LA IZQUIERDA QUE VIVÍ
José Woldenberg
Adolfo Sánchez Rebolledo. La izquierda que viví. El instante y la palabra. Configuraciones. México. 2014. 612 págs.
Un testimonio, el retrato de una época, de unos afanes y proyectos, un mural inacabado de la izquierda mexicana de las últimas décadas, estampas que modelaron al país de hoy, debates que han sido sepultados por el olvido, homenajes a personajes sobresalientes de la política y la cultura progresista, eso y mucho más se encuentra en el libro de Adolfo Sánchez Rebolledo, La izquierda que viví. El instante y la palabra.
Lo primero que hay que agradecer a Sánchez Rebolledo es el afán por recuperar la memoria, una memoria singular: comprometida, reflexiva, aguda, capaz de arrojar luz sobre acontecimientos y procesos complejos y difíciles de discernir. Pero también porque una densa nube opaca y oculta la historia de la izquierda mexicana. Como si las identidades pudieran ser adánicas, como si la historia no tuviera su impacto en el presente y no modelara muchas de los resortes que construyen el futuro.
Son textos que analizan una época de la izquierda que inicia y fue marcada –nos dice Sánchez Rebolledo- por la solidaridad con Vietnam, el movimiento por los derechos civiles en los Estados Unidos, el feminismo, los ecos de la Revolución China, el 68 (casi) universal, “el canto del cisne de la revolución en Occidente”, la experiencia de la Unidad Popular en Chile y el golpe pinochetista. Pero quizá ningún acontecimiento dejó una huella más profunda que la revolución Cubana. Esos antecedentes y la impronta del movimiento y la represión de 1968 en México ayudan a explicar y enmarcar las oscilaciones y conductas de las izquierdas mexicanas: desde el izquierdismo de los setentas hasta los proyectos unitarios y el avance venturoso del reformismo, desde el sinuoso y prometedor proceso de transición democrática hasta el desdibujamiento del perfil de la izquierda o la irrupción del movimiento encabezado por López Obrador. Estamos entonces ante un libro testimonio de una época.
La izquierda que viví contiene remembranzas de personas y episodios, crónicas vivas, ensayos y un buen número de artículos de coyuntura pero que la trascienden por el vigor analítico que les inyecta el autor. Se trata de una oferta frondosa, vasta, un cofre lleno de sorpresas, y por eso mismo difícil de abarcar en un comentario. Por ello presentaré pequeñas muestras que pueden servir para abrir el apetito del eventual lector.
Julio Pliego, Raúl Álvarez Garín, Óscar González, Pablo Pascual, Carlos Fernández del Real, Rafael Galván, Rafael Cordera, Othón Salazar, Arnoldo Martínez Verdugo, Carlos Monsiváis y por supuesto Don Adolfo Sánchez Vásquez son ausencias presentes en el libro. Los cuadros que Sánchez Rebolledo pinta de ellos no solo resultan entrañables, cálidos, sino profundamente analíticos. Tratan de cada uno de ellos y su circunstancia, de tal suerte que permiten comprenderlos, valorarlos, en el contexto en el que desplegaron sus proyectos.
Así, Julio Pliego con su cámara nos acerca a “una realidad invisible para el mundo oficial”; nos enteramos que Óscar González “bebe en las fuentes de la educación socialista…el laicismo, el cardenismo, el socialismo”; Raúl Álvarez Garín “no intentó repetir el 68…se propuso descubrir en la sociedad las fuerzas motrices del cambio”; Pablo Pascual fue capaz de tejer “una red de invisible generosidad”; Fernández del Real, “tenaz, metódico en su trabajo y caluroso en las relaciones personales” se dio a la tarea de “defender la ley contra quienes se dicen sus representantes”; Rafael Galván, el maestro, “con él aprendimos a entender las razones no siempre evidentes de un sindicalismo y unos trabajadores…con él deletreamos el abecé de la democracia sindical”. Y por ahí.
Tomo los textos sobre Othón Salazar para ilustrar la fórmula Sánchez Rebolledo de acercamiento a sus compañeros y maestros. Se trata de verlos desde muy diferentes ángulos y contrastarlos contra la situación y las adversidades que tuvieron que enfrentar. Othón es por sobre todo un maestro, “entiende la misión del magisterio como una actividad liberadora de las conciencias”, reivindica los valores de la ilustración y el laicismo. Destaca por su capacidad oratoria y es ya, cuando Sánchez Rebolledo lo conoce, el líder legendario que encabezó la rebelión de la sección IX. Fue un sindicalista ejemplar, militante partidista, alcalde de Alcozauca y “demostró que la democracia no era, como se pretendía, un asunto exclusivamente urbano”, un hombre para el que no había “socialismo –ni izquierda- si la cuestión social se relegaba a segundo plano”. Se enfrentó al charrismo y al gobierno en su faceta sindical, al PRI en la Montaña de Guerrero; un hombre austero, coherente, que en la clausura del último Congreso del PSUM dijo: “tengo los ojos ciegos de mirar tanta miseria y opresión en Guerreo”. En esos retratos Sánchez Rebolledo acude a la anécdota, a recuperar trazos biográficos, planteamientos y contextos, acciones y exigencias, y arma un rompecabezas que resulta elocuente y revelador de las trayectorias que aprecia y quiere. Un método superior al del academicismo frío y sin entraña.
