1. El Estado laico y la libertad religiosa. Se trata, sin duda, de una de las construcciones civilizatorias más importantes. Es decir, la noción de que el Estado se encuentra separado radicalmente de las diferentes religiones, es lo que permite que ellas se desarrollen y convivan sin conflictos y lo que hace que la política (secularizada) no se encuentre sobre cargada con las pulsiones que emergen de los diferentes credos religiosos.

Por el contrario, donde esa escisión entre la política y la fe no se ha consumado, en donde el Estado adquiere un carácter teocrático, en donde las autoridades espirituales y las políticas se confunden, las minorías religiosas suelen vivir en el mejor de los casos marginadas y en el peor perseguidas.

Es precisamente el Estado laico el que permite el ejercicio de la mayor y más completa libertad religiosa, pues al no existir religión oficial, cada ciudadano es libre de practicar la fe que desee o no practicar ninguna.

Y es a partir de la valoración positiva del Estado laico que se establece en nuestra Constitución, por ejemplo, que la educación pública es igualmente laica. Porque se asume como una virtud la separación entre los asuntos de la fe y los de la enseñanza, y porque si fuera de otra manera, uno de los pilares de la coexistencia entre religiones diversas se estaría erosionando.

El Estado laico sostiene la autonomía de todas las instituciones públicas respecto del magisterio eclesiástico. Y esa autonomía –mutua- acaba siendo funcional para ambos. Ni la religión se politiza, ni la política se ve impactada por los ordenamientos eclesiásticos.

Hay que subrayarlo cuantas veces sea necesario: el Estado laico no es contrario a la expresión y recreación de las religiones. Pero su autonomía debe ser refrendada una y otra vez, porque si el Estado confunde ambos campos, acaba por no poder ofrecer garantías a la diversidad de credos que coexisten en una sociedad. John Locke sigue siendo indispensable para subrayar la relación entre el laicismo del Estado, la tolerancia y la coexistencia pacífica: “toda iglesia es ortodoxa para sí misma y errónea o herética para las demás”, y si eso es así ni el poder político debe expresar juicios sobre las religiones ni éstas deben pretender guiar los “asuntos terrenales”. Ese dictado resulta pertinente incluso en el caso de que en una comunidad existiera una sola religión.

Lo anterior adquiere cabal sentido si lo observamos en algunos campos donde el laicismo adquiere toda su pertinencia.

2. Laicismo y educación. De manera cíclica e intermitente se escuchan voces desde la iglesia para reclamar educación religiosa en la escuela pública. Se trata de una reivindicación añeja. Normalmente se pone el acento en el derecho de los padres a educar a sus hijos y se argumenta que si estos lo desean el Estado debería estar obligado a impartir religión en las escuelas.

El problema es que un enunciado tan aparentemente sencillo no se hace cargo de dos dimensiones del asunto. A) Los padres por supuesto tienen el derecho de inculcar en sus hijos su religión, pero no se le puede demandar al Estado laico que coadyuve con ellos en esa tarea, porque el Estado adquiriría compromisos “confesionales” y acabaría fomentando una religión y desnaturalizando su vocación (la de facilitar la coexistencia de todas las religiones, sin estar comprometido con ninguna de ellas). En el marco de un Estado laico, sería discriminatorio impartir una sola religión en las escuelas públicas, y lo inconsecuente e insensato sería responsabilizar a una entidad laica para que fomentara todas las religiones.

B) Pero además esa “reivindicación” está montada en una falacia: la escuela pública no es la extensión de la familia y menos de la Iglesia. Dadas las premisas sobre las que despliega su labor, la escuela se encuentra en tensión e incluso en contradicción con las pulsiones que emergen del campo de la fe. Así, mientras en la escuela se trabajan y recrean verdades relativas, fruto de la investigación científica; en las iglesias se parte de verdades absolutas, reveladas, incontrovertibles. Esa diferencia sustantiva obliga a que las escuelas se mantengan a distancia de los dogmas que emanan de los diferentes credos. De no ser así el día de mañana en lugar de evolución los niños estudiarán “creacionismo”; y en vez de matemáticas, historia o literatura serán adiestrados en cienciología, dianética, horóscopos.

La escuela es una institución singular. Tiene como misión educar en base a los avances de la ciencia, conforme al razonamiento científico y a una ética laica. La religión, por su parte, tiene otra matriz, que no siempre es compatible con la misión de los centros de enseñanza. La escuela, en el despliegue de su misión, no es una continuación inercial de lo que acontece en los hogares, los barrios, las iglesias, sino en muchos casos su negación. Por ello el artículo tercero dice con toda claridad y precisión que: “Garantizada por el artículo 24 la libertad de creencias, dicha educación (la que imparta el Estado) se mantendrá por completo ajena a cualquier doctrina religiosa. El criterio que orientará a esa educación se basará en los resultados del progreso científico, luchará contra la ignorancia y sus efectos, las servidumbres, los fanatismos y los prejuicios”. Es decir, la escuela se concibe y con razón como un instrumento para difundir el conocimiento y combatir las supercherías, para ilustrar y combatir la ignorancia.

