Las relaciones entre los intelectuales y el poder político dependen del contexto en el que se desarrollen. No son ahistóricas. Por ello las siguientes notas hacen referencia a dos momentos distintos en la historia de México: bajo un régimen autoritario y en una germinal democracia.

Quiero iniciar con algunos datos sobre el mundo de la representación política en nuestro país que me ayudarán a desarrollar mis ideas. En 1985 el presidente de la República, los 31 gobernadores, los 64 Senadores, el 73% de los diputados federales, eran del mismo partido, el PRI. De más de dos mil 400 municipios sólo 10 eran gobernados por otros partidos.

Hoy el presidente es del PRI, pero ese partido no tiene mayoría absoluta (más del 50% de los escaños) ni en la Cámara de Diputados ni en la de Senadores. Tenemos gobernadores del PRI, el PAN y el PRD, y otros propuestos por coaliciones. Y en los municipios se multiplican gobiernos de siete partidos distintos.

En una palabra: el mundo de la representación política pasó de ser monocolor (o casi) a abigarradamente pluralista, de tal suerte que en el Congreso federal desde 1997 ninguna fuerza política tiene los votos suficientes como para hacer su simple voluntad. Todos y cada uno de los partidos y sus grupos parlamentarios, si quieren hacer avanzar alguna de sus iniciativas, tienen que negociar y acordar con algún otro. Hemos pasado de un régimen de partido hegemónico a otro que expresa un pluralismo equilibrado.

Fueron necesarias amplias movilizaciones, denuncias, propuestas y también operaciones reformadoras de normas e instituciones para que el tránsito democratizador fuera posible.

Ese mundo de la representación política presentado de manera esquemática, me permitirá decir algunas palabras sobre la relación de esa constelación diversa y compleja a la que llamamos intelectuales con el poder público en por lo menos dos momentos, claramente diferenciados: a) los intelectuales bajo un régimen autoritario y b) los intelectuales en una germinal democracia.

Ya en El laberinto de la soledad (1950), Octavio Paz apuntaba que luego del período armado, “muchos jóvenes intelectuales… empezaron a colaborar con los gobiernos revolucionarios. El intelectual se convirtió en el consejero, secreto o público, del general analfabeto, del líder campesino o sindical, del caudillo en el poder. La tarea era inmensa y había que improvisarlo todo… la intelligentsia fue utilizada para fines concretos e inmediatos; proyectos de leyes, planes de gobierno, misiones confidenciales, tareas educativas, fundación de escuelas y bancos de refacción agraria, etcétera. La diplomacia, el comercio exterior, la administración pública abrieron sus puertas a una intelligentsia que venía de la clase media”.

Luego de una cruenta guerra civil que logró liquidar un Estado, era necesario construir un nuevo aparato estatal. Y para ello el auxilio de los intelectuales fue necesario, imprescindible. En buena hora.

No obstante, y después de una primera ola centrífuga que emergió de la Revolución y que generó rebeliones armadas sucesivas para definir quién ocuparía la presidencia de la República, se inaugura en 1929 con la fundación del Partido Nacional Revolucionario, una contra ola centralista que acabaría por edificar un sistema de partido hegemónico pragmático (como lo definió Sartori) y una presidencia sexenal casi omnipotente. Y es entonces cuando Paz observa que el papel creativo, constructivo, del intelectual, empieza a mutar. Pierde independencia, capacidad crítica, aparece un “espíritu cortesano”, y al final, “el culto mágico al secreto de Estado. No se discuten los asuntos públicos: se cuchichean”.

En aquel escrito Paz reconocía que esa intelligentsia había servido al país, en muchos casos de manera “honrada y eficaz”, pero que la pérdida de independencia había impedido que se convirtiera en “una conciencia crítica” del poder.

Unos años después, en un artículo —“La letra y el cetro” (Plural no 13, octubre de 1972)—, subraya esa capacidad que el escritor moderno ejerce: la crítica a la sociedad. Paz sabe que la política tiene múltiples rostros, pero que hay que aprender a vivir con ella, y el intelectual no puede ni debe darle la espalda. “En la política —escribe— se alían el amor por el poder y la fascinación por la teoría, la aspiración hacia la justicia y la envidia, la nostalgia por la comunión fraternal y el furor del inquisidor, el apetito por la dominación y el gusto (muy de escritor) por la autoacusación y el desgarrarse las vestiduras en la plaza”. A no pocos intelectuales, dice, los ha destrozado, “llenándoles de humo el cerebro”, no obstante, concluye, “no podemos renegar de la política; sería peor que escupir contra el cielo: escupir contra nosotros mismos”.