Una vida intensa, bien vivida, comprometida, le permite también recrear episodios significativos de la historia nacional. Cincuenta años después recuerda con emoción la manifestación en el Zócalo de la ciudad de México en defensa de la Revolución Cubana, encabezada por el ex presidente Cárdenas. Aquel 21 de abril de 1961, Sánchez Rebolledo “tenía 19 años y el mundo giraba en nuestro favor”. 25 años después recuerda las jornadas del 68 mexicano, “se vive el final de una época que clausura las terroríficas unanimidades de la Guerra Fría, los maniqueísmos heredados del estalinismo, y entra en una fase de extinción el viejo Estado paternalista…”. 30 años después rememora vívidamente la batalla de Nonoalco Tlatelolco entre los estudiantes de la Voca 7 y el ejército y de la cual fue testigo. Y reproduce, también, el testimonio de su hermano, Juan Enrique, entonces de 21 años, sobre su experiencia de terror el 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco. Son estampas personales, cargadas de emoción, pero sobre todo irradian, en la pluma de Sánchez Rebolledo, significados que suelen pasar desapercibidos, destellos de una visión sagaz y comprensiva. Con su buena pluma, los testimonios resultan emocionantes y conmovedores, lúcidos y memorables.
Hay en el libro también crónicas. Pocas por desgracia, porque son más que disfrutables. Sánchez Rebolledo viaja a Oporto, Portugal. Será testigo del Congreso del Partido Comunista de Portugal encabezado por Álvaro Cunhal. Y entonces hace una crónica doble: de los cambios que estaban en curso en la Unión Soviética y de lo que es (era) el PCP. Andrópov había muerto, lo había sustituido Chernenko y rápidamente murió. “Lo único comprobable en esa época era la eficacia aterradora de la maquinaria burocrática que resumía, multiplicándola, la doble tradición de secreto heredada tanto de la Ojrana zarista como de la primitiva Cheka bolchevique”. “El Partido aún se daba el lujo de ocultar al mundo la fecha exacta de la muerte de sus líderes; a cambio, digamos, podían elegir sin prisa, conspirativamente, al sucesor”. Había, eso sí especulaciones sobre el que sería el nuevo secretario general. El favorito: Grigori Romanov, después, un hombre desconocido para el mundo, Mijaíl Gorbachov. Pues bien, éste último es nombrado por el Politburó para encabezar la delegación soviética al Congreso del PCP. Se enfrentan el pretérito del comunismo y lo que será su futuro. “Cunhal se reconoce sin medias tintas en su pasado y acepta sin cargas críticas fidelidades e historia…es duro de maneras suaves y elegantes que no oculta su estirpe estaliniana…” y el PCP es “una roca monolítica” que genera una “fascinante unanimidad”. Lo demás, el encuentro de la delegación soviética y los delegados al Congreso, ustedes tendrán que leerlo directamente en el libro.
En 1985 Sánchez Rebolledo, entonces en el PSUM, viaja a Moscú para el aniversario de Pravda, el periódico del PCUS. Gorbachov ya está en el cuarto de máquinas del Estado y del Partido. Y nuestro autor documenta los nuevos aires que corren: hay una ruptura ideológica con el pasado, se conjugan el debate y las añejas letanías, los delegados de los partidos latinoamericanos resultan más papistas que el Papa, pero los cambios están en curso y resultan fascinantes. Se revisa la historia, la televisión divulga imágenes desconocidas y antes impensables, se desatan diversas iniciativas, “millares de víctimas del socialismo realmente existente son rehabilitadas”. Y el mausoleo de Lenin y el departamento de éste último en el Kremlin, le permiten explorar el significado del culto al líder de la revolución bolchevique. “Era una pieza del engranaje creado para mantener la cohesión monolítica de una ideología y un poder colocados por encima de la sociedad”. Se trata, otra vez, de un acercamiento analítico pero no exento de pasión, de una fórmula para comprender la complejidad de las nuevas realidades pero intelectualmente cargada de emoción. Lo que no impedía que ya en 1991, Sánchez Rebolledo alertara sobre “la falta de claridad sobre los costos sociales del cambio democrático”. Porque en la fiesta de la libertad, en efecto, se arrinconó el tema de la igualdad.
