Tony Judt. El refugio de la memoria. Taurus. España. 2011. 240 págs.

“En 2008 me diagnosticaron una esclerosis lateral amiotrófica (ELA)… (un) trastorno neurodegenerativo… Primero dejas de poder escribir de una manera independiente, al requerir o bien de un ayudante o bien una máquina para poder grabar tus pensamientos. Luego tus piernas fallan… Luego empiezas a perder la voz… ya que los músculos del diafragma no pueden seguir bombeando suficiente aire a través de tus cuerdas vocales… Para entonces ya es casi seguro que eres tetrapléjico y que estás condenado a largas horas de silenciosa inmovilidad…”. Así describe Tony Judt la enfermedad que acabaría conduciéndolo a la muerte.

Pero dicha enfermedad tiene una cualidad especial, a decir del propio Judt: “te deja la mente despejada para reflexionar sobre el pasado, el presente y el futuro”. “Me di cuenta, cuando ya llevaba varios meses con la enfermedad, de que durante la noche estaba escribiendo relatos completos en mi cabeza… Estaba reconstruyendo… segmentos entretejidos de mi propio pasado que antes nunca había relacionado…”. Esos ejercicios dieron pié a su último libro y se convirtieron en su refugio: el refugio de la memoria. Un abrigo cálido, envolvente, reconfortante, como el chalet situado en la Suiza francófona donde él –niño- y su familia pasaron unas vacaciones (El libro en su versión original en inglés se llama The Memory Chalet).

Tony Judt fue un historiador deslumbrante (Posguerra), un reconstructor y crítico de las principales corrientes del pensamiento occidental (Sobre el olvidado siglo XX, Pasado imperfecto), un sagaz polemista político (Algo va mal), pero en su última entrega hace una recuperación melancólica y personalísima de un mundo –su mundo- ido. Hizo, como suele decirse, de la necesidad, virtud.

Judt se crió en la austeridad de la posguerra. Nacido en Londres en 1948, la escasez era el signo de la época. Y por ello, el racionamiento de los productos de primera necesidad y los subsidios estatales a las necesidades básicas fueron parte del escenario en que vivió sus primeros años. Recuerda que los niños, tratados de manera especial, tuvieron derecho “a una gama de productos saludables: leche gratis, pero también zumo de naranja concentrado y aceite de hígado de bacalao”. Son los años en que los diferentes gobiernos emprenden “amplios planes de vivienda pública” y puede respirarse la construcción de un “nosotros” que “hizo tolerable las características escaseces y grisuras de la posguerra británica”. “Los ricos mantenían un prudente perfil bajo… había pocas manifestaciones de consumo llamativo. Todo el mundo tenía el mismo aspecto… Los escolares aceptábamos los uniformes mucho más fácilmente”.

Se trata de una austeridad impuesta por las circunstancias. De tal suerte que el despegué de la economía inglesa, pudo dejarla atrás. “Nadie celebraría” volver a esos tiempos. “Pero –dice Judt- la austeridad no era solo una circunstancia económica: aspiraba a fomentar una ética pública”. Clement Attlee, primer ministro laborista de 1945 a 1951, dice, encarna a una generación de políticos “moralmente serios y ligeramente austeros”.

Esta última no es solo una frase afortunada. Judt cree en esas virtudes públicas y las explica. “La seriedad moral en la vida pública es como la pornografía: aunque difícil de definir, sabes que lo es cuando la ves. Describe una coherencia entre intención y acción, una ética de responsabilidad política…”, y “lo contrario de austeridad no es prosperidad, sino luxe et volupté. Hemos substituido utilidad pública por comercio sin límites… una visión empobrecida de la comunidad”. Y creo que su libro de batalla Algo va mal, que es un llamado a recuperar el espíritu de la socialdemocracia que privó luego de la Segunda Guerra Mundial, en buena medida se apoya en la melancolía por aquella época ida.

