988. Puede leerse como una serie de estampas autobiográficas, como un conjunto de amistades destrozadas por las inclemencias del siglo XX y recuperadas (aunque sea por un o unos días) para bien y quizá también para mal, como un testimonio de las derivaciones del ascenso del nazismo y la Segunda Guerra Mundial e incluso como un acercamiento a los fenómenos del azar en la modulación de las biografías. En todo caso son apuntes sobre la solidaridad en tiempos difíciles, sobre lazos que resultan indestructibles, sobre trayectorias intelectuales y políticas que se bifurcan y que con el paso del tiempo pueden tender puentes de comunicación o no. Retratos que hablan del primer y último Hirschman.

IX.
Libros publicados por el F. C. E.
El Fondo de Cultura Económica, en buena hora, hizo suyo a Hirschman. En 1961 publicó La estrategia del desarrollo económico, que tres años antes (1958 ) había sido editado en inglés por Yale University Press.
En 1973, en la colección Lecturas, apareció Desarrollo y América Latina. Obstinación por la esperanza (1971). Libro de ensayos que fue traducido por María Teresa Márquez y Manuel Sánchez Sarto.
Salida, voz y lealtad. Respuestas al deterioro de empresas, organizaciones y estados fue publicada en 1977 (1970), traducido por Eduardo L. Suárez.
Un año después, en 1978, apareció Las pasiones y los intereses. Argumentos políticos en favor del capitalismo antes de su triunfo (1977), también traducido por Eduardo L. Suárez.
En 1984 el Fondo publicó un nuevo libro de ensayos: De la economía a la política y más allá. Ensayos de penetración y superación de fronteras (1981), gracias al trabajo del mismo traductor.
En 1986 el Fondo publicó dos libros de Hirschman: El avance en colectividad. Experimentos populares en la América Latina (1984), traducido por Juan José Utrilla.
E Interés privado y acción pública (1982), traducido por Eduardo L. Suárez.
En 1989 empezó a circular Enfoques alternativos sobre la sociedad de mercado y otros ensayos recientes (1986), traducido por Juan José Utrilla.
Ese mismo año, y en la colección Lecturas (número 65), apareció un libro colectivo cuyos compiladores fueron Alejandro Foxley, Michael S. McPherson y Guillermo O’Donnell. Democracia, desarrollo y arte de traspasar fronteras. Ensayos en homenaje a Albert O. Hirschman (1986). Los traductores fueron: Karina Perelli y Roberto Muñoz.
En 1991 fue publicado Retóricas de la intransigencia (1991), en traducción de Tomás Segovia.
En 1996 un nuevo libro de ensayos: Tendencias autosubversivas (1995), al que concurrieron distintos traductores: Tomás Segovia, Francisca Minguella, Simón Teitel, Eduardo L. Suárez, Miguel Carrera Troyano, M. del Carmen Ruiz de Elvira y Sergio René Madero Báez.
En 1997, el Fondo publicó un nuevo libro sobre él: Luca Meldolesi. En búsqueda de lo posible. El sorprendente mundo de Albert O. Hirschman (1994 en italiano), traducido por Rocío Hernández. “Revisión y edición de la traducción de Elies Furió-Blasco”.
En 1998, aparece una “antología de ensayos anteriores a La estrategia del desarrollo económico”, bajo el título: Albert O. Hirschman y el camino hacia el desarrollo económico. El estudio introductorio, la edición y la selección estuvieron a cargo de Elies Furió-Blasco, y fue traducido por Roberto Reyes Mazzoni.
En 1999 se publica A través de las fronteras. Los lugares y las ideas en el transcurso de una vida (1994), una entrevista sobre su trayectoria realizada por Carmine Donzelli, Marta Petrusewicz y Claudia Rusconi. La traducción estuvo a cargo de Federico Villegas.

Prólogo del libro Albert O. Hirschman. Más allá de la economía. Antología de ensayos. Compilador: José Woldenberg. Fondo de Cultura Económica. México. 2014.

 

Compartir