XILITLA: EL PARAÍSO EN LA TIERRA
José Woldenberg
Irene Herner. Edward James y Plutarco Gastélum. Xilitla. El regreso de Robinson. Gobierno del estado de San Luis Potosí. 2011. 279 pp.
El libro de Irene Herner es una especie de caleidoscopio. Al asomarnos al mismo y dar un pequeño giro con la mano, las figuras cambian, se transforman, adquieren otra disposición. También puede equipararse a un viaje en el que aparecen sucesivas estaciones: las influencias que impactaron a Edward James, su correspondencia, sus afanes, su origen, sus amigos, su obra y sus pasiones amorosas y sexuales. En todo caso, la obra de Irene Herner es un acercamiento erudito, gozoso y sorpresivo a la tarea de un –o dos- hombre (s) que quiso escapar del “mundanal ruido” y construir un refugio a la altura de sus ensueños.
James es algo más que un excéntrico. Es un hombre marcado por una vocación de estilo, un rebelde contra la modernidad que todo lo homogeniza, un Robinson voluntario y voluntarioso, un surrealista de hecho y de derecho. Su biografía y su obra navegan a contracorriente de las tendencias hegemónicas, y es su singularidad lo que asombra e incluso deslumbra.
Chesterton escribió de Bernard Shaw que portaba dos cualidades indiscutibles: “una especie de castidad intelectual y un espíritu combativo. Tiene tanto de idealista en sus ideales como de despiadado realista en sus métodos”. Y James, guardando todas las distancias, se le parece. Nacido en Escocia, sus antepasados eran irlandeses, y conjugaba esa virginidad emocional y “esa extraordinaria belicosidad” que Chesterton veía en los irlandeses. Fue un peregrino en busca del paraíso perdido y creyó encontrar la tierra prometida en una región selvática de San Luis Potosí. Ahí en Xilitla edificó, paso a paso y a través de los años, una obra personalísima a la que dedicó, como dice el promocional cansino, “tiempo, dinero y esfuerzo”.
James fue tocado por la obra de Magritte y Dalí, de quienes además fue amigo e incluso mecenas. Esa combinación de vigilia y sueños, esa “yuxtaposición de objetos imposibles”, esa exploración marcada por los descubrimientos del psicoanálisis, que se encuentra presente en la obra de ambos, dejó su huella. Y James que siempre quiso ser reconocido como poeta, acabó edificando en Las Pozas de Xilitla su delirio alimentado por la pulsión surrealista.
Cuando James llega a Xilitla se encuentra con un espacio perdido, frondoso, desconocido e inaccesible. Lo compra en 1948. Escribe: “el escenario es soberbio, romántico a más no poder… Cuenta con muchas cascadas que caen entre los árboles gigantes de una selva primordial y virgen, habitada por cotorras silvestres que llegan en parvadas a bañarse con la espuma que salpica de las caídas de agua”. Queda deslumbrado. La naturaleza le ofrece la materia prima para hacer realidad sus fantasías. Y sin orden previo ni mapa de navegación empieza a remodelar el entorno. Escribe Irene Herner: “La idea de hacer una arquitectura escultórica como apropiación del concepto de jardín inglés con sus ruinas románticas fue surgiendo con el tiempo, al azar”.
En esos lances conoce a Plutarco Gastélum, jefe en la oficina de telégrafos de Cuernavaca, al que invita a trasladarse a su “hacienda” para hacerse cargo de la administración. La relación entre ambos es compleja y amorosa. Plutarco será, y no de manera sucesiva, jefe de obras, amante, prestanombres, tesorero, ingeniero. Y James se convertirá en patrón, mecenas, devoto compañero, tío protector de los hijos de Plutarco y amigo y benefactor de su esposa. Herner recrea esa telaraña tejida por la pasión, el interés, el cariño y el respeto, de una forma comprensiva, empática, deshojándola con tino y sensibilidad.
Lo que construyen entre ambos, a decir de Irene Herner, es una obra inspirada en las iglesias góticas, en Gaudí, en Leonora Carrington, en Alicia en el país de las maravillas. Escribe: “La arquitectura se convierte en pasajes de un espacio a otro, en laberintos de pasillos marcados por formas escultóricas de extraña simbología que evocan composiciones pictóricas de naturalezas muertas, escalinatas de función onírica, cuya inconsciencia las hace topar con el cielo para caer al infinito, puentes para una vida imaginaria. Entradas y salidas, el propio vértigo está construido en Las Pozas. Patios, contrafuertes y arcadas, bóvedas y estanques, un cuarto oscuro pero con chimenea, encajes, floreteos y agujas góticas, que evocan las crestas de las pirámides mayas del Petén…”. El capricho como guía, la audacia como brújula, la fantasía como vocación cumplida.
Hay una sobre lectura de Edward James y su obra marcada por la pasión y la subjetividad de Irene Herner. Se trata de un acercamiento barroco a la de por sí barroca ingeniería de James. El conocimiento, incluso la erudición de la autora, están puestas al servicio de una lectura entusiasmada y exaltada de un autor que lo merece y suscita. Ese calor dramático que traspira el libro, con sus múltiples entradas y salidas, su baraja intercambiable, sus anotaciones precisas e insinuaciones antojadizas, es quizá el reconocimiento más abarcador y complejo que han recibido Las Pozas y sus autores.