Judt, en el aparentemente menos político de sus libros, recuerda lo mismo las cenas del Sabbat en casa de sus abuelos, judíos de la Europa oriental; que sus relaciones con los automóviles; su infancia en el distrito de Putney, o sus largos viajes en los autobuses de la Línea Verde. Son estampas que tienen un hilo que las emparenta: el rescate de una experiencia personal –y en ese sentido única- en el marco de una experiencia común.

Así la cena que precede al sábado se convierte en el único puente con la tradición judía; su reflexión sobre el boom de los automóviles le permite ver dos caras de una misma realidad: por un lado, una mayor prosperidad y libertad, por el otro, individualismo, egoísmo, competencia. Su barrio de niño, el prototipo del espacio de la clase media, “sus tiendas, sus olores, sus evocaciones”, es sinónimo de convivencia y progreso. Y los autobuses que frecuentaba, un servicio público, lo remiten a una “sensación acogedora, tranquilizadora y cálida”. Se trataba de un transporte seguro, bueno para la lectura, el paseo, la conversación, o por lo menos, la memoria eso le dice.

Judt se encuentra en sus últimos días solo con su memoria. Es un bálsamo, un distractor, pero también una fórmula para seguir pensando en el sentido de la convivencia humana. Se trata de recordar para pensar o de pensar recordando. Porque a fin de cuentas la memoria es lo más íntimo con lo que contamos. Lo único –quizá- verdaderamente intransferible.

Judt habla de su amor por los trenes. Un paraíso, una fascinación. Una fórmula que conjuga eficiencia y tradición. Un medio que le permitió viajar, moverse, conocer. “Las estaciones ferroviarias son la auténtica encarnación de la modernidad”. “Mi Europa se mide por los trenes”. Y en contraste, la enfermedad terminal que lo mantiene varado. “No más ir hacia, tan solo un interminable estar”.

Rememora sus viajes de Inglaterra a Francia, de Dover a Boulogne, el contacto con los otros: cultura, idioma, comida; sus colegios y profesores, su aprendizaje del alemán; sus experiencias en kibutz israelís y su alejamiento del sionismo; su pasó por las universidades. Episodios que ayudan a entender su “conversión” a la socialdemocracia, alejada de las utopías revolucionarias y del academicismo puro.

En esa dirección, dos capítulos resultan deliciosos y provocadores. Su pleito con el ambiente cultural francés y sus experiencias del 68.

Judt se pregunta: “¿Qué fue de los intelectuales franceses? En su día tuvimos a Camus… Tuvimos al propio Sartre. Tuvimos a F. Mauriac, a Raymond Aron…” y sigue enumerando. Hoy, sin embargo, “tenemos a Slavoj Zizek, cuya incontinencia retórica sugiere una involuntaria parodia periférica del original metropolitano”. Parte de su propia experiencia en la École Normale a la que llegó en 1970 y concluye que “en mis tiempos París era el centro intelectual del mundo. Hoy parece marginal en la conversación internacional”. Y ello porque encuentra al mundo intelectual excesivamente enredado en formulaciones inasibles, con un fuerte acento provinciano y una escasa incidencia en el debate público. Cuanta una anécdota: “Recuerdo el caso de un ingeniero que fue enviado por su rey en 1830 a observar las pruebas de locomotora “Rocket”… en la línea ferroviaria Manchester-Liverpool que acababa de inaugurarse. El francés se sentó junto a la vía tomando abundantes notas… Después de haber calculado concienzudamente lo que había observado, dio cuenta a París de sus conclusiones: “La cosa es imposible”, escribió. “No puede funcionar”. He ahí un intelectual francés”. Una incapacidad para asimilar lo empíricamente demostrable a sus barrocas elaboraciones. (Quien quiera además leer un acercamiento serio al debate intelectual francés de la posguerra, ahí está del propio Tony Judt, Pasado imperfecto. Taurus.)

