No se ha inventado un método superior para la designación de gobernantes y legisladores que el electoral. La fórmula supone varias cosas: a) que las sociedades modernas son plurales, es decir, que sus integrantes tienen visiones, intereses, sensibilidades, idearios, distintos e incluso enfrentados; b) que esa diversidad es un capital social que debe ser preservado y que merece un cauce para su expresión; c) que gobernantes y legisladores para serlo requieren, en principio, del aval de sus conciudadanos; d) que como la sociedad no es un monolito, es necesario consultar a los ciudadanos, marcados por la pluralidad, para conocer su voluntad; e) que esa “voluntad popular” invariablemente genera mayoría y minorías; f) que la mayoría puede convertirse en minoría y viceversa; g) y que por todo lo anterior se requiere de elecciones.

Las elecciones son así la cúspide de un iceberg civilizatorio, pues permiten a los ciudadanos no sólo optar entre diversas ofertas, sino a una sociedad compleja y contradictoria, dotarse de una fórmula pacífica, participativa y ordenada para elegir a sus representantes y remplazarlos sin el recurso de la violencia.

En México, por fortuna, no existen corrientes intelectuales, políticas o mediáticas significativas que no sostengan que la única vía legítima para arribar a los cargos de gobierno y legislativos es la electoral. Ese basamento permite la coexistencia y la competencia de nuestra diversidad política. Y elecciones auténticas, es decir, competidas y equitativas, son recientes entre nosotros. De tal suerte que fortalecer la fórmula electoral parece ser una tarea de todos.

Pero como toda actividad humana, las elecciones pueden filtrarse a través del lente del humor, observarlas como lo que también son, fuente inagotable de dimes y diretes rutinarios, proclamas incendiarias en medio del ártico, dichos maldichos, tonterías sin límite, gracejadas sin gracia.

Porque los sucesos pueden ser atroces y al mismo tiempo grotescos. Esa es quizá una de las paradojas mayores de la vida y eso lo sabe bien Daniel Camacho. Sonreír frente a la adversidad, es un acto de defensa que porta buenas dosis de sabiduría. La misma situación, la misma arenga, el mismo conflicto, pueden aparecer como drama o como comedia. Todo es “según el cristal con que se mira…”.

Camacho es caricaturista. Y sabe que la caricatura es un adelgazamiento de la realidad, un filtro para que aparezcan los altos contrastes, una fórmula para subrayar rasgos físicos y de carácter, para llevar al absurdo dichos y hechos cotidianos. No es una fotografía, no pretende recrear la realidad, se encuentra a años luz del análisis especializado; en su código genético se encuentra el afán por distorsionar, subrayar, engrandecer, maquillar (y agréguele usted), eso a lo que de manera inconsciente llamamos realidad.

Y en su núcleo central se encuentra la ambición de arrancar una sonrisa al lector. Sin ese elemento la caricatura se convierte en proclama, ofensa, manifiesto, berrinche, o lo que se quiera, pero pierde aquello que la hace una manifestación singular y agradecible: el humor.

Camacho además tiene y mantiene un atributo que vale la pena subrayar: no es un cruzado obsesivo a favor de alguien o en contra de uno. No es un seguidor acrítico mucho menos un fanático. Sabe que todos los actores que cruzan por el escenario político son dignos de ser caricaturizados. No hay ídolos intocables, autoridades infalibles, candidatos impolutos. Todos, al fin humanos (¡vaya descubrimiento!) “cojean de alguna pata”. Y esa es la materia de trabajo de un auténtico caricaturista.

Lo anterior no implica que Camacho carezca de un marco valorativo. Por el contrario, a través de sus trazos uno descubre su compromiso con los valores y principios de la democracia, la coexistencia pacífica de la diversidad política, la necesaria transparencia en la gestión pública, la defensa irrestricta de los derechos humanos, la imprescindible congruencia entre lo que se dice y se hace.  Y sígale usted.

Magnífico retratista -sus monos no requieren cartel alguno para identificar al personaje-, es un dibujante de la escuela clásica. Un trazo escrupuloso y un lente bien calibrado capaz de develar la cara ridícula de aquello que en ocasiones nos angustia.

Cliente mayor de Camacho, Enrique Peña Nieto fue una constante en sus “retratos”. No podía ser de otra manera. Puntero en las encuestas, Camacho lo pintó soñando un final feliz para su telenovela, escoltado por malas compañías (el Niño Verde y La Maestra), formando equipo de futbol con unos remedos de los Picapiedra, tratando de domar al dinosaurio, abrazando al Gober Precioso, nadando de muertito mientras observa cómo está a punto de caerle una bomba, comiéndose un taco de su propia lengua, hipnotizando al pueblo a través de la televisión, defendiéndose de los universitarios, los debates y las entrevistas en una caja de cristal; aguijoneado por el PANAL, dando la cara por el dinosaurio de 83 años, y tantas más. Camacho exageró el copete, invariablemente lo vistió de traje y corbata (salvo excepciones contadas), y subrayó sus puntos flacos.

No dejó de retratar a Josefina Vázquez Mota. Sacando agua de un pequeño bote perdido en la inmensidad del océano; observando cómo saltaban de su embarcación tepocatas, ratas, víboras, alimañas, acompañadas del ex presidente Fox; esperanzada en que su pequeño automóvil averiado, sin llantas, presumiblemente desvielado, pudiera ser reparado con un simple cambio de aceite.

Andrés Manuel López Obrador también mereció la atención de Camacho. Lanzándole flechas de Cupido a Cuauhtémoc Cárdenas; acicateando con fuerza a un caballo famélico llamado República Amorosa; encuestándose a sí mismo para definir al candidato de la izquierda; abrazado por una mujer voluptuosa, mejor conocida como Morena;  ganándole la carrera por la candidatura a Marcelo Ebrard (uno en coche, el otro en bicicleta); instalando un taller de caritas sonrientes; corrigiéndole la plana a Alejandro Encinas (“Yo no soy un Juanito de AMLO”/ “Bueno, Juanito ganó”), y serruchando él mismo, al hablar de fraude, el piso en el que estaba parado.

Los tres candidatos juntos además forjan un gran consenso, se arrodillan ante el Papa, se convierten en sus monaguillos y juegan a no moverse en el período de intercampañas que fija el COFIPE.

Gabriel Quadri, a su vez, es el títere de la maestra y el sapo convertido en príncipe por el beso cálido y certero de Elba Esther Gordillo.

El Presidente Calderón se convirtió, en los trazos de Camacho, en  monaguillo pidiendo una limosna para la urna, sirviendo de chofer en el papamóvil, arremetiendo como un cruzado montado en un pequeño borrego, y recibiendo el parte de guerra del presidente del PAN: “Con la novedad que casi todo está bajo control… del PRI”.

Los indecisos aparecen como un inmenso pez al que le tiran anzuelos de todos los colores; la decisión de votar o no, la encarna Shakespeare ante la urna y el basurero; los dinosaurios son los únicos interesados en hacer papilla al IFE; y detecta que por lo menos hay cuatro tipos de votantes, el que va por el menos peor, tapándose la nariz; el que con enojo practica el voto de castigo; el que acompañado de matracas emite un voto duro y quién vota en blanco depositando la papeleta en el escusado.

Total: para todos tiene. Porque al final no hay peor –o mejor-  drama que la comedia… humana.

Del libro de Camacho. Haiga sido como haiga sido. Cal y Arena. 2012.

 

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