Vuelvo al inicio. Digamos que de 1968 a 1996-97 el eje que ordenó la política fue democracia contra autoritarismo. La paranoica represión al movimiento estudiantil, pacífico y cuyas demandas eran públicas, puso en evidencia que los resortes autoritarios no sólo del gobierno sino del Estado se habían fortalecido y que era incapaz de reconocer como legítimos los reclamos y anhelos de los hijos de la modernización que se había prohijado desde el poder.

A partir de ahí los reclamos no hicieron sino crecer. Conflictos universitarios, invasiones de tierras, movilizaciones sindicales por la democracia en sus organizaciones, movimientos populares, publicaciones y nuevas agrupaciones políticas, e incluso un archipiélago de grupos armados, hicieron patente que una sociedad masiva, modernizada, desigual, no cabía ni quería hacerlo bajo el manto de un Estado monopartidista y vertical.

Son años tensos, sordos, cargados de incertidumbre y malestar, que genera un desigual pero extenso movimiento pro democratizador. Izquierdas y derechas, agrupamientos laborales y empresariales, estudiantes y campesinos, cada uno a su manera y por sus propios conductos reclama ser reconocido como sujeto de la política, con sus reivindicaciones y propuestas propias, y ya no se identifican en los rituales, el discurso y las estructuras forjadas por una revolución que está en el pasado, muy en el pasado.

Y el mundo intelectual acompaña esos esfuerzos. Paz escribió en 1972 que “la crisis del sistema y la crítica de los escritores se iniciaron casi al mismo tiempo” (“El escritor y el poder”, Plural núm. 13, octubre de 1972). De 1977 a 1996 el país vive una auténtica transición democrática. Seis grandes operaciones reformadoras sucesivas construyen nuevas normas e instituciones que permiten primero la incorporación al mundo institucional electoral de corrientes políticas hasta entonces marginadas, luego la edificación de órganos imparciales para la gestión de las elecciones y al final condiciones equitativas para la competencia. Una vez que esa ruta se cursa, la germinal democracia mexicana empieza a dar sus frutos: fenómenos de alternancia en los diferentes niveles de gobiernos, equilibrio de poderes, ejercicio expansivo de las libertades, Congresos auténticos portadores de una pluralidad inédita, resurgimiento —en el terreno de la política— de la centralidad de la Suprema Corte, etcétera.

Desde las revistas especializadas y culturales, desde la academia y la literatura, desde las artes y las organizaciones civiles, se acompañó ese movimiento. Se dispara y expande una ola intelectual que reclama libertades, pluralismo, división de poderes, rendición de cuentas, en una palabra, democracia.

Hoy vivimos en democracia. Una democracia, germinal, contrahecha, acechada por las profundas desigualdades que cruzan al país y los déficits en el Estado de derecho y en el ejercicio de derechos. Esos déficits nos modelan y modelan a nuestra democracia.

Y las coordenadas ya no son tan claras ni rotundas. En buena hora. Ya no hay un eje ordenador tan nítido e incontrovertible como el de autoritarismo o democracia. Porque en esta última lo que emergen son agendas no sólo distintas sino enfrentadas, diagnósticos y propuestas de diferente signo, e identidades e intereses duros como el mármol que tienen que convivir con sus similares y conexos. No hay una brújula sino brújulas en plural, no existe un solo mapa sino mapas diversos.

Y por ello el trabajo intelectual es hoy más relevante —creo—, más necesario, incluso imprescindible. Se terminó, para bien, la voz que mandaba y ordenaba; se acabó la pirámide del poder en cuya cúspide disponía el presidente y se acabó también el verticalismo irradiador de disciplina y contrario al ejercicio de las libertades.

Hoy existen constelaciones de poderes, fuerzas, movimientos, corporaciones, además de partidos políticos con agendas, intereses y horizontes diversos. Los poderes constitucionales son realmente independientes unos de otros, lo que sucede en el Congreso sólo puede explicarse si se toma en serio que es habitando por una pluralidad de partidos, los medios ejercen la libertad y reproducen diagnósticos y propuestas de diverso signo, eso que llamamos sociedad civil es un coro potente, todavía epidérmico, desigual, pero desafinado que procura causas distintas en ocasiones enfrentadas, las grandes corporaciones y los poderes fácticos hacen sentir su presencia y juegan y retan a los poderes constitucionales. En una palabra, México puso fin al autoritarismo y vive en los marcos de una germinal democracia.

Es en ese marco —creo— donde la actividad intelectual se vuelve necesaria para hacer inteligible lo que sucede, dejando atrás los viejos lentes que filtraban todo en términos de autoritarismo vs. democracia; para describir y desentrañar el sentido de las cosas, porque no son evidentes, y por supuesto para intentar ofrecer un horizonte que garantice nuestra convivencia dentro de la diversidad construyendo lo que la CEPAL llama cohesión social: una sociedad menos desigual y polarizada, capaz de generar un nosotros inclusivo.