Leamos a la autora: “Sobrevive ahí, en Las Pozas de Edward James y Plutarco Gastélum, un jardín romántico, surrealista, una evocación edénica real, con aromas y texturas, con cielo y Tierra. Es una atmósfera, un English garden revisitado. Ahí el susurro y el chorro del agua son un sonido constante. Y el calor húmedo te tiene húmeda, empapada. Todo fluye entre los caminos que se abren y cierran, para cambiar de lugar sin cambiar, recorriendo los espacios de un verde intenso, como si se tratara de un laberinto diseñado por los elementos de un código soñado”. Herner se apropia, hace suyo, el jardín encantado; la propuesta estética de revalorar las ruinas y fundir naturaleza y arquitectura; aprecia y subraya el tesón megalómano de un hombre único, capaz de ofrecerle un lugar en el tiempo y el espacio a sus quimeras.
Herner encuentra en Las Pozas la estela de Giorgio de Chirico, de los dos Rousseau –el de El Contrato Social y el del pintor naif de la selva-, de Carrington y Dalí. Y en efecto, esa obra que tardó en edificarse 35 años –terminó en 1983-, también puede verse como la desembocadura material de ensueños que solamente habían sido plasmados en ensayos y cuadros, en esculturas y proclamas, pero que parece que adquieren rotunda materialidad en un lugar remoto y antes perdido en el centro norte de nuestro país. Ese marco cultural que le construye Herner multiplica los significados de la obra, los posibles acercamientos a la misma. De esa forma Las Pozas no aparece como una construcción fortuita, solamente caprichosa, sino como una edificación que es parte de una fuerte y arraigada corriente estética.
El libro contiene además episodios rescatados que en sí mismos valen mucho la pena. Así nos enteramos, a través de la especulación infinita que suele acompañar a los hechos históricos, que James quizá pudo haber salvado la vida a Federico García Lorca. El poeta andaluz había sido invitado de James en La Villa Cimbrone en Italia, y éste al parecer le insistió que se quedara un poco más. Si Lorca no hubiese vuelto a España… También nos informamos de una curiosa reunión en Londres entre un Freud ya viejo y James y Dalí, por intermediación de Stefan Zweig. Lo interesante es el juego de espejos que recupera Herner. Las impresiones que Freud le causó a James y a la inversa. El impacto que Freud le produjo a Dalí y la supuesta reacción del Doctor. En una especie de rueda de la fortuna de egos, subjetividades e intuiciones, cada uno mide a los demás. El ojo educado de cada uno construye la imagen del otro que no necesariamente coincide con la de los demás. Se trata de la estela de subjetividades que recubre las relaciones humanas. También descubrimos regocijados el nombre de uno de los peones de James cuyo nombre, Circuncisión de Cristo lo volvió por siempre un tal Chon.
La relación con Leonora Carrington merece capítulo aparte. Se conocieron en Acapulco en 1944 y alimentaron una amistad que produjo una densa correspondencia. México fue para los surrealistas la confirmación de sus intuiciones. Las culturas prehispánicas están presentes en innumerables ruinas pero también en el día a día, la naturaleza mexicana los extasía, lo “exótico” les hace ver lo quieren ver. Y bajo ese techo, Carrington y James construyen una amistad, teñida de admiración mutua. Son los años de la post guerra, y como afirma Herner, ambos buscan “un espacio en el planeta para existir con libertad, sin culpas, ni represión, ni imposición de convencionalismos sociales, contra los que se rebelaban”. Fue además una huída de la barbarie y la destrucción sin límites. Irene Herner incluso invita a recorrer Xilitla leyendo trozos escogidos de La Corneta acústica, “una joya de la literatura mágica surrealista”, escrito por Leonora.
Es difícil recorrer los pasillos de la vida privada de las personas. Pero quizá sin esa dimensión el conocimiento de los resortes que movían a James hubiera sido imposible. Herner, entonces, recrea sus dos matrimonios fracasados (la segunda esposa se casa con él porque piensa que lo que quiere es un camuflaje para su homosexualidad) y los pleitos que genera un divorcio por interés; las relaciones de afecto y conflicto que se tejen en su dilatada y compleja dependencia de Plutarco Gastélum; la ruda y cruel imagen de su madre, cuya obsesión anti homosexual lo acompañó a lo largo de sus años, junto con su amor e idealización del padre muerto de manera prematura. James es entonces muchos James, y como suele suceder no resulta fácil asirlo.
Y al final Xilitla encarna y proyecta una enorme paradoja. Construida fuera de la lógica del mercado, explotando el gozo por el gozo mismo, un proyecto carente de rentabilidad, incluso impermeable a los otros, con su redescubrimiento y exaltación puede acabar siendo un lugar turístico. Obra de un rebelde aristocrático, de un dandi hedonista, de un inconformista utópico, puede verse explotada como una nueva disneylandia para adultos sonámbulos. Por ello, Irene Herner se pregunta y pregunta: “¿Cómo proteger lo artístico que no es renovable como lo es la naturaleza? Ese es el gran reto que enfrentan los actuales dueños del lugar. ¿Cómo darle continuidad y rescatar la cadencia de este fluido amoroso, en labores de conservación, estudio, difusión?”.
Pues bien, el libro de Irene Herner es algo más que un primer esfuerzo por preservar esa obra única de un náufrago que llegó a una isla que lo sedujo y a la cual transformó como un Dios todopoderoso que quiere hacer su voluntad en la tierra. Un Dios frágil, ingenioso, irreverente, solitario y antojadizo, que en su momento tuvo por nombre Edward James. (Y su apóstol tierno, pragmático y enigmático, Plutarco Gastélum).

Revista de la Universidad de México Nº 101, julio 2012

 

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