Sánchez Rebolledo escribe desde 1988 en La Jornada. Y con esos textos breves y algunos ensayos más amplios, nuestro autor desmenuza la historia reciente de la izquierda mexicana. Las elecciones de aquel año anunciaron el fin de una época, “el final de la era narcisista en la cual el mundo giraba alrededor del eje priista”. Polemiza, sin embargo, contra los que creen o quieren que la crisis política se profundice. Sabe que “la transparencia electoral ha sucumbido a la cultura del fraude”, pero subraya que “gracias a la extraordinaria movilización electoral, ahora es posible platearse una línea de avance…la reforma electoral y la desaparición del régimen de partido único…deben coronarse con una profunda reforma del Estado que permita transitar del actual presidencialismo a un régimen presidencial democrático”. Se trata de avanzar, de consolidar, no solo de denunciar. Sánchez Rebolledo sigue los pasos que desembocan en la creación del PRD, y desde los primeros pasos, alerta para que “el entusiasmo” no “anestesie las diferencias reales” que existen en el proyecto unitario. Sabe y lo dice que “construir un partido no es lo mismo que llevar a cabo una campaña electoral” y se preocupa por el lugar que el proyecto socialista debe ocupar en el PRD. A fin de cuentas, la contienda de 1988 mostró de manera crítica y contundente la necesidad y la posibilidad de una auténtica transición democrática y ella solo sería posible con el concurso de las principales fuerzas políticas del país. Por ello asume una posición crítica en relación a la línea de acción que desata el Partido que lo aísla mientras el gobierno se fortalece. “Una inexplicable vocación por la marginalidad y la estrechez cuando se tiene la fuerza real para influir y decidir más allá del debate contestatario”, hasta que llega el momento de la ruptura con el propio PRD. He sintetizado de manera brutal casi sesenta páginas del libro, pero ese rosario de artículos ayuda a esclarecer una de las etapas no solo fundamentales para la izquierda mexicana sino para el país todo. Los años en que se sentaron las bases para una izquierda fuerte no solo en el terreno social, sino en el entramado estatal, y cuando se produjo el jalón fundamental para la transición democrática. Leer un cuarto de siglo después esos textos aún vivos y cargados de angustia política, nos lleva a reflexionar sobre los momentos plásticos de la historia; esas coyunturas en las que se abren distintas posibilidades, no se puede conocer el desenlace, y la desembocadura depende de las decisiones que se tomen en el momento.
Luego Sánchez Rebolledo en sus escritos sigue la evolución de la izquierda. Analiza y polemiza, se emociona (como cuando el Ing. Cárdenas gana el gobierno de la capital el país), desespera (ante los resortes autoritarios nunca suficientemente desterrados) y enoja (por ejemplo, ante la vejación de varios profesores universitarios por parte de una pseudo izquierda cavernaria). Son textos razonados por supuesto, pero están cruzados por una pulsión ética que les inyecta una pertinencia más allá de la coyuntura. Es el universo del “deber ser” el punto de partida primigenio de Sánchez Rebolledo, de ahí su fuerza y elocuencia. Sobre todo en un mundo marcado por el cinismo y el pragmatismo. No obstante, no es un redentor o un anunciador que pontifica a distancia, conoce y reconoce las potencialidades y límites de la política, y ello le imprime a su prosa la tensión del viejo dilema entre lo que se debe y se puede hacer.
Sánchez Rebolledo además escribió sobre los indios y su condición y sobre asesinatos de líderes campesinos-indígenas en Chiapas mucho antes del levantamiento zapatista; por supuesto siguió con angustia la insurrección y el desarrollo del EZLN y pintó un retrato del sub comandante Marcos comprensivo y multifacético. Fue un duro crítico de la gestión foxista; escribió de manera sistemática sobre el conflicto post electoral de 2006 y también sobre los temas que aparecen como grandes retos para la izquierda de hoy: laicismo, alianzas, sus puentes con el mundo intelectual, las relaciones entre movimiento social y partido, democracia y reforma social. Y si no me equivoco éstas últimas son las coordenadas mayores que ordenan los afanes de Sánchez Rebolledo: democracia, para que la diversidad política pueda expresarse y se expandan las libertades, y reforma social, para que el nuestro sea un país donde la igualdad no sea un sueño sino una realidad.
Como decía al inicio, La izquierda que viví es una oferta colosal, variada, intensa. Un gran libro. Y no lo digo por el número de páginas.

Nexos Nº 442, octubre de 2014

 

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