En la actualidad, la actividad intelectual requiere (no quiero parecer pontífice) por lo menos tres condiciones: a) trascender los alineamientos acríticos, b) oponer a la verdad del poder el poder de la verdad, como quería José Revueltas y c) hacerse cargo de la complejidad de las sociedades que viven en democracia.

A) Subsiste y mucho en el mundo intelectual una especie de alineamiento en torno al gobierno y las oposiciones. Es natural: se trata de las grandes coordenadas que ordenan la vida política. Con o contra el gobierno o con o contra las oposiciones. Es quizá la brújula más común y sencilla en el espacio de la política. La más tradicional y la que heredamos de nuestras largas décadas de régimen autoritario.

Pero bien vistas las cosas, hoy el gobierno y las oposiciones coexisten en el mundo de la representación y ninguna tiene mayoría absoluta de votos en el Congreso federal, incluso son intercambiables gracias a los fenómenos de alternancia, y sólo desde un maniqueísmo extremo se puede avalar o condenar todo lo que emerge del gobierno o repudiar o apoyar lo que surge de las oposiciones. Por ello, es necesario que desde el espacio intelectual se genere un auténtico contexto de exigencia hacia la actividad política, lo cual supone la inexistencia de cheques en blanco para alguna de las constelaciones políticas que habitan en el espacio de la representación. La palabra clave es independencia, como lo quería Paz.

Pero lo más importante quizá: a diferencia de los códigos autoritarios en los cuales una clase, un grupo, un partido, un gobierno, son portadores de todos los valores y sus opositores no resultan más que las encarnaciones del mal, en democracia hemos aprendido que la diversidad de opciones son parte de nuestra riqueza, y que preservarla, ofrecerle conductos para su expresión y recreación resulta pertinente, porque no existe un sujeto social que en sí mismo exprese “la verdad”, la justicia, la democracia. Es quizá su coexistencia/competencia la que debemos saber apreciar.

B) Hace unos días terminé una relectura de Los errores de José Revueltas (1964). Él vio con absoluta claridad el drama de los comunistas de la década de los treinta del siglo pasado. Fueron incapaces de hacer frente a la verdad del poder con el poder de la verdad. Y en esa confrontación, Revueltas encuentra el germen de la catástrofe de aquel proyecto de transformación. Hay mucho más que decir al respecto, pero me auxilio de esa formulación para avanzar una idea sobre las relaciones deseables entre intelectuales y poder político en democracia.

Los gobiernos, los partidos y también las grandes corporaciones privadas tienen sus propias narrativas sobre las cosas. Es natural. Los gobiernos tienen que preservar y expandir su legitimidad. Los partidos deben presentarse a los ojos de los ciudadanos como portadores de proyectos deseables. Y las grandes corporaciones hacen intentos recurrentes por presentar a sus intereses como si fueran los del conjunto de la sociedad. Es parte de la labor intelectual, entonces, intentar que el poder de la verdad se abra paso entre esa maraña de intereses, proyectos, apuestas, chantajes, y por qué no decirlo, legítimas aspiraciones e intenciones.

Asumo incluso que es posible que no exista algo así como “la verdad”, pero su búsqueda es y sigue siendo la gran brújula del trabajo intelectual en contraposición con el poder y los intereses de las instituciones estatales y privadas. Es en esa constelación de fuerzas cruzadas donde se requiere hacer inteligible lo que sucede. Y me gustaría pensar con Paz que “la palabra del escritor tiene fuerza porque brota (precisamente) de una situación de no fuerza”.

C) En buena hora el pluralismo se abrió paso entre nosotros. Se acabó el mundo en blanco y negro y hoy habitamos un espacio de grises. La complejidad de la vida social, política y cultural es incremental. Y otra vez, desde los poderes públicos y privados aparecen discursos reduccionistas, simplificadores, tendientes a construir una dicotomía sencilla: con nosotros o contra nosotros.

El trabajo intelectual entonces debe intentar rescatar la complejidad de la vida en sociedad, sus tensiones, sus dilemas, sus valores encontrados. No aparecer como exorcistas que quisieran o tuvieran la posibilidad de ordenar el mundo a su imagen y semejanza. No. Hacer discernible que la complejidad llegó para quedarse y que se requieren brújulas y mapas mentales igualmente complejos para poder orientarse ante una convivencia que aparece como caótica, tensa, inentendible. Esas construcciones por supuesto deben tener un marco valorativo que las sustente, que las vuelva apreciables y que a fin de cuentas intente otorgar un sentido a eso que llamamos vida en común.

Texto leído el 28 de marzo en el homenaje a Octavio Paz, en la mesa “La letra y el cetro”.

 

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