CULPA
José Woldenberg
Se trataba de una fiesta de pueblo. Apacible, familiar. Con juegos mecánicos, música, comida. Una joven de 17 años servía cerveza. Estudiaba el bachillerato y deseaba convertirse en médica. Subió a darles de beber a los integrantes de la banda que, disfrazados con pelucas y barbas postizas, amenizaban el convivio. Fue violada de manera tumultuaria. “La policía llegó demasiado tarde”, a pesar de que un hombre avisó por teléfono lo que estaba sucediendo.
“En un procedimiento penal nadie tiene que demostrar su inocencia… Tan solo la acusación ha de presentar pruebas”. La policía manipulo mal la ropa de la chica e hicieron imposible recuperar los rastros de ADN. Los médicos salvaron a la joven “pero acabaron con las últimas pruebas”. Hicieron su trabajo de manera tan profesional que no quedaron huellas en su cuerpo de la agresión múltiple. Y la víctima no fue capaz de reconocer a sus agresores porque estaban disfrazados. Total: los violadores quedaron en libertad.
Se trata de la síntesis del cuento con el que abre el segundo volumen de Ferdinand Von Schirach, Culpa (Salamandra. 2012). El autor es abogado penalista y se ha convertido en un autor de éxito no solo en Alemania sino en buena parte de Europa y del mundo de habla española. Expone con claridad, contundencia y frialdad, casos en los que se ha visto envuelto (o quizá sea también un recurso literario). Lo cierto es que en la mayoría de los relatos uno queda con un gusto amargo en la boca. No solo porque los victimarios no reciban su merecido, sino por la tensión y contradicciones que implica hacer justicia con los métodos inherentes a la misma.
En el relato citado, el abogado defensor no parece tener dudas de la culpabilidad de sus defendidos. Pero sabe que él no tiene que intentar nada, que la carga de la prueba (como dicen los abogados), recae en la fiscalía. Y si ésta, como sucedió, no tiene ni evidencias materiales ni testimoniales para incriminar a los violadores, peor para la fiscalía… y para la justicia. Von Schirach aprende entonces que la noción ingenua de la justicia se ha evaporado ante sus narices. Escribe: “Ahora éramos adultos y… sabíamos que las cosas nunca volverían a ser fáciles”.
Nina tenía 17 años. Su novio Thomas 24 y vivían en las calles. Un hombre los invitó a pasar la navidad en su departamento. Instigó a Nina a darse un baño y cuando en eso estaba, apareció, se bajo los pantalones y empezó a masturbarse. Thomas entró al escuchar los gritos de Nina, lo golpeó y lo mataron. Además se llevaron varios miles de francos. Con ese dinero estabilizaron sus vidas. Les iba bien, procrearon dos niños. Nina era dependienta en un supermercado y él jefe de almacén. Diez y nueve años después, “cuando la ciencia hubo avanzado lo bastante, se llevó a cabo un análisis genético molecular de los cigarrillos hallados en el cenicero del fallecido” y los detuvieron. Lo declararon todo. Pero les otorgaron la libertad provisional porque el juez consideró que los inculpados estaban ya completamente integrados a la sociedad. Ambos, sin embargo, se suicidaron.
Von Schirach explora otra dimensión: ya no la de la justicia formal, sino la de las repercusiones de la misma y los misterios del comportamiento humano. ¿Por qué precisamente en el momento en que logran su libertad, luego de enfrentar a la justicia, la pareja decide poner fin a sus vidas? No obstante y quizá con razón, teme el embrollo de esos laberintos y entonces desata el resorte de la ironía distante. Finaliza así: “Nunca se supo de dónde salió la pistola. Él le disparó a ella en el corazón y luego se pegó un tiro en la sien… Un perro los encontró al día siguiente. Estaban a las orillas del lago Wannsee, juntos… No quisieron hacerlo en su casa. Hacía tan solo dos meses que habían pintado las paredes”.
Las historias de Von Schirach invariablemente tienen que ver con la impartición de justicia. Son breves, transparentes, aparentemente lejanas, pero al mismo tiempo develan la complejidad del comportamiento de los hombres. Sabe que los jueces no necesariamente tienen que conocer los móviles de los crímenes, pero intuye que los lectores casi siempre queremos saber “por qué la gente hace lo que hace”. Y el mundo criminal siempre es fascinante. Una especie de cofre de las sorpresas del que salen un niño apocado, “anodino”, que es literalmente torturado por sus compañeros, lo que acarreará indirectamente la muerte de su maestra; la acusación falsa de abuso sexual infantil contra un pobre hombre al que le destrozan la vida; el milagroso asesinato de un trastornado sexual; la historia de un hombre que en el último minuto parece que se arrepintió de matar al amante de su mujer que el mismo había propiciado.
Un manantial de historias perturbadoras, sin moraleja, crudas. Capaces de develar no solo la complejidad de la actuación de los hombres, sino de sus insondables motivaciones y diferentes códigos éticos (o inexistencia de los mismos). Un ramillete de cuentos para adultos: agrios, difíciles de digerir, ambiguos. Como la vida misma.

Iniciativa Nº 3, abril 2013

 

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