En la escuela cristaliza el pensamiento emancipado de la religión, la corriente de la ilustración contraria a la revelación. Dice Valerio Zenone “La cultura del Renacimiento, al revaluar las ciencias naturales y las actividades terrenales en lugar de la especulación teológica, dio lugar, a partir del siglo XVII, a un gradual distanciamiento entre el pensamiento político y los problemas religiosos y a la difusión de una mentalidad laica que se consolidó en el siglo XVIII reivindicando el primado de la razón sobre el misterio. Por lo tanto el laicismo echa sus propias raíces en el proceso de secularización cultural…”[1]. Es decir, la cultura laica que se recrea en la escuela va a contracorriente de las verdades reveladas y busca  las verdades relativas, no busca su legitimación en los textos sagrados sino en los avances parciales de la ciencia.

Hay necesidad de repetirlo: el Estado laico no es antirreligioso, pero las instituciones del Estado deben mantenerse secularizadas, autónomas. En especial la escuela, porque su lógica, su materia de trabajo y su vocación son distintas a las de las iglesias. Nunca sobra repetir la vieja conseja: Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

3. Laicismo y conocimiento científico. La sociedad y la sociedad política mexicanas están hoy –y desde hace un buen rato- profundamente secularizadas. La mano invisible del tiempo (y quizá también la del mercado), la construcción de un Estado laico, la emergencia y robustecimientos de muy diversas sensibilidades sociales, parecen estar colocando a la Iglesia y a los circuitos de representación política en sus respectivos lugares: tal y como lo pensaron aquellos liberales del XIX que soñaban con un Estado capaz de dar cobijo a las diferentes religiones, pero a no depender de ninguna para su reproducción en términos modernos.

La secularización es el proceso a través del cual los criterios que guían y modelan la vida en sociedad se desprenden de su ropaje religioso y asumen marcos valorativos construidos desde otros espacios. La escisión entre política y fe, entre Estado e Iglesia, presupuestos de la vida democrática, de la convivencia entre diferentes credos, de tolerancia y convivencia de la diversidad, están bien asentados. No se trata de negar de manera necia el enorme peso que aún tiene la Iglesia, la centralidad que en muchas vidas mantiene, y mucho menos la adscripción que a la fe católica de manera “natural” millones y millones de personas asumen con convicción e incluso gusto y pasión.

Se trata de subrayar que en no pocas esferas de la vida la secularización obliga a trascender dogmas de carácter religioso.

Enuncio algunos temas que se han discutido en los últimos años  entre nosotros: aborto inducido, diagnóstico prenatal, clonación, trasplantes de órganos, investigación en seres humanos, eutanasia y suicidio asistido, son temas que han rebasado los estrechos marcos de los especialistas y que cada vez más se discuten en todo el mundo y a la luz del día. Y no podía ser de otra manera. Los avances científicos están demandando nuevas y más sofisticadas elaboraciones en relación a esa agenda que exige la concurrencia de la ética y el derecho desde una dimensión laica.

Es una agenda que en muchos casos reclama una desembocadura en la política, porque demanda nuevos tratamientos normativos, como lo hemos observado en los casos de la despenalización del aborto, la eutanasia o el trasplante de órganos.

Lo cierto es que los avances en el conocimiento científico van modificando nuestras percepciones sobre lo que se puede y no se puede realizar y abren el campo para la discusión de lo que se debe y no se debe hacer. Como escriben Ricardo Tapia, Rubén Lisker y Ruy Pérez Tamayo: “Las prácticas higiénicas, la vacunación, los procedimientos quirúrgicos, los trasplantes de órganos, la inseminación artificial, la fecundación in vitro, el almacenamiento de embriones humanos congelados durante años, el uso de antibióticos, y una larga lista de aplicaciones de uso tan familiar que ahora nos parecen naturales, están aceptadas de manera casi universal en todas las sociedades modernas, sin embargo, son tan “antinaturales” como ahora se considera la clonación de seres humanos” [2], y en su momento muchas de ellas fueron combatidas con argumentos religiosos.

Esas posibilidades que abre la ciencia, por supuesto que deben ser evaluadas, es decir, explorar si son deseables. Pero ello desde una ética laica, independiente de los dogmas religiosos.

Es necesario repetir que lo que más conviene a las iglesias y al Estado, a los ciudadanos (creyentes y no creyentes), es el fortalecimiento del Estado, la educación y el espacio público laicos.

 

 

 

[1]Norberto Bobbio, Nicola Matteucci. Diccionario de política. Siglo XXI. 1982. Tomo 2. p. 885.

[2]Ruy Pérez Tamayo, Rubén Lisker y Ricardo Tapia (coordinadores), La construcción de la bioética. Volumen 1. F.C.E. México. 2007. 223 págs. P. 75

 

  • “Laicismo”, en Lorenzo Córdova, Ciro Murayama y Pedro Salazar (Coordinadores). México 2012. Desafíos de la consolidación democrática. Tirant lo Blanch. México. 2012. 312 págs.

 

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