Sobre el 68 vale la pena citarlo en extenso aunque resumido. “Crecí en una época de prosperidad, seguridad y confort y, por lo tanto, al cumplir los veinte en 1968, me rebelé. Como tantos otros baby-boomers, me conformé con mi inconformismo…Cambridge no estaba maduro para la revolución. Tampoco lo estaba Londres… Para una revolución de verdad, por supuesto, había que ir a París… Fui allí en la primavera de 1968 para observar –para respirar- el producto genuino… Era difícil distinguir entre política, parodia, pastiche y representación… Todo era tal como debía ser: auténticos adoquines, violencia auténtica y, de vez en cuando, víctimas auténticas. Pero, por otra parte, nada parecía ser suficientemente serio… Al final no ocurrió nada y todos nos volvimos a casa… ¿Qué nos dice de las falsas ilusiones de Mayo de 1968 el hecho de que no pueda recordar una sola alusión a la Primavera de Praga, y menos todavía al levantamiento estudiantil de Polonia en todos nuestros serios debates radicales? Si hubiéramos sido menos provincianos habríamos podido dejar una huella más duradera… Fue en Praga y en Varsovia, en aquellos meses de verano de 1968, donde el marxismo terminó consigo mismo… En Occidente fuimos una generación afortunada. No cambiamos el mundo; más bien el mundo, servicialmente cambió para nosotros… Nos perdimos la revolución”. La conformidad con un inconformismo difuso es quizá una de las estelas de aquellos años.

Judt trabajó en un barco carguero, fue empleado en una fábrica de ladrillos, repartidor de alfombras, de una tienda de comestibles y de artículos textiles domésticos, fue acompañante de jóvenes estudiantes norteamericanos en sus viajes por Europa y responsable de los desayunos en un hotel. Concluye: “No hay nada noble en el trabajo físico no calificado. Es duro y sucio, y por lo general nada gratificante… hacer chapuzas y esforzarte lo mínimo es racional e irresistible”. Por ello, valora y aprecia su “suerte”, su trabajo como historiador. Hizo lo que siempre quiso hacer y sabe que muy pocos tienen esa posibilidad.

Fue, y así lo subraya, un beneficiario del sistema educativo inglés. Fue el primero de su familia en llegar a la Universidad, lo que luego le permitiría incorporarse como académico en la Gran Bretaña y mucho después viajar a los Estados Unidos en calidad de profesor. No obstante, “durante cuarenta años, la educación británica ha sido sometida a una catastrófica secuencia de reformas dirigidas para poner freno a su herencia elitista y a institucionalizar la “igualdad”… Decididos a destruir las selectas escuelas públicas… los políticos le han endilgado al sector público un sistema de impuesta uniformidad a la baja”. Ello ha reforzado a la enseñanza privada. Judt tiene nostalgia por una “meritocracia” que daba “a cada uno una oportunidad, para luego privilegiar a los que tenían talento”. Sabe que es políticamente incorrecto decir lo que dice, pero si a lo largo de su vida no transigió con las medias verdades edulcoradas por la buena voluntad, en el momento de su agonía menos.

“Me crié entre palabras” dice Judt. Al recordar a sus abuelos, tíos, refugiados del este europeo, la elocuencia del lenguaje lo dejaba fascinado. “Me parecía que hablar era lo que daba su pleno sentido a la existencia adulta”. En su escuela elemental la enseñanza del “buen inglés” estaba en su apogeo, y por ello “fui seducido por el brillo de la prosa inglesa”. Por supuesto que cuando entró a Cambridge el lenguaje siguió siendo un imán. “En la tradición occidental, durante siglos, ha habido una estrecha relación entre lo bien que uno expresara un punto de vista y la credibilidad de su argumentación… El estilo mismo nunca era un asunto indiferente”. Por ello lo exaspera “la profesionalización de la escritura académica”, sin chispa, sin elocuencia, rutinaria, muerta. Porque “cuando las palabras pierden su integridad, también lo hacen las ideas que expresan”. Presenta su credo: “Sigo mirando con desprecio el lenguaje confuso… Aprecio más que nunca lo vital que es la comunicación para el bien común… Si las palabras se deterioran, ¿qué las sustituirá? Son todo lo que tenemos”.

Rememora sus primeros contactos con los Estados Unidos y algo de lo que más le atrae es su red de universidades públicas. En lo que llama su crisis de la mediana edad, aprendió checo, lo que lo llevó a Checoslovaquia y a otros países de la Europa central y oriental, lo que le permitió escribir Posguerra y algo más: “Curarme para siempre del solipsismo metodológico del mundo académico posmoderno”. Su lectura de Czeslaw Milosz lo lleva a una reflexión “sobre el atractivo de la autoridad y el autoritarismo para la intelligentsia” y sobre la “necesidad de pertenencia” de los compañeros de viaje, del “idealista engañado y del zángano cínico”. Se trata del “pensamiento cautivo” que alineó a muchos con el estalinismo. Pero en un golpe de mano finaliza señalando que “nuestra contemporánea fe en el mercado sigue rigurosamente” aquella senda.

Una argamasa une las diferentes estampas de Judt: su capacidad analítica, su espíritu crítico, su elocuente decir, sin “miedo a pensar por su cuenta”. Y tampoco rehúye la ironía. Por el contrario, el apartado sobre la obsesión por el acoso sexual o sobre su estancia en Nueva York, contienen –como las otras estampas- ese tono agridulce que solo puede ofrecer la distancia satírica; un saber con algunos gramos de duda; un combate de ideas no exento de sarcasmo, incluso contra uno mismo.

Como académico, Judt insiste en las “modas” que invaden el espacio universitario y se rebela contra ellas. El tema de la identidad lo sacude. Y para que no haya dudas empieza fijando que “identidad es una palabra peligrosa. No tiene usos contemporáneos respetables”. Se refiere a la proliferación de centros y estudios sobre género, afroamericanos, asiático-americanos del pacífico, y súmele usted. Su combate no es al estudio de minorías étnicas o geográficas, sino a “que se alienta a los miembros de esas minorías a estudiarse a sí mismos”, perdiendo cualquier aliento universal y construyendo discursos de gueto. Teme al “solipsismo comunitario” porque a ello contrapone “una fe (quizá) ilusoria en nuestra humanidad común”. Pero lo más peligroso son los discursos identitarios en el terreno de la política. Ese “nosotros” siempre encuentra un “los otros” a quien combatir. Le gusta por ello la “gente fronteriza”, la que puede vivir apropiándose de diferentes legados culturales, en convivencia con tradiciones y formas de ser diferentes. Teme que en el nuevo siglo “echemos de menos a los tolerantes, a los de los márgenes: a la gente fronteriza. Mi gente”.

El libro contiene un capítulo sobre el judaísmo y la relación de Judt con él. Dice: “Yo rechazo la autoridad de los rabinos… No participo en la vida comunitaria judía, ni practico los ritos judíos… No “amo a Israel”… Pero cada vez que alguien me pregunta si soy o no judío, respondo afirmativamente sin vacilar y me avergonzaría de no hacerlo así”. No quiere esconder sus raíces, no es un “renegado”, sabe que quizá si Hitler no hubiera existido la asimilación de los judíos al mundo europeo hubiese continuado avanzando, y sin embargo… existió. “Una generación de jóvenes judíos emancipados… se vio reintroducida a la fuerza en el judaísmo como identidad cívica: algo de lo que no tenía ya la libertad de liberarse”. “A partir de Hitler, el sionismo devino una opción realista. La “judeidad” se convirtió en un atributo secular, externamente atribuido”. Fue fijada no sólo desde fuera, sino con la intención de exterminio y ese recuerdo, sigue siendo una especie de cemento comunitario. Por cierto, Judt nos informa que se llama Toni por Toni Avegael –prima carnal de su padre-, nacida en Amberes en 1926 y que “fue llevada a Auschwitz en 1942 y gaseada hasta la muerta por ser judía”.

El refugio de la memoria es así un paseo por la vida, las ideas y los debates a través de los cuales transcurrió la existencia de uno de los intelectuales más potentes de las últimas décadas del siglo XX. No es ni pretende ser una autobiografía, más bien se trata de estampas fragmentarias; pero, en cada capítulo el lector encontrará evocaciones e ideas que le permitirán apreciar los fuertes cambios en la sensibilidad social de las últimas seis décadas.

Configuraciones No 32. Enero-junio de 2012

 

 

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